Blue Flower

¿ Qué es una identidad? La sensación de que hemos llegado a casa, “direction home”. Es lo que siento cuando escucho a Bob Dylan, cuando veo la película de Scorcese y lo escucho hablar y cantar junto a Joan Baez. Ahí me veo con la fascinación por una clase de filosofía entregada a los alumnos con la gracia de Mr Tambourine. . Eso es lo que siempre quise y lo que quiero, convertir a los estudiantes en audiencia y llevarlos con mi voz a ese lugar en el que el sarcasmo, la intemperie, el filo sonoro de un hombre que desde el camino llega a todas las ciudades, arranca aplausos y lágrimas de emoción.

 

Filosofía con sangre, pero no la sangre de las ideologías sino la de la poesía. Hay un momento en que volvemos a la cuna, al estado de bebé abandonado y nos reencontramos jamás tranquilos, nunca en paz, no somos pacifistas, no es un estado lácteo, sino una piñacolada con ron bronce y finta de carateca.

 

Ver a Joan canosa en su cocina con sus manos enjoyadas y la guitarra alzada cantando con su voz de sirena al estilo de Dylan, qué pareja de mocosos! Para los que siguen hablando de lo que no saben, miren eso y después hablen de la década del sesenta y de la tiranía de la

 

juventud. Allí están, ahí se muestran nuestros déspotas, los que aún adoramos.

 

Johnny Cash, Guthrie, Guinsberg, Kerouack, Luther King, y ese mocoso judío con su cabeza un plumero y sus anteojos negros haciendo su ruta con esa voz resfriada. Lo vi en Obras, entró en escena y me paré en mi tercera fila a pesar de los gritos de las butacas de atrás. Nadie está sentado cuando el poeta llega. Lo único que dijo aquella noche fue “bona sera”, jamás olvidaré tu bendición, payaso del Parnaso.

 

Ser telonero de los Stones en River Side de Nuñez fue un regalo que sólo un desastre de talento puede hacer. Cuando luego lo invitan a cantar juntos nada menos que Like a Rolling Stone ya era un relajo, podíamos despanzurrarnos y echar las entrañas al techo.

 

Hay momentos en que el paraíso se convierte en un infierno. Es lo que vió Hieronymus Bosch, cuando la felicidad es plena, duele y todo termina en un desmadre.

 

Volvió Rimbó a la tierra, primero vestido de africano, había pasado por Abisinia, luego fue a Louisiana, hasta 1941, en que se reencarna en Robert Zimerman. Fue reestablecido en un artefacto algo extraño como también son extraños nuestros tiempos. Es el eterno retorno de la diferencia. No sé a qué religión ha decidido pertenecer últimamente. “Yo es otro” es su credo. Tengo una foto en mi biblioteca en la que está en el Muro de los Lamentos el día del Barmitzvá de un hijo suyo. Luego disparó para Jesús, no sé si algún día será musulmán. Me queda claro que el ateísmo es la religión más chúcara que existe y corresponde al politeísmo del asfalto.

 

Dylan tiene un secreto, vió la luz negra, es parte de la zona indescifrable de su leyenda. El día en que tuvo su accidente de moto, se dice que no fue más él mismo, que ya nada fue igual, pero todo es mentira. Jamás cambió, no puede cambiar, Rimbó se va y siempre vuelve con sus ojos cada vez más azules.

 

Qué ganas de mandar todo al carajo y agarrar una guitarra y decirlo todo a quien quiera pasar por acá. Pero no, la guitarra es ajena, y la voz es de Bob, un hermano aunque él no lo sepa, alguien que jamás soportaría quien lo adore, de cerca, porque de lejos, es lo mejor. Escuchar el bramido del estadio y estar solo en el camarín con algún compinche, así es el poeta en nuestros días. Es burlón, pero callejero, no es el canchero de las salas de redacción, ni es el literato de ediciones Rimbaud, porque éste es Rimbó, se la cree y no se la cree, le duele que lo desprecien y busca que lo desprecien, así se siente más libre, lo buscan esforzadamente Gieco y Calamaro y lo encontró sin querer Chico en Ipanema. 

 

Cuentan que Cortázar cuando se despedía de la vida, pidió que le pusieran un concierto de Mozart, bueno, lo entendemos, no es mala música para el Purgatorio, pero para el infierno...

 

(2005)

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