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Nuevas pruebas de la insistencia de Dios ( Publicado por editorial Marea en “La religión en la época de la muerte de Dios”, comp Leonardo Pinkler)

Milagros.Las religiones nacen de una visión. Debe haber Alguien que Lo vió. No importa cual sea la religión, ésta no puede existir sin la presencia de hombres superiores o semidivinos. Para que haya religión hacen falta dioses, pero más hacen falta hombres sobrehumanos.

Entonces cabe la pregunta: ¿ existen los hombres divinos? Me refiero a brujos, videntes, profetas, gurúes, manosanta, pitonisas, todo el fondo milagrero sin el cual no habría religión. La prédica de los especialistas en demistificación científica que nos quieren desasnar y nos dicen que todo es sugestión, que doblar cuchillos con la vista es un truco, que la imposición de manos es una actuación y que el paseo por las aguas del Señor disimulaba las piedras que había debajo, este conjunto de admoniciones positivas, nos parecen por lo menos ingenuas.

Si no hay milagro no hay religión, se necesitan hombres superiores, Superhombres, Zaratustras, hasta Magos, para que creamos. Nuestra necesidad de fabulación requiere nutrimiento para grandes gourmets. Los ilustrados de la ciencia como los filósofos positivistas, o los ateos higienistas, no gritan contra el cielo en nombre de la tierra, no hacen más que resguardar sus bibliotecas. Porque al cielo se accede desde la húmeda tierra, la escalera se clava en el humus, se clava bien clavada.

Para ver algo de lo otro que está en lo mismo, me refiero a la divinidad, a la urdimbre que hace que la percepción cotidiana sea algo más que geometría, gramática y aritmética, para vibrar con la dimensión biológica del universo al que pertenecemos, un bios que es movimiento y metamorfósis, y no sólo aristas separadoras y putrefacción, esta red de fuego de la que nos hablan desde los mantras hindúes a los aforismos de Heráclito, para acceder a eso, no hace falta morir, sino alterar nuestra mente.

Por supuesto, no le hablemos a los imanes, rabinos, obispos, al sacerdocio en general, de este fondo milagrero. Les parece blasfematorio, y, si usamos una palabra comercial, trucho. Tienen hacia los visionarios la misma desconfianza que los comerciantes establecidos tienen respecto de los vendedores ambulantes. Para ellos la religión es fundamentalmente moral gregaria - digamos comunitaria - y obediencia, - digamos fidelidad - . Es contra esta versión de la religión que batallaron Spinoza y Nietzsche, pero no lo hicieron contra la visión del trasmundo que es inmundo o de una trascendencia que es inmanente. Uno buscaba la beatitud contemplativa, el otro parado sobre la roca poseído por visiones eternas, los dos escribiendo, gramatizando, geometrizando, labrando desde el tacto aquello que no es más que pneuma.

El hombre es un ser imposible. Está por debajo o por encima de sí mismo. Esto lo han dicho grandes pensadores. No son entes paradójicos en cuanto monos con alas, sino seres vestidos por Sagitario, el signo realista, base de centauro, alas de fuego. Base animal, impulso quemante. No hay como la filosofía ( y Freud) para ilustrar este fracaso o esta unión imposible.

A partir de esta fisura, me pregunto si hoy en día los hombres en su mayoría no han reemplazado la fe religiosa por la fe médica. No quieren salvación sino cura, lo que parece ser lo mismo. Ha ganado el cuerpo la batalla metafísica. En realidad casi siempre la ganó.

La religión es hija del asombro y de la maravillosa sensación de la visión primera, pero también se alimenta del miedo, el miedo a sufrir, y el miedo a morir, a desaparecer y NO SER NUNCA MÁS. La nada. Si somos nada dejamos todo, no somos, y el yo que nos habita y que somos, quiere seguir siendo, se resiste a la aniquilación, persevera en su ser. Por eso aquel que le saque ventaja al instinto de conservación es un semidios, Amo decía Hegel, un héroe, un hombre amado por los esclavos - es decir por el resto de los hombres - .

Fusiles y misiles. Pero queremos remedios, remedios para el alivio del dolor y para durar. Los hombres quieren la vida, ya no somos aquellos que en el alba de nuestra era, esperaban en las grutas las carrozas de fuego. ¿Y los suicidas? ¿ Y lo que dijo Albert Camus? ¿ Y lo que dice Bin Laden? ¿Acaso todo el mundo se aferra a la vida? ¿No hay gritos por doquier que piden matar y morir para vengar otras muertes y afrentas?

Párrafos atrás decía que los hombres quieren la vida, pero su precio se ha elevado. La vida cuesta mucho, no es algo obvio, vivir es una decisión, es lo que afirmaba Camus. ¿Pero como se pasa de la visión extática del individuo a las colectividades reunidas para matar? ¿Para qué entonces la divinidad?

Lo más sagrado es la vida, dicen los católicos, pero cometieron el genocidio más arrasador de la historia. Vaciaron un continente. La Iglesia del platonismo criminal exterminó millones de cuerpos para salvar algunas almas. El rabinato heredero del Libro ha ungido al Separado, y nos recuerda que somos distintos, porque somos judíos, nos han perseguido, nos hemos distinguido, siempre debemos permanecer unidos, somos los hijos de Israel, el Uno Aparte.

El islam, la religión del momento, religión de guerra, que se nos pide comprender como hemos comprendido la salida de los judíos de Egipto, la liberación de los esclavos, la religión como forma de identidad de un pueblo sojuzgado. Pero el islam no es homogéneo, sus patriarcas son temibles, un terror para el pensamiento, para las mujeres, para todos aquellos que se atreven a dudar y cuestionar. En nombre de Alá regentean una humanidad castrada.

Dios es celoso, es lo que dicen las escrituras, el monoteísmo tiene una relación de perro con el Amo. El devoto es un perro guardián. No hay generosidad monoteísta. No hay mestizaje, el apart-heid es la política del momento. Los blancos protestantes del norte dicen temerle a la hispanización. Los europeos a la turquicización, vivimos tiempos étnicos, de guerra de razas y guerra de religiones, de ejes del mal. La nación, la religión, la lengua, la Identidad es el tesoro preciado. Dicen que es una rebelión, que este grito identitario nace porque hay Uno que quiere ser Todo, por eso la multitud resiste. Aunque el Todo no es todo, a veces apenas la mitad, y la multitud no son necesariamente muchos, sino algunos pocos con poderes letales.

Son tiempos de la Verdad, y la Verdad se dice en nombre del Ser. Hay otra verdad, es cierto, la que denuncia el paso del Ser al Poder, el desplazamiento encubierto de mayúsculas. Y son tiempos de Imagen, no se puede ignorar que vemos la escena cotidiana de la muerte, que se mata frente a cámaras, que se buscan las cámaras y los micrófonos para hacerse ver y oir, que los cuerpos se meten en el cuerpo de la técnica y su eco repercute por los puntos cardinales. No es la sociedad del espectáculo, es el circo romano transformado en el circo humano, la vertical religiosa se ha convertido en una antena, el purgatorio está habitado por satélites….basta ya, me parezco a un pensador argentino auspiciado por telenoche. El sermón no sólo viene de las montañas, todos estamos habitados por el pucherito sermoneador.

Volvamos a la dulce religión, la de la visión primera. Pero no, antes quisiera hablar de nihilismo, es tan necesario hablar de nihilismo, no se pueden soslayar temas ineludibles, hablemos de nihilismo, bien, ya está, hemos presentado al nihilismo.Cuando digo nihilismo el nihilismo pasa por mi boca. Ahora, si me permiten, me gustaria abordar el tema de la crisis de los valores y de la Krisis en general, ya está, ya lo abordé, pero la nave está vacía, soy un pirata cesante. Antes de continuar, no quiero olvidarme del desarrollo autosustentable, no sé para qué sirve mencionarlo, pero sé que es necesario tomarlo en cuenta. A ver cómo seguimos, la biodiversidad no, mejor mañana, prefiero agregarle una dosis de pluralismo, algo de tolerancia, me parece indispensable denostar al relativismo y al irresponsable multiculturalismo, hiervo la posmodernidad a punto de nieve, por supuesto que bato y mezclo democracia con derechos humanos, remato al pastel a lo Dolly Yrigoyen con una ceresita llamada sociedad de conocimiento, veo como queda: divino - ya estamos nuevamente en tema - mojo la repostería en petróleo refinado ESSO ( das ding), y le pido a un entusiasta un fósforo marca la rancherita. Ya está, sublime, un omelette más que suprise, estamos en la llanura de la visión primera. Un estado virginal, adolescente, el opio del poeta.

Consuelo. En la visión primera reina la concordancia. Las cosas tienen sentido. Cuajan. Sabemos porqué el árbol está donde está y porqué el nido se hace del modo en que se hace y donde se hace. Comprendemos sin analizar, vemos como los seres conviven. Además, somos parte del reino.

Algo así vemos en Animal Planet y en Discovery Chanel, me refiero a la animalidad en su inocencia y necesidad. Nos horroriza ver a un tigre hincando sus colmillos en un cervatillo mientras éste patalea inútilmente. Pero decimos: así es la vida. Son canales de tevé filosóficos, griegos, paganos. El único dios visible es la naturaleza, y es ella la que se reproduce y persiste a través de la vida y muerte de sus criaturas. El gerente de programación de aquellos canales de cable, es el doctor Arthur Schopenhauer.

El hombre que sufre necesita consuelo. Se retuere en su dolor, y cae en la desesperación. ¿ Qué tipo de vida se le presenta al desesperado? Todo es negro y rojo. Tiene una espina siempre clavada y le duele. La filosofìa le ofrece el remedio de la comprensión racional. Es la imagen del logos, un hilo discursivo compuesto por palabras pero que debe ser acompañado por la voluntad. La vida es una rueda, nos dice el filósofo, todo gira, somos apenas un aspa movida por el motor inmóvil del cosmos. El dolor nace de nuestra mala voluntad. Se llama mala a la voluntad de querer retenerlo todo, a pesar de que lo que llega también se va. Debemos dejarlo ir.

Esta forma de desprendimiento es demasiada exigencia para el hombre. San Agustín dice que la vigilante razón siempre vuelve sobre sí misma y se debilita en su esfuerzo por fortalecerse. La angustia permanece, está instalada en el corazón. Sólo el amor nos devuelve a la vida y nos permite quererla.

Hay un modo por el que los hombres intentan volver a vivir. Me refiero a los que le quitaron todo. Irrumpen acontecimientos que nos dan vuelta como un guante, estamos del reverso, y no hay retorno posible. Los hombres en carne viva. Seres que perdieron a sus hijos, padres, esposas, la parte más preciada de sí mismos. Son los sobrevivientes, hombres como Primo Levi, Victor Frankl, Graciela Fernández Meijide, Hebe de Bonafini, Blumberg, el doctor Iglesias, el grupo de ayuda mutua Renacer. Nuestra sociedad ha visto a los padres y a las madres en la calle. Cada vez que el Estado mata un hijo, o cada vez que el Estado se burla de la vida, los padres salen a la calle. No siempre es el poder público o las fuerzas del terror, a veces es la vida misma en su imprevisibilidad la que nos saca la sangre y nos arroja a la nada.

Hay hombres que sacan fuerza de algún lado y vuelven a vivir con su dolor. No se anestesian, ni siquiera buscan la salvación. Actúan, van hacia el otro. Unos dicen justicia. Otros musitan amor. Auxilian a los que padecen los que ellos mismos padecen. Me refiero a esta extraña palabra llamada espiritualidad, y que no es exclusiva de la religión. La espiritualidad es un fin buscado por la filosofía. Los antiguos también han pensado que a través de una crisis existencial el hombre se enfrenta a las verdaderas preguntas. Comienza desde cero, está en un punto límite entre la vida y la muerte. Hace un uso nuevo de la memoria. Construye una memoria doble. A la memoria del dolor puede agregar una memoria de homenaje, como lo hacen Bonafini, Blumberg, Meijide, el doctor Berti. O comprenden creando un nuevo cuerpo, el cuerpo de un escritor como Levi, de un pensador como Améry. Vuelven a la vida sin haber pasado por la religión.

¿Puede la religión consolar? De hecho sabemos que es ésa una de sus funciones. El fondo milagrarero de las religiones no sólo seduce como demostración de poder, no alcanza esa exhibición. No es casual que los milagros, desde Jesús a los manosantas de cualquier antiguo cine de la ciudad, se dediquen a curar. La religión es remedio, y si antes interrogaba sobre las sustituciones entre medicina y religión, es porque hay una bisagra que los une. Es suficiente ver la gratitud de los pacientes curados tan parecida a la devoción del feligrés, y el enojo dostoievskiano ante la mala praxis. ¿Pero hay en la religión antes de convertirse en teología, un mensaje que cargue con el peso de la soledad del hombre? 

El deseo. Miguel Angel Buonarotti creó en el mármol la imagen de la divinidad en algunas de sus manifestaciones. El Moisés nos muestra a un ser colérico y justo. Los dos atributos son indiscernibles. Es un gran hombre, de enorme fuerza, un titán, es el representante de dios en la tierra, una muestra de su poder. Combina a Hércules con la sabiduría del libro. Sólo un ser así pudo haber guiado un pueblo extraviado por el desierto durante años. Se parece a Fidel Castro, Moisés es un dictador que libera. Cuando se enoja, de sus ojos nace una llamarada y de su boca ruge un trueno. Produce temor. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob, es inmisericorde. Un dios que pide pruebas de fe como el sacrificio del hijo, no admite circunstancias atenuantes. La fe es obediencia. Moisés es la Ley. Para que la palabra escrita tenga la fuerza de un arma letal si se la desobedece, y un poder de fuego que se marca en la memoria, necesita una colectividad agarrada con candado. Domesticación, fidelidad, vigilancia recíproca, castigo, y culpa.

La historia de este proceso la contó Nietzsche en su genealogía de la moral.

Contemplemos ahora la Pietá de Miguel Angel, la que está en el Duomo de Florencia. El mármol ya no parece piedra, se ha blanqueado, es transparente. El cuerpo de Jesús es la debilidad absoluta. Su madre lo contiene con sus brazos abiertos. La madre es tan joven como el hijo. Tan bella como él. Moisés es el vigor del macho, la madre y el hijo son la fragilidad grácil de lo femenino. Entre la madre y el hijo se ofrece la belleza de la recepción, en Moisés irrumpe el acto y la ruptura del que hace y manda. Piedad dice la imagen de María y Jesús, es la palabra del débil, un pedido de amor. Nietzsche dirá que es la astucia del esclavo.

El Amo está solo, el siervo necesita del otro. Poder y amor son dos caras de la religión. Pero esta doble vertiente no mantiene su pureza ideal. El jefe que asume su deber y destino para que una federación de tribus animistas embrutecidas se conviertan en un pueblo elegido que obedece el mandato de la ley de un Dios invisible, olvida que no es más que un mensajero, un subcomandante, y convierte su poder en placer. Obtiene el beneficio del goce del que lo puede al otro. Ver sufrir, martirizar, torturar, el vejamen del que proclama una nueva verdad: el reino de Dios es necesario. El jefe se ha vuelto político. Necesita del Diablo. En el cosmos se ha declarado la guerra. Quizás el gran invento de la gnosis cristiana no haya sido el Cristo del amor sino el Diablo. Satanás.

La piedad es una forma de la ternura. Su modelo es la mirada de la madre al hijo, y nuestra mirada a los dos. Todos miramos la mirada y nos compadecemos. No sólo nos perdonamos, sino que nos abrazamos. Una ronda de corazones abiertos anidados en el amor. Nos acercamos al otro porque sufre. Nadie ríe. Nada más que la sonrisa apenas descubierta que ofrece la madre. Todos nos convertimos en madre. “ Todo estará bien”, decimos, mientras abrazamos al caído.

Pero de pronto perdemos el aire. Nos falta espacio. No hay oxígeno. Un algo se mueve y se transforma en pesadilla. Se infla el pecho, sentimos que ascendemos. Es nuestro cuerpo el que se levanta. La madre se convierte en pechos blancos y carnosos. El hijo adquiere en sus mejillas un tinte sonrrosado. Todo el mundo parece mejor alimentado. La madre afila el contorno de su rostro y y ya no mira al hijo, mira al hombre. La túnica oscura de las madonas de Giovanni Bellini nos muestran a una Jacqueline Bisset de veinte años envuelta en una tela azul con un muñeco regordete en sus brazos. Detrás de la pietá hay una madona. No nos importa más nada, necesitamos beber, tenemos sed. Deseo.

Desde San Antonio y San Agustín hasta Pierre Klossowski y Georges Bataille se traza un circuito variable entre la fe, la culpa y el deseo. Bataille y Klossowski son antiguos seminaristas. Se interesan por los juegos de tocador del marqués de Sade. Dar clases de filosofía mientras se le baja la bombacha a la alumna no sólo es una afrenta dudosa a la academia de Platón sino un sueño pedagógico persistente. Abelardo y Heloísa combinaban la escolástica con el coito, Sócrates no iba a las palestras para rescatar almas. Es una suerte que en la historia de la filosofía hayan ocurrido algunos extravíos. Hay que tener una visión muy particular de la vida para sostener que la virginidad estimula la actividad racional. Ascetismos los hay, porque se necesita disciplina, amaestramiento de los impulsos, todo trabajo lo requiere. Si la descarga animal sólo puede sublimarse en la fe, las visiones extáticas son carnales y celestiales, y dan una garantía de entrega total. La fidelidad. Carne del cielo. Pero el filósofo racional y analítico, aquel que ordena, combina, inventa, figuras ideativas y usa la gramática, sabe - Platón fue el primero que lo dijo - que la escritura ya es cuerpo, velamen, materia, y belleza. La máquina de soplos pensantes que habita el cuerpo filósófico no requiere un acto como el de Orígenes, pero tampoco necesita armarse con una disciplina pornológica o con un confesionario de la carne.

Klossowski piensa que el hombre que está apegado a su rol y que tiene un yo fabricado por lo gregario, no puede acceder a otra realidad que la de un envase de supermercado. Somos soporte de un código de barras religioso y civil. Nada más que eso. Transitamos por la cinta que nos lleva a la caja, y la autorizada cajera, llámese sacerdote, empleador,o juez, lee nuestro precio.

El erotismo le sirve a Klossowski para que mediante actos sabiamente calculados, nos desprendamos del refugio en el que habitamos: nuestro yo. Para eso la herida narcisista debe abrirse, tenemos que desposeernos de nuestra amada, darla a otro, verla gozar con otro, es decir, humillarnos.

No debe ser una novedad que la humillación sea una vía regia para templar al soldado de la fe. Renacer con un cuerpo glorioso luego de haber atravesado la afrenta nos prepara para un nuevo camino. Hemos perdido la máscara, el envase se ha abierto, el fruto nace. Somos otro. Bataille da cuenta del fracaso del yo que no puede serlo todo. Más nostálgico que Klossowski, su sentido de la perversión bordea límites algo más cándidos. Fornicar al lado de una tumba, etc.

Desprenderse del yo parece ser una exigencia universal de todo camino inciático. Implica dar lo que se posee, lo más querido que se posee. Abraham pensó en Isaac, Klossowski en su mujer, pero mientras es posible creer en el calvario del primero, el del segundo parece más un juego de poco costo. Las hermandades maritales son bastante siniestras, desde mi humilde punto de vista. Son sociedades masónicas que interactúan con el común, y luego mantienen sus rutinarias y exclusivas reuniones secretas. También se puede pensar en encuentros de tres…..¿ Pero qué sucede…..? Me parece que me fui de tema. Veamos… se trata de la muerte de Dios…

Un poco de sociologìa. Se me ocurre Osho, el gurú hindú que escribió entre sus seiscientos libros dos obras sobre Nietzsche, de las buenas. Osho alentaba el desbarajuste sexual. Danzas, fiestas, desnudos, placeres, la multiplicidad erótica. Para él el ascetismo no incluye la contención sexual, habrá visto que en occidente una buena parte de la maldad moral de sus gentes, proviene de su particular concepción del pecado. Y sí, es posible que el universo pecaminoso de arrepentidos y culposos, no cree una sociedad ni fraternal ni alegre. Por eso se odia a la mujer.

Hay dos formas de odio a la mujer.Una es no tocarla, la otra es tener varias. Poligamia y virginidad son las dos caras de la misoginia. Vayan a una fiesta de mormones, jasids y sunitas. Todo es barba, salto y gritos roncos. Pienso en las discusiones que hubo en el viejo continente por el asunto del velo en los colegios públicos. Es una cuestión difícil. Respecto de ella hay que argumentar y saber que no se llegará a una explicación completa y virtuosa. Habrá que tomar una decisión. Por un lado, todo aquel que asiste a una escuela pública debe poder ir vestido como quiere, mientras vaya vestido. Más aún si la vestimenta tiene que ver con tradiciones étnicas o religiosas. Por eso hay libertad, para que la creencia de cada uno no constituya por su mera existencia una ofensa a nadie. No hay derecho de ofensa por el hecho de que el otro sea. Desde este punto de vista, la escuela pública no es un ente homogenizador y disciplinario por el que todo el mundo debe ser igual. La misión del ente regulador de costumbres no es la uniformidad sino la diversidad armonizada. Pero.

Este adversativo apunta a que si realmente estamos a favor de un Estado laico que autorice y proteja el cultivo de las creencias particulares, la garantía de que este espacio exista, es que en lo público, en la escuela pública, la única simbología que se autorice es la que recuerde esta misión democratizadora y republicana.Digamos que el guardapolvo y la escarpela son los símbolos que evocan la libertad de cultos y costumbres que garantiza la constitución. Para las prácticas particulares existen las iglesias, los colegios confesionales y las asociaciones religiosas, y, claro, las casas.

¿Podemos pensar que hoy la religión ya no es un fenómeno iniciático, ni siquiera de sectas, o de individuos excelsos, sino un efecto de masas movilizadas por la imagen mediática universal? ¿ Que las masas segregan religiosidad, y construyen mitos y altares para así cimentar nuevas identidades?

También se nos puede ocurrir que la religiosidad actual es un fenómeno reactivo, una respuesta a la hostilidad. La ideología religiosa puritana de los pueblos del norte que en sus orígenes era individualista a la vez que comunitarista, intimista, y de raíces disidentes, hoy en día fabrica efectos-masa, y efecto-cruzada. Esto que vemos no sólo en la invocación de símbolos religiosos, sino en la sacralización de héroes cotidianos y en la mitificación de ídolos populares. ¿Qué diferencia hay entre la adoración al padre Mario, Rodrigo, la Virgen de Luján, Maradona, Evita, fray Cayetano…no es la misma adoración la que nace? Hoy a los políticos le cuesta más enamorar.

Quiero decir que sin esa adoración no hay religiosidad, y que todo el canon moral de las religiones monoteístas respecto del comercio, del matrimonio, de las relaciones con los padres y antepasados, todos los cuentos del Corán y del Talmud, la epifanía y la vida de todos los santos, las lecciones de civilidad de profetas y enviados celestes, no valdrían una código de convivencia de la ciudad de Buenos Aires sin el aura que ilumina los cuerpos de la adoración.

Diré un truismo: sin Dios no hay religión, y con Dios, no hace falta.

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