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ESMA. OTRA OBEDIENCIA DEBIDA 

Poco a poco los protagonistas de la política argentina de las últimas décadas vuelven a ocupar el centro de la escena. Una izquierda sectaria y un justicialismo prebendario intentarán paralizar una vez más un intento democratizador en su doble sentido: acción social en un país con mayoría de pobres, y construcción del Estado mediante la mejora de la calidad institucional. 

Gracias a la ESMA pudimos ver a los que reinvidican en nombre de la justicia una violencia contra otra, un despotismo contra otro, y hacen de la memoria un instrumento de domesticación. Se dicta aquello que “ debemos” recordar, y se nos dice lo que “ debe” ser una prioridad de nuestro presente. 

Marchar juntos desde la casa de la tortura en nombre del pueblo, además de reinvindicar un modo de hacer justicia, pretende culpabilizar a todos los que rechazamos las opciones que se nos imponen. Nos quieren hacer marcar con un sí o un no los casilleros de una lista demonizada que nos declara inocentes o fascistas. O estamos con los que piden justicia en nombre de los desaparecidos, o nos ponemos del lado de los que vuelven a amenazar desde los valores del Estado criminal del 76. 

Pero no somos parte de ninguno de estos frentes. Queremos otra Argentina, y no siempre la misma y menos aquella. Ni la del 73, ni la del 76. No hay porqué someterse al maniqueísmo que en nombre valores universales le sirve a muchos para su larga campaña de destrucción. Las palabras gorila, subversivo y fascista, han sido las contraseñas para que fanatizados inescrupulosos hagan gala de su irresponsabilidad política y de sus utopías inhumanas. 

Estas nomenclaturas hace rato que están en desuso. El gorilismo real duró diez años, de 1955 a 1965, del cual no sólo fueron víctimas los peronistas; por otra parte, a partir de Onganía se establece la doctrina de la seguridad nacional que va a la pesca de ateos, judíos, hippies, choriceros de la costanera, artistas, y de todo lo que se consideraba un microbio para la sociedad cristiana y occidental. Esa cruzada moral sembró un odio que luego daría sus tétricos frutos. Diagramó la genealogía política y cultural de la futura categoría de subversivo. Los montoneros son hijos de aquella época. Reinvindicaron a Perón, pero se nutrieron del franquismo vernáculo de aquel Escorial Rosado. 

En cuanto a fascistas, los hay más de lo habitualmente estimado, y no siempre los que se nombra y con frecuencia son el otro yo de un alma bella. 

Al letal delirio del 73 aún se lo llama fiesta popular, y al Perón de la clase media, es decir el que vino con López Rega e Isabel, aún se lo esconde detrás del ruido de la marcha partidaria. 

La doctrina de los dos demonios es una de las falsas opciones que pretende dividir a la sociedad. No hay dos demonios sino uno solo, aquí y en cualquier parte del mundo, y es bastante más abarcador de lo que se cree. Se puede manifestar en nombre de Dios, de la Cruz, de la Justicia, de la Democracia y la Civilización, de la Pobreza, de la Revolución, de la Nación, y de otras pocas mayúsculas. Son símbolos eficientes, nos hace creer que si no somos leales a su mística estamos condenados al infierno. 

Los responsables de crímenes de lesa humanidad deben estar en la cárcel. Los terroristas que secuestraron y mataron a civiles y militares tienen que ser juzgados. Sólo gente de mala fe que padece el morbo de la destrucción, aplaude las venganzas que en nombre del anti-imperialismo destruye vidas anónimas; otros, en pose de buena fe, los que son parte de la legión de la Doña Rosa progresista, se deleitan en dudar y se hacen las mil y una preguntas sobre el valor político y moral de la matanza en las Torres Gemelas, en un colegio de Jerusalén, en los trenes de Madrid. Las declamaciones contra el Imperio revisten con un barniz moral la frivolidad de consciencias preocupadas que se ubican en posiciones de estratega, miden causas y consecuencias, lo que conviene o lo que no conviene a derechas y izquierdas, y reflexionan dándose aire politocológico sobre cuerpos calcinados. 

El pañuelo blanco sobre las cabezas de las madres es un señal de dolor y de meditación para el resto del mundo, un signo de la memoria nacional, pero su portadora es un ser humano, igual a otro ser humano, y no un dedo acusador que desparrama condenas. 

Cuando hacemos política - ya sea entre los grupos heterogéneos que componen el movimiento de madres, abuelas e hijos, o entre los que participamos de la cosa pública - y más aún una política maximalista, estamos todos sin pañuelos. 

No hay reconciliación. Los que la piden son los que legitimaron el terrorismo de Estado. El terrorismo de Estado no debe pensarse como una “respuesta” a la acción de grupos armados sino el resultado de una ideología y de una doctrina criminales que se forjó años y preparó camadas de soldados al servicio del crimen. Por eso mataron e hicieron desaparecer como lo hicieron. 

Aparecen los reconciliadores y otros anuncian ya futuras venganzas una vez que baje la espuma de lo que sucede hoy. No sólo no cambiamos de tema sino que enarbolamos durante más de una generación los mismos odios. Así también se destruye un país. Por eso no se trata de reconciliar ni de castigar, sino de incluirnos en un nuevo proyecto. 

Evidentemente hay una verdad que muchos no quieren aceptar. Las últimas décadas han mostrado que la sociedad argentina está dividida respecto de la interpretación de lo que pasó en los años setenta. Unos podrán movilizar más gente en las calles pero el murmullo que se levanta cada vez que el tema es dominante, muestra la división. 

Pocos hoy reinvindican la acción de las fuerzas armadas, pero nadie olvida el tipo de militancia que dominó aquellos años. En este sentido el Presidente no representa a la gente. 

La Justicia no sólo tiene lo ojos vendados para no discriminar, sino que tampoco habla con megáfono. La acción del poder judicial debe ser discreta a la vez que irrefrenable. Lo que vemos y vimos estos días es la necesidad de estrellato de minorías no representativas que exigen la justicia popular. 

No hay dos demonios, la opción no es hacer o no un museo de la memoria, mandar al calabozo o amnistiar a los torturadores, los treinta años que han pasado son suficientes para comenzar a opinar sobre lo que queremos, y sin miedo de estar del “mal lado”. 

Este no por menemista, el otro menos por alfonsinista, este estuvo con el indulto, el otro con el punto final; si existiera verdaderamente esa justicia, habría que vaciar al país de su población en un ochenta por ciento. Y que sólo queden los revolucionarios, los defensores de la verdad, los limpios. Alfonsín tiró la toalla en el año 1987. La rebelión carapintada se hizo para impedir juicios a torturadores. Algunos de sus jefes son cabezas de la política argentina apadrinados por las máximas jerarquías justicialistas. Todavía nos quieren hacer creer que todo el pueblo estaba en la calle aquel día de Semana Santa. La central sindical de Ubaldini y Lorenzo Miguel que si quería podía movilizar cientos de miles de trabajadores, la Iglesia que acostumbraba a llevar más de un millón de fieles a Luján, no movieron ni un dedo. Aquellos ausentes también son parte de la voluntad popular. Para quienes siempre vieron con horror los golpes de Estado y no especularon con la modernización de Onganía, el ordenamiento de Videla, el nacionalismo de Massera, el espíritu abierto y amable de Viola, el patriotismo de Galtieri, y la legitimidad de los justicieros carapintadas, los que sabíamos adonde iban estos personajes y nada nos unía con ellos porque no somos parte de los “ si es peor, mejor”, ni de los “patria o muerte”, ni de los “ ni yanquis ni marxistas”, y no por prejuicio pacifista ni alergia a los uniformes, sino por una concepción republicana y representativa de la política, tenemos alguna nocion de en qué país vivimos. Somos minoría. Y esto implica algunas responsabilidades. Una de ellas es no hablar en nombre de todos usando la palabra “pueblo”. Otra es pensar varias veces antes de sentirse más esclarecido e inteligente y a los otros alienados, esclavizados y vendidos. La izquierda más allá de ser una nostalgia compartida, tiene una historia plena de delaciones, acusaciones mutuas de traición, difamaciones a granel, concursos de pureza, y otra muestras de una tradición que de la disidencia tomó lo peor: el puritanismo sectario. 

Cuando queda en casa no pasa nada, al expandirse, no deja nada en pié. 

Existe un aparato de censura en la Argentina que oficia de “ mala conciencia” e impide discutir cuestiones consideradas tabúes. Excomulga, además a quien pone en tela de juicio y toma la palabra para pensar libremente en personajes sacros: Bonasso, Verbitzki, Hebe de Bonafini, Gelman, Rodolfo Walsh. Entablar públicamente una discusión política sin adoptar actitudes de obediencia moral e intelectual parece un sacrilegio. Es ésta otra de nuestras obediencias debidas. 

El país está quebrado y enfermo. La crisis social requiere todas las energías disponibles, que son pocas. El gobierno da muestras de tener voluntad de mejorar las instituciones. Por motivos de ambición personal, defensas corporativas y dogmatismos ideológicos, se intentará quitarle espacio, restarle vigor y abrirle nuevos frentes.. Hay actitudes que no lo ayudan, algunas propias, como las del día de la entrega del edificio de la ESMA. 

El Museo de la Memoria debía haber tenido otro escenario: una multitud en silencio, el encendido de alguna llama que invoque a los desaparecidos, representantes de todas las religiones, de todos, sin discursos, sin nada. Un acto de espiritualidad, un duelo.

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