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Las ilustraciones de este número corresponden a Pinturas del siglo XVIII

 

 

Segunda breve historia de la filosofía 69

La identidad personal

La filosofía de Hume me es un aprendizaje tardío. En un concurso de profesor titular de filosofía para la Facultad de Psicología de la UBA, cargo interino que ya ejercía desde hacía unos años, el Jurado propuso el tema de “ La identidad personal”, para exponer en las pruebas de oposición luego de la entrega de una monografía.

En la pequeña aldea universitaria ya había tenido conflictos con quienes regenteaban la Facultad de Filosofía y administraban los nombramientos de los jurados de la disciplina a fines de la década del ochenta.

Me jugué a todo o nada y me quedé con nada. El problema filosófico de la identidad personal me era totalmente extraño y lo tomé como una ocasión alrededor de la cual debía presentar una serie de pensamientos y componer una disertación.

Me habían dicho que la cuestión provenía de Hume y que era materia de la asignatura de filosofía moderna que los profesores del jurado habían desarrollado en el año. Ya sabía como comenzar mi escrito, con eso, con que me convenía hablar de lo que ellos esperaban   que hablara, que lo mejor que podía hacer un candidato a una cátedra era desarrollar lo que los fiscales, o jueces, sabían, y que no haría eso, porque mi formación era distinta, y porque me interesaba plantear mi propio abordaje ya que concernía a una función de la que iba a ser totalmente responsable ante los alumnos.

Planteé el tema de la identidad desde la problemática de la “diferencia”, con referencias a las elaboraciones de Derrida en sus primeros textos; el trabajo de Jacques Lacan sobre el Estadio del Espejo y las inversiones de las imágenes del propio cuerpo; de Louis Althusser y su idea de “interpelación”; de Gilles Deleuze y su imagen del pensamiento rizomático, y los trabajos de Foucault sobre el cuidado de sí en los estoicos, en la construcción de sí en base a técnicas éticas del arte de vivir antiguo.

Recuerdo que los jurados miraban la hora. Luego me despacharon amablemente y unas semanas después me llegó la evaluación. Chau Facultad de Psicología.

Hoy por las necesidades de esta historia de la filosofía llegamos a Hume, y quisiera comenzar por aquel tema que desconocía hace veinte años y del que ahora podré decir algunas palabras.

Lo encontramos en el Tratado de la naturaleza humana, edición Tecnos desde la página 355 a la 370, la parte IV, sección VI, del texto referido. Así debía haber comenzado aquella exposición, de todos modos había perdido de entrada, no daba con el perfil académico ni siquiera con el vestuario de circunstancia.

Hume dice que toda idea deriva de una impresión. Toda su filosofía parte de esta premisa. Afirma que no hay impresión del Yo. Las impresiones son datos de los sentidos, y sin esa materia prima que nos ofrece la existencia de nuestro cuerpo en el mundo, la mente no tiene nada en qué pensar.

( Si hubiera comenzado la clase de este modo tan simple, no sé que cara habrían....mejor dejo de lado esa escena sinó me volverán a la memoria nuevos fracasos escolares como aquel bochazo de quinto año de secundario en geometría... )

No hay impresión del Yo...ya lo dije, perdón, estoy algo nervioso, quiero decir que no hay impresión constante e invariable del mismo, porque jamás es el mismo. Las sensaciones se suceden unas tras otras. Lo que produce un efecto que Hume resume muy bien, él, porque yo, en este caso, no creo que lo resuma bien: “nunca puedo atraparme a mí mismo”.

No somos más que un haz o una colección de impresiones. Por lo que, nuevamente Hume lo dice con concisión y elegancia, nuestra mente es un teatro. Muchos personajes, máscaras, guiones sucesivos, y nada más.

No existe en la mente simplicidad ninguna, ni identidad. Sólo tenemos los recursos que nos da la naturaleza humana para comprender y acceder al conocimiento de cualquier objeto, incluso, como en este caso, de nosotros mismos. Estas herramientas son el pensamiento o reflexión y la imaginación, por un lado, y, por el otro, las pasiones y los intereses.

Desde esta perspectiva nos perdemos y no hay identidad que nos ancle. Espero ser más claro la próxima vez.
 


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La importancia de la ficción
 
 
 

¿Se puede vivir sin identidades? Mejor dicho, ¿se puede sobrevivir sin identificar? 

Estariamos totalmente locos si nuestra mente funcionara de acuerdo a la velocidad de las mutaciones, sin que jamás retenga una constante, que fije una imagen, sin que llegue a una continuidad. Cada objeto se diseminaría en infinitas variaciones, cada trazo se convertiría en una línea inconclusa de puntos, y nuestro propio yo se perdería en una infinidad de muecas. 

Es por la acción de nuestra imaginación que llegamos a considerar un objeto como una entidad continua e invariable. Las transiciones de una imagen a otra conservan un elemento semejante y nos permite tener una sensación necesaria y falsa a la vez: la de la continuidad. 

No hay identidad sin continuidad. No hay continuidad sin trampas. 

Se define a la ficción en el sentido filosófico del término, como una construcción necesaria y falsa a la vez. Su función varía de  acuerdo a la problemática filosófica en cuestión. Pero es posible aseverar, que la ficción filosófica en el sentido aducido, es una producción de la filosofía moderna que es inherente a la problemática del Sujeto. Nace con Hume y tiene un desarrollo sistemático con Kant. 

No hay Sujeto filosófico sin un elemento de ficción. En este nudo se debate la avanzada de la filosofía de Hume que pretende elaborar un escepticismo moderno. Aquí se juega la crítica al último eslabón de la metafísica clásica que gira alrededor de la idea de sustancia. 

Los sistemas filosóficos de Descartes, Spinoza y Leibniz, son sustancialistas. Pero a diferencia de la filosofía aristotélico-platónica, de la antigüedad y del medioevo, esta sustancia se diferencia del Ser griego en que es una entidad monstruosa. No logra configurar un cosmos si no es a través del caos. 

La inabarcable inventiva de los filósofos llamados racionalistas es su imaginación teórica delirante. El Cogito cartesiano que emerge de la fantasmagoría del Genio Maligno, la red infinita y autosustentable spinozista,  la monadología lebniziana, se fundan en una sustancia infinita o en ideas innatas a la que aún le dan el nombre de Dios. 

Es el mismo Dios que en el arte da lugar a las escenas pictóricas del siglo XVII en los que los motivos religiosos sirven para mostrar los cuerpos de El Greco, las deformidades de Velazquez, las muecas de la fealdad, la sensualidad del joven, la miseria del pueblo. Sin Dios nada estaría permitido, es la contraseña que autoriza la revolución icónica. 

También en la filosofía, Dios despejó el camino para el cogito pretensioso y conquistador, el infinito leibniziano, la antiteología de Spinoza. 

Con Hume, Dios ya no es necesario, queda la ficción como elemento explícito para que al no haber sustancia, al delegarla al mundo de las quimeras, no deje de haber continuidad. 

La imaginación mediante los mecanismos de asociación de la semejanza, la contigüidad y la causalidad, nos hace creer que hay identidad en donde no hay más que relaciones entre objetos diferenciados. Esta trampa es ineludible, debemos caer en en ella, y saber que hemos caído en ella. 

El racionalismo de Hume se sabe limitado, en cierto modo débil, pero eficaz si tiene consciencia del terreno en que se mueve. 

Dice Hume: “Nuestro último recurso está en admitir el prejuicio mismo, sosteniendo audazmente que los diferentes objetos relacionados son de hecho la misma cosa, aunque se presenten de modo discontinuo y variable”. 

Así, remarca Hume que para suprimir la discontinuidad, “fingimos” la existencia continua de las percepciones y llegamos a la noción de alma, yo, o sustancia, para enmascarar la variación. 

Continua: “La identidad no pertenece realmente a estas diferentes percepciones, ni las une entre sí, sino que es simplemente una cualidad que les atribuimos en virtud de la unión de sus ideas en la imaginación”. 

 

 
 
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Una filosofía fácil y obvia
 
En su An Enquiry concerning human understanding ( Una investigación concerniente al entendimiento humano) contrapone una filosofía obvia y fácil a la filosofía abstrusa. La palabra “abstrusa” es la misma que emplea en inglés, “abstruse” y es traducida literalmente al castellano. Este tipo de filosofía es la producida por los autores de sistemas metafísicos, y de una tradición que hace de la oscuridad una virtud.

Hume dice que la metafísica no es una ciencia sino un esfuerzo inútil sólo sostenido por la vanidad. Hasta el mismo Locke es alguien que será rápidamente olvidado por haberse inmiscuído en esa telaraña.

El representante contemporáneo más típico de esta confusión es Leibniz quien cree que la razón puede pensar lo infinitamente divisible y que hay una entidad sustancial pensada como un “Whole”, un Todo.

En Hume hay tres tópicos nucleares: la sensibilidad, la mundanidad y la felicidad. Estas tres líneas de fuerza se sostienen en una toma de posición espistemológica a la vez que moral: el hombre es un ser ignorante que debe asumir sus límites. No es posible tener conocimiento alguno sobre los primeros principios. Quienes aseveran lo contrario producen una mezcla letal de metafísica brumosa y superstición popular. En el mejor de los casos produce confusión mental, en el peor, nutrido por las pasiones, fanatismo.

Estos límites no son un llamado de atención a los hombres como lo mentaban los antiguos. Los poetas y filósofos griegos alertaban sobre lo que podía acontecer cuando los hombres incurrían en la falta definida como “hybris”, desmesura, y sus consecuencias trágicas.

En este caso, la moderación no es sólo “sophrosyne”, prudencia, sino eficacia, utilidad. Los hombres, mediante lo que Hume llama un escepticismo mitigado, asumiendo un cierto grado de duda, con modestia y cautela, pueden lograr un estado de felicidad.

Ser feliz es un estar contento de sí en armonía con sus semejantes. Significa ser consciente de una naturaleza que hace que el hombre sea sociable, que perciba que sin el otro no puede ser siquiera uno. Que tenga armonía con la “simpatía” universal, que hace que el mundo y las cosas estén conectadas y los hombres en sociedad.

No es ninguna utopía, no se trata de un estado de perfección, sino de una prudente y sensata administración de las imperfecciones. No es una filosofía heroica sino práctica.

Es posible, dice Hume, en su texto Diálogo sobre la religión natural que las religiones sean necesarias para que los hombres tengan una presencia limitativa, una ley simbólica que pueda ser necesaria para la seguridad de la moral. Para eso se contruyen los “estados futuros”, los mundos del más allá. Pero, advierte Cleantes, uno de los personajes del diálogo, “ la misión propia de la religiónes es ordenar el corazón del hombre, humanizar su conducta, infundir el espíritu de templanza, orden y obedeciencia”. Y agrega: “ Es un hecho de la experiencia que la más ligera disposición de natural honradez y benevolencia tiene mayor efecto sobre la conducta humana que las más grandes elocuentes tesis sugeridas por teorías y sistemas de teologia (...) El miramiento por la reputación y el alcance sobre los intereses generales de la sociedad, son los principales frenos de la humanidad”.

Entonces su interlocutor Filo, admite: “ ser un escéptico filosófico es, en un hombre de letras, el primer y más esencial paso ser un cristiano de firmes creencias”.

La vida de Hume parece haber cumplido estos designios. En el año 1775, a los sesenta y cuatro años, contrae una enfermedad en el vientre que sabe fatal. Durante un año padece de diarrea. En un muy breve texto llamado “ Mi vida”, dice que no está mal morir a los sesenta y cinco años. Siente que está en el mejor momento de su vida. Hace lo que le gusta, estudiar, conversar con sus amigos, estar despegado de las ambiciones corrientes, incluso de la ambición de la fama literaria. Asume sus fracasos, recuerda sus dolores como el de los tiempos en que su trabajo mas esforzado, el de su primer libro sobre la naturaleza humana, fue totalmente ignorado, y está contento de no haber agriado su carácter. Así los certifican, además, su médico Dr Black, y su amigo Adam Smith.

Termina el escrito así. “ no puedo decir que no haya vanidad al hacer esta oración fúnebre de mí mismo, pero confío en que no estará fuera de lugar. Éste es un hecho que puede ser aclarado y determinado fácilmente”.

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Costumbre, creencia y probabilidad
 

Además de la sensibilidad, la mundanidad y la felicidad, como tres mojones de la filosofìa de Hume, podemos señalar otros tres cauces para orientarnos en su obra: la costumbre, la creencia, y la probabilidad.

Cuando nuestro filósofo dice que una buena filosofía debe ser fácil, puede llevarnos a engaño. Es cierto que leer An enquiry...nos pone delante un texto agradable, bien escrito, preciso, pero no nos evita las disgresiones puntillosas, el rumiar argumentativo, y cierto tedio en la lectura.

Es un hecho frecuente de los textos filosóficos el trasmitir un sopor y una manía obsesiva de saturar con explicaciones a los posibles contradictores imaginarios o reales. Hume no es inmune a este fenómeno.

No es poco lo que se propone: para inquirir en la realidad del mundo hay que pasar por el análisis de la mente. Todo pasa por la mente, pero lo que llega a ella nos viene de los sentidos. La mente, en realidad, no inventa nada que no le venga de los datos de los sentidos, o impresiones como las llama Hume.

Son percepciones vivas que nos llegan cuando oímos, sentimos, amamos, odiamos, deseamos o queremos. Dice que a pesar de la apariencia ilimitada del pensamiento, la facultad de raciocinio está confinada a componer, trasponer, aumentar o disminuir, los materiales aportados por los sentidos.

Éste es el primer sentido del concepto de “experiencia”.

La “experiencia” nos señala que las ideas están conectadas entre sí. Hay una regularidad, algo metódico, en el funcionamiento de la mente, cuyos principios se trata de descubrir. Son principios universales que pueden ser aplicados a todos los hombres. Nuevamente son tres: semejanza, contiguidad y la determinación causa-efecto.

Estos principios ordenan los datos sensibles por un sistema de asociaciones, ya sea por analogías, por conjunciones en el espacio y el tiempo, por vinculaciones repetitivas.

La relación de causalidad es la más compleja de analizar. Hume dice que no hay una causa primordial, ni una causa simple, ni una evidencia que a la manera cartesiana fundamente un camino cognitivo. Es por la repetición de la percepcion de un enlace entre fenómenos que los asociamos y afirmamos su correspondencia.

Interviene la memoria ya que debe registrase lo asociado por la percepción y permitir que la mente prevea que lo que sucedido vuelva a suceder.

Si no hubiera regularidad en la naturaleza, si no hubiera repeticiones y sólo reinara el azar o la imprevisibilidad, ni el conocimiento sería posible ni ninguna conducta podría consolidarse. Viviríamos en la ignorancia y en la locura.

Sin embargo, no podemos aseverar que haya un orden necesario. El conocimiento por el aprendizaje de repeticiones y anticipaciones, es decir por lo que Hume llama “custom”, costumbre, sólo puede darme una idea de la probabilidad de los acontecimientos. Hay fenómenos más probables que otros, existen tendencias que me dicen que a causas similares hay efectos semejantes.

Dice Hume que la sospecha de que puede cambiar el curso de la naturaleza y que el pasado no sea un modelo para el futuro, haría de la experiencia algo inútil.

Decíamos en un capítulo anterior que la problemática del sujeto inaugurada por la filosofía moderna imponía una dimensión ficticia, un “como si”. Hay un puente entre la producción de la imaginación, lo imaginario, y las ficciones. Una de las ficciones es la de la continuidad del objeto y otra referida es la de la identidad personal. Sin embargo, la mente no resbala sobre sus propios datos, ni vuela sobre las impresiones observándolas desde las alturas o desde la incredulidad.

La mente cree en lo que piensa, en lo que ve u oye. ¿Qué diferencia una ficción de una creencia? Hume responde que es la vivacidad de la impresión. La creencia a diferencia de la imaginación, no depende de la naturaleza particular o del orden de las ideas, sino del modo de la concepción, y del sentimiento (feeling) de la mente.

La vida común ( the common life), dice Hume, nos enseña que la creencia es algo que siente la mente que distingue las ideas formadas por los juicios de las ficciones de la imaginación. Estas ideas son creídas por su mayor peso y por tener más infuencia en nuestra mente.

Este modo de concebir surge de las asociaciones habituales del objeto con algo que ya está presente en la memoria o en los sentidos. Es la segunda acepción del concepto de experiencia.

 

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Un cierto tipo de felicidad
 

Deleuze en su libro Empirismo y subjetividad dice que el ideal de felicidad colectiva en Hume es el de una conversación entre propietarios. Es un modo sarcástico de definir este mundo agradable, suave, morigerado, de un filósofo que cree que en esta tierra hay lugar para todos, que la sociabilidad es algo natural, que los excesos no son buenos, y que al no haber recursos infinitos, la propiedad es una buena idea para que su distribución lo más equitativa posible evite la violencia, la conquista y el despojo.

No cree en la igualdad absoluta, ni en una democracia parlamentaria que no se sostenga en una autoridad mayor. La experiencia política de Hume reflejada en su Historia de Inglaterra y en sus Ensayos políticos, le dice que su país fue desangrado no sólo por el fanatismo religioso sino por el espíritu faccioso de grupos de interés representado por partidos políticos.

Son justamente los intereses y las pasiones los que para Hume conducen a los hombres, más que la razonabilidad y la prudencia, por eso, aprecia ciertas virtudes de la monarquía, y, a pesar de su postura agnóstica en materia religiosa, no considera que la Iglesia de Roma sea peor en las consecuencias de su accionar que los fanatismos presbiterianos de las sectas escocesas, las de su propio país.

Es decir que es un conservador.

La conversación a la que se refiere Hume, no es sólo un diálogo, sino una disposición a compartir con el prójimo tanto los placeres como estar atento a sus dolores. La crueldad no es natural, pero tampoco lo es la bondad. Hume no se emparenta con su amigo Rousseau, amigo por un lapso muy breve, hasta que siendo su anfitrión en Inglaterra, debió pedirle que se vaya ya harto, seguramente, de sus manías persecutorias. Es una de las historias noveladas entre cuitas de filósofos más nombradas pero con muy pocas referencias de los directamente interesados.

Hume cree que es posible la felicidad. Pero no a la manera de los antiguos. El epicureísmo fue una doctrina austera, la de la simplicidad extrema de los placeres.. El estoicismo, para Hume, cae en una cierta indolencia, supuestamente justificada por el ideal de ataraxia y de conformidad con el devenir del mundo o destino.

Los placeres de Hume son los de una clase media naciente, la de quienes pueden ser sus lectores, “hombres estudiosos, gente de letras, jóvenes descuidados y mujeres modestas” (cf Mi vida).

Con Hume la filosofía da el primer paso hacia un nuevo estado. ¿De qué vivirá la filosofía sin metafísica, y sin ser una ciencia? El despertar del sueño dogmático del que habla Kant con gratitud hacia Hume, no por eso le regala una vigilia promisoria. Si por prometedor entendemos un destino de conocimiento o de sabiduría.

La aceptación de los límites del conocimiento, el afirmar que no tenemos acceso a los primeros principios, a la causa de las causas ni a los fines últimos, trazará un nuevo camino de la filosofía.

Las palabras empirismo o utilitarismo no dan cuenta de este pliegue en la historia de la filosofía. No se trata de una nueva doctrina ni de una nueva escuela.

Ni siquiera las cosas se nos presentan más claras cuando se afirma que con Hume nos introducimos en la filosofía del sujeto. Lo cierto es que en el mundo de la probabilidad, en el de las creencias y las ficciones, el sujeto inevitablemente debe ser creativo. No puede dejar de conjeturar o de aventurarse por caminos de incertidumbre.

Pero este derrotero no tiene en Hume rasgos trágicos ni melancólicos, ni salidas de un rigor sistemático con pretensiones de universalidad. El futuro de la filosofía a partir de Hume se abre de un modo variado pero al mismo tiempo enmarcado en su crítica a la filosofía como conocimiento cierto.

Muchos dictaminarán el fin de la misma, el auge de las ciencias y la desaparición de ese saber antiguo connotado por un tiempo como la madre de las ciencias. Pero por paradójico que parezca, la filosofía insistirá por algunos siglos en la realidad de su inexistencia.

Y con Hume, además, asistimos al fin del sueño cartesiano y el comienzo de un nuevo despertar. Una vigilia en la que las ficciones inventadas por la razón o destiladas por la imaginación son creídas por el común de los hombres, menos por el filósofo.

Es el escepticismo ilustrado.

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