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DEBATE.JUNIO
Fantasmas y expectativas
 
La década del noventa fue la del pensamiento único. La realidad tenía la estructura de lo trágico. Las decisiones provenían de un más allá. El poder se desplazaba por un sistema de lugares móvil y lejano. La globalización financiera hacía depender una economía nacional  de acontecimientos con los que no tenía la menor relación geopolítica. Salvo el hecho de pertenecer a una misma categoría en la taxonomía de los fondos de inversión: país emergente.
 
A pesar de esto, el acelerado crecimiento de la economía norteamericana sustentaba con hechos el esquema conocido como Consenso de Washington. Nuestro país acompañó este crecimiento durante pocos pero notorios años en los que la producción, la productividad, el consumo, el renacimiento del crédito y la estabilidad de precios, parecían haber sepultado los años de la hiperinflación y el caos, los golpes militares carapintadas y la debilidad política del Estado.
 
Aquellos años el discurso oficial legitimado y elaborado por Cavallo no tenía contendientes. Todos los críticos se situaban en el terreno moral y pastoral de la denuncia,  pero nadie podía ofrecer alternativas que mejoraran la eficiencia de lo que se estaba gestando.
 
Argumentos vacíos de contenido de una clase política inactiva no hacían frente a los logros teóricos y prácticos que con autosuficiencia exhibía la clase empresarial y la inteligencia económica.  Sociólogos e intelectuales humanistas estaban de duelo por la caída de las Utopías. Todos estaban atrapados por el pasado, y el presente parecía tener dueño.
 
No olvidemos que Menem gobernó durante diez años, ningún presidente lo hizo tanto tiempo por voto popular. Tampoco olvidemos que Cavallo fue el  superministro durante cinco años y que fue llamado tiempo después por la oposición.
 
Luego sobrevino la crisis de los mercados y de las monedas. El país estaba en un cepo. Mientras crecía y se expandía, el sistema era aceptado; con recesión, apenas soportado; con desocupación, deflación y depresión  ya era una realidad sufrida.
 
El modelo quebró con la caída de De la Rúa y el default. Pero cambió poco hasta la llegada de Lavagna que tuvo la virtud de disolver el clima de amenazas y castigos de quienes auguraban una caída de la Argentina fuera del mundo.
 
Recordemos que López Murphy pedía en el 2001 la creación de una banca off shore y el cierre del sistema financiero argentino, además del uso de las reservas para cumplir con el FMI. Es el mismo López Murphy de hoy quien dice que el país está en un buen momento para aprovechar coyunturas internacionales favorables a pesar de no haber seguido ninguna de sus recetas favoritas.
 
Pensar a la Argentina fue durante años una labor kafkiana. La política no tenía responsables; el señor K de las novelas de Kafka jamás encontraba al magistrado que lo había sentenciado y sólo era atendido por secretarias, bedeles y subordinados sombríos. Del mismo modo nuestros gobiernos y la misma oposición acusaban un orden mundial cuyo centro de decisión se fugaba entre fusiones corporativas, fondos de inversión anónimos, organismos de crédito y movimientos de capital que parecían tener la identidad del viento. Las metáforas más usadas remitían a las golondrinas y al surf.
 
Esta realidad no ha dejado de existir, lo vemos en la dispersa y variada cantidad de interlocutores, es decir acreedores, que el responsable de finanzas Nielsen tiene que visitar y reunir para ofrecer nuevos planes de pago a los que nos prestaron.
 
Pero es con la asunción de Néstor Kirchner que algo ha cambiado. No me refiero a índices objetivos y cuestiones que se ven y se tocan. Todavía es muy temprano para constatarlo. Algo ha cambiado en el plano de las expectativas. Duhalde aún pertenecía a la vieja clase política y sus enfrentamientos con Menem no mejoraban su imagen política y moral a pesar de las operaciones “ clamor” que  quisieron inventar.
 
Pensar hoy a la Argentina es incursionar en un campo más despejado. Se ha abierto el cepo y no se derrumbó el techo. El cimbronazo de todos modos fue duro. Descenso abrupto  del PBI, caída libre de los salarios, empobrecimiento social. Y tuvo sus beneficiarios: los poseedores de dólares.
 
El fantasma que en la actualidad recorre a nuestro país tiene que ver con las mismas expectativas de las que hablábamos. Es un campo abierto, pero en su superficie emanan espejismos. Los problemas no han desaparecido, sólo el eje de pensamiento y el cuadro de situación han cambiado de lugar. Lo que tanto se temía ocurrió: el default y la salida de la convertibilidad. Pero también ocurrió algo que no se esperaba: índices de mayor trabajo luego de la caída. Por supuesto que las cifras de actividad se comparan con un piso que está en el último subsuelo - a nadie se le ocurre cotejar el presente con un año lejos de ser brillante como 1998 - a pesar de esto luego de la catástrofe no se esperaba signo de vitalidad alguno.
 
Hoy no hay clima de catástrofe. Vivimos el intento de un nuevo grupo de políticos que quiere crear zonas de influencia. Esto va de Kirchner a Felipe Solá. ¿Pero de qué espejismos hablamos?
 
Doy un ejemplo: el PAMI.
Dicen que el presupuesto del PAMI es de 2400 millones de pesos. Supongamos que el retorno - es una cifra sensata y acostumbrada en los negociados del Estado y también de particulares -  sea de un 15%. Tomemos en cuenta también que estos arreglos suponen un pago diferido que ayuda a la caja de la entidad, y que de cambiarse el sistema acorta los plazos y aumenta los precios, por lo que el 15 se hace un 10.
 
Se recuperan entonces 240 millones, es mucho y es poco. Para que mejore la  atención de los jubilados se necesita seguramente bastante más y enormemente más si tomamos en cuenta que un alto porcentaje de los retirados ya está fuera del sistema.. De todos modos es necesaria la lucha contra la corrupción no sólo por el dinero sino para derrotar a caciques y bandas que manejan el poder y la seguridad en nuestro país. Hay que mejorar la calidad de cada institución. Pero eso no nos da automáticamente más recursos, al menos no los suficientes. Para eso el país tiene que crecer mucho más, invertir más, recaudar, y tener por muchos años estabilidad política y reglas de juego predecibles. Es decir el mínimo común político de una sociedad con pretensiones de libertad y mayor bienestar.
 
El espejismo deriva de otro mayor; hay un espejismo madre alimentado hace mucho tiempo que dice que plata hay, que se la usa mal, se la distribuye peor y que se la roba. Es cierto que se la usa mal, se la distribuye peor y se la roba, la poca que hay. Poca al menos para las pretensiones de justicia social, equidad y prosperidad que pretenden los voceros de la opinión pública.
 
Pero se  cree y se propaga la ilusion de  una especie de búsqueda del tesoro que una vez hallado se abre y regala sus joyas.

 

Se le dice a las corporaciones que ya ganaron bastante y que no les va a pasar nada si pierden un poco, que los que mandaron la plata afuera que la traigan de vuelta a disposición de bancos y aparatos públicos de seguridad cero, y otras variantes de una actitud que confunde la lógica del capital - aún regido por normas legales y límites institucionales - con un cuento de navidad.
 
Hay más ejemplos. Durante años los economistas de derecha despreciaban los argumentos (y mis intromisiones) sobre que recaudar más y basar todo un diagrama de modernización y crecimiento en la reforma del Estado y la mejora fiscal no era tan beneficioso. Tenemos que imitar a los paìses centrales! decían. Ni hablar del progresismo para quien atacar a los pulpos, a los grandes evasores y al tenebroso lavado, era la llave de una segura mejora social.
 
Hay que leer hoy a uno de los economistas más lúcidos del abanico progresista, Julio Nudler,  para enterarse - un poco tarde aunque nunca demasiado - de lo que significa socialmente el ajuste impositivo y la persecusión del trabajo en negro. Miles de galpones y talleres cerrados, nuevos desocupados, inspectores durante meses en grandes empresas sin descubrir nada, caída de la recaudación y del consumo.
 
Claro que queda bien hacer campaña contra la evasión - se la hace periódicamente desde Martinez de Hoz - es otra muestra de la voluntad de crear conciencia cívica y de que el gobierno se preocupa del tema.
 
Por supuesto que hay que recaudar más,  pero para eso se necesita no sólo tiempo, sino más inversiones, más producción, mayor productividad y rentabilidad, por lo menos en las pymes, y un mercado que crece con créditos y nuevas empresas. El fantasma del facilismo es el más peligroso de todos.
 
Pero así como rondan los espejismos también hay expectativas. Es buena la intención de bregar por una nueva cultura política. Sin un Estado mejor la sociedad se empobrece en su conjunto, y carece de objetivos salvo el enriquecerse de cada uno y el sálvese quien pueda. Esta nueva práctica política tiene que ver con la honestidad y también con una lucha contra anacronismos bien instalados como el reciclaje de neocamporismos y frejulismos a lo macho y con espíritu de venganza o un sistema de alarmas difundido por macartismos - “queremos ser como Bélgica y no como Venezuela!, como Nueva Zelanda y no como Cuba!” -  de una pretendida elite que cree que el país está hecho para cuidar de sus riquezas y de su seguridad de notables.
 
El espejismo de la grandeza y la rapidez estimula a muchos, algunos de buena fe, otros son sabios tramposos. Inflan globos de mentira y luego denuncian que se pincharon de verdad. Nada mejorará si no es en años, y será de a poco. La constancia de una política para el bienestar general y la constancia de la sociedad que apoye un camino gradual de reformas,  serán las dos vitales.
 
No son malos de por sí los golpes de efecto al estilo Nazareno, militares, Pami o lo que sea. De imágenes y símbolos también se construye el poder. Mejor estos símbolos que la Ferrari y otras frivolidades que  aburrían salvo quizás a una especie de estetas del kitch. Mejor haber terminado con aquella risa débil.
 
El que se vayan todos ha tenido la virtud de resemantizar la palabra “ confianza”. Hoy la confianza que está en juego no es la del capital y la de los empresarios. La inversión es necesaria, pero el círculo letal del ajuste no generó la confianza de los mercados. Aquella confianza tan invocada por los representantes financieros y sus fundaciones actúa de acuerdo a un modelo milenario de expiación. Cuánto más perdón se pide, más culpa se tiene. En este caso la culpa - siguiendo las etimologías usadas por Nietzsche -  es deuda. La confianza de los liberales de la economía se traducía en ajuste y deuda.
 
Hoy la confianza está dirigida a los políticos. Meses de marchas, asambleas barriales, cortes de calle, pusieron el grito en el cielo: que se vayan todos. Hubo quienes usaron este grito como pala para desenterrar delirios pseudopolíticos y aplausos fáciles, me refiero al divague de la Asamblea Popular Permanente. Ese grito pide una reforma del Estado, porque sin Estado no hay sociedad, a pesar de la muerte anunciada del Estado Nacional en nombre de nuevas realidades que de nuevo nada tenía y de viejo sì: la propia necedad de esta afirmación.
 
Es una buena noticia que el Estado comience a mejorar, tan díficil como eso y quizás más aún será lograr un comportamiento distinto de una sociedad que se ha quejado de su suerte pero que funciona sobre la base de un ilegalismo sin el cual no sabe si puede sobrevivir.
 
La consistencia de un lento camino de reformas exige un cambio de la práctica y de los controles de los tres poderes, y además, una movilización social y mediática para apoyar a quienes quieren un nuevo horizonte.
 

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