Blue Flower

Hay cosas que no deberían decirse, ni escribirse y menos publicarse, diría que no deberían pensarse. Pero la tentación es un ángel negro, se aparece de noche, mejor dicho los sábados a la noche, y nos atrapa el domingo a la mañana. No hay forma de resistirse. Es lo que me pasa hace tres semanas. Me despierto el domingo y en lugar de ver tenis por televisión, armar con lápiz y papel un nuevo esquema de juego para el partido contra Costa de Márfil, bajar el colesterol con otra caminata, le grito al diariero – vivo con ventana a la calle en un primer piso – que me traiga Página 12 porque salió el nuevo suplemento del curso de filosofía de José Pablo Feinmann, que se llama el Barro de la Historia.

Supongo que el lector de TP espera que le diga que es malo, que no tiene nivel, que no da referencias bibliográficas o que es desordenado. Pues no, es extraordinario, y no lo digo riéndome, lo digo muerto de risa. Es mejor que Tincho Zabala haciendo de Lisandro de la Torre, un logro actoral.

Pero al igual que la doble máscara que figura el drama y la comedia, esta escena tiene sus dos muecas. La de la comedia con su rictus hacia arriba surge del grotesco puritano que oficia de lección a la manera de aquella obra de Ionesco. La mueca caída habla de la gravedad de quien en su pureza moral esconde su deseo de dominar.

Feinmann seduce con las armas que Federico Nietzsche menciona en su Genealogía de la Moral tratado segundo: con la mala conciencia. Pero no es una actitud amarga o cínica, ni siquiera depresiva, sino melancólica, una tristeza que nunca se hace trágica porque siempre triunfa. Es un resentimiento dulce.

¿En qué consiste esta patología? El carácter enfermizo, propio de los moralistas, tiene su singularidad delirante. Feinmann piensa en los chicos que tienen hambre. En un reportaje televisivo conducido por Slotogviazda y Tenembaum, éste último le dice al profesor de filosofía que se siente corrido por la izquierda cada vez que Feinmann interviene. Este deporte nacional practicado por centenas de comunicadores e intelectuales, siempre deja en buena posición al que corre por los laterales y recibe el balón desmarcado. Nos especializamos por hábito en correr por la izquierda y Tenembaum que lo hizo en su libro dialógico con Claudio Loser, esta vez se ve desbordado.

Se siente molesto y quiere saber si no existe posibilidad de cambios en el mundo que no se produzcan por la vía confrontativa, si no hay posibilidades de progresos por otras vías, revoluciones en la biogenética, transformación de los cultivos y otras mutaciones tecnocientíficas. Feinmann le dice que hay chicos con hambre en la Argentina y el silencio compungido inunda el set. Todos están arrepentidos.

 El delirio melancólico cuando se reviste de prestigio cultural entona la letanía del sufrimiento, pero no a la manera de los pibes del setenta que entraban a la FAR porque de las armas de la  crítica pasaban a la crítica por las armas, sino por senilidad resistida con una permanente sensación de duelo. Los chicos tienen hambre y la culpa la tiene Hegel que dice que los africanos ignoran La Razón. También la tiene Descartes que dudó a costillas de los pueblos hambreados por el Imperialismo, la tienen todos lo que bien podrían figurar en un envejecido manual staliniano recitado por Facundo pero Arana.

Cuando su melancolía se vuelve más sentimental nos habla de la premisa de Heidegger que sostiene la cruel verdad de que el hombre es un ser finito que se diferencia del gato en que no tiene siete vidas sino una sola con siete pañuelos  porque sabe que va a morir.

La enseñanza filosófica de Feinmann repite la misma doctrina que se ofrecía en las aulas en los años setenta en nombre del socialismo nacional que armaba su receta con Hernández Arreghi, Jauretche, Fanon, el cura Meinvielle y que de socialismo no tenía nada y de patota neofascista bastante. Todo el pensamiento pasaba por la cripta de las luchas nacionales y se definía a la filosofía clásica como la ideología de los países centrales al mismo tiempo que se declamaba la necesidad de forjar con orgullo periférico la “ situación” de nuestra propia filosofía.

Feinmann lo único que conoce es esta fundamentación reaccionaria y escarnio pequeño burgués al que no puede agregarle nada porque denuncia que desde 1964 la cultura filosófica ha sido envenenada por el estructuralismo primero y el posmodernismo después. Para él Bertrand Russell es un viejo libertino que creó un tribunal, Wittgenstein fue un señor sexualmente raro que nos aburre con el lenguaje, Althusser un desviado mental que confundió a su esposa con el revisionismo, Foucault un perverso que dijo que todo es poder, Lacan es un señor mayor y enigmático que insiste en la Falta y en una Castración simbólica, Lévi Strauss una mente algebraica, Masotta un personaje de Carlos Correas, y todos son falsos profetas que a lo largo de cuarenta y dos años vivaron la dispersión, el fragmento y la frivolidad.

Por este motivo nos recomienda leer a Heráclito que para Feinmann se bañaba una sola vez y a Franz Fanon que los racistas dicen que no se bañaba nunca por ser negro. Se sumerge en los libros de Sociología Crítica y recuerda a Escucha Yanqui de W.Mills, Un Yanqui en la corte del Rey Arturo de Rogelio Frigerio, y anuncia que lee a Sartre por ser contradictorio y maravilloso como Sarmiento y Pocho la Pantera.

Tiene razón el profesor Feinmann cuando se despacha contra la Academia, pero esto no quiere decir que a la filosofía haya que tomarla a la chacota, lo que sí quiere decir es que a la filosofía no entran los indocumentados.

Me refiero a que los indocumentados no son los que sufren por el hambre en el mundo sino los simuladores morales, aquellos que supo estudiar José Ingenieros en los años veinte. Las carmelitas descalzas de la filosofía, los intelectuales de clausura,  pueden ir hoy al Shopping y calzarse en  Grimoldi, el gran discípulo de Gramsci.

La estrategia de la mala conciencia y de la culpa es el verdadero barro de la historia. Embarra con la compasión y satisface al resentido que puede dominar a un adversario al que teme por su fortaleza. La kriptonita de la voluntad de vivir se reviste de sufrimiento infantil y advierte a ciertos espíritus llamados “libres” que no deben olvidarlo.

 En nombre del sufrimiento de los pueblos colonizados se hace tabla rasa con la historia, la que escriben los historiadores y no los mitómanos especulativos, la que escribe Halperín Donghi, Paul Veyne, Fernand Braudel o Eric Hobswaum. Todo lo que hace Feinmann es sacar dos palabras del abusado Sartre: totalidad y situación, mezquino lugar común que ignora la labor filósófica real, más bella y compleja, que llevó a cabo en sus cuatro escritos fenomenológicos de los años treinta, desde la Trascendencia del Ego a Lo imaginario, para no hablar de El ser y la nada.

El estudio de las formaciones históricas constituyen un elemento indispensable para la  comprensión de los sistemas de pensamiento. Pero la historia no es un culebrón, y la lucha de clases tampoco es una historia sentimental.

El problema de Feinmann es que ignora la política, el terreno en donde los hombres deciden su destino colectivo, así como nada entiende de las configuraciones del poder y de las redes institucionales en que se dirimen las acciones. Todo lo reduce al sentido común de la clase media argentina que se relame hace décadas con la victimización de su decadencia. 

Una vez el barro destilado por el simulador moral,  apostrofa a la posmodernidad – el  novísimo diablo con cola - , encumbra a la Totalidad Dialéctica, otra novedad de Garbarino – el filósofo preferido de Feinmann y de su editor –, se hace protagonista de una existencia auténtica como la de John Wayne antes de que los cowboys fueran transversales, y publicita los nuevos productos que pueden comprarse en Ferrater Mora, otra firma de electrodomésticos.

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