Blue Flower


Decidí pasar el fin de semana con dos películas en DVD. Dejé a un lado una nota sobre la nueva farsa maradoniana y la selección nacional de futbol. Busqué nuevas fuentes de inspiración: los nazis. 

Una es La secretaria de Hitler y la otra La caída. Fue una opción absolutamente contraria a mi costumbre de evitar por repulsión orgánica películas que tengan que ver con el nazismo, los campos de concentración, el genocidio del pueblo judío, y además, nada que esté centrado en la figura de Hitler. 

La primer película es un documental en el que la secretaria confiesa detalles sobre su trabajo y la situación de la debacle final, con una cámara fija que la enfoca 85 minutos. Una señora mayor y formal que dice no perdonarse su ingenuidad. Hitler siempre había sido muy amable con ella, y por lo general con los allegados que ella veía circular. Un hombre con una voz suave y maneras corteses. ¿ Por qué nó? Ningún asesino ni genocida es un perro rabioso que escupe sangre fresca. No es que en la película - un western con choucrout - , me refiero a La caída, Hitler parezca mejor persona, sino un verdadero criminal, y no un gritón de Hollywood que una vez que vuelve a su dormitorio sigue la actuación del tirano aullador de los congresos de afiliados. 

Pero lo que más me detiene en estas figuraciones es el hecho de que la fuerza de Hitler ni estaba en su amabilidad ni en su criminalidad, sino en su moral. Levantó a todo el pueblo alemán con una creencia en la que no cabía la más mínima sospecha. Una concepción del mundo simple, contundente y con pruebas a la mano, como las que siempre pueden conseguirse para legitimar la muerte. 

El breviario de los nazis hace de los judíos los criminales de la historia, el pueblo maldito que hará de Alemania y el mundo un planeta de degenerados, en consonancia con la barbarie bolchevique que termina por arrasar lo que queda. Luego es posible agregar diversos condimentos más sofisticados, pero el núcleo del odio está logrado. No es una mística, palabra mal elegida para este tipo de fascismo de masas, ni una ideología, que de hecho lo fue, y lo es, sino lo que hoy los politólogos gustan llamar un fuerte capital cultural. 

Lo vemos en los EE.UU con Bush, lo hemos visto en la URSS y en el bloque comunista, en la China de Mao, lo vemos en los movimientos religiosos que apelan a guerras santas y espacios vitales. Para lograr capitalizarse culturalmente se necesita la selección de un mal, una visión global de la historia, una luz redentora al final del tunel, y un guía. Es decir valores, buenos y fuertes valores que diseñen la utopía que tantos hoy dicen extrañar. No hay lugar para los escépticos, los indiferentes, los nihilistas, menos para los cínicos ni para nada que forme parte del abanico de los agnósticos. 

Hitler le dió a Alemania un sentido para vivir, un destino, una razón para el sacrificio. Esto es lo que trasmitió la secretaria que dice no perdonarse su ingenuidad, la que le hizo ignorar los campos de exterminio y todas las atrocidades cometidas por ese hombre tan amable y paternal. 

Sin embargo, no hay que olvidar que en ciertos arrepentimientos el malestar nace por una derrota o un fracaso. No apostaría por el arrepentimiento de ningún jerarca, militante o simpatizante nazi, ni siquiera una culpa silenciosa, de nadie en Alemania que saludara con entusiasmo al fuhrer, en el caso de que la victoria hubiera sido de Hitler. El genocidio habría sido el costo bien digerido de la gloria. 

Creo que la secretaria se arrepiente porque su jefe perdió, y no porque descubrió quien era. Con esto no quiero decir que ella haya sido una mala persona, porque la vemos sumamente correcta y sincera, sino que en ningún momento se sintió incómoda con la moral del jefe, de su odio matinal, vespertino y nocturno por los judíos, de las amenazas que ella recuerda cuando escuchaba que no dejaría uno vivo, eso era política, cosas demasiado complicadas para una secretaria. 

No puede dejar de parecerme extraño que el odio a los judíos y el maltrato bestial a los que se los sometía fuera para ella cosas del jefe, y que le faltara ver los cuerpos calcinados de seis millones para darse cuenta de la “magnitud” del crimen cometido. Es cierto que hay quienes sólo se conmueven con los grandes números. Así como Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal, para hablarnos de la mediocridad de un monstruo disfrazado de hombre, agregúemosle la banalidad del ingenuo, aquel que necesita de efectos especiales para percibir el horror. 

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