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Las ilustraciones de este número corresponden a Pintores franceses

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

Segunda breve historia de la filosofía 82

La maldita Opinión


   Con Jean-Jacques Rousseau la filosofía sube de tono, se vuelve intensa, melodramática y confesional. No es que en este tipo de literatura filosófica se hable de sí, sino de los efectos que el mundo provoca en la subjetividad de quien escribe. De los efectos o de los golpes, de las traiciones, de las artimañas, los infundios, la difamación.


   Rousseau está emparentado con Nietzsche, otro filósofo que combina su visión de la vida con las marcas que los sucesos inscriben en su alma.


   Esta desgracia que le cae como un alud es culpa de Voltaire que en un texto, Sentimiento ciudadano de 1764 denuncia a Rousseau de haber abandonado en una casa de niños expósitos a sus cinco hijos, para luego quejarse sin pudor de la censura que las autoridades decretaron sobre su libro Emilio. Esta denuncia pública pone en tela de juicio el nombre de un hombre que construía poco a poco su concepción del mundo sobre la base de una creencia en que el hombre rústico, el hombre simple, el que trabaja con sus manos, carece de la artificialidad necia de los habitantes de una sociedad pretenciosa, orgullosa de sus hallazgos científicos y artísticos, de un enciclopedismo petulante que los hombres de talcos y pelucas exhiben en las cortes mientras se pavonean mirándose en los salones de espejos.


   Rousseau se desvive por recomponer su imagen en Las confesiones, largo texto en donde intenta explicar lo inexplicable. Sus hijos no tenían futuro con un padre pobre, una madre idiota y una abuela desalmada. Cuidados por manos profesionales los niños tendrían la posibilidad de ser hombres decentes, nobles artesanos, gente de bien, y no sucumbir ante los infortunios de los habitantes de una casa que nada bueno podría proporcionarles.


   Hay que tomar en cuenta que en aquella época casi la mitad de los recién nacidos corrían el riesgo de ser depositarios en estas casas para niños abandonados, y que Rousseau no hizo nada excepcional si no hubiera escrito uno de los libros más increíbles sobre la pedagogía infantil.


   Pero Voltaire, sin tapujos ni conmiseración dice que Rousseau prefirió darlo a un orfanato antes que aceptar la propuesta de una familia que queria hacerse cargo de ellos. Lo acusa de un doble crimen, haber sido responsable de la muerte de su madre que muere cuando él nace, y de abandonar a sus hijos.


   Historia de nunca acabar, más para Rousseau que ya venía cargado con el peso de una sociedad que despreciaba por la manipulación de lo que llama la Opinión.


   La Opinión es el resultado de la circulación social de las pasiones del alma. Cuando el amor de sí, natural, vinculado al sano instinto de conservación se vuelve amor propio y se desnaturaliza, comienza la feria de las vanidades y los concursos de belleza y de sabiduría.


   Rousseau nada escribe hasta sus cuarenta años, y lo que escribirá no supera diez años de su vida. Hasta ese momento Rousseau vive de su trabajo de copista, copia partituras musicales, y, además, dato no muy conocido, es músico. Y de los buenos, sus obras se estrenan en el teatro de la Ópera, como El adivino de la aldea, y dicen que tanto Rameau como el gran Mozart se inspiraron en algunos de sus hallazgos.


   Pero este suizo talentoso tenía una vida desdichada, era un alma en pena. Vivía demasiado expuesto a la apreciación del prójimo, el auténtico niño expuesto era él.


   Por las mujeres sentía un amor derivado de una escena infantil que vivió a los ocho años cuando fue castigado con golpes en la cola por una mujer de treinta. Dice: “ arrodillarme frente a una amante imperiosa, obedecer sus órdenes, pedirle perdón, fueron para mí goces dulces”.


   Un concurso de la Academia de Dijon que premiaba una obra de corte filosófico lo estimula para redactar un texto que finalmente será consagrado, es su primera obra. El problema sobre el que los académicos proponen disertar es “si el reestablecimiento de las ciencias y de las artes han contribuído a mejorar las costumbres”.


   La respuesta de Rousseau no admite dudas: no. Todas las artes y las ciencias provienen de la vanidad o de un vicio, la geometría, por ejemplo, nace de la avaricia.  


   Cuando los hombres vivían en estado natural, dispersos, con una vida solitaria y generosa y pródiga en frutos, no hacían falta ni afeites ni libros. El aumento de la población, y el encontrarse con frecuencia, crea hábitos nuevos, supuestamente inocentes, que dejan de serlo por la fricción de hombres agrupados y por lo que esto genera: el juego de las miradas, el saberse mirado, el poder que se busca en atrapar el deseo del otro.


   La organización de los aglomerados humanos comienza con las fiestas primitivas, con la cultura boscosa, en los primeros rituales alrededor de un árbol, inicial soporte sacro de lo que serán las religiones, que darán lugar a las ceremonias de adoración, de un dios, seguro, y de un hombre endiosado por su deseo de ser superior, también.


   Segunda breve historia de la filosofía 83


   El caminante


    Otro rasgo que acerca a Rousseau con Nietzsche es que ambos eran caminantes. La diferencia radica en el tipo de superficie a la que eran adeptos. El alemán, hombre de piernas fuertes y espaldas anchas, era un semialpinista, no llegaba a trepar montañas, pero sí era ducho en subidas y su remanso de bajadas. Rousseau prefería los bosques y los campos bordeados por ríos. Los dos sabían que la caminata oxigena la cabeza y que los piés no sólo guían los pasos sino las ideas.


   La imagen del mejor de los mundos posibles que nos proporciona Rousseau es la siguiente: “ un huerto al borde de un lago, un amigo leal, una mujer amable, una canoa, y una vaca, es la perfecta felicidad en la tierra”. Pensemos con él. Imaginemos nuestra imagen de la felicidad, ofrezco una. Una cabaña en el Caribe metida entre palmeras, una hamaca paraguaya colgada en el porche de madera con vista a las arenas blancas que se pisan apenas salido del refugio y un mar verde, una mujer amada, un perro cimarrón, un pueblito de nativos en las cercanías...un sueño que parece colonial, algo de D.H Lawrence con una pizca de Gauguin, en fin, no hay libros ni música, sólo el aroma del yodo y de los frutos, el sonido de la brisa...¿cuánto tiempo se puede sobrellevar esta siesta paradisíaca? ¿Un mes? La vida tiene altos y bajos, tal lo demuestran las tomografías del cerebro, cuando la onda luminosa se alisa en la pantalla es la muerte. Para que la imagen del paraíso sea más auténtica, hay que imaginar los bajos, el infierno del paraíso, la sífilis de Gauguin y de Nietzsche, la incontinencia de Rousseau, quien se desplazaba con un ropaje que llamaban armenio que cubría sus pañales.


   Mientras caminaba llevaba una libreta en la que anotaba sus pensamientos. Luego, en su casa, colocaba un papel blanco en la mesa y se quedaba quieto, no salía nada, padecía una dolencia ágrafa, aquello que había nacido a gran velocidad y se multiplicaba en los paseos, se había ido y no quedaba nada.


   Se acostaba y nuevamente surgían las ideas. Llamaba a su detestada suegra erigida como dique y canal de ese río cerebral a quien le dictaba lo que que pensaba.


   Su mujer era analfabeta, ni sabía leer el calendario, pero Rousseau le reconoce un especial talento ante ciertas dificultades que resolvía con una intuición superior a los recursos convencionales de la reflexión.


   Cuando vivían en un pequeño departamento de París, les gustaba desplegar una mesa en el balcón, comer quesos y tomar una copa de vino mientras contemplaban el movimiento de la calle.


   Pero Rousseau no ha llegado a la inmortalidad por comer en el balcón con su disminuída cónyuge, sino por sus escritos. EmilioLas Nueva HeloísaLas confesiones. La lectura del Emilio nos muestra la extraña erudición de Rousseau. No era un hombre que se cultivaba sólo con libros, además de sus ojos usaba sus oídos, el chusmerío de la calle, la sabiduría de las comadres, la cultura popular. De este arsenal disperso sacaba sus conclusiones. Los niños, escribe, eran descuidados, abandonados, precozmente destetados, ignorados por madres sin vocación, adiestrados torpemente por preceptores necios.


   El niño por tradición era considerado un menor, y menor era un subordinado incapaz de bastarse a sí mismo, una especie de idiota que requería mano dura y autoridad severa. Niño, mujer, sirviente, todos formaban parte de un mismo rubro: la infancia.


   Un hombre nuevo, un ser natural despojado de la arficiosidad de la civilización que lo degenera, requiere la adecuada educación que crea un niño nuevo, ése es Emilio, quien debe seguir las instrucciones de su preceptor Jean-Jacques.


   Las sugerencias son algo caóticas y se distribuyen lo largo de las cientos de páginas de la obra, en al que nos enteramos de la calidad de la leche de madres vegetarianas – dice hervíboras - , seguimos los consejos de cómo sacarles a los niños el miedo a los sapos, mitigar el dolor de muelas, etc.


   Con el niño hay que ser duro. Una mente infantil saludable debe sentir que tiene que obedecer al adulto porque es más fuerte. Nada de convencerlo como si preceptor y niño estuvieran en una paritaria, sino mano dura y palabras claras, órdenes bien dadas y sin ambigüedades.


   El niño debe aprender a perder el tiempo, porque, nos dice el filósofo caminante, “ el tiempo siempre vuelve”. Nada de libros salvo uno, el Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.


   Rousseau resume así su enseñanza: “enseño el arte de ser ignorante”.


    Segunda breve historia de la filosofìa 84


   El contrato social


    Rousseau, nuevamente a la manera de Nietzsche, combina la expresión de sus emociones con el rigor de la construcción teórica. Nos lleva por el camino de sus observaciones, nos presenta un mundo sensible, y, además, coteja y exige nuestro intelecto con la profundidad de su pensamiento.


   Al Ecce Homo del alemán, le corresponden Las confesiones y , a Humano demasiado humano o el Gai saber, los Diálogos: Rousseau juez de Jean- Jacques o Las enseñanzas de un caminante solitario, finalmente, situamos a La genealogía de la moral junto a El contrato social.


   La primera experiencia que tuve de la lectura de El Contrato fue un artículo de Louis Althusser, un breve ensayo sobre el texto de una maestría expositiva y de un arte de la interpretación que fue mi guía durante años. Construía su lectura sobre la base de lo que llamaba “desplazamientos” o “defasajes” que marcaba en el texto, en los cuales Rousseau sorteaba dificultades mediante huídas hacia adelante, un sistema de compensaciones circular propio del funcionamiento del discurso ideológico.


   La necesidad que tenía Rousseau de explicar la constitución de una entidad llamada pueblo mediante un acto unánime de despojamiento simultáneo, dejaba en las penumbras el misterio del origen. Todo planteo originario o fundacional que se pretende explicativo disimula la arbitrariedad del momento inicial para trasmitir la naturalidad de los comienzos y la necesidad de su emergencia.


   Con esto disimula su aspecto contigente y artificial, lo que Althusser seguía con las marcas que los defasajes dejaban en el texto.


   El contrato social es un acto consensuado por el cual una multitud se convierte en pueblo, es decir en un cuerpo moral y colectivo. Es necesario que aquel estado natural en el que los hombres vivían en soledad y sin conflictos, sea restituído en una fase poscivilizatoria que al no ser espontánea restituya la igualdad y la armonía esta vez por una decisión política, es decir colectiva y jurídica.


   Para implementarla hay que imaginar un ceremonial circular tanto en el espacio como en el tiempo. Una ronda de hombres que llevan a cabo un mecanismo de alienación, es decir de despojamiento de algo propio, de lo más propio, de lo que define la condición humana: la libertad.


   Para lograr un estadio de verdadera humanidad, debe realizarse un acto doblemente inhumano. Por un lado cada uno de los individuos debe entregar su libertad a los otros, es decir un acto de servidumbre voluntaria. Por el otro cada uno acepta recibir de los otros la libertad enajenada. Doble acto inhumano ya que la esencia del hombre es la libertad, a la que por definición es imposible renunciar porque conlleva la pérdida de la condición humana, al tiempo que es la realización de la verdadera humanidad, esta vez universal, por la que la alienación de cada uno de lo que le es más propio se da en beneficio integral del conjunto.


   La sociedad es libre porque ha habido un gesto unánime de despojamiento colectivo. Este cuerpo colectivo desde el punto de vista de la pasividad es Estado; por su índole activa es Soberano; como representación ante sus miembros se muestra como Poder; en tanto identidad entre pares es Pueblo; por el grado de participación e integración de los individuos es Ciudadano; y por el sometimiento voluntario a las leyes, es Sujeto.


   Estado-Soberano-Poder-Pueblo-Ciudadano-Sujeto, es la nueva identidad política, moral y jurídica que surge del Contrato Social.


   Para que una sociedad igualitaria sea posible es necesario un intercambio de libertades y la acción de la voluntad general que somete las voluntades particulares al conjunto.


   Rousseau sabe que una sociedad no puede vivir en un estado de deliberación continua, ni que sociedades de grandes números pueden resolver sus asuntos sin mediaciones.


   Su idea de contrato social está dirigida a repúblicas pequeñas de propietarios independientes. De todos modos, ha elaborado una ficción teórica que une justicia a utilidad, en la creación de un Estado natural que por la constitución de un pueblo – una organización de hombres iguales y unánimemente de acuerdo - eliminará el flagelo de las guerras y de la destrucción.


    

   Segunda breve historia de la filosofía 85

   El efecto Rousseau

    El contrato social es una ficción teórica. No se trata de una alegoría ni de una fábula que tiene por finalidad expresar con imágenes lo que se llega a explicitar con conceptos. No es la luz del Logos que nos encandila a la salida de la caverna de Platón y no nos permite ni la distancia ni el contraste necesarios para ejercer el pensamiento.

   La ficción filosófica desde Hume es un llamado de atención acerca de problemas que no son objeto de conocimiento y a propósito de los cuales hay que tomar una decisión y resolver según un criterio utilitario. Éste es el camino del empirismo, del utilitarismo, de las variadas formas del agnosticismo que ilustran el camino tomado por el escepticismo moderno.

   Kant llevará a las cumbres de la razón pura pasada por el tamiz de la crítica, la construcción teórica despojada de sus rasgos arbitrarios y decisorios y mostrará que es en la misma estructura de la razón de donde emergen problemas inevitables de pensar a pesar de no poder ser conocidos. Pensamiento y conocimiento se separan.

   Althusser lee a Rousseau según la lectura política del materialismo marxista, y de acuerdo a su teoría de las ideologías, muestra que en Rousseau un mecanismo de reconocimiento-desconocimiento orienta la construcción del texto.

   Su forma circular espacio-temporal, es propia de las ideologías que tienen un funcionamiento teleológico y crean un origen a la medida de la finalidad que todo lo justifica. Las ideologias son recurrentes y especulares.

   Para fundar un pueblo con un acto unánime ya tiene que haber un pueblo. El contrato social no es más que un reconocimiento de un realidad no problematizada que tiene un objetivo teórico-político: desconocer las asociaciones parciales que pueden dificultar la idea de un pueblo sin divisiones ni conflictos de clase.

   El juego circular del esquema de Rousseau está determinado por este motor de disimulación que funda lo fundante y se reconoce especularmente. Althusser mostrará luego que el ejemplo prístino de este mecanismo se dará en toda su transparencia en la dialéctica hegeliana.

   En todo caso, sin evocar al marxismo para señalar que Rousseau no ve lo que la ciencia marxista develó, las ficciones teóricas no sólo disimulan sino afirman que en el orden del concimiento no todo se dirime ni tiene solución demostrativa.

   Este tipo de ficción muestra una dificultad además de una voluntad de transformar el presente. Contiene elementos utópicos e interpela, llama la atención sobre un nudo problemático. Hay problemas que la ciencia no puede resolver ni la fe abarcar.

   El concepto de interpelación como el de lectura sintomal son del mismo Althusser, y viene bien en este caso a pesar de que no integremos la ciencia de la historia de los marxistas.

   Hemos emparentado a Rousseau con Nietzsche, debemos hacerlo además con Kant, nuestro próximo filósofo. La anécdota que dice que el único día en que Kant no pasó por la misma esquina a las cinco de la tarde fue porque se entretuvo leyendo el Emilio, es una expresión de su admiración por Jean-Jacques.

   Dice Rousseau que por tener un cuerpo estamos sometidos a las tentaciones de los objetos externos y actuamos de acuerdo a nuestros impulsos. Luego nos arrepentimos, y en este acto de contricción, descubrimos la libertad.

   Lo expresa así: “ al reprocharme mi conducta, escucho mi voluntad. Soy esclavo de mis vicios y libre en mis remordimientos.

   Es una buena síntesis de uno de los textos mayores de la historia de la filosofía: La crítica de la razón práctica, de Kant.

   Rousseau ha sido el filósofo que más ha tenido peso en los revolucionarios del fin de las monarquías. Es quien más ha ejemplificado el espíritu jacobino para quienes identifican revolución y terror. La unanimidad exigida a los firmantes del contrato y su versión de la igualdad, han sido interpretados como base ideológica de las dictaduras supuestamente populares.

   Jean Jacques ha sido también el filósofo de la sinceridad romántica, el de la intensidad de la confesión y el de la transparencia del corazón.

   Es el hombre perseguido por el cuchicheo, atormentado por el ninguneo, de eso que se llama la maldita opinión.

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