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Roberto Arlt




Perlongher 

Rodrigué 

Donghi 

Masotta 

Cortazar 

Cortazar - Rayuela 

Borges 

Plaza Cortazar - Palermo Soho - Buenos Aires 

Manuel Puig 

 

 

Cortazar 

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Impresiones de autores que se fueron

Tomás Abraham

Es un hecho familiar para el lector sudamericano leer los escritos de compatriotas que viven en otras tierras. Adquiere una magia especial recibir una novela o una colección de cuentos en el propio idioma de quien nos mira de lejos. Al verse a sí mismo a la distancia por efectos del traslado, el escritor “ido” también nos sitúa a los lectores que nos “quedamos” en un país de ficción, el nuestro. Rayuela no sólo nos abre la ciudad de París transitada por un argentino, sino que nos devuelve un Buenos Aires embellecido por el contacto con el tabernáculo francés. Es bueno saber que no se nos ha olvidado. La fuerza del idioma, el castellano argentino, retorna vigoroso porque ha encontrado un nuevo talento que lo enriquece y una alquimia fresca que mezcla sueños y realidades.

Es extraño leer a un escritor argentino que ha renunciado al castellano. No son tantos los casos conocidos, pero la sensación de abandono y traición que se puede sentir de alguien que nos ha dejado solos en nuestra isla idiomática no se tiene con un escritor como Copi. Copi es Copi, ni siquiera es Damonte Taborda, puede escribir en francés o castellano, sus referencias argentinas son frecuentes y su desparpajo al ser criollo lo acerca más  a nuestra ribera que otras literaturas fraguadas en el mismo crisol desde Jarry a Becket.

Escribir afuera, en el mentado “exterior”, se convierte en una cuestión de fidelidades. Estamos atentos al tono y al modo en que nos recuerda nuestro autor, seguimos con atención sus triunfos que de alguna manera son nuestros, y soñamos con el Nóbel.

Pero la conservación del idioma no excluye una a veces profunda animosidad a la tierra que se dejó. El viaje a París de nuestros escritores de la segunda mitad del siglo XX prolonga o coincide con una rendición de cuentas respecto del lugar de origen del que se resaltan los prejuicios, la hipocresía y la inquisición moral de familias y escuelas. Pienso en La ciudad y los perros de Vargas Llosa y El mundo para Julius de Bryce Echenique. Copi cuando recuerda a nuestro país habla de militares, otros hablarán de curas, hay quienes retratan una clase media vulgar y kitsch. Puig se va del país en años de amenazas y persecusiones, y nos enviaba de tanto en tanto mensajes de odio, no de un odio malsano ni rencoroso, sino una admonición y una condena a todos los que han permitido que una fauna represiva haya hecho del país un lugar invivible.

Néstor Perlongher cada vez que volvía de Brasil no escatimaba la oportunidad, ni permitíamos que lo hiciera sus amigos, de volver a leer sus poemas prostibularios en los que la protagonista era Evita. Palabras tremendas en una Argentina en la que abundan los tabúes y los impronunciables de la religión de la patria.

Emilio Rodrigué que combina psicoanálisis y literatura prosigue su saga personal desde Salvador, Bahía, y hace un gran esfuerzo por no perder totalmente el idioma en la ciénaga del portuñol. Extraña epopeya de un escritor que pierde su lengua al ganar de tamaño su oreja inundada por el portugués de sus pacientes.

El historiador Tulio Halperín Donghi, otro migrante desde la “noche de los bastones largos”, crimen cultural que entierra vaya a saber uno hasta cuando, un proyecto educacional ambicioso y – lo peor para algunos – cosmopolita, dedica su obra a la historia argentina. Nuestro historiador más interesante es quien nos mira con un escepticismo terminal. Para él, a veces lo dice con elegancia, con humor, y fundamentamente con distancia, la Argentina fracasó. Incluso le da fecha al obituario: desde 1929.

En esto ha sido más preciso que aquella frase de un personaje de Vargas Llosa que decía que en algún momento Perú se jodió.

Oscar Masotta recaló en Barcelona luego de una breve estancia en Londres, y continua con un trabajo literario, una escritura clara, precisa, más bien breve, que concreta su viejos sueños de escribir como Merleau Ponty. Esta prosa se distingue por la ausencia de arpegios tecnicismos y galicismos paleoestructuralistas que nos recuerdan que un ensayo también puede ser una lectura agradable.

Han sido numerosos los escritores que han abandonado nuestras tierras tanto en el siglo XIX como en el XX. Los primeros , como en el caso de Echeverría, Sarmiento y Alberdi, eran escritores, políticos, estadistas. Eran esos hombres completos de aquellos tiempos en los que la constitución del idioma era paralela a la conformación del Estado Nacional. En nuestros  tiempos, en la segunda mitad del último siglo, el éxodo de escritores se vincula a la destrucción del mismo Estado.

Cortázar en sus años mozos es un intelectual sumamente compuesto y formal, maestro y profesor de liceo, sus primeros escritos de ficción son poemarios segregados por Racine y Rouget de Lisle. Su libro Bestiario confirma una metamorfósis animal del autor con su mundo de suspenso, de sonidos extraños, conejos que se vomitan, suicidios tácitos, rarezas cotidianas, que es el pasaporte de su viaje a París, la tierra de la libertad, de la ironía y el fin del pundonor.

Ya no había porqué ocultarse por practicar exotismos que llaman la atención.  Desde allí, desde la ciudad que aprecia a los espíritus originales, un buen día diez años después nos enviará su foto, el retrato de Sara Facio, con la que provocará un delirio de amor en su tierra, junto a su novela.

Hay quienes han sostenido que Rayuela es una novela de consumidores. Dicen que está escrita para candidatos de agencias de turismo cultural y aspirantes a becas en París. Es el nuevo modelo del afrancesado que de haber sido el viajante en barco con vaca propia, o el bebedor de champagne en la noche de la ciudad Luz de los tiempos de Güiraldes, se ha convertido ahora en un pasajero urbano que recorre las calles de París, alterna con artistas en ciernes, nos trae las novedades y las preocupaciones de los que están “ á la page”, “en la pomada” se decía en el Buenos Aires de entonces, y así del jazz al nouveau roman recibíamos de  nuestro ilustre embajador, la plastilina necesaria para modelar nuestro pequeño fetiche cultural.

Hay otros críticos, algo más generosos, que no ven en la novela una perfumería free tax de aeropuerto, sino una gran obra que al estilo de los viejos relatos del siglo de la novela, ofrece información y erudición en el transcurso de la trama. Hemos aprendido con Cortázar afirman estos agradecidos lectores.

¿En qué momento Cortázar se convirtió en un valor nacional? No debe ser muy difícil averiguarlo, es alrededor del años setenta, tiempos en que Cortázar intensificó su apoyo a los movimientos revolucionarios del continente y en que puede haber pronunciado alguna palabra de simpatía por el movimiento para una patria socialista que inauguraba el nuevo viaje de Perón a la Argentina.

El resultado de dos amores  en este caso correspondidos y hasta sumados, el Cortázar que inventó al Romeo y a la Julieta porteños llamados Oliveira y La Maga agregado al que es portavoz de la revolución latinoamericana y amigo de los escritores de la liberación, el fruto de este acopio sentimental es la Plaza que está a seis cuadras de mi estudio  en el barrio de Palermo Viejo, la antigua plaza Serrano rebautizada hace algunos años como Plaza Julio Cortázar, recinto circular de cemento en el que exponen artesanos sus mostacillas y velas, mientras los vehículos la contornean para dirigirse por la calle Jorge Luis Borges ( ex Serrano) hacia Plaza Italia. Así que en la mítica Buenos Aires tenemos a la Plaza Julio Cortázar esquina Borges, en un punto urbano que evoca a éstas dos lápidas. Digo esto porque cuando la tinta está fresca, y por algún motivo estimo que la letra de estos dos escritores aún vibra de vida y todavía pasean sus nombres como almas en pena, no merecen el homenaje de las placas que en lugar de inmortalizarlos definitivamente los mata.

 Así es que los muchachos de hoy se sientan en “la” Cortázar o se despiden en “la” Borges de estos libros hechos calle. Pero el valor nacional no es calle, asunto finalmente de intendentes y comités vecinales, sino blasón de la masonería cultural que ha hecho de Cortázar el escritor arrrgggentino que nadie puede menospreciar. Hubo un escritor novel que volcó en un relato publicado en un periódico la escena en que arroja al piso Rayuela en un gesto de hartazgo hacia toda una generación. ¡Para qué! Lo acusaron de posmoderno, frívolo, payaso, diletante, cobarde. Es un valor nacional según la medida que lo instala como tal. Hoy los clásicos se definen por el tiempo en que habitan los kioskos en ediciones baratas y no en los encuadernados de estilo la Pleiade o Aguilar. Cortázar vive en las estaciones de trenes y ómnibus, en los subtes, en la calle, se lo regala con los matutinos, y es parte ya cíclica de nuestro acerbo cultural.  

La experiencia de releer a Cortázar de parte de un viejo enamorado es extraña. Puede dar la sensación de envejecimiento, una acción mortal del tiempo que da lugar a un enigma. Por un lado es posible que por la acción de la saturación semántica, por la repetición de una estética, se gaste y se deshilache la novedad de una obra. Además las audacias y las innovaciones lo son en relación a un contexto conservador, y el espíritu de vanguardia a pesar de estar animado de una misma inspiración irreverente, es histórico, quiere desprenderse de corazas y estereotipos que le corresponden por contemporaneidad y tienen  fecha de vencimiento. Escupir conejitos no parece nada raro hoy en día en que las novelas se interesan por las clonaciones. Remedar la voz del torito de Mataderos parece un ejercicio literario mediocre y aburrido. Los cronopios y los famas, bueno, dan ganas de hacer zapping. Pero Cortázar es grande y ofrece rincones en lo que se pueden paladear nuevas exquisiteces.

Hay críticos que dicen que Cortázar es lectura para iniciarse en la lectura, por lo que es propia de adolescentes. En ese caso el enigma se cierra en su misterio porque no es que la obra haya envejecido sino que lo han hecho sus lectores. Si camadas de adolescentes leen a Cortázar, entonces es siempre nuevo, y tendrá siempre lectores, no los buenos lectores, aquellos que están de vuelta de las ingenuidades, porque este lector puede ser un gran patán engreído e ignorante, sino el joven lector entusiasta que lee un libro de un autor que leía su joven y entusiasta padre.

Copi, Puig y Perlongher, uno en París, otro en México, el tercero en San Pablo, tienen una característica común: son homosexuales. Copi decía marica, Perlongher puto, Puig no sé. Hoy en nuestro país se ha legalizado la unión civil entre personas del mismo sexo, los travestis en zona roja o no son parte de la escena vial, todo esto en medio de procesiones que reunen millones de personas que adoran a la Virgen, clamores que anuncian que cuando cambie este gobierno las cosas volverán al cauce moral que le corresponde, en suma, la inestabilidad del contexto moral no nos permite hablar de nuevas tradiciones en las que el librepensamiento al estilo de los países protestantes o laicos cierran la etapa de la censura.

Copi habla del vivir con miedo en la Argentina. Caminar a la noche por una calle parisina y escuchar el golpe de una puerta de un coche que se cierra es parte de los sonidos adyacentes, en Buenos Aires exige una mirada atrás para ver quien es, quien viene, o qué pasa. Así es el miedo. Nosotros luego de largo tiempo de resistencia hemos cedido a este miedo y ya no caminamos de noche por los barrios de la ciudad.

Imagino que Perlongher también estaba harto del machismo porteño y de la falta de gracia de los militantes de la liberación. Poeta excelente, barroco, juguetón, musical, fascinante recitador de sus propios poemas, se recibió de antropólogo en la universidad de Campinhas y escribió ensayos sobre las sexualidades marginales en San Pablo. Murió de sida.

Puig hoy es leído por la gente culta. Profesores de la facultad de letras le dedican ensayos con condimentos semiológicos. Ha entrado en la alta cultura. En los tiempos en que escribía no era tomado en serio. La palabra folletín hoy tan auspiciosa  remitía en la década del sesenta a un tipo de escritura sin militancia, sin nivel intelectual, sin ramificaciones con Europa, era considerada una conversación de peluquería entre señoras que no despertaba mayores curiosidades entre escritores comprometidos.

Puig en los sesenta era como un Almodovar durante el poder de Franco, comparación quizás fallida por la diferencia de estilos, ya que Puig era alguien sumamente recatado y su literatura es más conversacional que escénica, pero como autor no tenía lugar en un país de machos que pensaban que la crítica por las armas y las armas de la crítica no admitían el maquillaje de las estrellas.

La mujer Star es el personaje de Puig, es Gloria Swanson en aquella película con William Holden, son Rita, Lana, Mecha, Zully, el mundo de la diva en el que los actores languidecen como varones descargados.

Ni Puig ni Copi quisieron volver a radicarse en Buenos Aires. No son como los Henry Miller o los Hemingway que dieron la vuelta a mundo para regresar a sus soles o sus sombras de origen. Copi decía sentir nostalgia por las playas y las soledades del Uruguay pero no por Buenos Aires. A ninguno de ellos les llegó la moriña y la ternura por el país que dejaron y que hoy otros “idos” ven tan pintoresco. Es un consuelo para nosotros los “quedados”. No hicieron de la Argentina el lugar inofensivo de un recuerdo de infancia y de los argentinitos seres anárquicos pero simpáticos. Siempre conservaron su odio de origen que de alguna manera nos dignifica.

El pueblo de General Villegas de Puig se ha perdido para Puig. Le dio presencia literaria cuando así lo merecía. No es hijo dilecto de la zona, en mi conocimiento no tiene plaza en el pueblo, ni calle. Hay otros famosos que prestigian más la zona, más queridos por los lugareños porque resaltan las cualidades de gente buenaza, sencilla, pujante, y no la mariconada inventada por este autor pop. Puig fue seducido por el costumbrismo argentino pero no tanto por sus costumbres.  La dulzura maliciosa del primero duró algún libro, pero la tenebrosidad del segundo le borró el sustrato aldeano de esta custodiada metrópoli. Se retiró de su imaginación el pueblo ingenuo y divertido que vivía del chismerío de zaguán, quedó la banda de asesinos que al fin dejaba caer su mascarada moral para desnudarse en su pura criminalidad.

En Cuernavaca, con su madre, con sus miles de películas, cerca de Hollywood y escribiendo comedias musicales para Brodway, su argentinidad se demoraba en su idioma a veces adaptado para usos mejicanos.

Copi dice de sí mismo que es un argentino en París. Figura legendaria atribuída al galante criollo que  al volver cuenta sus proezas en la tierra prometida y por el conquistada. Champagne y mujeres. Triunfar en París es fácil, basta con haber estado. La diferencia de  Copi es que hablaba el francés y lo usaba. Lo dibujaba. La historieta y el teatro en su caso, el cine en el de Puig, el ensayo y la poesía en Perlongher, todos éstos son géneros linderos de  la literatura o no constituyen su núcleo difusor.

Quisiera mencionar a otros que se fueron. Emilio Rodrigué, algo así como un Henry Miller argentino por su nomadismo y su pornosensualidad. Pero fundamentalmente por su vitalidad. Lejano descendiente de D.H Lawrence como lógica consecuencia de su característica milleriana, es un hombre que trasmite la felicidad al mismo tiempo que el desapego. Su independencia nace del hecho de que él mismo es su principal personaje. Hace del egoísmo un hedonismo, además, sabio, ya que se sostiene en concepciones eróticas legitimadas por los cambios que el psiconanálisis y las terapias de grupo produjeron en un sector de las clases medias. Rodrigué traza un cuadro trágicocómico de las ilusiones de la conyugalidad. Sus exmujeres protagonizan varios de sus escritos. Personalidad  rica, militante de los años setenta, perseguido político, psicoanalista respetado, escribió hace algunos años una monumental biografía de Sigmund Freud de una alta calidad teórica y literaria portuñol mediante. Obra ya descatalogada, innehallable en las librerías, presente quizás en alguna mesa de saldo, muestra que la ausencia de muchos años en ciertos cotos culturales, dejan a un autor con pena y olvidos. Parecen necesarios los contactos sociales para que una obra viva, que tenga lectores. Admiradores, colegas agradecidos, buena prensa, grupos de identidad, visitas oportunas, publicaciones y reediciones periódicas, intervenciones mediáticas, presentaciones de libros, algún premio, sitio de honra en suplementos culturales, si gran parte de esto falta, el autor “ido” se marchita en la lejanía.

Asombrosamente esto ha sucedido con Rodrigué, al menos con este  libro no leído que nos habla del estado en que se encuentra la cultura académica en la Argentina. ¿ Quién va a fotocopiar dos tomos? ¿Qué profesor de psicología exigirá la lectura de un libro que no sea de su autoría y que no le reditúe nombradía y derechos?

Emilio Rodrigué cuando regresa a la Argentina ve a sus amigos de la vieja camada con las que hizo las travesuras décadas atrás, esquía en Bariloche y come bife.

Ahora Masotta. Un hombre que nadie hubiera dado un peso por su destierro. Porteño de dedos amarillos  – lo he visto tener dos cigarrillos en la boca, el ya casi consumido y el recién encendido – protagonista de gestas culturales como el de la difusión de la filosofía sartreana, el pop art y el lacanismo, un sembrador de inquietudes y hombre alerta a todo lo que sucedía en París. Un intelectual de Buenos Aires. Un día se fue a Londres. No eran amenazas ni persecusiones, sino, estimo, el percibir que la represión militar dejaba un espacio tutelado aunque no prohibido en el caso de la enseñanza de los seminarios de Jacques Lacan y los escritos de Freud, que empobrecería la actividad docente y literaria. Lo que más llama la atención en el caso de Masotta es el umbral que teje laboriosamente entre quien no es más que un divulgador de las ideas de otros y quien adquiere personalidad fuerte y propia. El resultado es una prosa elegante, cristalina, que discurre gradualmente entre problemas complejos que se escriben con pluma didáctica siempre a la altura de las dificultades, sin ánimo de simplificar. Masotta es lo contrario de un especialista, lo que no quiere decir generalista, sino algo así como un clínico. El médico clínico si es bueno, no es sólo estetoscopio y diga la palabra treinta y tres, sino quien orienta, descarta, controla, reúne. Masotta muere en momentos en que sus ensayos adquieren una carácterística cada vez más personal en el estilo de su trasmisión y en los objetivos de sus investigaciones. Su producción contrasta con la ensayística argentina del mismo rubro en la que la pedantería, los anacronismos teorizantes, las poses eruditas, la glosolalia y la jerga para iniciados, dominan el panorama de – como decía Puig – una falsa sofisticación.

Para terminar con este desfile fraterno de los que se fueron siempre leídos por los que nos quedamos, el historiador Tulio Halperín Donghi, el hombre de los dilemas. Halperín que ha cubierto con sus libros prácticamente toda la historia argentina desde la revolución de mayo de 1810 hasta la eternidad peronista, muestra que los hombres que protagonizan la historia  hacen lo que pueden dentro de la esfera de lo posible, y a menudo lo hacen tan mal como las circunstancias lo permiten.

Dueño de una prosa alambicada que a la manera del lector aprendiz del latín, nos obliga con frecuencia a releer el comienzo de un párrafo de quince renglones para no olvidarnos de lo que habla, experto en subordinadas y puestas entre paréntesis, es un reconocidísmo académico primero de Oxford y luego de Berkeley que nos cuenta nuestra historia como una sucesión de callejones sin salida.

El talento que hay que tener para dilucidar dilemas no es poco. El modo en que en la Argentina nos hemos acostumbrado a leer nuestra historia es maniqueo. La historiografía liberal confundió dinero con educación y elites con plutocracia. La llamada historia revisionista o nacionalista, diagrama una epopeya sentimental que tiene un ogro que habla inglés por verdugo y un pueblo virgen que se le entrega como víctima. Argentina es Ifigenia. Los personajes cambian pero los roles son los mismos. No deja de ser extraño que un  país que no padeció el genocidio de indígenas como Méjico y Perú, ni el tráfico de esclavos como el Caribe, ni la sucesión de golpes de Estado antidemocráticos perpetrado por el imperialismo como en América Central, ponga sobre sus hombros la injusticia del mundo y que sea víctima propiciatoria de la avanzada imperial. 

El recorrido de Halperín nos instruye sobre las dificultades que afrontan los hombres del poder, las actitudes de los grupos económicos, las estrategias cambiantes, y los gruesos errores en los cálculos políticos; una historia no puritana, escéptica, ya que  no ve en nuestra historia el drama de un solo sentido y de una sola lucha, y porque no la reconoce como una suscesión de problemas y soluciones sino de dilemas y decisiones enmarcados por la densidad de las contingencias.

Muchos se fueron y varios se quedaron. Puede llamar la atención de que en nuestro caso, el argentino, los referentes más importantes de la historia de nuestra literatura, los casi unánimemente considerados como tales al menos en el siglo XX, se hayan quedado. Más allá de haber estudiado en algún instituto de ultramar, o de pedir el sepelio en un territorio más tranquilo, Jorge Luis Borges, junto a Macedonio Fernández y Roberto Arlt, son gente de las calles de Buenos Aires que imaginaron el mundo desde esta ventana.


( Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid 2006)