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Las ilustraciones corresponden a obras de Manfredo Teicher - Médico Psicoanalista


 

 

 

Segunda breve historia de la filosofía 10

El complejo Maquiavelo

   Todos tenemos un Maquiavelo dentro nuestro. Por eso cuando me refiera a ese maquiavelo lo escribiré con minúscula. La cultura moldea nuestra naturaleza y construye nuestra memoria. Edipo se hizo nuestro con Freud. Desde que forjara los conceptos de la sexualidad infantil y del funcionamiento del inconsciente, sabemos que deseo y saber no son lo mismo. No se trata de que miremos a nuestra mamá con ganas, ni a nuestra hermana, no más o menos que antes, sino que se ha hecho complejo semántico, un tema del que se habla, que es parte del sobreentendido que nos permite reconocernos en un mismo significado.

   Esto sucede cuando el sentido se hace contraseña. El inventor de la Iconología, el historiador del arte Erwin Panofsky, dice que vemos en perspectiva desde el Renacimiento. Por eso podemos agregar que sabemos desde Maquiavelo que la política es una basura, que exige mentir, estafar y matar, que la crueldad es necesaria sino se quiere ser un eterno perdedor, que el poder ensucia y que es inmoral.

   El Maquiavelo histórico confirma lo que ya sabe el maquiavelo íntimo que la cultura ha sedimentado en nosotros con dulzura y consenso. Los estudiosos se esforzarán en contradecir esta imagen convencional y nos ofrecerán otro distinta, insospechada, nueva.

   Luce Fabri Cressatti reinvindica a un Maquiavelo democrático que no sólo se aboca a las técnicas del poder sino que rescata a la moral. Encuentra este modus operandi en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio.

   Allí apreciamos los elogios que a veces Maquiavelo vierte sobre el pueblo romano y la sabiduría republicana que supo conformar un sistema equilibrado en el que tanto el patriciado como la clase proletaria estaban representados.

   Estas virtudes que el autor encuentra en la rememoración de glorias pasadas no le impiden ver que en su tiempo nada de eso ocurre y que el pueblo vivo y presente no es confiable y debe ser regido con el más estricto rigor ya que su índole moral determinante es la traición.

   Quizás toda la política se base en la traición. La lealtad es la principal virtud que un Jefe busca en sus colaboradores. Se sabe que por el ojo de esa aguja se filtra el poder, o mejor dicho la conservación del poder.

   Maquiavelo dice que los hombres se guían por su convenencia. No deriva esta afirmación de un estado natural como el que describirá Hobbes un siglo después. Lo deduce de lo que ve en su tiempo. Dice en los comienzos de El Príncipe que ha añadido al conocimiento de las acciones de los grandes hombres y de la continua lección de los antiguos, su larga experiencia de las cosas modernas.

   La idea de que el uso del poder ensucia y exige enterrar los valores tiene una larga tradición. Dice Foucault que esta idea era adjudicada a los sofistas quienes para Platón habían hecho de la polis un nido de víboras habilidosas y elocuentes. El Saber y el Poder debían separarse para luego juntarse en la República filosófica.

   El Saber busca la verdad. El poder la victoria. Para que la Verdad venza será necesaria una nueva dialéctica ajena a la sofística, y un nuevo pacto entre los interesados.

   La amistad y el amor mediado por un Maestro, sustituirán a las técnicas vendidas en el ágora por los profesionales de la palabra.

   Pero Maquiavelo está lejos de ser un sofista, es un hombre que dice la verdad. En realidad, un sofista griego enseña a los ciudadanos a construir argumentos para consolidar sus intereses. Esta tarea no se opone a la verdad, le es ajena. La verdad platónica es el origen del alma y se llega al punto cero de nuestra identidad con la reminiscencia, una técnica ascética para lograr la inmortalidad.

   Es un asunto que hoy llamaríamos religioso. Parte de la pregnancia de la filosofía en nuestra cultura es que nos ha legado lugares comunes. Las ideas filosóficas se han hecho lugares comunes. El platonismo es cristianismo ya varias veces amortizado. Lo sorbemos desde la cuna. El maquiavelismo es el sentido común de todo arte de gobernar.

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Maquiavelo tiene razón

   A nadie le gusta que Maquiavelo tenga razón. No queremos que la tenga, pero sabemos que la tiene. La voluntad choca contra la razón. Se habla del optimismo de la voluntad y del pesimismo de la razón. Pero el optimismo de la voluntad quizás provenga de la culpa, es decir de la mala consciencia. Nos inquieta estar en el mal. Tenemos miedo de que nos castiguen. ¿Quién? Dios, no hay otro que Dios y su ejército, sus comandantes, invisibles para algunos pero no por eso menos presenciales, visibles para los más ingenuos, los feligreses.

   La mala consciencia es el Dios de los ateos. Aceptar a Maquiavelo no es difícil en voz baja, la alta no variará. No renunciamos a los ideales.

   Maquiavelo tampoco lo hace. Lo que sí hace es sacar a la política del ámbito del bien y del mal. Está más allá del bien y del mal. Le conciernen lo mejor y lo peor. Maquiavelo es pragmático. Es un empirista antes de la era del progreso. Lo diferencia de los pragmáticos actuales como Richard Rorty que no sabe lo que es el progreso. No piensa en esos términos. Le interesa el presente y su complejidad. Es un pensador político. Su tema es la coyuntura. Althusser lo lee bien cuando afirma que piensa su aquí y ahora. Y su presente es la fragmentación italiana, las invasiones extranjeras, las luchas intestinas, la volatilidad del poder, la violencia estéril, la incapacidad para estabilizar una institución gubernamental.

   Su diagnóstico es que el mal político proviene de la conformación de los ejércitos que están en manos de los jefes de las tropas mercenarias. Las continuas guerras exigen contratar a mandamaces que se encargan del asunto. Luego nadie los mueve y se apoderan del botín principal, la misma ciudad que los contrató y desplazan al gobernante que depende de ellos. Es una realidad difícil de cambiar. Los profesionales de la guerra son los mejores. Saben en donde se consiguen los mejores soldados, los suizos tan requeridos antes de dedicarse a ser pacíficos tesoreros, lansquenetes ( soldados alemanes), gascones, picardos. El jefe de la compañía es el Condotiero, futuro tirano. La guerra es un arte, dirá Burckhardt, en tanto creación calculada y consciente. Un arte que Maquiavelo ignorará.

   El diagnóstico no es malo, lo que está mal es el remedio. Maquiavelo no encuentra mejor solución que armar milicias populares. Batallones del mismo pueblo del que dice que hay que desconfiar. Los resultados son desastrosos. Florencia fue masacrada y sus milicias diezmadas. Su labor política como secretario de gobierno le valió el escarnio, luego la prisión y la tortura.

   Ignora que la guerra es un arte renovado. Ya no cuenta la caballería sino la infantería. Los medios de destrucción se accionan a distancia y la democratización de la guerra no pasa por el delirio político de las milicias populares, sino del desplazamiento de la armada de nobles con armadura, a una artillería en la que cuenta el conocimiento y la destreza del ingeniero, del fundidor, del artillero.  

   Despedido, retirado a la fuerza, escribe su tratado para ver si puede volver a la administración pública. Se lo dedica a uno de los Medicis, sus adversarios que lo expulsaron y humillaron. Por eso dispone una serie de consejos prácticos para colaborar en el arte de gobernar que consiste en conservar el poder. No es materia de conquista, que los dueños del Estado saben bien llevar a cabo, sino de cómo se conserva lo conquistado, la dificultad radica en la permanencia y la salvaguarda del poder.

   Por eso sostiene que persuadir a un pueblo, seducirlo, atraerlo, no es difícil, complicado es mantenerlos en esa persuación ya que la naturaleza de los pueblos es variable. Cuando no crean más, agrega, será necesario hacerles creer por la fuerza.

   Dedica El Príncipe a los descendientes de Cosme y Lorenzo el Magnífico, sus antiguos enemigos políticos. Intérpretes benévolos de Maquiavelo lo protegen de la probable difamación argumentando que Maquiavelo no era un hombre de convicciones, sólo de ideas.

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Los consejos de Maquiavelo

   A los hombres hay que mimarlos o extinguirlos. Agraviarlos con heridas leves es quedar expuestos a la venganza. Gritar, difamar, hacer un circo escandaloso y basurear, chicanear, dejar pagando o plantado, hacer esperar, trampear, todas estas actitudes no sirven ya que no se inmoviliza a las personas ni se cambian las situaciones, y a la primera oportunidad se nos viene encima la furia contenida del agraviado.

   Mejor suprimir en silencio y metódicamente. La sabia frialdad consiste en saber elegir el momento del mazazo. Saber esperar es un arte. Por otra parte cuando se lo mima el mimado debe enterarse de haber sido elegido y jamás olvidar de anotarlo en su Debe contable.

   No hay que tenerle miedo a la violencia. Quienes postergan y morigeran sus actos y decisiones por temor a las consecuencias y por los costos a pagar , veran hundirse todo lo que tienen. No se debe dejar permitir el desorden  para evitar una guerra. Los romanos lo comprendieron siempre y de ese modo edificaron su imperio y conservaron la hegemonía.

   Para Maquiavelo los más grandes jefes de la historia de la humanidad han sido Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y otros “similares”.

   Admira a César Borgia, el hijo del Papa Alejandro VI. Los Borgia han reunido las mayores capacidades y expresado con sus actitudes las virtudes más excelsas. Han sabido ganarse amigos, protegerse de los enemigos, triunfar por la fuerza o por el fraude, hacerse amar y temer por los pueblos, seguir y reverenciar por sus soldados, ser severos a la vez  que agradables, acabar con los que pueden ofenderlos, motrarse magnánimos y liberales.

   ¿No es éste, finalmente, el catecismo de toda escuela de conducción y una síntesis de la literatura referida al liderazgo? Por más que Maquiavelo no conociera el lenguaje psicomarkético del mundo empresarial y no disfrazara la jefatura vertical con círculos de calidad, juegos recreativos, y distinciones premium para equipos entusiastas, el arte de saber mandar impone un pensamiento estratégico, es decir, el conocimiento de la reacción de nuestros semejantes ante determinadas situaciones.

   No se trata de manipulación, palabra demasiado optimista en lo que concierne a las posibilidades de poder influir sobre los otros, sino de gobierno, de la capacidad de guiar y conducir a los hombres.

   Flexibilidad y delicadeza son tan importantes como el miedo en un arte de gobernar que requiere tanto de la presión y la amenaza como de un comportamiento inducido.

   Sostiene que las crueldades pueden estar bien o mal usadas. Las primeras son aquellas – si es lícito hablar bien del mal, aclara – que se hacen de una vez por la necesidad de seguridad y protección. Las mal usadas son las que crecen en lugar de desaparecer.

   En sus “Discorsi...”, Maquiavelo admite que no se puede llamar virtù – fuerza y talento – al hecho de matar a sus conciudadanos, traicionar a los amigos, no tener palabra ni piedad. Tales modos permiten adquirir imperio pero no gloria.

   Sin embargo, a la virtud se le debe añadir la ferocia, una composición balanceada semejante a la que debe existir en los fundamentos del Estado en donde se alinean la religión, las leyes y el ejército.

   No hay buenas leyes, aclara, en donde no hay buenas armas. Un Príncipe no debe ser bueno. Quien se propone hacer lo que se “debería” hacer, sucumbe como todos los buenos en un mundo  de tantos no buenos. Un Jefe para mantenerse debe aprender a no ser bueno.

   Dice Maquiavelo: los hombres son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, evitadores de peligros, codiciosos de ganancia; y mientras les haces bien, son todos tuyos, te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, cuando la necesidad está lejos. Pero cuando está cerca se dan vuelta.

   En su texto clásico sobre la historia de las ideas políticas, La Idea de la Razón,  Friedrich Meinecke dice que Maquiavelo es un pagano, que elaboró la matriz teórica del idealismo estatal con sello pagano.

   Por este paganismo moral nos puede decir que los hombres son malos. El Príncipe si no consigue ser amado por sus súbditos, tiene que evitar el odio. El odio llama a la venganza. Se puede muy bien ser temido sin ser odiado, lo cual siempre logrará mientras no toque los bienes de los ciudadanos. Los hombres, agrega, pueden olvidar pronto la muerte del padre, pero no la pérdida del patrimonio.

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El mal gobernante

   Hay un gobernante despreciable. Es quien duda, el irresoluto, variable, pusilánime, afeminado, blando. Quiere quedar bien con todos. Si una de sus decisiones perjudica a alguien quiere compensarlo, y si no puede hacerlo, intenta con insistencia conformarlo con una explicación que lo satisfaga. Si no logra esa satisfacción ignora el hecho y se convence a sí mismo de que la casa está en orden.

   No soporta no ser amado, al menos respetado, por todos y cada cual. Es un Príncipe con una Alma Bella, esa figura de la cortesía espiritual para la que lo más importante es la sonrisa del mundo y la amabilidad de la vida.

   Maquiavelo admiraba a Savonarola, no como político sino como hombre. El dominicano se enfrentaba a todo el pueblo de Florencia y le gritaba sus pecados. Conminaba al papado a reformarse por entero. Bramaba y escupía fuego como los antiguos profetas. Era un pésimo estadista y un gran moralista. No podía admitir lo que ya había aceptado Maquiavelo, la verdad enseñada por la historia y por los avatares de su propia actualidad, que dice que un Príncipe a menudo debe obrar en contra de la lealtad, en contra de la humanidad, en contra de la religión.

   Un gobernante no busca una buena imagen de sí para sí, sino una buena imagen para el vulgo que sólo ve lo que parece y no siente lo que es. Mandar no es para todos, mejor obedecer y aplaudir. Dejarle el sinsabor del costo a pagar a un gran Delegado.

   Para ser Jefe hay que tener grandeza de ánimo, gravedad, fortaleza y mostrar que las  sentencias son irrevocables. Los dos animales de Maquiavelo son el vigoroso León y el astuto zorro. Ellos se harán cargo de la comadreja que desvela nuestras noches: la consciencia.

   En el mundo pagano de Maquiavelo ya no hay dioses griegos. Poco queda de la época trágica. La “ tyché” - el azar -  protagonista mítico que desbarata lo programado, sí es tomado en cuenta. La “fortuna” es la irrupción de lo inesperado. No se puede preveer todo, el hombre no lo puede todo pero puede bastante.

   Quejarse de la mala suerte es de llorones. En la Antigüedad el Destino, las Moiras,  irrumpía desprevenidamente. Los hombres orgullosos de su poderío eran los primeros que fracasaban. Advertir sobre la vanidad de ese poder humano y dar la alarma por la desdicha y los cataclismos que conlleva la “hybris”, la desmesura, era el núcleo del mensaje trágico.

   El azar siempre llega enmascarado. Por eso la fiesta trágica es carnavalesca. La fortuna irrumpe trasvestida. Ella demuestra su potencia allí en donde la virtud no ha sido ordenada para ofrecerle resistencia. Su huella se deja sentir cuando sabe que no hay reparos ni diques para contenerla.

   En otros tiempos los imprevistos de la fortuna requerían la presencia de adivinos, astrólogos o magos. Por aquellas cortes y palacios transitaban Tiresias y Merlín. Maquiavelo pertenece a otro mundo, uno por venir, ya que en su tiempo también la astrología y la magia eran convocadas por los tiranos. El cosmos celeste y el terreno se leían en un único libro cuyo misterio exigía la pericia de sus descifradores.

   Pero Maquiavelo es moderno. Su pensamiento no es redituable para quienes buscan en el Renacimiento la otra verdad del ocultismo. Él es pedestre y no ve otra alternativa frente al estado de las cosas y al advenimiento del azar que la voluntad de los hombres. Sobre la misma deben escribirse las habilidades de la inteligencia y la fuerza del carácter.

   En lugar de adivinos los tiempos renacentistas abundaban en Secretarios de gobierno. Maquiavelo dice que los hay de tres clases: el que entiende por sí mismo; el que discierne lo que entiende otro y el tercero, que no entiende ni por sí ni por otro.

   El primero es excelentísimo, el segundo excelente, el tercero inútil.

   Dice que la fortuna es mujer, por eso le viene mejor un hombre impetuoso que uno cauteloso. No demasiado impetuoso, vale abrir los ojos antes de arremeter.

   En su carta a Luigi Guicciardini desde Verona el 8 de diciembre de 1509, le cuenta lo que el editor Luis Arocena define como una “repugnante experiencia erótica”. Empujado por las circunstancias a entrometerse con una mujer en la oscuridad:

   “ Como tímido que soy, me azoré completamente; con todo, al quedar solo con ella y en la oscuridad, la forniqué en un momento; y aunque le noté las nalgas flojas, la entrepierna húmeda y el aliento un tanto podrido, tanta era la calentura que yo tenía que la cosa anduvo. Cuando lo hube hecho, viéndome con ganas también de ver la mercadería, tomé un tizón del fogón que allí había y lo aproximé a un candil que estaba sobre él; no bien la luz se fue haciendo el candil estuvo a punto de írseme de las manos. ¡Ay de mí! La cosa era para caerse muerto a tierra, tal era la fealdad de aquella mujer.”     
 
 

    
 

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