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Descenso a los Cielos - Eduardo Cetner

  Las ilustraciones corresponden a obras deEduardo Cetner
      

Breve historia de la filosofía 81


   Julio Ameller

   El profesor Julio Ameller apareció un día de mediados de la década del ochenta en el Colegio Argentino de Filosofía (CAF), institución que comenzó a funcionar y que dirigía desde 1984. No sé quién lo invitó – quizás Hebe Uhart -  lo cierto es que recuerdo su estampa de hombre pequeño, ya mayor, de piel muy blanca, muy pálida, con pequeñas escamas de un color rosado en la cara, unos setenta años, vestido con un saco y pantalón algo ratoneados y camisa con corbata. Pocos pelos canosos, una voz apenas audible y una gran timidez. Dijo que era boliviano, jubilado de la Universidad de Puerto Rico, había estudiado en sus años mozos en Buenos Aires, y al graduarse, hizo una tesis de doctorado bajo la dirección de Jacques Le Goff en París, que completó más tarde en la London School of Economics. El tema de su trabajo era historiográfico, tenía que ver con los intelectuales y el espìritu disidente en el siglo XII en Francia.

   No sé por qué, bueno, porque él me lo dió, pero el manuscrito de aquella tesis lo tengo en mi poder, lo guardo como una reliquia, lo atesoro. No sólo porque es un texto de gran calidad, de una investigación realizada de acuerdo a una perspectiva que me interesa especialmente, sino por el personaje, un ser de una bondad y una humildad memorables.

   Un día le pedí si podía darnos una charla para una de aquellas reuniones que nos congregaba en medio de las múltiples actividades que realizabamos para aumentar y estimular nuestra voracidad filosófica. Aceptó algo desconcertado, no pudo zafar del convite, ante mi insistencia no tuvo más remedio que entregarse a una exposición sobre un tema que me era, y es, precioso: el nominalismo de Guillermo de Ockam.

   El pobre hombre se las arregó como pudo, se ve que aquel tema remitía a una época ya casi olvidada de sus estudios, que estaba totalmente alejado de los materiales que le podrían haber servido de consulta, pero se veía que era una de esas personas que no sabe decir que no, y durante una lenta hora nos contó en voz muy baja lo que recordaba del asunto.

   Que era poco. Mi ansiedad hizo que le preguntara cuestiones casi definitorias sobre aquella concepción filosófica de la que ignoraba casi todo y que quería conocer exhaustivamente en una noche. El hombre que sonreía con pudor, respondía con monosílabos y pedía disculpas por su falta de precisión.

   Siempre pensé y pienso que su tesis debe ser publicada, alguna vez se la comenté a algún editor, aún no pierdo las esperanzas, me gustaría escribirle un prólogo, es un libro en el que combina varios saberes que emplea con respeto y conocimiento: la sociología, la filosofía, la historia.

   Un día por el mero hecho de extrañarlo, lo llamé por teléfono a su nuevo domicilio de la avenida Córdoba esquina Río Bamba, que creo haber conocido, un departamento antiguo con buenos ventanales a la calle, orillando una confitería tradicional. Se había casado con una profesora de filosofía, una matrona de porte sólido, una mujer que no me despertaba mucha confianza, quien, vaya uno a saber la verdad, me dijeron, que se quedó con todo, es decir con el departamento, y el se murió, así nomás, me enteré por alguien que Julio se murió poco tiempo después de aquella llamada telefónica.

   Quizás se casó porque quería dejarle algo a alguien, o era fácil de estafar, parecía un hombre muy solo, y al demorarse en morir, lo echaron en vida del departamento, y murió luego en la casa de una amiga. Es una historia que imaginé sobre datos brumosos, da en todo caso con las características del personaje.

   En esa última conversación le expresé mi interés por su pensamiento y por lo que pudiera estar escribiendo. Entonces me dijo que se dedicaba al pensamiento de George Mead, a quien yo desconocía, y que si quería podía entregarme un fragmento de lo que había escrito hasta ese momento. Lo hizo, aunque no puedo precisar el encuentro de la entrega de los papeles, me los debe haber hecho llegar, no sé en dónde lo puse, quizás esté extraviado en algún costado de un anaquel de una de mis bibliotecas, recuerdo que lo hojeé y lo dejé para más adelante por no haberme enganchado con el escrito.

   Su tesis Intelectuales y Monjes versus líderes religiosos ( 1050-1150)- Estudio de un caso de cambio social en la Edad Media – es un material de consulta e información cuyos ejes intentaré trasmitir en el próximo capítulo.

    

    

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   Disidencias en el Medioevo

   Ameller intenta mostrar que las disidencias de opiniones en el siglo XI francés se deben a un proceso de diferenciación social, urbanización y profesionalización de las actividades intelectuales. No es una relación de linearidad causal, sino una nueva experiencia social que incluye diversas formas culturales para su diagramación.

   El medioevo sólido y oscuro, monolítico, lento y  sin matices, dista de la realidad ya que ha tenido no sólo distintos períodos y procesos de renacimiento de las artes y modernización social, sino que fue testigo de cruentos enfrentamientos en los primeros siglos del segundo milenio. Las cruzadas a Oriente, como las llevadas a cabo contra sectas y movimientos religiosos de gran importancia como el de los Albigenses en el Languedoc, la masacre de los cátaros, dan señales de conflictos crónicos. Así también la confrontación entre el clero regular y el secular, o entre monjes de distintas órdenes a propósito del problema de las investiduras y de la simonía.

   El paso de un régimen aristocrático en el que la casta feudal de los obispos domina a la Iglesia a otro monárquico centrado en el papado, rediseña el mundo de la cristiandad, a la vez que la reforma gregoriana intenta rescatar los antiguos valores de pobreza individual, propiedad cooperativa y celibato.

   Ameller destaca que los protagonistas sociales de este enfrentamiento son el clero rural, más devoto, y el urbano ligado al comercio y al desarrollo social de las ciudades mediterráneas.

   La organización de la enseñanza en escuelas catedralicias, profesorados privados en los que nuevos docentes profesionales instruyen en las artes del verbo razonado, sientan las bases de la Universidad. El nuevo milenio presencia el pasaje de la antigua instrucción basada en las sagradas escrituras, la patrística y la literatura latina, de índole religioso y moral, a la enseñanza y la práctica de la dialéctica, de la retórica, que tenía la llamativa finalidad de acercar el “mito cristiano” – así lo define Ameller - a la gente más culta.

   Así como en nuestos tiempos la cultura de la New Age es un intento de aproximar a las gentes psicologizadas y en vías de terapia permanente a cuestiones trascendentes, en el siglo XI, se veía la necesidad de refinar con argumentos lógicos la veracidad del dogma cristiano. La lógica estaba de moda.

   Fue por esos motivos que hay una demarcación entre aguas divisorias entre quienes sostienen que hay que creer para entender, y los otros que afirman que no se puede creer – y menos defender y sostener la creencias - si no se entiende. Pero esta división se hace más puntual e intrincada con el problema de la Eucaristía, que es el de la transustanciación.

   Así como la Trinidad ha sido un tema gnoseológico de permanentes disputas entre filósofos y teólogos, la consagración de la sangre y del cuerpo de Cristo en vino y hostia, dió lugar a peleas entre simbolistas, realistas y nominalistas.

   Había quienes sostenían que era un escándalo lógico a la vez que metafísico arguir que un hombre toca y rompe el cuerpo de Cristo, que luego lo tritura con los dientes, que bebe su sangre, y que este acto canibalístico es llevado a cabo miles de veces por día, mientras otros insistían en la función de Misterio de las escrituras, de la forma de expresión figurativa en la que prefirió Dios entregar a los hombres el significado de sus acciones, y en la soberbia de quienes pretenden develar los secretos con alardes de inteligencia.

   Las disputas que constituyen la base de la escolásica entre los hombres del misterio y de la fe como San Anselmo, Lafranco y San Bernardo, contra los defensores del pluralismo ontológico como Berengario, Roscelino y Abelardo, ilustran una batalla doctrinaria e ideológica que llevó largo tiempo.

   Decir que una hostia es una hostia como Berengario es tomar posición por una invariante ontológica o estabilidad de los objetos en la experiencia sensible, y afirmar, a la vez, la individualidad con la que se diagrama el acontecer: individuo-indiviso-per se una ( entidad  no divisible en partes). Los hombres del misterio por el contrario sostienen la creencia paulina enunciada por Adelmán de Lieja: “la fe es la sustancia de las cosas de las que se tiene esperanza y prueba de las que no se ven...Al que ve, ¿qué le cabe esperar?”

   Despedimos a Julio Ameller con una serie de sus definiciones simples que vale la pena recordar:  

   Ideología: conjunto de ideas que dan apoyo a una estructura de poder.

   Poder: capacidad de tomar decisiones de carácter obligatorio en el dominio público.

   Autoridad: poder validado culturalmente.

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   El recurso de la fé

   Hay un recurso a la mística y al espíritu de las religiones de parte de filósofos que luego de un férreo ateísmo vuelven atrás. Muy atrás: a la Torá, al Corán, al Monte de los Olivos. Conocemos el acto de constricción de los pecadores que acuden a los sacramentos y a la extremaunción en su despedida final. Es un adiós humano, demasiado humano. Pero en el caso de los filósofos no se trata de la muerte sino de una crítica que ha variado su rumbo.

   Que un defensor del marxismo en tiempos de Stalin, un hombre duro de aparato como Roger Garaudy, que un maoísta parisino como Christian Jambet, un nietzscheano catalán como Eugenio Trías, una inteligencia reactiva como la de Chesterton, un puritano de la antigüedad como Leo Strauss, se orientalicen o evangelicen, y encuentren en la palabra de los fundadores del monoteísmo el arca perdida, no es un acto de fe, sino, por coherencia casi fatal, un gesto de  racionalismo extremo, una actitud hiperracionalista.

   Para seguir con nuestro difícil viaje por el Medioevo, la presencia religiosa se nos hace inevitable, no sólo por la escolástica cristiana que le ha dado su sello historico, sino por la mutación cultural debida a la invasión árabe de España que permaneció siete siglos y por los escritos de filósofos judíos junto a las escuelas de traductores que divulgaron el tesoro griego. No sólo por razones objetivas reconocidas por la tradición y la historia, sino, además, porque problematiza el ejercicio de la filosofía.

   Nos introducimos brevemente en este mundo medieval que une y separa los extremos cardinales de Oriente y Occidente, ayudados por nuevos Virgilios, guías aleccionadores sin los cuales el aterrizaje en tiempos y geografías de leyenda se hace forzoso. Es en los hombres y en las voces de ahora, que podemos comenzar a pensar dilemas medievales y cuestionar el “Dios ha vuelto” que pretende poner fin al nihilismo moral y al conceptualismo epistemológico.

    Pero hay un retorno imposible que se enuncia así: “del lenguaje no se vuelve”, por eso no hay retornos trascendentes. Trataremos de comprender esta frase. Los filósofos formados en occidente, en las universidades europeas, luego de sumergirse en marxismos, fenomenologías, kantismos, ya no son puros ni lo serán. Padecen la impureza de la gramática. La búsqueda de mandalas, criptogramas, íconos, la incorporación de la ciencia de los símbolos y del Mundus Imaginalis, no debilitan a la razón, sino que la vuelven ignorante de sí, acrítica, convirtiéndola en un “como si” penoso.

   “Comprender para creer” afirmaban algunos escolásticos que legitimaban el recurso a Aristóteles, en realidad no tenían alternativa, creían por obligación e intentaban comprender por exigencia del mundo que interpelaba sus creencias.

   El mundo habla, y lo hace en varios idiomas, el devoto no puede silenciar a las otras devociones. Es la lucha entre credos la que obliga a comprender en defensa propia. Los filósofos de hoy, estos Virgilios que hemos elegido, no creen, simplemente quieren renunciar a pensar, al dolor, a la incomodidad,  o a la felicidad inconstante de pensar.

   Para ellos Occidente vacila. Decae. Se aburre. Es monótono como su metafísica, homogéneo como su ontología, seco como su vientre. Codicioso y esclavo del mundo de las necesidades. Falto de poesía y saturado de televisión, ávido de shoppings e indiferente a las iglesias. Sij embargo la pócima que prescriben, esta fé que anuncian, es melancólica, crepuscular, pertenece al ocaso de los ídolos.

   Sin embargo, hay un aurora que asoma. El diagnóstico que se le adjudica posiblemente sea errado. No se trata de un retorno del espíritu ni de un pensamiento que rescate el valor del símbolo frente a la instrumentalidad del concepto, no hay otro mundo ha develar.

   La cortina de la realidad no se ha descorrido del todo, pero no hay otra escena.

   Los griegos llamaban `amor´ a la insaciabilidad que nos empuja a un más allá. Nietzsche definió como voluntad de poder darle forma a esta insaciabilidad. Producción de formas es el arte, no las bellas artes, sino la metafísica del arte, la que no descansa sobre otro mundo que éste.  

   

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   El circuito del saber

   En el año 529 dc, Justiniano cierra la escuela de Atenas con el fin de terminar con el último reducto de paganismo de la antigüedad. El filósofo Simplicio huye con su biblioteca hacia Persia. Es una revitalización de la presencia griega en el Oriente. Bizancio no ignora el legado helenístico. Se romaniza mediante la jurisprudencia pero acude a la herencia antigua con la universidad de Constantinopla fundada por Teodosio II en el siglo V y por la corte de los sabios en tiempos de Constantino VII ( mediados del siglo X).

   Es el acontecimiento revolucionario del Islam lo que ha de resignificar el legado griego. Christian Jambet en su libro La logique des orientaux pretende actualizar el interés de la teología y la filosofía musulmanas como herramientas críticas del pensamiento contemporáneo. Hombre formado en la rigurosa e ilustrada escuela althusseriana y bajo el predicamento del lacanismo, hace un giro hacia Oriente y sigue las enseñanzas de Henry Corbin, especialista en la filosofía islámica medieval, y estudioso en la materia durante su estadía de veinticuatro años en Teherán.

   Corbin reacciona contra los dos baluartes de la filosofía moderna occidental: Kant y Hegel. Contra Kant por el rol subordinado que le da en sus Críticas a la Imaginación, y contra Hegel por hacer de la historia el recorrido saturado del Concepto autoconsciente de sí.

   La Imaginación Creadora es la noción que Corbin, y con él Jambet, rescatan de la teología y la filosofía musulmana, el Mundus Imaginalis, que es un panteón de Formas Inteligibles que crean el mundo. Es un reservorio de imágenes encarnadas en los símbolos que nos permiten la visión de un mundo que no es sólo material al estar atravesado por ese trasmundo, que no está oculto sino entramado en su configuración.

   Los occidentales no sabemos leer los símbolos y no entendemos que las apariencias son en realidad `apariciones´. Pero no al modo de Kant que no hace más que construir un sistema que dé cuenta de la realidad. No ha hecho el distingo entre realidad y Real.

   La realidad es el mundo fenoménico traducido por un sistema de leyes que lo homogeneiza para que pueda ser conocido y dominado. Es una secreción del entendimiento. La razón apunta su flecha a la libertad y a la dignidad de los horizontes morales en la única incondicionalidad que puede llegar a concebir.

   Una naturaleza continua sometida a las leyes del entendimiento, una metafísica parcial que sólo interpreta la mutua determinación entre lo sensible dado y el concepto categorizado, con una facultad imaginativa sólo legisladora y mediadora, sin poder creador, ha hecho del pensamiento y de la filosofía, una coreografía de las sombras sin ninguna luz.

   El sujeto de la ciencia le debe todo, a costa del olvido del Uno como Sujeto.

   Corbin reconoce que Heidegger supo precisar el daño de la metafísica occidental con el olvido del Ser y un Tiempo Suturado. A la construcción del Ente Total en el tiempo detenido por la eternidad de la contemplación de sí, se lo ha diagramado con una gramática de la separación, la de la sustancia y los atributos, la del sujeto y el objeto.

   La metafísica occidental ha hecho del logos un derivado de una `phoné´ sustancialista, a veces identitaria o mimética, otras veces sostenidas por un sistema de diferencias que instauran a los significantes mayores y soberanos que codifican las jerarquías de valores, que crean además, un damero que restringe la lógica a los lugares y a las funciones asignadas por el Poder.

   Entender al conocimiento profético, la pluralidad de los mundos, los niveles de la realidad, la condensación de sentido de los símbolos, nos exige arrancarnos de la realidad regulada y entregarle los derechos a lo Real no totalizable.        

    

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   El Kun

   No es posible saberlo todo, el Uno se dice con la condición de No Ser Todo. La emanación del Uno en lo Múltiple no se ordena como una totalidad. Sohravardi afirmó que el tiempo es el Uno ausente, punto oscuro de donde viene la Luz. El Arcángel San Gabriel, el intelecto agente,  nos guia desde las nociones genéricas del mundo sublunar al mundo de  las esencias lumínicas.

   Según Avicena el cosmos se configura desde las cuatro cualidades elementales - lo frío, lo seco, el calor, la humedad - a las facultades vegetativas como la nutrición, el crecimiento, la generación de ahí una rama a lo motriz ( la concupiscencia y la irascibilidad), la otra a la fantasía, cada una de ellas conduce al apetito, una, la otra a la imaginación, y se coronan con el Intelecto, el adquirido o el agente.

   Sin embargo, este mapa del Ser no llega a iluminar al filósofo del racionalismo culposo, al erudito que descree del orden conceptual de la filosofía occidental. La acostumbrada denuncia en bloque sostiene que la efigie de la razón, desde Platón a Hegel, o, si se quiere transitar por otra pendiente como la enunciada por Heidegger - de Protágoras a Descartes y Nietzsche - ha provocado la caída pecaminosa de la civilización occidental, tecnocientífica y antropocéntrica. Este tipo de anatemas autoflagelantes pueden llegar a seducir al comentarista europeo cansado de occidente. Con todo, la camisa de fuerza argumentativa y a pesar de toda la presunta frescura del Islam, ninguno de estos rechazos lo depurará de su inevitable corsetería analítica.

   El no saberlo todo está lejos de remitirnos como afirma Jambet a la profecía. El desgarro infligido por el Uno ausente no nos devuelve el neoplatonismo o el gnosticismo profusamente citado e invocado. Insistir en que hay un “afuera” del mundo cotidiano no nos manda por eso arriba. A nosotros, los occidentales poskantianos, nos arroja al costado, a un perfil, al borde de nuestro contorno que no tiene más virtud comunicante que su porosidad. Sartre y Foucault han señalado que este afuera perfilado - para uno es el afuera de la consciencia, para el otro el del discurso – no sólo se inscribe en un pensamiento de los límites sino que hacen del ser un flanco.

   Son filósofos occidentales, es decir discursivos, herederos del fracaso griego, de la admisión de la sombra y de la irremediable caverna que nos agrupa como humanidad neuronal.

   “Kun” quiere decir Esto! en árabe, es el secreto existencial de cada hombre, la marca del imperativo divino. Es la flor de fuego que se abre y que nos deja con la pregunta: ¿qué es Esto?

   Si el asombro de que haya ser no se formula con la gramática discontinua y sólo queda el gesto del anodado por su descubrimiento, si no se convierte en sorpresa de que se enuncien verdades, si el Ser no se dice y se inscribe con el grafo, entonces no hay comunicación, no hay política, ni hay ciudad. Jambet recuerda que la pretensión, y hasta la misión profética de la `falsafa´ - la filosofía del islam – es la reconciliación de la Verdad y de la Ciudad, la armonía de la contemplación con la acción.

   Sin embargo, es necesario decepcionarse. Desde que la filosofía ha dado su nombre griego a la historia de la humanidad, admite que tal armonía es imposible. No es posible la armonía ni en la `República´ de Platón, ni en la misma `República´ comentada por Averroes, ni en la `Política´ de Aristóteles. La perfección es sólo deseable o añorable, y del Sabio – figura perdida con su época -  sólo  nos queda el Déspota, remedo desgraciado de aquella figura que Spinoza supo develar en su tratado sobre la teología política.

   Jambet dice que la política postula que todo es posible en el tiempo. Es cierto, se trata del elemento utópico de la voluntad de transformación de lo que es y que no tiene porqué ser así y no de otro modo. Es la mirada crítica que resiste a lo necesario haciéndolo contingente. Jambet le contrapone la imaginación creadora para la que no todo es posible en el tiempo mirado desde la eternidad. 

   Los occidentales tenemos nuestro mito. Su héroe es Prometeo, quien nos creó como lo que somos, ladrones del poder de los dioses, y no súbditos de San Gabriel, el intermediario.

   La Ley de los profetas anuncia la gloria divina pero implica la sumisión en la ciudad, la obediencia al Rey filósofo, al Príncipe de la Fé, al buen Califa.

   Decir que frente al razonamiento conceptual de la filosofía occidental, el gnosticismo nos da un sentimiento del mundo, y con  él la percepción inmediata de sus colores, el sufrimiento del exilio y la experiencia de la salvación, nos obliga en pos de tal sentimiento dejar a la filosofía y dedicarnos a otra cosa. No hay filosofía divina, sí hay exégesis teológica que parte de una respuesta autorizada e impuesta.

   El `Kun´ se disuelve con la lengua y convierte el vacío que presenta en una escritura, en una “tecné”. Se lo podrá figurar con el símbolo, pero el no saberlo todo, el Uno oculto, no remite a un trasmundo misterioso sino a la fisura del lenguaje infinito. 

   Gilles Deleuze ha insistido en las relaciones del pensamiento con la intensidad que distingue lo divino de lo religioso. La máquina de soplos pensantes funciona con fluídos. El pensar no descansa en una estancia sublime, pertenece al aparato digestivo, rezuma y segrega líquidos, es un fenómeno de inanición. No se absuelve ni se disuelve en el símbolo, su intensidad es como la serpiente, la que hace perder la inocencia del paraíso y el respeto por lo Sacro. El reptil pegado al suelo por condición terrestre más que por condena celestial, se enrolla y voraz se lanza hacia la manzana, al menos en esta vida. 

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