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Las ilustraciónes corresponden a El mundo de Mafalda


 

 

 

 

 

 

 

 

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Derechos humanos y educación sentimental

Durante la guerra de los Balcanes Richard Rorty escribe un artículo titulado Derechos humanos, racionalidad y sentimentalidad. Se refiere a lo que denomina deshumanización. Este despojo no apunta a la pérdida de una esencia sino al fenómeno de las matanzas tal como ocurren en nuestros días. La limpieza étnica y el sadismo sexual son dos modos en que se mata en las guerras contemporáneas. Rorty en obras anteriores ya se había interesado por el fenómeno de la crueldad y su contrapartida la humillación. Se pregunta cómo luchar contra este hecho. Intenta responder de un modo no tradicional, es decir sin recurrir a los mismos procedimientos de los que se parte como la violencia y la venganza. Esta guerra le sirve para acentuar su crítica a los racionalismos poskantianos que suponen que el hombre es un ser racional dispuesto a comprender las reglas universales del entendimiento y adaptarse a ellas. Reconoce que el hombre es un ser maleable, habla de la “extraordinaria maleabilidad del ser humano” que permite que pueda ser manipulado por los sentimientos.

Rorty en lugar de definir al ser humano como un ser racional se inclina por resaltar el umbral de su sensibilidad. Se puede sensibilizar a las personas y diagramar mediante la inteligencia dispositivos de sensibilización. Es lo que llamaba Flaubert de acuerdo al título de su novela una “Educación sentimental”.

Como buen fellow senior de la academia no nos invita a hacer uso de la prensa amarilla y a idear toda la serie de golpes bajos que alguna vez etiqueté con el nombre de pornopolítica. Propone una serie de recursos gráficos y audiovisuales que permitan procesos de identificación. Aquello que une a los seres humanos es una comunidad en el dolor, base de la comunidad moral. Entendemos el sufrimiento del otro de un modo mucho más directo que su felicidad. A todos los hombres del mundo les duele perder a un ser querido y todos entienden el sufrimiento producido por las vejaciones.

Humillación y crueldad son canales de comunicación fáciles de traducir. ¿Cómo hacer para que los habitantes de zonas alejadas y ciudadanos de culturas diversas, se sensibilicen por lo que ocurre en otros lugares y a distancia de cualquier amenaza de sus propias vidas?

Rorty cree que en el mundo de hoy los ricos le han ganado la batalla a los pobres. Piensa que el slogan de proletarios del mundo uníos ya tuvo su fecha de vencimiento. La estrategia debe cambiar. La rebelión ante la injusticia y la crueldad debe originarse en los países centrales. Son los ricos los que deben sentir que a pesar de las comodidades en las que viven la vida se les hace poco soportable. Podrán amurallarse detrás de sus solares y encadenar las puertas, pero su vida ya no será vida, o a lo sumo no será más que la existencia de un rico encarcelado en una celda vip. Hay que mostrarle a los ricos imágenes de pobreza y dolor y hacerlo de tal modo que sientan que aquel ser raquítico o el niño exánime en brazos de su madre, puede ser un hijo suyo. La semejanza estrecha los márgenes de la contiguidad y lo distante se hace próximo y el ajeno prójimo.

Se podrá definir de un modo sarcástico a la posición de Rorty como la de un liberalcristianismo por su preocupación moral caritativa. No deja de ser una moral de la compasión y de la culpa.

Rorty dice que no se le puede pedir comprensión a quienes viven vidas marginadas y que soportan el hambre y la opresión. La simpatía hacia el otro que él programa se sostiene en un sentimiento de seguridad. Con paz y productividad, nos dice, se pierde el miedo y nos permite relajarnos y escuchar. Sólo así la obediencia se convierte en confianza y la buena disposición hacia el prójimo se hace su lugar.

Rorty afirma que son la novela, el cine, la televisión, el docudrama y las monografías etnográficas los instrumentos estéticos y eruditos que tiene poder de sensibilización y capaces de ser fuentes movilizadoras de las almas. Menciona la tradición norteamericana ejemplificada por La cabaña del tío Tom de H.B.Stowe  por sus efectos en la percepción de sus contemporáneos.

Es tan fácil reirse de Rorty, de su ingenuidad al estilo John Wayne, esa cosa norteamericana del cowboy que con una buen tasón de café amargo al lado de su carreta mira al oeste en silencio. Ese grandote bonachón que barre indios a mansalva. Pero una vez que lo canchereamos como se debe, nosotros, los hijos de Martín Fierro, gaucho silencioso que matea orillando la pampa, pensemos en Crónica TV, en TC Noticias, en CNN, y en los miles de piqueteros que salen a la calle para que alguien los mire y a nosotros enchufados a la pantalla con nuestra sensación de inseguridad incrementada por un crimen en Villa Fiorito y por nuestra comida atragantada por el niño que muere de hambre en una calle de Tucumán. A eso se refiere Rorty, a los que los especialistas llaman el poder de  sensibilización de las nuevas tecnologías. Un lugar común.

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Ilusiones subjetivas

Rorty no es ingenuo. Sabe que sus propuestas caen mal en la izquierda. Sabe tambien que la derecha lo toma como otro inútil del establishment escolar norteamericano. Un “radical” en el sentido norteamericano, un izquierdista que se ha ablandado. Tiene conocimiento de que su postura es sentimental, él mismo la califica con los ojos de otro de blanda, húmeda y femenina. En un ensayo de hace años, Batallas éticas, confronté a este propotipo filosófico de la molicie como es Rorty con un macho ontológico como Badiou. No sé como hice pero los dos fueron descalificados y ganó Witold Gombrowicz quien no estaba invitado al combate.

Hoy vuelve Rorty a mi pensamiento. Y lo hace con lo que siempre hizo, mostrando su buena voluntad y rescatando del desván de vejestorio al hombre liberal de la tradición norteamericana. El hombre de Franklin, Lincoln, Whitman y Thoreau. A partir de ellos hay una cultura que rescata. Es su isla, su colonia, su barrio. Todo el mundo tiene su lote, éste es el suyo. Desde ahí tiende sus manos hacia el austríaco Wittgenstein, al alemán Heidegger, y hasta al francés Sartre.

El problema es que éste que muere sin conocerlo, si lo hubiera encontrado en vida lo habría hecho añicos. Lo trataría como una consciencia desdichada hipócrita, una figura de la dialéctica hegeliana encarnada en un Amo plañidero, un paleocristiano al servicio del imperialismo.

Basta releer la famosa introdución de Jean Paul Sartre a Los condenados de la tierra de Franz Fanon. La escribe treinta años antes que el texto de Rorty sobre los derechos humanos. El contexto histórico de Sartre se enmarca en la lucha por la liberación nacional de los pueblos del Tercer Mundo en los fines del colonialismo. El médico psiquiatra Franz Fanon le sirve para destacar las cuestiones de identidad de una raza oprimida por el colonizador blanco. Siguiendo al autor africano también reflexiona sobre los procesos de identificación. Pero esta vez en lugar de la identificación del rico con los sufrimientos del pobre, y del que descansa seguro en su casa con el diezmado en la intemperie, es el proceso inverso el que se detalla con la identificación de la víctima con su victimario. Lo que luego se llamó el síndrome de Estocolmo.

El negro africano que adopta las costumbres del opresor, quien se hace valorar por el ocupante, el que aprende el idioma de su dueño y trata de hablarlo con tal perfección para disimular su extranjería. Sartre siguiendo a Fanon no le pide nada al blanco rico colonizador, nada hay que pedirle. Hay que arrebatarle todo con la punta del fusil y con “la paciencia del cuchillo”.

A la hipocresía liberal hay que responderle con el único tesoro que tiene el sojuzgado: el odio. El proceso de deshumanización debe ser combatido con la violencia que no es más que la recibida y devuelta. A la afectación del oprimido en su intento de parecerse al verdugo, le corresponde una réplica: “ vosotros, tan liberales y humanos, que lleváis el amor a la cultura hasta la afectación, simuláis olvidar que tenéis colonias y que en ellas se mata en nombre vuestro”.

Sin embargo, en un punto se encuentran Rorty y Sartre, me refiero a la vergüenza. Rorty piensa en un proceso de sensibilización que haga receptivos del dolor de las víctimas a ciudadanos de otros países. Sartre habla de vergüenza, recuerda que para Marx “la vergüenza es un sentimiento revolucionario”. Y reconoce: “ ya lo véis: tampoco yo me puedo desprender de la ilusión subjetiva. Yo también os digo: `todo está perdido a menos que...´. Europeo, yo hurto el libro de un enemigo y hago de él un medio de curar a Europa”.

¿En qué cambió el mundo en estos treinta años? ¿En nada? ¿La diatriba se reduce a que mientras un filósofo llama a la lucha armada junto a los condenados de la tierra, el otro sostiene que esta lucha es inocua y que el cambio de las condiciones de vida de los oprimidos necesita una nueva educación sentimental que modifique los valores de los poderosos?

¿No es acaso lo que hizo el cristianismo en los finales del Imperio Romano? Sensibilizó a las damas de alcurnia, se metió por la puerta lateral de los prohombres romanos y comenzó a roer la capa de legitimimación tan funcional al dominio del mundo. Ilusiones subjetivas las llama Sartre, que parece que las mismas se mantienen a lo largo de los años y a través de los continentes en los que viven los amos. Lo que ha cambiado son los escenarios de dolores y de las sojuzgamientos objetivos.    

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Un primer paso

Para alguien que no leyó Las palabras y las cosas de Michel Foucault, o que no haya transitado por los trabajos de epistemología histórica como los que escribió Alexandre Koyré, es posible que se sorprenda con el libro La filosofía como espejo de la naturaleza de Rorty.

Resulta antipático desmerecer una obra porque se le encuentra un antecedente. Es un signo de pedantería. Existen esos personajes supuestamente de vuelta de un camino por el que otros sólo irían de ida. Se complacen en afirmar que no ven novedad alguna en lo que les presentan. Todo les resulta conocido y déjà vu. Usan una supuesta erudición para devaluar esfuerzos ajenos. Por lo general estos seres experimentados no hacen gran cosa por sí mismos ya que al policía también lo tienen adentro y hacen gala de una elegante ociosidad.

El antecedente aqui señalado intenta algo distinto. Es un asunto de provincialismo. Una vez el historiador Paul Veyne a quien tengo por maestro me dijo que en la Argentina nosotros teníamos mejor perspectiva para ver el mundo que los franceses ya que desde abajo – es decir desde el sur - se amplía el panorama terrestre. Gozamos de una posición con un excelente ángulo de mira. Ellos, los continentales europeos, para mirar el mundo deben usar el cogote y retorcerlo. Una tortícolis cultural fácil de pescar los acostumbra a no hacer el esfuerzo y seguir con lo más cómodo que es mirar para adentro.

De todos modos esta situación se vuelve interesante con Rorty ya que él sí llevó a cabo ese esfuerzo de mirar más allá del Atlántico e interiorizarse aunque sea de costado por los avatares allende el Canal de la Mancha. Lo hizo de a poco. Este libro es el primer gran paso. Por eso puede ser destacado como un elemento de despegue de un filósofo cuyos primeros escritos son parte del giro linguístico y que ha sido miembro activo de la secta analítica y adiestrado a tal efecto. Con este libro de 1979 Rorty comienza su crítica a la hegemonía por parte de la semántica y de la epistemología que según su entender dominan el campo filosófico. Frente a estas dos tenazas gnoseológicas les contrapone la hermenéutica de origen alemán que lo vincula con la primera fase del movimiento de liberación del vocabulario de los departamentos de filosofía en los que enseñaba, me refiero al romanticismo.

Cosas, ideas, palabras, las dos primeras escritas con mayúscula la última con minúscula ya que se trata de lenguaje ordinario, son tres mojones de la historia de la filosofía que se inician en Platón, siguen con Descartes y terminan con Kant. Este circuito tiene la misión de dibujar el sitio para que el filósofo cumpla la función de lo que Rorty denomina supervisor cultural.

Para sostener este lugar debe hacerse de los instrumentos que lo autoricen a fundamentar el conocimiento empírico elaborado por las ciencias. Lo hará remitiendo a modelos originales que organicen el Ser desde el mundo de las ideas platónico, luego con las ideas innatas y un Yo cartesiano que administra la calidad de las representaciones que se suceden por un escenario interno, y, finalmente, de acuerdo a un sistema categorial se erige un sujeto desgajado en un aspecto trascendental y fundante y otro empírico y fundado.

Un pensamiento binario adquiere distintas máscaras que van desde la que cubre la diferencia esencia-apariencia a la separación interior-exterior.

La meta de Rorty es reconvertir al filósofo supervisor cultural plasmado por esta tradición secular en un filósofo que oficia de intermediario socrático entre discursos y hablantes. Heidegger en su libro sobre Nietzsche hace su propio recorrido no tan ajeno al de Rorty. El filósofo alemán para mostrar los hitos fundamentales de la historia del olvido del Ser y del último pliegue de la metafísica comienza con Protágoras, sigue con Descartes y culmina con Nietzsche. El lenguaje que debe construirse para que la pregunta por el Ser sea posible debe aunar elementos poéticos y filosóficos. El fruto se saborea con una verba meditativa. En el caso de Rorty el personaje buscado es un actor socrático que no le teme a la usurpación de la lengua y del pensamiento por un  Protágoras. No considera que sea propio de una actitud bastarda la que afirma que el hombre es la medida de todas las cosas ya que es lo que el mismo Rorty sostiene. Su intento es ofrecer argumentos que justifiquen situar a la filosofía en un mundo de interlocutores y no respecto de una verdad inscripta en el orden de lo real a la espera de la lengua cuya matriz se adecúe a su objeto.

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