Blue Flower

He vuelto a la cancha, meses después de haber visto el primer partido entre River y Platense que inauguró el campeonato oficial. El 27 de enero fue la revancha en el escenario del Monumental, ante poquísima gente. Siempre atento a los desarrollos técnicos y tácticos que Menotti implementa en sus equipos, me dispuse a apreciar la evolución de River en estos meses. 

En River jugaban todas las estrellas. Estaban Passarella, Batista, H. Enrique, Balbo, Palma, Borghi, un total aproximado de siete millones de dólares. De Platense recordaba a su diez, De Vicente, al puntero derecho y, fundamentalmente, al izquierdo. 

Los primeros quince minutos mostraron a un River que hacía efectivo lo mejor que vi a los equipos de Menotti. Velocidad, destape, ataque con cinco o seis jugadores, iniciativa a cargo de elementos cada vez diferentes, aprovechamiento de los espacios laterales, juego a las puntas y subida de los marcadores, finalización de las jugadas con dos o tres pases certeros y un remate al gol, en fin, parecía que Menotti podía conseguir nuevamente el fervor de los amantes del fútbol con un equipo imparable. 

Sin embargo, las cosas no sucedieron así. Transcurrido el primer cuarto de hora, River comenzó a pararse, y los de Platense que hasta ese momento no sabían cómo achicar los espacios y presionar sobre el vendaval riverplatense, encontraron la pequeña brújula perdida y respiraron algo aliviados. 

Platense no atacaba, más bien esperaba. River tenía la pelota, sus jugadores la pasaban entre ellos a una considerable velocidad hasta tres cuartos de cancha y terminaban entregándosela a un defensor adversario. River jugaba de un modo característico de ciertos equipos de Menotti. Pases para atrás o laterales para sacar al adversario de su guarida, aceleración paulatina en mitad de cancha, con el eterno desenlace de una pared mal realizada o un pase defectuoso. Sin quererlo me distraje, el partido estaba de un lado y yo en otro. Comenzaba a aburrirme. 

Tenía el privilegio de asistir a un lugar común del espectáculo futbolístico argentino. Los periodistas ya hace tiempo lo han bautizado con un apodo privilegiado: el bache. 

No se dice que Rivera estaba en un bache, no se está en un bache, se cae en él. River había caído en un bache. Desde hace décadas este tipo de accidente topográfico ataca tanto a nivel colectivo como individual. Un jugador cae en un bache cuando en un momento dado del partido se va de él. Claro que se va mentalmente. Digamos que se expulsa psíquicamente. Entra en un estado de zombie. Este fenómeno zombie indica un ascenso a la zona de los limbos, pero el bache se define siempre por el descenso, ya lo dije, una caída. Es necesario precisar algunas cuestiones para que pueda entenderse este concepto. Caer en un bache marca un acontecimiento. El acontecimiento es una noción filosófico-histórica que señala una discontinuidad. Para que una cosa se convierta en acontecimiento debe marcarse un relieve en una topografía homogénea. Más de un autor da la imagen de una altura en el llano, una cumbre o cima para metaforizar la idea de acontecimiento. En este caso la discontinuidad indica una inmersión, una brusca desaparición de un elemento que estaba sobre la superficie. Cuando se dice que un equipo no levanta cabeza se señala que su funcionamiento, entre otras cosas, no le faculta tener baches. De más está decir que aquello que jamás se levanta difícilmente pueda caer. Es así que únicamente los jugadores con talento y los equipos capacitados tienen baches. Los otros, apenas aspiran a salir del pozo. 

Rubén Sosa, Alonso, Rojitas, el padecimiento del bache ataca en un elevadísimo número de casos a los delanteros. Y de éstos, con mayor frecuencia, a los habilidosos, y en menor número a los goleadores. El número diez, el insider izquierdo, como se decía antes, el volante de creación, como se dice ahora, es el que más expuesto está a este tipo de patología. 

Construyamos con lentitud nuestro razonamiento. Decíamos que el “diez” es el más susceptible a los baches. El delantero habilidoso se va del partido, entra en una zona suprasensible, pasan los minutos, a veces largos y, de repente, de modo fulminante, vuelve, entra nuevamente en el partido, como dicen los cronistas: se enchufa, ¿y qué sucede?: ¡Se ilumina! 

En el mundo del fútbol los que caen son los que más se elevan. No nos resulta entonces extraña la dimensión mística que tienen estos volantes que por algo se llaman “de creación”. 

River, como todos los equipos conformados por Menotti, se compone de un plantel pletórico de volantes de creación. Menotti supone que con varios de estos elementos, la dimensión místico religiosa que lo atrae está asegurada. Tomemos el complejo caso Borghi. Juega como Marlon Brando. Es un rebelde. Pasea por toda la cancha, hace la Gran Borghi, que es como la Gran Willy, pero con los pies. Se queja por lo que le pasa a su alrededor, no sabe lo que le pasa a él mismo. Nos ofrece en su pristina transparencia el proceder del volante creativo en plena crisis de bache. Borghi tiene la pelota, un defensor le cierra el camino, parece imposible sortearlo, cualquier jugador haría lo esperable y recomendable, un paso atrás y entregarla a un compañero. Borghi hace jugar la pelota en sus dos pies, y digo “en” y no “con” sus dos pies, porque la bola se posa alternativamente en ambos botines mientras su cuerpo queda erguido y sus ojos miran al adversario a la altura del estómago. Es importante la mirada ya lo sabemos por Sartre, un escritor admirado por Menotti. Si los ojos de Borghi se fijaran en los del defensor, la operación se volvería riesgosa. La mirada del “otro” puede petrificarnos, atraer la nuestra por un efecto de fascinación y aprovechar el mínimo congelamiento que esta conducta conlleva, para arrancarnos la pelota. 

Borghi mira el veinte del otro, el otro le mira los pies o la pelota, y la escena siguiente expone una virtud que los aficionados saben reconocer en los grandes: aquel que hace maravillas en los espacios chicos. Cuando en un metro cuadrado un jugador es capaz de hacerla de goma, amasarla, esconderla, mostrarla, y metérsela por atrás, mientras el otro no puede más que seguir con las piernas abiertas, clavadas en el pasto, asistimos al mayor de los espectáculos del fútbol argentino: se llama gambeta, el firulete erótico que levanta la tribuna. 

La tribuna regocijada se vuelve a sentar y, Borghi, se desenchufa. Mientras el partido prosigue su ritmo normal, y pasan los minutos -el vaivén monótono de la pelota que va y vuelve de un campo a otro-, percibimos entre los hombres de ambas camisetas el flotar de un jugador que con el paso en extremo lento y las manos en la cintura observa el partido. Es Borghi, se ha quedado parado, cayó en un bache. Pero lo que caracteriza a este jugador, y lo ha demostrado una vez más en el partido del sábado, es el particular modo en que vuelve a enchufarse. Lo vemos trotar aún inmerso en su dimensión autista, acompañando a un jugador de Platense que traslada la pelota. Borghi se acerca y lo barre con un guadañazo entre la canilla y el tobillo. 

Sería apresurado y probablemente equivocado juzgar y condenar a Borghi por una actitud indolente. La indolencia es por lo general un fenómeno multivoco que sólo los puritanos califican de vagancia. Estimo que el bache de Borghi me hace pensar en el punto de ruptura en Hölderlin se llama límite. Esta fisura marca el instante en que obra y locura se cruzan aunque no se encuentran. Que River juegue con Hölderlin puede ser una broma de mal gusto, no se trata de eso. Pero es necesario entender el síntoma bache para que la iluminación deje de ser intermitente. Para pasar de lo alterno a lo continuo y del espasmo al flujo, hay que elaborar un exorcismo. Lo que no hay que olvidar es que esta operación no se realiza con parapsicólogos de ningún tipo. Todo lo contrario, aquellos que se atreven a nombrar las fuerzas ocultas, las vuelven contra nuestra. Es absolutamente recomendable tener el más fino tacto con los fenómenos de la esquizia. Pocos lo entienden, y hay muchos impostores. No considero desacertado que el hincha cuando vea aproximarse el momento del bache también se deje llevar por él. El tenue y lejano murmullo que lo deja anunciar llevará a las hinchadas por una especie de ausencia que en comunión con el bache del volante de creación, los comunicará en la dimensión del misterio. Perdió River. Borghi se fue expulsado, pero si el técnico sigue con su “fe” y los jugadores aún tienen chispas, siempre es posible ver un partido divino. 



Página 12, 5/2/89

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