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Congreso Internacional de Paisajismo

51st IFLA WORLD CONGRESS

INTERNATIONAL FEDERATION OF LANDSCAPE ARCHITECTURE

5 de junio 2014

 

Tomás abraham. Conferencia:

Desafíos para una ecopolítica

 

Lo sublime

Lo primero que se me ocurre pensar es que nos encontramos con una realidad de la que sabemos cada vez más y que negamos todo lo que podemos. ¿A qué se debe esta denegación en lo concerniente a la problemática del medio ambiente?

Por un lado a intereses económicos. El modo de producción capitalista deja en libertad en un mercado poco regulado a las unidades económicas – las empresas – para que lleven a cabo sus estrategias comerciales. La revolución industrial y la revolución informática se nutren de sistemas de energía contaminantes. Son las que se basan en fósiles y minerales.

Además, a pesar de la globalización, existen los Estados nacionales que compiten entre sí, ya no con sus ejércitos sino con las corporaciones multinacionales que son transversales a sus instituciones políticas.

Hoy en día el capitalismo con valores asiáticos, ya sea con partidos comunistas u otros  sistemas autoritarios semejantes, bregan por tener su lugar y su oportunidad luego de siglos en que Occidente dominó el mundo desde el surgimiento del capitalismo mercantil.

Pero no son sólo los intereses económicos los que tornan difícil cualquier proyecto de lucha contra el calentamiento del planeta y la contaminación del aire. La misma forma del conocimiento adquirido y los agentes que están en juego se asemejan a un escenario de Gran Hermano.

Se habla de cifras astronómicas, de amenazas y catástrofes inminentes que configuran un ser colosal, una gigantografía temible. El vaticinio terminal que augura que de seguir las cosas como se desarrollan hasta hoy no hay solución ni salvación, crea en los individuos una sensación de impotencia.

Ya no se lucha contra una política, contra un sistema, contra una ideología, contra un estado invasor, sino contra el mismo mundo. Quizás ésta sea una de las razones por las que hay lo que llaman eco-escépticos.

Cuando un reformador ecologista propone un plan de acción general, exige una transformación absoluta de toda la conducta humana. De nuestros hábitos de consumo, de nuestra idea de bienestar, de los modos de producción, de nuestras relaciones con nuestros semejantes, de nuestra concepción del mundo, de lo que se llama, un cambio en la subjetividad.

Se nos pide cambiar radicalmente las bases culturales que tienen siglos de existencia que han modelado el mundo y a sus sujetos. Podemos partir del siglo XVII y de la filosofia natural o sistemática, que revolucionó desde la física la imagen del mundo. Ya no era un mundo a contemplar sino a transformar.

La filosofia cartesiana no sólo revolucionó la imagen del mundo sino del conocimiento, ya que la duda metódica y el método experimental se aplicaron a un mundo concebido como un bien terrenal.

La transformación de la tierra se convirtió en un principio moral ya que la ciencia estaba destinada a la felicidad del hombre. La medicina y la mecánica, eran los saberes conductores de una empresa cuyo objeto era el cuerpo. Un cuerpo sano y longevo, y una tierra convertida en bienes, invirtió la idea vigente durante mil quinientos años, la aristotélico-platónica adoptada por el cristianismo, de contemplación del cosmos y salvación del alma.

Que la tierra sea un problema es una novedad con el que no sabemos qué hacer. Las grandes revoluciones de la historia, las mutaciones culturales, se han desencadenado con violencia. Ninguna civilización renunció a sus valores y a sus poderes, por convicción. La semilla de la decadencia se deposita de a poco, y su flor terminal sobreviene por una conmoción imprevista. A pesar de los vaticinios y de las profecías, el fin de los tiempos acontece por  donde menos se lo espera.

Todos los imperios han sido un ejemplo del modo en que una vez cerradas puertas y ventanas para evitar que un invasor penetre el territorio, se olvidaron del orificio de la chimenea.

Los antiguos inventaron la tragedia como género dramático y como concepción del mundo. ¿Qué nos dice la tragedia? Que el hombre no debe desafiar a los dioses, que no debe excederse en sus ambiciones de poder y de saber, porque de hacerlo, se producirán cataclismos que lo tendrán como víctima.

Desde la figura de Edipo a la de Fausto, esta idea de que el deseo de poder y saber enceguece al hombre, ya sea por desconocer sus límites, o por creer que lo ilimitado le queda lejos y ajeno de un modo tal que se atreve a entregar su alma, existe esta advertencia – la misma que es relatada en el Génesis con el árbol de la ciencia – de saber contenerse al tiempo para no penar eternamente.

Y eso es lo que vemos en la actualidad. La civilización de producción de bienes no puede detenerse, y todos aquellos que presagian desastres futuros, no consiguen que el ser humano se contenga.

Quizás esto se deba a que efectivamente el árbol de la ciencia es también llamado el del Bien y del Mal. Y quien come la manzana se nutre de ambas vertientes. La ciencia aplicada promete prolongar la vida, neutralizar dolores, intensificar placeres, ofrecer maravillas, hasta lo que nos entrega hoy: crear nueva vida.

No es sencillo nadar a contracorriente de semejante poder.

Leer en un periódico que una zona de la Antártida se deshiela y ya ha subido sesenta centímetros el nivel de  las aguas, y que entre doscientos y quinientos años, este nivel subirá un metro, con lo que puede provocar inundaciones, nos deja atónitos a la vez que inermes. ¿Qué otra cosa podemos hacer que enterarnos?

El principio de responsabilidad nos pide pensar en nuestros hijos y nietos, no nos puede pedir pensar en los biznietos de nuestros tataranietos.

¿Hasta dónde llega la imagen temporal con el que nuestro cerebro puede identificarse? ¿De qué humanidad hablamos en doscientos años? ¿En qué momento sentimos el peligro?

Un célebre escritor argentino, me sorprendió un día en una entrevista, cuando a la pregunta de qué gloria póstuma esperaba para su obra, respondió modestamente, que le bastaba con ser leído en dos siglos.

¿Dos siglos? Quizas el antecedente de la biblioteca universal, una de las soñadas por Borges, nos ilusione con que así como leemos a Homero luego de dos mil quinientos años o a Shakespeare después de quinientos, podemos esperar ser recordados en doscientos. Pero ¿por quienes? ¿y por qué?

Julio Verne imaginaba que los hombres de otro planeta volaban en aparatos parecidos a nuestros aviones, y esa fantasía anticipatoria, no podía evitar el anacronismo de imaginarlos con galera y bastón. Así como esa película hindú que vi en un barco entre Madrás a Penang, en la que los marcianos tocaban la cítara.

Cuando hablamos del futuro en términos de siglos, ¿no nos dejaremos llevar por nuevos anacronismos? ¿Podemos deshechar del todo que la humanidad inventará nuevas formas de vida de acuerdo a los peligros que surjan? ¿Y que éstas nuevas formas de vida en realidad nos son incognoscibles, y tan sólo imaginables de acuerdo a nuestros temores presentes?

Dicen que la naturaleza no existe. Cuando escuchamos una afirmación de esta índole, hay algo que nos resulta incomprensible. Para nosotros un bosque no es igual a un Shopping, ni el mar a una piscina. Sin embargo, insisten en decirnos que el hombre ha domesticado todo lo natural, y que aquello que nos parece no construido ni elaborado, no deja de ser manufacturado. Pueden quedar reductos naturales que no han sido alcanzados por la mano de obra humana, pero ya lo serán, y en todo caso, por otras vías, ya sea por aguas o el aire, por los cambios climáticos, también se encuentran bajos los efectos de la acción de los hombres.

Todo es artificio, se sostiene, nada es natural, la misma noción de medio ambiente se define como el entorno que el hombre transforma y adapta a sus deseos y necesidades.

Ya es de aceptación generalizada que el mismo ser humano no es un ente natural como los otros. No lo es porque es un ser de lenguaje; al ser un animal simbólico, su naturaleza se desprende del mundo de los instintos, de la automaticidad genética, y nada lo desprenderá de su coraza cultural.

El cuerpo, sus necesidades y sus impulsos, son materia cultural, y hasta los umbrales de dolor han sido estudiados por los antropólogos para mostrar la diversidad de sus intensidades.

Ya sea el lenguaje, o la figura del homo faber, o del homo ludens, cualquiera sea la entidad que se elija, se habla de un proceso de desnaturalización, o de hominización de todo el espacio natural.

¿Es esto algo malo de por sí? ¿Se pierde algo cuando lo natural desaparece? ¿Hay un daño perceptible o quizás imperceptible en esta hominización, pero no por eso menos real?

La idea de que existe una naturaleza como una madre superiora, armónica, benévola, integrada, sabia, autosustentable, como de la imaginarla un reservorio liberador de instintos reprimidos, han sido degradadas como cuentos de hadas. Puede ser que sea una fábula, pero no podemos dejar de observar que la naturaleza está habitada por seres animados e inanimados que tienen sus leyes, su orden, que nosotros los humanos no hemos creado. Un orden que tiene una historia, sus catástrofes, mutaciones, especies que aparecen y desaparecen, sus ciclos, sus cambios climáticos. La Tierra tiene una historia propia vinculada al universo.

Las leyes que rigen al universo al que la tierra pertenece no son obra del hombre, sino que el hombre es producto de estas leyes sin las cuales no podría haber sido. Su Ser sería una nada de no producirse una combinación entre azar y necesidad que ha creado las condiciones sin las cuales no existiría la especie humana.

Sin estas leyes universales, la materia no sería posible, y sin la materia la vida sería imposible.

La vida es aquel soplo en el barro de acuerdo a lo que narran los mitos, que puso en movimiento al ser humano, el pneuma, antecedente del alma.

Esto que ha sido dicho es tan obvio que no se menciona. La vida no es un producto humano, sino una ofrenda cuyo misterio es infinito. Pero algo ha cambiado en la historia de la tierra. Una de sus criaturas, uno de sus habitantes, ha desafiado este orden, tal como lo soñaba cada cultura con sus vaticinios y anacronismos. Lo ha hecho como lo hizo Prometeo que robó el fuego y fundó la civilización cociendo el barro para la vivienda y la carne para la comida; lo hizo de acuerdo a esas leyendas que nos hablan de la piedra filosofal, ese oro mítico, con el cual se consigue la juventud eterna y la realización de los deseos.

Cada uno de estos actos de leyenda, han mostrado una osadía y un precio a pagar. El hígado roído de Prometeo, el descenso definitivo a los infiernos de Fausto. Es también el clamor de Antígona que resiste a que todo sea política, o que la finalidad última del orden humano sea la fidelidad a la leyes de la Polis, y que se desoiga el otro orden del que depende, el orden cósmico, que de ser infringido, produce su castigo, un cataclismo.

Cuando decimos que algo ha cambiado en nuestro planeta, es el hecho de que en nuestros días ya no se habla sobre los peligros de la fisión nuclear, ni de lo que le espera a la humanidad cuando está en manos de seres mediocres con una codicia sin límites que conocen una clave secreta encapsulada en un portafolio que con activarla destruye la vida en la tierra. Es el séptimo sello del neocapitalismo.

Porque si bien percibimos que la vida del planeta está en peligro por la contaminación y  el exterminio de miles de especies, lo verdaderamente nuevo e inusual, es que la ciencia aplicada está en condiciones de crear vida.

Probetas, trasplantes, injertos, híbridos, potenciación de órganos, clonaciones, todo un vocabulario circula desde la especialización a los medios masivos de comunicación.

El lenguaje de la neurociencia, el de la farmacología, la genética y la informática, se combinan para llevar a cabo el sueño del poder del hombre sobre la tierra: la creación de vida.

Podemos suponer que tamaña empresa no tiene techo, no sabemos hacia donde puede llevarnos. Pensar en siglos por venir cuando en pocos años se revolucionan las tecnologías, el grado al cual puede llegar la manipulación genética, conmueve nuestra capacidad de predicción.

Por eso cuando hablamos de ecología, o de medio ambiente, y de naturaleza, no podemos obviar el fenómeno de creación de vida que altera el orden heredado desde la creación y formación de nuestro planeta.

Nuevamente la pregunta: ¿es esta una innovación peligrosa? ¿qué poderes le da al ser humano y qué puede hacer con ellos? ¿Creación y aniquilación, no van acaso juntos?

Es muy difícil pensar estas cuestiones sin preguntarse si está bien o si está mal que sucedan. Más aún cuando los problemas que tiene que ver con los efectos del saber para el bienestar de las personas son necesariamente ambiguos, con efectos colaterales a veces indeseables, riesgos no siempre calculables, y usos sin controles garantizados.

Basta mencionar el peligro de la actual diseminación nuclear, el secreto que cubre la identidad de quienes son poseedores de armas de destrucción masiva, la posibilidad de la producción casera de materia explosiva, letal y de largo alcance.

Lo mismo sucede con los avances de las ciencias que permiten las manipulaciones genéticas y la producción de virus que pueden ser inoculados a distancia como plagas mortales.

Estos factores que van más allá del bien y del mal aparece como un espectro amenazante del poder del conocimiento en manos de seres humanos dominados por las mismas pasiones desde que se conoce su existencia.

No hay una razón moral universal que guíe hacia la prudencia; no existe una razón política universal que garantice un pacto de supervivencia sin sacrificios de los más débiles.

Pero, además, las novedades en materia científica en el terreno de la creación de vida y de los estudios del cerebro, ni siquiera nos permite avizorar las mutaciones que pueden producirse en la morfología de la especie.

Los injertos,  la hibridación, la conexión de cuerpos y máquinas, la robotización, la potenciación de facultades, las intervenciones químicas que alteran el funcionamiento de la memoria, el estudio del genoma y la posibilidad de acciones anticipatorias para alterar las leyes de la herencia, la manipulación farmacológica de las emociones, señalan que las alteraciones en la anatomía, la fisiología y en la conducta de los individuos de la especie humana, no son ficciones, son bien reales, dan rienda libre para todo tipo de fantasías.

Por eso la ecología está ligada a la biopolítica, y la conservación del planeta se conecta con el tipo de ser humano que se está fabricando.  

Lo bello

¿Qué sucede si una vez hecha esta descripción dada por un no especialista que se dedica a la filosofía, sobre el estado del mundo y su relación con la dirección que parece establecer la sociedad de conocimiento, volvemos al tema del paisaje?

Indudablemente la palabra “paisaje” no es una palabra vacía. Tiene una historia, está cargada de significado. Lo mismo sucede con los términos derivados de paisajismo y paisajista. ¿Cómo deslindar el sentido de la palabra paisaje de sus connotaciones decorativas, de sus atribuciones cosméticas, de cierta superficialidad? Es posible que los paisajistas deban llevar a cabo una lucha para hacer reconocer su lugar profesional no muy diferente al llevado a cabo por los arquitectos para hacer reconocer que debían tener su propia facultad en la UBA, una vez que pudo desprenderse de la facultad de ingeniería recién casi tres décadas después de la fundación de la Bauhaus,.

No tengo atribución alguna para proponer cambios de currículas ni pasión alguna por pensar en cambios institucionales o educativos, pero se puede aventurar que quizás el paisajismo deba independizarse de la arquitectura como lo hizo la arquitectura de la ingeniería, para así hacer reconocer su tarea y función específica. No lo sé.

Pero así como en lo que respecta a mi disciplina, considero que la división en carreras en las llamadas ciencias sociales y las que se dictan en la facultad de filosofía y letras, corresponden a políticas burocráticas que no van más allá de intereses de grupos corporativos que temen perder sus lugares de poder, y que los trabajos de campo como las investigaciones teóricas, requieren la intervención de varias disciplinas, y que no se concibe la actividad filosófica sin el conocimiento de la historia, o la historia sin el análisis de los discursos, y el estudio del lenguaje sin lo que enseña la antropología - y esto sin menoscabar la especificad de los dominios que no por eso se pierden – desde mi punto de vista de aficionado, me cuesta imaginar que se pueda  elaborar proyectos paisajísticos sin la intervención de urbanistas, y viceversa.

Esta armónica asociación entre urbanistas y paisajistas a veces me parece diseñar un paisaje gótico con ornamentos vampirescos. Imaginemos una fábrica que cierra sus puertas luego de un quebranto con el correspondiente despidos de los obreros; extendamos la escena a todo un barrio fabril que decae, sus plantas fabriles dejan de producir, y el deterioro inicia su lenta marcha hacia la ruina.

Una triste realidad que puede deberse a una crisis económica, a avances tecnológicos que convierten en vetustos los modos de la revolución industrial, o un desplazamiento geográfico de firmas por los beneficios diferenciales de la globalización, es una oportunidad para que urbanistas y paisajistas unidos con el sostén del capital, sueñen con llevar cabo una operación vampiresca que tiene el gastado nombre de “refacción”. Asoman entonces por el horizonte una especie de brujas camufladas con plantas como los soldados en Macbeth, que vuelan sobre carpetas verdes, y diseñan sus anteproyectos paisajísticos con sus primos urbanistas, para hacer del trabajo muerto un maravilloso paraje a ser disfrutado por los nuevos clientes del quintil más favorecido.

Todo oficio tiene varias aristas, lo que no impide que paisajismo y urbanismo sean compartan la misma preocupación en un mundo en el que casi toda la población vive en ciudades.

Sin duda que hay una dimensión estética en la práctica paisajística, del orden de la belleza, hay estilos, modos de ver, una dimensión que concierne a la sensibilidad. Por eso vuelvo a una cuestión que acoté en un comienzo respecto de que a pesar de sostener que la naturaleza no existe, que todo es artificio, que debemos reconocer y aceptar que estamos alienados del mundo natural y que sólo soluciones tecnológicas resuelven problemas tecnológicos, a pesar de estas verdades pesadas, un bosque no se dirige a nosotros como un hospital, un monumento como una montaña, o el mar como una piscina.

Por supuesto que la sensación de inmensidad y de desmesura la pueden dar rascacielos y  pirámides como si fueran fenómenos naturales, pero hay algo que diferencia a ambos, y no lo digo con precisión conceptual sino con cierta intuición, me refiero a la vida, que se aprecia mejor, de acuerdo a la letra y música de Simon y Garfunkel, con el sonido del silencio. Y mejor aún si evocamos el concepto griego de “physis” que a pesar de ser traducido por el sustantivo naturaleza, quiere decir “aquello que brota”.

Simon Shamah, quien escribió un libro sobre paisajismo, dice en un curso audiovisual denominado “el poder del arte”, que el pintor inglés Turner, tenía un sentimiento biológico de Inglaterra. ¿Qué es tener un sentimiento biológico respecto de un entorno?

Citaré como ejemplos pictóricos del sentimiento biológico del entorno, la Córdoba de Fernando Fader, su luz blanca; las ramas negras y el follaje del aduanero Rousseau, la tierra crema y el verde pastel del verano aldeano como lo pinta Camille Pizarro; la nada agreste malvinense de James Peck; el Sena y las catedrales de mil colores de Monet; los soles vibrantes de van Gogh; el detalle de las plantas en Durero; la dinámica de las aguas y los ríos de tinta del Riachuelo de Quinquela; el polvo de la cal en las caras de los albañiles de Collivadino; los espacios inconmensurables de Caspar Friedrich; los laberintos de los ghettos de Marc Chagall o los canales venecianos de Canaletto. La pintura y el sentimiento biológico del lugar en el que estamos.

Ha sido el romanticismo el movimiento moderno que nos dejó el último testamento de lo que puede decirnos la naturaleza. En la literatura como en la filosofía, cuando se habla de naturaleza emerge una entidad que nos supera, que está más allá de nosotros. Lo bello y lo sublime, la forma y el sin fondo, la imagen del volcán que se eleva por encima del horizonte y que a la vez se hunde en un hoyo sin fin. Cabeza y entraña a la vez como la boca cavernosa que llega hasta el ano en las pinturas de Bacon. Aquel arte nos habla de una trascendencia, de un poder que está más allá del ser humano.

¿Cómo puede ser un mundo sin trascendencia? ¿Sin misterio? No digo sin Dios, si aceptamos con Nietzsche que Dios ha muerto, en el sentido del ocaso de los ídolos y la afirmación de que todos los valores tienen una genealogía política y no son sacros, y si reconocemos como dice Zizek que la naturaleza tampoco existe, y extremamos la idea hasta el punto de pensar que el mismo homo sapiens está por mutar la especie a la que pertenece, sin duda de que el mundo por venir, en no tanto tiempo, no tiene límites para la imaginación.

Pero no quisiera terminar esta disertación con un panorama falsamente poético, nihilista hasta lo cursi, con un cuadro surreal como una zarzuela apocalíptica.

Quisiera terminar con el suelo que pisamos con nuestros pies, me refiero a la Argentina. Dicen que nuestro país es muy rico. Cuando se afirma algo así, se refieren a que nuestro suelo es prodigioso en materias primas necesarias para la producción de bienes. El descubrimiento de los yacimientos de Vaca Muerta ha generado todo tipo de predicciones majestuosas. Llama la atención estos juegos de lenguaje por los cuales el país que durante todo el siglo XX era conocido por tener la vaca viva más apetitosa y consagrada del mundo que permitía que los millonarios argentinos la llevaran de paseo a Europa para que la familia tuviera leche fresca, ahora con su nombre cadavérico promete una nueva era de dispendio. Si le sumamos el hecho de que nuestro suelo es considerado prodigioso en cuanto a su fertilidad, tanto que los turistas cuando son llevados por la ruta 9 de Buenos Aires a Rosario, exclaman su regocijo por descubrir lo que bautizan como “mar verde”; si las mineras más importantes del mundo trabajan a granel en nuestra precordillera abundante en minerales para extraerlo y exportarlo; si nuestra plataforma marina desde el Plata hasta la Antártida está surcada por cientos de pesqueros que aprovechan nuestra fauna marina para alimentar a millones de hombres de otros continentes; si en nuestro suelo se encuentran reservas de agua dulce consideradas entre las más abundantes y puras del planeta; entonces, evidentemente, en nuestro país hay mucho que discutir acerca de los efectos que la megaproducción de soja puede provocar en la desertificación de los suelos; de las consecuencias del uso de los plaguicidas para la siembra directa; de la tala de los bosques y sus consecuencias climáticas; de la depredación de los océanos; del bombardeo de los periglaciares; de la multiplicación salvaje del parque automotor, y de la contaminación de las napas por el uso del agua para horadar rocas en busca de fósiles.

Digo que hay materia de debate sobre lo que acontece en nuestro país, y creo que las luchas locales sobre las consecuencias de un desarrollo económico que no toma en cuenta los efectos ambientales, se dan en nuestras propias narices.

Sin duda que la ecología política es materia planetaria, pero el discurso globalizante que pretende erigirse como una ideología general, que llama a combatir la sociedad de consumo, a producir menos, a distribuir la riqueza de un modo tal que sea más equitativo y que termine con el dispendio de las sociedades más desarrolladas y con los sectores más favorecidos de cada país, es una propuesta muy edificante, pero poco práctica.

Pedir algo así en lugar de ser una solución es una postergación del problema. Ocurre así cuando los diagnósticos son tan alarmantes que requieren una terapia total y definitiva.

Este modo de tratar los problemas de acuerdo a lo que podemos llamar un principio revolucionario, lo percibimos también en temas como el de la inseguridad, en el que algunos librepensadores sostiene que hasta que haya muy pobres y muy ricos, el delito es una de las formas de la justicia, que  legítima un ciclo sangriento de venganzas privadas, tanto de ricos como de pobres.

Por otra parte existe el principio de precaución que se ha hecho ley en algunos países, y del que escribe con detalle François Ewald. Opera de acuerdo a medidas cautelares que establecen que la mera probabilidad de que un dispositivo cualquiera pueda llegar a producir daños ambientales, su instalación de detiene a pesar de que los prejuicios no hayan sido comprobados.

Este principio ha motivado debates sobre las dificultades que se presentan cuando avances tecnológicos que pueden aportar beneficios importantes, se detienen por un temor anticipado, por evitar riesgos que son dudosos, por motivos ideológicos, o por una suerte de hipocondría generalizada que ve peligros letales a granel.

Repito una vez más que los modos de producción no se suicidan por consenso generalizado ni por los resultados científicos de los especialistas. Tampoco esperemos que para satisfacer nuestro deseo de cambio radical una explosión de multitudes salga a la calle a pedir consumir menos, romper celulares, no querer más electrodomésticos, quemar autos, y perseguir a quienes usen atomizadores y rociadores.

Pero sí se puede abrir una discusión seria, que incluye a formas activas de militancia, que pongan en cuestión la suposición de que el único modo que tiene la mente humana de luchar contra el hambre en la tierra, es la destrucción del planeta y poner en riesgo la vida en la tierra.

Si el impacto de la producción económica sobre la biosfera tiene consecuencias  peligrosas, si se remueven por completo los ecosistemas, es posible que la acción más razonable para resistir a su avance, sea por acciones en escala, llevada a cabo no sólo por ciudadanos sino por lo que Michel Foucault llama “intelectuales específicos”, agentes y trabajadores de instituciones abocadas a la investigación de problemas puntuales.

Seguramente, las formas de resistencia a la inercia consumista y productiva que ahora incorpora a tres mil millones de nuevos habitantes ávidos de los goces de Occidente, pasarán también por los miembros de la sociedad de conocimiento.

La India, la China, algunos países africanos, otros países asiáticos, naciones con grandes poblaciones como Mejico y Brasil, querrán ingresar a un mercado mundial para ser parte de los beneficios de la modernidad, de su cultura consumista, de los beneficios del crédito financiero, y de todas las ventajas que los países Occidentales disfrutaron, en especial aquellos que se conformaron como Imperios desde el siglo XVII, y su gran expansión colonial durante el XIX.

Estas nuevas potencias económicas, no aceptarán ser las primeras en reducir sus ambiciones, y en la medida en que Europa decaiga como fuerza política y económica, y EE.UU comience un cierto declive respecto de sus momentos de máxima expansión militar y productiva, las reglas relativas a la ecología, al uso de las materias primas, a la extracción de energía y a las aplicaciones de la tecnología a la vida cotidiana, no estarán en manos de organizaciones de países hoy llamados del primer mundo.

Por eso, el enfoque local, puntual, mucho más que una prédica holística que va por el todo y que se presenta como un espiritualismo o un puritanismo moral, que pretende oficiar de ideología integral, puede presentar algún obstáculo a un movimiento productivo y de derroche gigantesco, determinado por intereses políticos y corporativos.

No se necesita una visión integral para llevar acabo acciones puntuales, ni una ideología global para diagramar estrategias de resistencia. Buscar datos, difundir información, y organizarse para ocupar espacios de poder que congreguen a intelectuales específicos, científicos, técnicos, y ciudadanos, podrá eventualmente, y con el tiempo, crear una alternativa a la voracidad del capital.

 

 

 

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