Blue Flower

 
 
 

 Las ilustraciónes corresponden a obras del Prof. M. Teicher


 

 

 

 

 

 

 

 LA FILOSOFÍA DE RICHARD RORTY ( Partes 7, 8 y 9 de 50 )

Rorty 7 / 50

Las conexiones

 

O fue Jacques Bouveresse o Ray Monk, lectores de Wittgenstein, quien ha hundido  según mis recuerdos un dedo en la llaga cuando dice que la lección que podemos extraer del filósofo de Cambridge es que la singularidad de la filosofía es hacer conexiones. Las conexiones remiten a una horizontalidad. Debo admitir que esta particularidad tiene un poder de seducción del que carece la definición de Wilfrid Sellars que presenta a la filosofía como el sistema de pensamientos interesado en el modo en que las cosas encajan. Conectar y encajar no son lo mismo. Basta que nos dirijamos a uno de los oficios terrestres para saber que quien mejor encaja es un carpintero o un albañil y quien conecta es el habilidoso con cables y circuitos. Quien encaja mete una cosa en la otra y fuerza la penetración sin dejar resquicios. Una conexión expande una red, multiplica las salidas e incrementa la potencia.

Son metáforas del pensamiento o imágenes del pensar de las que acabamos de hablar y que nos ofrecen una imagen plástica de la labor filosófica que en Deleuze – inventor de estos procedimientos icónicos - no sólo es la del rizoma y la línea de fuga sino la de la ventana abierta, ventana que no deja de mencionar repetidas veces y que sin hacer un uso abusivo de la biografía pero sin dejar de acudir a ella para afinar la comprensión nos permite refirirnos al aire que le faltaba de sus destrozados pulmones.

Que la filosofía sea una ventana abierta para el pensamiento es motivo de una gran celebración, pero que inquiera sobre el modo en que las cosas encajan no evoca festejo alguno sino más bien un malestar y una preocupación sobre el orden de lo existente.

Cuando se afirma que para Wittgenstein la filosofía es conexión no estamos lejos de la imagen de la ventana y de los rizomas con los que Gilles Deleuze entendía aquello que llamaba máquina deseante. Estos dispositivos de la micropolítica del deseo no se restringen a su sentido libidinal, son figuraciones de los procesos de pensamiento que funcionan en el Antiedipo  con conectores e interruptores, en agenciamientos conectivos  y disyunciones inclusivas.

Nuevamente aparece Deleuze en este escrito sobre Rorty como si los pusieramos a conversar ya que prácticamente no se nombraron en vida. Dije que Deleuze reaparecerá varias veces porque es a mi entender quien mejor cumplió el deseo de Rorty de una filosofía libre. No han sido Davidson, Sellars, Brandom, ninguno de sus contemporáneos llamados post-analíticos los que llevan a cabo esa liberación presos que están en los cánones de una escritura normativa y de problemas saturados . Para Deleuze la filosofía es un arte del pensamiento.  Es un filósofo que ha pensado los problemas de la filosofía mediante la lectura de escritores como Lewis Caroll, Antonin Artaud, Scott Fitzgerald, Malcom Lowry, von Kleist y Kafka, y quien ha forjado conceptos a partir de pensamientos generados en artistas como Hitchcock, Orson Welles y Francis Bacon.

Esta ausencia del filósofo francés mal compensada por la excesiva presencia de los pos-analíticos se diluye luego en la remisión incontestable a la autoridad de tres grandes maestros, los máximos exponentes para Rorty de la filosofía del siglo XX: Heidegger, Wittgenstein y Dewey.

De Wittgenstein le interesa una concepción del lenguaje lúdica a la vez que lógica. Por ese lado se acerca al pragmatismo. Con los juegos de lenguaje y las formas de vida, conceptos wittgenstanianos, aparecen como nuevos protagonistas del giro linguístico la audiencia, los usuarios, y luego, los ciudadanos. Lo lúdico es la expresión límite de la instrumentalidad, el sitio en que es desafiada la relación entre medios y fines y que le permite reflexionar sobre la creación de nuevos vocabularios.

Heidegger es un recurso misterioso. Hay un primer Heidegger que dice descartar pero reconoce en el último  a un eximio lector de la historia de la filosofía. Hay pocos maestros de lectura como el filósofo alemán. Debido a que los filósofos analíticos desprecian las disciplinas históricas y en especial a la historia de la filosofía, el deseo de Rorty de una nueva lectura de la filosofía desde la que se pueda elaborar  problemas morales y despojarse de los prejuicios metafísicos, encontrará en Heidegger a un maestro de altísima gama.

Perdone nuevamente el lector el uso de esta expresión, pero a veces el lenguaje marketinero nos depara agradables sorpresas como ésta de rebautizar una máxima jerarquía con el nombre de Alta Gama.

Dewey es el reformador de la educación, el defensor de libertades, el hombre a cuyo entierro fueron Roosevelt y Churchill, un emblema de la cultura liberal norteamericana que en tanto filósofo en el sentido clásico no parece gran cosa.

 

 

Rorty 8 / 50

Una conversión incompleta

 

Es posible que un ensayista quiera escribir sobre Rorty y no pueda hacerlo. Cada vez que nos disponemos a iniciar un trabajo matinal para dejar fluir las ideas sobre el filósofo norteamericano el curso mental se desvía hacia otros horizontes. De ser así resulta imposible escribir sobre Rorty. Sin duda que hay una razón que explica esta dificultad. Rorty intenta romper con una tradición. No hay muchos casos en los que un filósofo cambia radicalmente de terreno. Por supuesto que encontramos en la historia de la filosofía modificaciones  temáticas. El Nietzsche del Nacimiento de la tragedia no es el mismo que el de La genealogía de la moral, ni Platón se ofrece de una sola pieza en todos sus diálogos ni Marx joven es idéntico al Marx maduro. Los filósofos cambian de ideas, de problemáticas, de puntos de vista. No se trata de este tipo de cambios al que nos referimos cuando hablamos de Rorty. Lo que puede suceder cuando se presenta un obstáculo para escribir sobre Rorty es que en su caso se produce un cambio de educación. Es decir una conversión. La profundidad de un fenómeno así lo aleja de los otros tipos de transformaciones de alguien que se dedica a labores intelectuales. Un novelista o un poeta también cambian. Hay casos fulgurantes que se pueden citar como el de Joyce o el de Pessoa en quienes las variaciones son parte de su arte. Pero Rorty tuvo que sacarse la única piel que conocía y dejar su formación filosófica analítica para ingresar en otro universo.

Fue un tránsito ambiguo. Entra en un nuevo mundo con trozos de su vieja piel. Ya no quiere saber nada con la vieja filosofía. También se da cuenta que la filosofía en realidad sólo puede ser vieja. La filosofía es lo viejo. Nietzsche inventó una palabra extraña: “inactual”. La inactualidad no es el pasado ni lo que deja de ser presente sino lo que resiste al presente. Lo actual no es sólo lo nuevo sino lo que busca separarse del tiempo Por eso adquiere dimensiones de sacralidad. Lo nuevo es santo. Quien no accede a eso nuevo que sucede se va despidiendo antes de tiempo.

Rorty no ignora este problema. Cuando afirma que la única tarea de la filosofía es participar en la elaboración de nuevos vocabularios reconoce que no puede hacerlo sin un permanente diálogo con la tradición. ¿Pero qué sucede cuando la tradición deja de ser inactual? ¿Cuál es la labor que le queda al filósofo cuando lo viejo ya ha dejado de resistir a lo nuevo y por más que se zarandee el cuerpo inerte este ya no se despierta más?

Es lo que sucede con esas personas que siguen discutiendo con su vieja pareja de la que hace años no tienen noticias o los que se vengan en lo imaginario de situaciones irrecuperables. Rorty se propone abandonar el giro linguístico. Él también giró en aquel sentido. Acompañó el movimiento que llevó a cabo la crítica del cartesianismo y del kantismo. La sentencia era no más ideas ahora palabras. Toda la historia de la filosofía se despliega para los filósofos analíticos entre la creencia en la realidad de las cosas, luego de las ideas para terminar en  la vigencia de las palabras. Una suerte de nominalismo se corona sobre la tumba de referentes en desuso.

Nadie sale de las palabras aunque no todo es palabras. Un golpe en la cabeza no es una palabra. Pero la mente a la que le duele el golpe es un cesto de palabras. Así como hay una sinapsis neuronal hay un circuito nominal. Somos seres expresivos y la red de significación es verbal. Claro que hay gestos. Hay imágenes, pero en tanto especie sobrevivimos por ser seres linguísticos. Marcas, trazos, signos, huellas, palabras.

Rorty dice que los filósofos del giro linguístico descubrieron la importancia de la boca. La filosofía en sus comienzos privilegiaba a la vista. Los ojos son el órgano metafísico. Respecto del oído hay opiniones encontradas. Para Derrida oído y boca constituyen un único dispositivo basado en sonido y aire. Para él el umbral del universo del lenguaje se inicia con el pensamiento sostenido por la escritura. Toda escritura es signo y diferencia. La voz es invisible pero denota una Presencia. Por la transparencia la Voz ha sido asociada a las entidades sublimes.

Vista y oído son entonces órganos platónicos que comunican con el Ideal. La escritura es grafo y por lo tanto mano. Materialidad plebeya. Rorty aún dice boca. Otros transfieren la primacía al oído al considerarlo el órgano del pensamiento. Es frecuente en los músicos: Daniel Baremboim en su libro El sonido es vida sitúa en el oído la facultad de pensamiento.

Volvamos a la primera dificultad de no poder escribir sobre Rorty porque su conversión educativa ha sido incompleta. Hablar de educación no remite a un cambio de problemas o de vocabulario, sino de pensamiento. Rorty lo dice. Un vocabulario no es sólo palabras sino conductas. Aquí nos referimos a conductas filosóficas y a una conversión.     

Rorty 9 / 50

Lectores y público

 

En una entrevista que le hacen al escritor argentino César Aira dice ser leído por algunos lectores pero que no se preocupa por tener un público. Pensemos en esta diferencia entre público y lectores.

De acuerdo con Aira hay intelectuales, lo que habitualmente se llama gente de las letras o de  las humanidades, que logra hacerse un público por su presencia en medios masivos de comunicación. Opinar sobre asuntos de interés común, ingresar a la agenda de la información diaria, construir un personaje mediante la exageración de algún pintoresquismo, instala al escritor en un universo que le es común a millones de personas y logra así tener su público.

Cuando edita un  libro parte de este público compra un ejemplar y puede leerlo o simplemente depositarlo en la biblioteca o regalarlo. Un intelectual que logra ser conocido por esta vía de difusión obtiene un reconocimiento por la puesta en escenamediática sin por eso tener lectores.

El caso de Aira es el de alguien que se ha hecho conocido en el medio local por no dar reportajes en nuestro país. El que se publica en noviembre del 2009 en la revista del diario La Nación, ADN, es una reproducción de una entrevista en Méjico. A pesar de los esfuerzos por pasar desapercibido el escritor Aira difícilmente logre no tener un público en una sociedad como la nuestra. Él mismo ha desarrollado en otros escritos una idea sobre la construcción mítica de un autor de nuestros días.

Tiene razón Aira cuando dice que un lector no necesita de tanta producción cultural ni de actividades sociales estimulantes para ingresar al mundo literario. Le basta con un buen libro y tiempo para leer. Pero para un escritor tener lectores sin tener público es un deseo puritano. Disolver la persona en el texto, borrar el rostro para que sólo quede la letra y no ofrecer carne a la picadora mediática con el fin de  no alimentar la voracidad de la moda, está muy bien diez. De este modo se cree estar en la mano de los expertos y de los entendidos – también despreciables para Aira - que por medio de la crítica especializada y las tesis universitarias valorarán con criterio selectivo la oferta literaria.

Un bigote, un temperamento fogoso, la locuacidad atrapante, una juventud adorada, el desborde opinológico, ninguna de las estrategias de la seducción y del engaño mezclarán de acuerdo a esta estrategia de ocultamiento lo que jamás debería mezclarse: el arte con el comercio.

Para Richard Rorty el problema es diferente.  El filósofo necesita un público. No lo necesita para la fama personal sino porque su tarea está dirigida al público. Uno de los problemas de la filosofía profesional es su destino incestuoso. Los profesores le enseñan filosofía a alumnos que estudian filosofía para ser profesores de filosofía de nuevos alumnos. Es una organización capitular que cuida los documentos de su pasado y mantiene incontaminada una jerga para entendidos.

Rorty le da un lugar distinto a la filosofía. No hace más que retomar la tradición socrática de hombre de la polis. Lo que llama audiencia de acuerdo al léxico de los pragmatistas no está acotado al público lector. Es cierto que lo que se llamaba hasta la mitad del siglo pasado público cultivado ha desaparecido. El intelectual ha sido sustituído por un comunicador que anacrónicamente se hace llamar periodista. El mundo de la opinión ya no es sólo doxa sino espectáculo. El escritor que escribe para el hombre que hace de su ocio un instante de soledad frente a un libro sabe que cuenta con pocos “interlectores” ( neologismo de María Elena Walsh). Las excepciones confirman la regla. Los best sellers también la confirman. Los estudiantes universitarios de las carreras de humanidades se suman a la masa de no lectores.

Sin embargo, Rorty sostiene que la filosofía no debe hacer caso de esta escasez  e intentar  ser parte de un mundo que llama de acuerdo a la tradición empirista el mundo de la conversación.

Si nos despojamos de ciertos prejuicios originados en el espíritu de sospecha y de la postura militante del intelectual comprometido, conversación no quiere decir necesariamente una causerie de domingo a la hora del té. Conversar en el sentido filosófico desde los tiempos de Hume no evita el debate y las intensidades de la polémica.

Es cierto que el empirismo habla de una sociabilidad natural que acerca a los hombres que no sobrevivirían sin la pertenencia a un grupo por lo que estos filósofos valorarán la vida en sociedad y lo que llamaba Adam Smith la simpatía universal.

Pero si  había algo que la conversación debía eliminar por ser una conducta grosera es la conformación de una corporación de expertos que se valen a sí mismos en la medida en que humillan a quienes no pertenecen a la secta. Esta humillación se logra con la confección de una lengua misteriosa, amurallada contra el lenguaje ordinario, de un cientificismo arrogante y de una serie de contraseñas y salvoconductos que protegen a las minorías de la contaminación plebeya.

 

En la Introducción al libro Consequences of Pragmatism que reune textos de Rorty publicados entre 1972 y 1980, el filósofo norteamericano define a la filosofía como un género literario inaugurado por Platón.

Recordemos una vez más las palabras del erudito italiano Giorgio Colli que decía en su inmortal obra El nacimiento de la filosofía que la filosofia era un género literario inventado por Platón con discusiones imaginarias para un público indiferenciado.

Género literario quiere decir “escrito”, la filosofía se escribe. No hay filosofía que no se escriba. Si alguien piensa que la filosofía se piensa, se siente, se habla o se come como Ezequiel en el Antiguo Testamento que se comió los rollos sacros, se equivoca. El único que ha sido galardonado con el distintivo del ágrafo de la filosofía es Sócrates, el fundador de la tradición, su padre y maestro, por todos conocido e inmortalizado gracias a su discípulo Platón.

Colli sostiene que Platón escribía con nostalgia por aquellos tiempos en que la sabiduría no necesitaba una materialidad que suponía perecedera como todo cuerpo. Épocas en que al decir de Nietzsche “la majestuosidad sacerdotal” de los sabios se elevaba por encima de los hombres y mediaba en sus conflictos al tiempo que señalaba el origen y la finalidad del cosmos. El último de los sabios fue para Platón Socrates, condenado a muerte por sus conciudadanos, y de ahi en más, agotada la era de la sabiduría en una Atenas decadente, sólo quedaba rememorar y extraer algunas lecciones de aquel desastre político, con los recursos de un instrumento de saldo, un medio de transmisión también decadente que es el de la escritura.

La filosofía de acuerdo a Colli es el pálido reflejo de la era de los sabios. Se construye con textos en los que la palabra hablada es mimada en diálogos entre personajes que ya no son hombres vivientes, en escenarios reproducidos por el diálogo y en presencia de fantasmas anónimos llamados lectores que evocan con su silencio y su falta de rostro el entorno vivo y ruidoso de los jóvenes oyentes fascinados por la palabra del maestro.

Dos mil cuatro cientos años después Richard Rorty repite este acta de defunción. Vuelve a definir a la filosofía como un género literario y anuncia la aurora de una cultura posfilosófica. Pero esta vez no es Platón sino Rorty en nombre de una nueva federación de supuestos filósofos que se hace cargo de la proclama: los pragmatistas.

Esta nueva palabra designa a un grupo que no es tal, con una misión que en consecuencia jamás tuvo y que no es más que otro de los personajes colectivos imaginados por Rorty para sostener sus posiciones. De todos modos los padres fundadores de este movimiento por supuesto que sí existieron y aunque no se hayan enterado de ser los adjudicatarios del contenido del acta, han sentado algunas bases teóricas para que su privilegiado lector Rchard Rorty haga uso de ellas: estos padres pragmatistas son Charles Anders Pierce, William James y John Dewey.

Dice nuestro filósofo que los pragmatistas buscan los modos de expresión en los cuales desarrollar temas antifilosóficos con palabras no filosóficas. Si esto dicho así fuera recortado y despegado de cualquier otro contexto no sería más que un deseo ya realizado desde que el hombre devino sapiens. Todos los hombres del mundo dicen palabras no filosóficas, pero, admitamos después de todo, que muy pocos elaboran temas antifilosóficos.

La construcción de antifilosofía es para Rorty un objetivo fundamental. La antifilosofía se hace con filosofía escrita con palabras no filosóficas. Estimo que Rorty ha contribuído con esta tarea reactiva y negativa aunque a veces se queda a mitad de camino quizás no del todo seguro en el uso de palabras no filosóficas. Con frecuencia vuelve a la filosofia como si le fuera necesario beber de aguas viejas para mejor destilar las nuevas.

La pregunta que inevitablemente se desprende de esta postura es qué puede tener de filosófico un vocabulario no filosófico, y qué es un tema antifilosófico. No es fácil desbrozar esta madeja. Un tema antifilosófico para Rorty es el que hace una crítica de una tradición filosófica que tiene por soportes a Parménides, Descartes, Kant, al positivismo lógico y a la filosofía del lenguaje. Las palabras no filosóficas para llevar a cabo esta tarea no existen. Serán no filosóficas sólo porque no repiten las palabras de la tradición de los temas invocados. Pero palabras no filosóficas son todas las que no se nutren de los objetos propiamente filosóficos como la Verdad, el Bien, la Cosa y la Idea. Si no existen estas entidades trascendentes no hay filosofía. Y, además, para Rorty – dice en la Introducción – son temas ambiguos.

Desconocemos las razones de esta calificación. Más allá de esta ambigüedad misteriosa, la antifilosofía también deberá desprenderse de personajes sobre los cuales el filósofo clásico habrá moldeado su quehacer y su poder.

La antifilosofía expresada con palabras no filosóficas propondrá otros temas de reflexión en el que las figuras del Juez o del Médico como autoridades filosóficas seran disueltas en otros juegos de lenguaje y nuevos usuarios.

Rorty 5 / 50

Acerca del modo en que las cosas encajan entre sí

 

Rorty cita en su Consequences of Pragmatism al profesor Wilfrid Sellars quien da la siguiente definición de la filosofía: la filosofía es un intento de ver como las cosas – en el sentido más amplio de la palabra – encajan juntas – en el sentido más amplio de la palabra.

El término inglés de “encajar” es “hang”, acerca de como las cosas “hang together”. Tantas cosas se pueden decir de la filosofìa y de tantos modos que bien puede haber cabida para esta definición que con liviandad y gracia se hace con el sano proposito de que nada se alterará ni en la filosofía ni en las cosas ni antes ni después de que se diga una frase así.

El sentido amplio de la palabra “cosas” no es más amplio que el restringido ya que las cosas en un sentido restringido no son más restringidas que en el sentido amplio. Una cosa es un algo aunque no todos los algos son cosas. Para dar una idea de esta idea tan tenue que apenas se entiende seguimos a Foucault que dice que la locura existe aunque no sea una cosa. Estar triste también es algo aunque no sea una cosa.

“Encajar juntas” en el sentido amplio tampoco agrega nada al encajar restringido. El problema es que la palabra encajar es poco sustantivable en castellano ya que “encaje” no nos sirve ni podemos decir que la filosofía se ocupa del encaje de las cosas. Una modista de barrio si escuchara este tipo de atribución podría llegar a suponer que un encaje para alguna cosa en la mente de ciertos extraños eruditos en cualquier sentido, amplio o restringido, es algo que merece arroparse con broderie y puntillas y lejos está el filósofo Sellars de interpretar a la filosofía con vocabulario de mercería.

Si dijéramos “hang together now” nos rememoría una canción de los Beatles, pero cuando este encajar nos viene de un filósofo debemos cambiar la frecuencia de nuestro oído. Usemos un galicismo para compensar la inevitable captura de anglofilia cuando de un norteamericano se trata, y hablemos de “ensamble” de las cosas como objeto de la filosofía.

No contentos con el afrancesamiento propuesto “por “ensamblar” cruzemos la frontera franco-alemana con el objeto de leer a Heidegger que dice que la filosofía no puede renunciar a su voluntad de sistema ni a la necesidad de totalizar el acontecer del mundo mediante una “juntura” entre el saber y el ser.

En la traducción francesa de su texto sobre Schelling se dice “jointure” cuyo alemanismo desconozco. “Joint” es junto, de joindre, juntar. Juntar y encajar remiten entonces a una doble acepción y a un doble movimiento del pensamiento frente al todo de lo real. Por eso el vocablo “together” de Sellars viene al caso ya que se trata de encajar juntos.

Podemos preguntarnos si aquello a lo que nos referimos no es más que dar vueltas a la necesidad de orden que tiene el pensamiento y que sobreviene en la historia de la filosofía por la intrusión griega, el escándalo griego de interpelar al Ser con el nombre de Cosmos, es decir orden, que en un primer intento se agrupa bajo una forma cíclica siendo el círculo la más perfecta de las figuras concebibles.

Pero corremos el riesgo con la geometría mística de entrar así en el terreno del arquetipo y de esas figuras primordiales a gusto de los mitólogos y de los especialistas de las ciencias ocultas que nos llevarán a todos los cultores del lenguaje ordinario hacia esoterismo anhelante de cabalizar cada minuto de la existencia. Es una labor innecesaria ya que los filósofos para ese juego de lenguaje numérico, musical y místico lo tuvimos a Pitagoras de quien no sabemos casi nada; tan lejos nos llevan estas vertientes del origen que perderemos de vista la brevedad y la extrema simplicidad de quien dice que la filosofía inquiere acerca del “hang together de las cosas” luego de preguntarse la misma filosofía hace dos mil quinientos años con tono exclamativo en la lengua de Aristóteles “¿qué es esto?!”, y responder “esto es lo que está junto”.

El ser y el estar recién nombrados nos detienen un momento que no debe perdurar en demasía. Hablar del verbo ser y su significado elemental de cópula en tanto unión cambia la perspectiva de la que hemos partido que no es la de un claustro de Heidelberg que si bien nos aleja del mito nos sumerge en la filología del nacimiento de la lengua filosófica ciencia no menos oculta que la de las ánimas nómades de los cultos mistéricos. Por esta carencia de lengua muerta quedamos los nativos de las lenguas nacionales como palurdos rabelesianos mascullando llanezas de baja gama en un pasillo del Tercer Mundo. Baja gama es un término que la filosofía captura del marketing.

Sin el griego no tenemos posibilidad de rescate alguno si no fuera que no tan lejos de aquí en el tiempo y en el espacio, no tan lejos como para evocar a los pastores de la palabra que nos iniciaron con toga y sandalias, un profesor de la universidad de Pittsburgh profesor de Richard Rorty, llamado Wilfrid Sellars, da una clase sobre la ocupación de la filosofía y le dice a los alumnos que la filosofía está interesada en el hang together de las cosas.

Rorty 6 / 50

Imágenes del pensar

 

Sigamos con la Introduccion a esta obra Consequences of Pragmatism que constituye una buena síntesis al menos provisoria de lo que repite Rorty en tantos textos y de diversos modos. Esta idea de Sellars que a su ex alumno le gusta ofrecer a sus lectores, la del encajar de las cosas que interesa a la filosofia, no es una mala imagen de la tarea ancestral del que se dedica a esta musa. El filósofo Gilles Deleuze quien aparecerá con frecuencia en el desarrollo de este libro ya que es un filósofo que Rorty casi nunca nombra y suponemos que es porque escribe en un lenguaje que le produce cierto rechazo, actitud extraña ya que Rorty es uno de los pocos filósofos quizas el único que supo salir indemne de la filosofía analítica e interiorizarse en la filosofía llamada continental hasta tal punto que es un entusiasta fan de la filosofía de Jacques Derrida. Si Deleuze le parece exótico con su cultura anarcodeseante Derrida debería parecerle un androide ininteligible y por el contrario le merece todo tipo de zalamerías que nos da la sensación que provienen de cierta tendencia a la provocación a sus ex colegas de departamento de filosofía para quienes un Derrida es el ejemplo del más vacuo delirio pseudofilosófico cuya insensatez ni siquiera un Carnap hubiera imaginado y cuyo desparramo de palabras hasta Wittgenstein habría intentado embutir en alguna tela de sostén.

Deleuze es quien ha hablado de “imágenes del pensar”, una suerte de figura que hasta puede adquirir un contorno visual como aquella mención de Bergson que le parecía que la filosofía del obispo Berkeley era una lámina fina y transparente. Imágenes que tienen la función de un ícono teórico que de aplicarse a las filosofías nos ofrece un muestrario de una plasticidad variada que a veces presentan a la filosofía como un edificio, o una alteración sísmica, también un sistema algebraico o un armado geométrico, o un enjambre de abejas zumbando, y un zoológico ambulante con un pulpo hegeliano para no hablar de la lechuza de siempre y de este armario con sus cajones.

La imagen del pensar que Deleuze aplica a su misma filosofía es la del famoso rizoma, esa falsa raíz que como un topo vegetal se mete por todas partes y que lamentablemente Rorty no ha sabido aprovechar porque habría descubierto al verdadero filósofo que reune todas las virtudes que él encuentra en esos prototipos con nombre de fórmula uno como Davidson. Filósofos emparentados con Rorty receptores de una adjudicación de elogios forzosos ya que luchar contra la hipóstasis cartesiana desde un conductismo linguístico no es lo más recreativo que el hombre pueda imaginar. De tener la mente un poco más abierta y con algo más de psicoanálisis y bastante menos de conductismo, habría podido nutrirse por el contacto con Deleuze del talento imaginativo y del tratamiento sutil de las obras literarias en combinación con la cultura filosófica. De haber sido así podría haber disfrutado no de la fría caricia que se puede tener de un pragmatista porque Deleuze no sólo no lo es sino que además considera que eso de la “conversación universal” de la que habla Rorty y de la que hablaremos más tarde es una bobería inglesa – así como el utilitarismo para Nietzsche era propio de seres iguales a las ranas frías - , y que si Rorty hubiera podido desprenderse aunque fuera un poco del practicismo norteamericano y descansar de su loas a los remedos joyceanos de la filosofía habría tenido la grata compañia – lo digo una vez más - de un filósofo con la imaginación puesta al servicio del concepto con una fuerza tal que nos hace reflexionar si lo que decía Foucault en su Theatrum Philosophicum acerca de Deleuze, que el siglo XXI sería deleuziano, no es sólo un aparente clamor para liliputienses sino el enunciado de una hipótesis que podríamos tomar un poco más en serio.

Pero hay filósofos que no se encuentran porque difieren por su temperamento, por sus intereses, por su vocabulario y por sus creencias, es decir por todo. Sin embargo asociar o encajar ya que estamos con el tema del encajamiento a Rorty con Deleuze se debe a que Rorty todo el tiempo habla de la imaginación y no se llega a encontrar entre sus allegados a talento imaginativo alguno ya que entre los postanalíticos como gusta llamarlos y los analíticos sólo hay un post que los separa y todo el resto los aglomera en sus barullos lógicos que nos hace pensar que una de las cosas que disgustan a Rorty es que le hablen del Deseo en grande por algo que debe parecerle un gourmetería parisina, supuestamente contracultural y algo candorosa para un liberal ironista que cree en el progreso y deja el cuidado de sí y el heroísmo poético para la intimidad del zaguán.

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