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Las ilustraciones de este número corresponden a obras tomadas de: Mujeres artistas

 

 

 

Segunda breve historia de la filosofía 59


  La vida según Hobbes


  


  Hobbes es el filósofo que mejor ha interpretado la situación del hombre contemporáneo que vive con la muerte de Dios. Es quien ha dado cuenta del miedo presente. Una vez derrumbada la ratio Eclesiástica el mundo pierde su cobertura de significado. Ya nadie va para arriba ni nada viene de arriba. Todos los hombres son mortales e iguales, por lo que pueden matarse los unos a los otros.


  No hay más jerarquías divinas salvo la que el mismo hombre invente. “Necessity is the mother of inventions”, es la reafirmación del proverbio en la pluma de Hobbes.


  El filósofo inglés es quien ha encumbrado a la mediocridad. Cualquier imbécil sabe en donde le aprieta su zapato. La sabiduría es pedestre y la construcción política se hace sobre las pasiones del hombre ordinario. Sólo cuenta la vida cotidiana del hombre que trabaja. Este hombre desea comodidades y seguridad. No por eso es un vicioso. Por el contrario, la virtud se sostiene en conseguir lo necesario para que el hombre que trabaja ya no tenga miedo. No hay otro deseo colectivo que la paz.


  ¿Qué es lo que inquieta a los hombres? Por un lado el hambre, por el otro la guerra. Cada uno de nosotros se arma con lo que puede para no morir de hambre y para no morir en manos de otro. Nadie quiere morir. Existe un instinto de conservación. Todos queremos vivir hasta el último momento y deseamos postergar lo que se pueda ese momento.


  No todo es seguridad, además hay un deseo de libertad. Pero la libertad para Hobbes es un principio mecánico derivado del principio de inercia. Hay un movimiento que define nuestra existencia que continúa salvo que se presente un obstáculo. Cuánto más espacio tenemos para movernos más libres somos. Dice Hobbes que el agua no es libre en un vaso. Podemos imagimar a qué tipo de libertad se refiere Hobbes con este ejemplo.


  No existe un hombre superior a otro. Ni por proximidad a la divinidad, ni siquiera por fortaleza física. Es cierto que la fuerza domina pero siempre puede ser vencida por una fuerza superior en manos de los más desguarnecidos.


  Hobbes inaugura el ´pensamiento sobre el poder de los débiles. Existen los medios por los que los despojados y los pobres se organicen y se armen para derrotar a cualquiera que se les interponga en el camino. Ya no se lucha cuerpo a cuerpo. Se mata a distancia y en silencio.


  Ni siquiera hay superioridad mental, para Hobbes la razón se enriquece con el esfuerzo, es una cuestión de voluntad, de constancia, de empeño. Es el reino de la igualdad. Todos los hombres son iguales, y esta igualdad no remite a la justicia. En un mundo de iguales lo que predomina es la envidia. Aquel que no tiene lo que desea intenta apropiárselo de los otros. Es una singular esfera jurídica en la que sus portadores tienen los mismos derechos.


  Para que haya justicia deberá estar vigente la Ley, y para que ésta ordene el mundo deberá instalarse un poder, un gran poder, el Poder con mayúscula.


  Un autómata artificial, un invento del hombre por necesidad de paz y seguridad, es decir un Soberano. En el mundo mecánico en el que el reloj es el modelo regio por su precisión, perfecta disposición y autonomía, este Poder se hará acreedor de las misma cualidades.


  Este es el Leviatán, monstruo bíblico que nacerá por consentimiento y por un pacto. Es la filosofía del contrato. Una vez eregido el Soberano llamado Estado, los hombres serán sus súbditos. Se ha decretado la Nueva Ley. La vida terrestre no es el paso del pecado original a la salvación de la mano de los pastores celestiales, sino el ámbito que requiere crear un sistema de seguridad que permita que los hombres consigan los bienes terrenales y el placer que deparan sin matarse los unos a los otros.


  Debe construirse un sistema político que ordene un nueva jerarquía basada en la igualdad de los hombres. Igualdad y maldad se equivalen, hay que torcerlos para que funcionen en el Bien, es decir en lo Útil.


  Esta es la vida según Hobbes, una visión pesimista de la conducta humana, otros dirán realista, lo que sea, es la idea que nace en un mundo en que se ha visto que en nombre de distintas acepciones de la redención, bajo el escudo de la Fe y en defensa de las Utopías, se ha masacrado a poblaciones enteras. Es la filosofía frente al fenómeno político de la Guerra Civil.


  


  


  Segunda breve historia de la filosofía 60


  Poder y felicidad


  


  Si el poder no deriva de un mandato divino, y si tampoco sirven las lecciones sobre el gobierno de la ciudad heredada de los antiguos, se torna imprescindible inventar un nuevo modo de conducir a los hombres para evitar que se masacren entre sí.


  Pero en el caso de que ni la fe ni la sabiduría sean modelos de conducta, hay sólo un camino que nos puede guiar en este acertijo vital para la supervivencia de las sociedades. Hobbes propone investigar el corazón de los hombres, lo que significa sus pasiones, y de éstas una principal, la pasión que ordenará la instancia de la política: el miedo.


  Es necesario instalar en el corazón de los hombres un miedo útil, aprovechable, el miedo a la muerte.


  Seguridad es miedo al servicio de la paz, y ésta sólo puede ser garantizada por el Estado. La función del Soberano no es la de diagramar la Ciudad de Dios en la tierra con las limitaciones que impone la condición humana, sino la de mandar y ser obedecido sobre la base del temor a la muerte.


  Si no hay Estado hay anarquía, es decir, remarca Hobbes, el dominio de la fuerza y del fraude. En su libro Del ciudadano, afirma que fuera de la sociedad civil no hay más que continuo latrocinio y muerte de uno por el otro. Fuera de la sociedad civil reinan las pasiones, la guerra, la pobreza, el miedo, la soledad, la miseria, la barbarie, la ignorancia y la crueldad. Pero, agrega, en el orden del Estado, la razón, la paz, la seguridad, las riquezas, la decencia, la elegancia, las ciencias y la tranquilidad, mandan por doquier.


  Con Hobbes termina la idea de que un buen gobierno es el que está en manos de los mejores. Es el fin del aristocratismo político. Para gobernar bien no hay sabiduría disponible. Creer que la mayor virtud de un buen gobernante es la prudencia no es sólo una falsedad sino un peligro para los pueblos.


  En el Leviatán dice que todos los signos de la prudencia son inciertos porque regir las observaciones por la experiencia y recordar todas las circunstancias que pueden alterar un acontecimiento, es algo imposible.


  El héroe de la antigüedad Prometeo, bien podía vanagloriarse de tener desde el alto de la roca una visión panorámica, como buen sabio terrestre que posee el arte de las distancias, si no fuera que atado al peñasco todos los días un buitre voraz le comía el hígado.


  El día a día le da una buena lección al sabio prudente. Hobbes muestra como la prudencia se convierte en su otra verdadera cara, una pasión que sostiene a esta presunta virtud del elegido: la pusilanimidad.


  El pusilánime es una persona que sueña con lo que jamás podrá hacer, y se paraliza ante las dificultades de lo que bien podría realizar. Desea lo inalcanzable y teme lo fácil de obtener. Por eso ante un gobierno prudente los pueblos comienzan a inquietarse, a temer por su seguridad, a rebelarse, a exigir mano firme, a odiar a su gobernante. El conductor prudente se convierte en un gobernante tacaño, no sólo teme decidir, no se desprende de su duda, sino que sólo piensa en lo que se pierde y al inmovilizarse paraliza toda vida.


  El Soberano de los tiempos modernos en los que Dios se ha alejado y sus pastores se subordinan al Leviatán, es quien implementa las medidas para la felicidad en esta vida. Sabe que no hay nada que ofrezca perpetua tranquilidad a la mente mientras vivamos aquí abajo, porque la vida rara vez es otra cosa que movimiento que no puede darse sin deseo y temor.


  Para ser libre hay que moverse, y nos movemos por atracción o repulsión. La falta de deseo es la muerte. Añade Hobbes que la felicidad es un continuo progreso de un objeto a otro con el fin de asegurar la vía del deseo futuro.


  La visión beatífica de la que hablan los escolásticos es una frase sin sentido. Concluye: “señalo como inclinación general de la humanidad entera un perpetuo e incesante afán de poder que cesa solamente con la muerte”.


  


  Segunda breve historia de la filosofía 61


  Del uso correcto de los nombres


  


  Uno de los estilos clásicos de la filosofia consiste en sistematizar los conceptos en una gran teoría abarcadora. Aunque Hobbes es conocido por ser uno de los iniciadores de la filosofía política es hijo del siglo XVII, el del espíritu de sistema. Bajo el influjo de la física galileana, de la geometría y del álgebra cartesiana, pretende colocar los cimientos de una filosofía con el rigor del espíritu geométrico.


  Por eso debe partir de una depuración del lenguaje ya que es con el discurso que se tejen las verdades del mundo. El habla está impregnada de imprecisiones y de vaguedades que bien pueden agradar a la fantasía pero desde el momento en que debemos precisar los fundamentos de una ciencia, es al entendimiento y a la razón a los que nos dirigimos.


  El entendimiento trata con nombres. Para Hobbes hay algo aún más importante que el invento de la imprenta, es el invento de las letras. Una política que dé cuenta de la necesidad de la obediencia al Soberano capaz de garantizar la paz, requiere un orden del discurso veraz.


  Las palabras son nombres, y la razón ordena el mundo de las palabras de acuerdo a las conexiones que corresponden a un criterio de verdad. En su escrito Del Hombre afirma que la verdad consiste en la correcta ordenación de los nombres en nuestras afirmaciones. Un hombre que busca la verdad tiene necesidad de recordar el significado de cada uno de los nombres que se usan y colocarlos adecuadamente.


  Debemos inspirarnos en la geometría porque es la única ciencia que Dios se complació en comunicar al género humano. Los hombres deben comenzar a establecer el significado de sus palabras que una vez configuradas dan lugar a las primeras definiciones.


  No hay raciocinio sin lenguaje. El uso y el fin de la razón consiste en avanzar de una consecuencia a la otra después de dar las explicaciones de los nombres que van a usarse. Logrado el discurso adecuado puede servirnos para sus usos especiales que son el registro, el consejo, la ayuda mutua, el deleite.


  Es necesario combatir las metáforas y las expresiones sin sentido que se enseñan rutinariamente en las Escuelas, palabras tales como hipóstasis, transustanciación, consustanciación, eterno-actual, y otras “cantinelas” empleadas por los escolásticos.


  Todas esas expresiones son como “ignes fatui”, su único fin es el litigio, la sedición y el desdén.


  Mediante el esfuerzo de la razón debemos imponer los nombres adecuados hasta llegar a todas las consecuencias derivadas de los nombres relativos a las cosas. Se llega así a lo que los hombres llaman Ciencia.


  Hobbes define a la ciencia como el conocimiento de las consecuencias y dependencias que nos llevan de un hecho nombrado a otro. Nos autoriza a innovar o repetir un acontecimiento, por lo que el poder de la ciencia nos permite apoderarnos del tiempo, del ahora o del después.


  Podemos depurar las palabras de su ambigüedad mediante el uso de la razón, es el primer paso que damos, nos ayudamos con la ciencia que inicia el camino que emprendemos, hasta llegar a la meta: beneficiar al género humano.


  Con el uso correcto de la razón, las nociones voluntarias, es decir las pasiones que se diferencian de las nociones vitales como los fuidos del cuerpo, están habilitadas para dar comienzo a la imaginación.


  La acción depende de la deliberación, que Hobbes define como la suma entera de nuestros deseos, aversiones, esperanzas y temores, que continuan hasta que la cosa se hace o se considera imposible de ejecutar.


  La voluntad es el último apetito o aversión que en la deliberación es inmediatamente próximo a la acción o a la omisión. Así como el último apetito en la deliberación se denomina voluntad, la última opinión en busca de la verdad del pasado y del futuro se denomina Juicio.


  Con nuestro orden de juicios pertinentes haremos uso provechoso del anhelo de la mente o curiosidad, y disfrutaremos del deleite que nos provee la continua e infatigable generación de conocimiento. El deseo de saber tendrá su recompensa. El ¿qué es esto?, ¿ cómo está hecho?, ¿ por qué?, podrán desplegarse hasta conseguir una sentencia resolutiva final, que no deja de ser condicional y no absoluta.


  No se puede saber por el discurso si esto o aquello “es”, sino si esto es, aquello es o no es.


  


  Segunda breve historia de la filosofìa 62


  De los cuerpos


  


  La necesidad de dar los nombres precisos que respondan a representaciones y conexiones adecuadas contribuye a la elaboración de una mathesis universalis. Del mismo modo que Leibniz intentaba crear una Característica o el lenguaje universal, también Hobbes requiere de una taxonomía completa que incluya las definiciones de las relaciones entre las cosas.


  El abandono de la metodología escolástica y de los procesos de producción de conocimientos tradicionales así lo exigían. Hobbes dice que dejarse guiar por sentencias generales leídas en los autores clásicos con sus inumerables excepciones es un signo de locura, combinada con pedantería. Si no es la Autoridad la que legisla, debe ser una lengua anónima con sus reglas específicas la que establezca el criterio de verdad.


  Ya Francis Bacon pensaba que la ciencia debía ser el resultado de un trabajo colectivo, en cooperación, en el que los hombres de ciencia comparten sus observaciones.


  Martine Pécharman en “Philosophie première et théologie, selon Hobbes” (en Politique, droit et théologie, chez Bodin, Grotius et Hobbes) dice que para Hobbes el objeto de la filosofía entendida como ciencia es todo cuerpo del que puede concebirse la generación. Por eso la teología no puede ser un discurso filosófico porque su objeto teórico, Dios, no es generado. La filosofìa, señala, debe referirse a cuerpos nombrados de modo diferente uno de otro, mientras la filosofía primera tiene por objeto todos los cuerpos en tanto recibe el nombre de “cuerpo”.


  Teología y filosofía primera no son lo mismo. La primera no se refiere a un cuerpo cuya generación es concebible. Todo discurso sobre Dios en tanto eterno y no generable, es incomprensible.


  La filosofía primera debe dar los nombres que signifiquen los conceptos simples necesarios al conocimiento de las naturalezas engendradas. Dios no tiene lugar en la filosofía primera ya que no es la ciencia de un primer ente o ente supremo, sino la ciencia de los primeros nombres, nombres supremos o absolutamente universales.


  Pécharman dice que para Hobbes los libros metafísicos de Aristóteles despojados de sus comentarios aparecen como la primer formulación de la filosofìa primera, ciencia del ente en cuanto tal. En ellos encontramos las definiciones de materia, forma, lugar, tiempo, movimiento.


  La palabra “ente” es la más universal de todas aquellas que se refieren a lo que es, sin ser aplicable a Dios, sino sólo a los entes concebibles. No hay función analógica posible aplicable a la palabra ente como en santo Tomás. La eminencia o la equivocidad que establece la traslación semántica del ente Supremo a los entes particulares, no es posible porque un ser no engendrado es inconmensurable y no resiste a ninguna comparación.


  La ontología de Hobbes no responde a la pregunta ¿qué es un ente?, ni siquiera ¿a qué se llama un ente?, sino ¿ a qué se llama ente cuyo nombre pueda ser definible?


  La idea de cualquier ente en tanto ente, la imagen de todo cuerpo en cuanto cuerpo, es el “spatium inaginarium”. La concepción del cuerpo “in genere”, se hace con una imagen. La idea de cuerpo como tal es la imagen o concepción mínima.


  Sin embargo, la filosofía primera sólo puede comenzar suponiendo la creación divina del mundo como agregado de cuerpos. La filosofía primera necesita un pasado y ese pasado es teológico.


  La extensión - condición mínima de la concepción de cuerpo – no es engendrada y es indestructible, sólo son engendrados y destruídos los accidentes por los cuales un cuerpo debe ser nombrado con nombres menos generales que el nombre cuerpo.


  No hay cuerpo universal sin magnitud. No hay existentes desprovistos de accidentes. La extensión es el único accidente indestructible. El nombre de Dios cuando significa causa del mundo, no implica la existencia de un existente eterno, sino un juicio por el cual se afirma de que existe tal ser.


  Hobbes, concluye la autora, no habría podido decir a la manera primero de Anselmo y luego de Descartes: es casi la misma cosa concebir a Dios y concebir de que existe.


  


  Segunda breve historia de la filosofía 63


  Situación histórica


  


  Hobbes publica el Leviatán en el año 1651. Es el período de la revolución inglesa. De una de las tantas revoluciones inglesas que ocurren cada vez que descabezan a un rey y gana el Parlamento y toda vez que se disuelve un parlamento y se corona nuevamente a un rey.


  Si queremos nombres los hay y muchos. No intentaremos comprender una historia de mil quinientos años o más cuando ni siquiera hemos avanzado mucho en dar cuenta de nuestra pequeña historia de doscientos en este último rincón del planeta.


  Hay historiadores que enumeran personajes del poder. En ese caso tenemos a dos Charles, un par de James y alguno que otro William. Esto en relación a lo que llaman Corona, porque no les gusta decir monarquía, sino Corona, disputada entre Tudors y Estuardos.


  No nos referimos a tiempos más antiguos con sus Edwards, sus Henrys o un Richard. Mucho menos a arcaísmos remotos como los de King Arthur. Sin embargo, el más notorio de estos tiempos no es ninguno de los nombrados, el más refulgente de los nombres es el de Oliver Cromwell, que en algunas traducciones lo llaman “Oliverio”, lo que, evidentemente, le quita toda majestad.


  Cromwell crea la primera y última república inglesa. Duró muy poco, un par de años. Descabezó – ya lo dijimos, pero esta vez en serio, literalmente - a Charles I, regicidio que por lo visto no ha hecho tanta mella ni tanta pulla como el de Louis XVI. Nadie parece llorar su muerte. No porque fuera un malvado, sino por inútil, por torpe e insignificante, pero molesto.


  Cromwell es un personaje del que nadie daba una libra, y que poco a poco fue mostrando que no tenía precio. Dice Simon Schama en su History of Britain II-The british wars, que tenía un excelente “timing”. En medio del fragor y de la polvareda de la batalla veía claro y sabía cuando había que acelerar y cuando esperar, en donde condensar y por donde aerear.


  Cromwell combatió una monarquía que oscilaba entre el puritanismo, el anglicanismo isabelino y el catolicismo romano. Según los historiadores marxistas como Christopher Hill (The English revolution 1640-1660) permitío que los cambios económicos que encaramaban a una nueva clase social en la cumbre del poder también tuviera su peso en la esfera política. Hombre controvertido, se le reconoce genio militar y coraje político aunque hay quienes lo condenan por genocidio ya que la masacre que perpetró en Irlanda no ahorró a las poblaciones civiles, y hasta se lo considera algo parecido a un ser extraviado que se sentía ungido por Dios y con la misma misión que Moisés.


  Para G.K Chesterton ( Breve historia de Inglaterra ) con Cromwell se allana el camino para la nueva aristocracia inglesa compuesta por terratenientes y mercaderes que inicia el camino de la decadencia moderna.


  El genial escritor inglés añora el medievo porque lo considera un modo de producción y un tipo de sociedad que aseguraba la paz, protegía a sus habitantes con un sistema parroquial y una red de gremios, le daba importancia a la localía, diferenciaba a los miembros de la comunidad por una jerarquía de grados y jamás de castas, enriquecía la cultura con rituales de cortesía, y sin duda mostraba un ejemplo de urbanidad superior a lo que constituyó la Inglaterra moderna, la del dinero, los pésimos modales y el sentido común.


  Dicen que Cromwell democratizó el ejército, les dió una razón por la que luchar, estimuló el debate interno, reforzó su sentimiento de honor, hasta que se dió cuenta que la disciplina se relajaba en especial por la acción de los “levellers”, los niveladores o igualadores, que se tomaron demasiado en serio la democratización republicana y luchaban para que se derrumabaran cada vez más barreras de clase, que se le dieran mayor representatividad política a los artesanos y pequeños productores, y pedían, por medio de su líder Lilburne, la igualdad del hombre y de la mujer con el mismo derecho a voto.


  Derrotada esta vanguardia política sus miembros se dispersaron, unos especularon con la compra de tierras, otros se hicieron monarquistas, o partieron al exilio para convertirse en cuáqueros.


  


  Segunda breve historia de la filosofía 64


  Hobbes y su tiempo


  


  En su ya clásico libro La teoría política del individualismo posesivo, C.B Macpherson afirma que el estado natural al que alude Hobbes es una hipótesis lógica derivada del método analítico-sintético galileano. Descompone un conjunto existente en sus elementos mínimos y luego los recompone en una totalidad lógica.


  Por otra parte, este estado de guerra no es más que la descripción de la sociedad capitalista mercantil del siglo XVII en la que los hombres compiten por obtener los mayores beneficios y defender sus posesiones. Esta oscilación lógico-histórica es también reconocida por Macpherson.


  Hobbes dice que hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia: la competencia, la desconfianza y la gloria. Por la primera se busca un beneficio y se ejerce la violencia para hacerse dueño de cosas y personas. Por la segunda se refuerzan los dispositivos de seguridad para defender las posesiones adquiridas. La última está referida a la reputación y es de alta sensibilidad ya que lo que se juega es una imagen que puede ser rápidamente dañada por las palabras más banales.


  El mismo Hobbes en oportunidades dice que este estado de guerra de todos contra todos jamás existió. Funciona como un modelo teórico para servir de guía para un cambio histórico.


  En su libro Leviatán Conquistador, J.L Galimidi, compara la obra máxima de Hobbes con el Behemoth, en el que Hobbes lleva acabo un análisis de coyuntura. No queda claro si apoyaba a Cromwell o a Carlos II, en realidad parecía apoyar a Carlos II, más aún cuando éste llega al poder, de quien había sido en su niñez tutor en matemática, y al que aburría de tal modo que al futuro rey no le quedaba otra alternativa que masturbarse en clase ( S.Shama, cf).


  Un Estado puede erigirse por contrato y consenso, o por conquista. Galimidi recorre los textos en los que se amplían estas hipótesis. En todo caso Hobbes acepta la revolución de Cromwell siempre y cuando tenga piedad de sus vencidos, es decir los monarquistas que apoyaron a Carlos I y se mantuvieron fieles al soberano, y que sea duro con los oportunistas, monarquistas embozados que cambiaron de bando cuando así les convino.


  Tampoco queda claro si el Leviatán es un modelo de Estado secular o si está destinado a crear en la tierra un hogar redentor con fines salvíficos. Hobbes recomienda ser siempre obediente al soberano, hasta lo considera imprescindible citando la Biblia en la que el mismo Jehová le dice a su pueblo que un acto de rebeldía contra el Soberano destruirá a la sociedad.


  Para Chesterton los cristianos habían demostrado gracias a Agustín y al testimonio de la misma historia que todo gobierno hasta los buenos gobiernos son malos. Los romanos fueron excelentes gobernantes, nos dice, y , sin embargo, no supieron distinguir a Dios de un grupo de ladrones.


  Los tiempos de Hobbes son los de la conquista de los mares y de la formación de los imperios. El Acta de Navegación de 1651, el mismo año que la publicación del Leviatán, fue una revolución comercial. Inglaterra organiza una política nacional de comercio exterior y de conquista de colonias. Elimina las prerrogativas de los monopolios privados que regulaban la entrada y salida de mercaderías para subordinarlos al interés del Estado. Fue el inicio de la guerra contra Holanda. Esta medida junto a la victoria de 1588 ante la Armada Invencible de Felipe II, sienta las bases del poder inglés en los próximos siglos.


  En su libro El árbitro arbitrario ( Hobbes, Spinoza y la libertad de expresión), Leiser Madanes sostiene


  que uno de los problemas políticos del siglo XVII que se planteó el absolutismo consistió en encontrar los mecanismos para neutralizar a las conciencias individuales que por mantenerse fiel a ellas mismas incitaban a la rebelión contra el soberano e inducian a la guerra civil. Era necesario despolitizar a la opinión pública y luego, sí, permitir la crítica ya que era impotente.


  La ciencia política naciente, la teoría galileana del poder, garantizaba así la paz.


  


  Segunda breve historia de la filosofia 65


  Una clase de Louis Althusser


  


  En una recopilación de sus cursos en L´ École Normale Supérieure, Politique et Histoire, de Machiavel a Marx, Althusser habla de Hobbes. El eximio profesor de filosofía se destacaba por su talento en leer y trasmitir la estructura de los textos de los clásicos de la filosofía. La necesidad ideológica que tenía de poner el bucle del materialismo histórico y concluir con una evocación de la lucha de clases, no perturbaba la extrema atención con la que reordenaba un texto y marcaba sus principales líneas de fuerza.


  A diferencia del marxismo vulgar, destacaba la inventiva teórica de los filósofos y su coraje de pensar a contracorriente de las convenciones epocales. Invitaba a apreciar el carácter necesariamente transgresor de un filósofo clásico.


  Dice que en Hobbes el miedo tiene que ver con la anticipación. Todas las guerras son preventivas. Existe un empirismo y un utilitarismo hobbesiano por su concepción de la razón como cálculo de probabilidades de ser matado. A la inversa de Platón, para Hobbes, filosofar es aprender a no morir.


  Esta necesidad de anticipar remite al interés por el lenguaje. Los signos nos indican aquello que puede suceder si es que sabemos leerlos. Ante la cuestión antropológica que pregunta ¿qué es lo propio del hombre?, la respuesta de Hobbes es: el artificio. Y el artificio típico es la palabra, el poder arbitrario de utilizar marcas arbitrarias.


  Por el uso práctico del lenguaje podemos evitar pérdidas, trazar huellas por las que recuperamos un objeto perdido. Las palabras nos permiten romper la inmediatez y reencontrarnos en el pasado como proyectarnos en el tiempo. Nos separamos del presente para pensar el porvenir. El buen uso de la palabras nos permiten dominar el espacio y el tiempo. La razón es un cálculo sobre las palabras.


  Althusser recuerda que para Hobbes la libertad es movimiento. Para que lo haya es necesario el vacío. Hay una necesidad de vaciar el medio ambiente ocupado por los otros hombres que obstaculizan nuestro desplazamiento. Todos los hombres son iguales entre sí y cada uno de ellos busca vaciar el espacio necesario para moverse, es decir, para vivir.


  Es una concepción materialista de la libertad, que rompe con la idea asociar la libertad a la consciencia y al libre arbitrio.


  Pero el único vacío es el de este mundo, no hay trascendencia, por lo que el mundo está lleno de mundo, el de la violencia, el terror, el miedo.


  Así como la razón es un cálculo sobre las palabras, se desarrolla desde las pasiones. El estado de naturaleza es una posibilidad permanente, no es necesariamente una realidad histórica, más bien funciona como un imperativo hipotético. “Homo hominis lupus” es un estado que sobreviene a falta de Estado Soberano, una consecuencia política que hay que neutralizar por un artificio: el Leviatán.


  Se debe reestructurar el estado de naturaleza por una ley interior al mismo estado, por un pliegue derivado del miedo a morir. La ley natural es una reflexión sobre el estado de naturaleza que pone a la política en una función prioritaria respecto del derecho privado.


  Para Hobbes todo poder es absoluto y nos exige renunciar al derecho de resistir. Para Althusser, Hobbes es el creador del absolutismo liberal, una conjunción entre absolutismo y liberalismo que construye un poder soberano al servicio del goce de los frutos del trabajo. A esa finalidad está destinada la voluntad del Príncipe.


  El sistema de Hobbes es representativo. El hombre natural no está solo como en Rousseau, sino en interacción. Debe haber un consentimiento en ceder poder hacia un Otro que garantice la paz ya que la guerra siempre está ahí.


  Frente a la multitud que es un aglomerado de voluntades singulares es necesario configurar un pueblo que pueda ser gobernado. Para eso es necesario modificar las cláusulas del contrato clásico, no es un acuerdo entre voluntades, sino de cada una con el Soberano mediante un pacto repetitivo e individual con él.


  El príncipe es una “persona”, acepción teatral que remite a la máscara y al portador: el actor, es decir, el representante de otro. En el sujeto jurídico actor y autor coinciden: soy el representante de mi voluntad. En el Leviatán, la representación es el reconocimiento de la voluntad de cada uno de los autores en el único actor, en el que coinciden el yo pienso con el yo quiero.


  El Príncipe ejerce un poder irrevocable, indivisible y perpetuo, es una persona ficticia qaue funciona como la condición de posibilidad de toda persona jurídica.

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