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Sobre la diversidad

(Conferencia el 25/9/ en el Salón de Usos Múltiples de Telecom. Jornadas sobre La Diversidad organizada por Telecom, Unilever, Instituto Ana Frank y Embajada de Holanda)

 Me pregunto si a una persona que es racista se la puede convencer de la igualdad entre los seres humanos. Es la misma incógnita que surge al preguntarnos sobre las posibilidades que tiene el poder y los alcances de la racionalidad, de la educación y de la cultura para modificar ese tipo de convicciones tan profundas que se hacen llamar prejuicios.

Si tomamos la palabra al pié de la letra la palabra pre-juicio, la misma tipografía nos dice que hay algo antes del juicio, previo a toda proposición que se rige por los valores de verdad o  por el eje que separa el bien del mal.

Hay quienes se dan cuenta de esto y tratan de comprender las bases de sustentabilidad del sistema de atracciones y rechazos que los seres humanos tienen entre sí y bucean por las densas ciénagas de los afectos primarios, por ejemplo, el asco o la furia.

Puede sonar revulsivo la afirmación de que hay gente que nos da asco u otra a la que deseamos lo peor, pero no tenemos que escandalizarnos por las metáforas gastronómicas o canibalísticas cuando se aplican a nuestros afectos personales. Cuanto más crudamente planteemos los temas que tienen que ver con los modos en que los seres humanos se juntan y se separan, cuanto menos lenguaje políticamente correcto empleemos, o sea, demasiado hervido, más seriedad y compromiso tendremos con el problema.

Para ser concreto, cito por primera vez al premio Nóbel de Literatura Imre Kertész  quien quiere imaginar por qué una mujer jamás se acostaría y haría el amor con un judío. Se le ocurre esta meditación por una frase que escuchó en boca de una mujer de un grupo de bellas señoras que platicaban en una mesa de café. “ Nunca con un gitano, ni con un judío…”

Para citarme a mí mismo en un escrito dedicado al escritor húngaro desde hace diez años: ´El joven Kertész recuerda que en su infancia unos tíos religiosos lo albergaron en su casa. Su amable tía poseía una abundante cabellera. Sin querer inmiscuirse en asuntos extraños y por una involuntaria torpeza protocolar, el niño abrió la puerta del dormitorio de su tía y se encontró con una escena que lo dejó rígido y sin aire. Había algo así como un muñeco calvo cubierto con una robe de chambre roja sentado frente a un espejo.  Miraba su reflejo y comenzó a hacer un gesto que el niño no vio porque volvió a cerrar la puerta de inmediato. Se quedó pasmado porque había reconocido a su tía. No sabía que en las familias judías ortodoxas las mujeres usan peluca y que de noche pueden desnudar su cabeza. Nunca hizo un comentario. Esa imagen de un ser conocido convertido en un algo irreconocible, un alien, presencia de lo siniestro que lo deja pasmado, helado, sin palabras, ese ser horrible e incomprensible convertido en muñeca calva, es lo que cree Kertész que las señoras imaginan ante la hipótesis de un acto sexual  con un judío, salvo que se dirima en los limbos alambicados de la perversión.`  

De ahí que a no dudar hay un problema. Pero vaya a saber uno cuál es. Así como para muchos resulta temible estar entre gente de procedencia diversa, tampoco se entiende que pueda llegar a perturbar el ánimo mezclarse con gente variada.

Desde mi punto de vista, estar entre gente diversa es lo más humano, normal, y poco problemático que hay. No entiendo cuál es el problema. Estar entre iguales aplasta el pensamiento, mata el don de observación, nos ahoga en la monotonía, nos cierra el mundo, nos marca con un estigma tribal y nos hace odiar lo desconocido porque se nos presenta como hostil.

Ahora bien, tampoco se ve muy bien el hecho de que se condene porque sí la pertenencia  a una tribu. Digamos, ya que mencionamos agrupaciones clánicas y para delimitar un ámbito cercano, que los de aquí somos parte de la tribu blanca, occidental y heterosexual. No tiene nada de malo ser parte del BOH; ya que tanto prenden las siglas podemos llamarlo así, el BOH. Tampoco tiene nada de malo pertenecer a otras tribus humanas que pueden tener otras siglas, como el BOT, es decir los blancos, occidentales, transexuales.

El tema a tratar sería entonces las relaciones pacíficas, el intercambio respetuoso, entre el BOH  y el BOT en este SUM.

Mi amigo Eugenio Marchiori que hizo de mediador para que yo estuviera presente en este recinto, me comentaba acerca de los problemas que tenían las empresas en hacer aceptar e integrar a seres “diferentes”, en las planillas de personal, y me citaba el caso de los transexuales. Un alivio, me dije, al menos eso de ser judío pasó de moda, o de ser negro también, o de ser enano como Toulouse Lautrec, o jorobado como Kierkegaard, y no sigo con los griegos porque ya se sabe.    

Pero creo que hay que tomar en serio que hay algunos seres humanos cuyas características personales nos chocan, es decir, que nos producen ciertas reacciones que ni siquiera podemos calificar. Que nos escandalizan, que atacan nuestro sentido del pudor. No hay que sentirse una persona despreciable por eso, nada hay de condenable en reaccionar cuando nuestra identidad sexual, religiosa, o hasta racial, es cuestionada por una presencia inquietante.

Me parece que el problema surge por el modo en que reaccionamos frente a esa situación. Así como puede provocar miedo a lo desconocido o una actitud reactiva violenta casi animal, también puede despertar nuestra curiosidad e interés.

Pero es cierto que ser una persona tolerante, pluralista, amante de la diversidad, gozosa de los mestizajes, no es un fenómeno tan extendido. Más bien sucede lo contrario, basta leer los diarios y consultar los libros de historia.

El cosmopolitismo fue una idea proveniente de la Ilustración. Las siglas de igualdad, fraternidad y libertad, han sido un horizonte moral y político para una sociedad de iguales sin prerrogativas de nacimiento, ni de creencias.

No creo que estos ideales hayan fracasado, pero sí reconozco que ha habido algunos problemas con este programa que nos hablaba de ciudadanos de un mundo en común. Los casos abundan en que a una integración teórica le ha seguido una persecución práctica, y no hay mucho que agregar sobre el modo letal en que ha ocurrido.

Filósofas como Hannah Arendt han sido particularmente lúcidas en sus análisis cuando sostuvo que la integración de los judíos en la cultura universal fue el antecedente político- cultural del antisemitismo. No porque a los judíos no se los hubiera perseguido desde la destrucción de Jerusalen por Tito en el año 70, sino porque el antisemitismo surge cuando al grupo identificable de los judíos ya no se lo distingue, y se han mimetizado con el ciudadano común.

De ahí que Arendt señala el pasaje del judaísmo a la judeidad en la medida en que la comunidad judía que cumplía históricamente su función social característica en el comercio, en las  finanzas y en la medicina, al integrarse al mundo en común y adquirir los derechos de cualquier ciudadano, se convirtió en un igual desigual, un especie de infiltrado apenas visible que es necesario desenmascarar. Es decir, en alguien embozado, oculto, disfrazado, que sería denunciado por su nariz, por su cadenita de oro, por su aspecto, por la avaricia, por su pretensión enciclopédica, por rasgos personales odiosos que permitieron que la voluntad genocida tuviera consenso respecto de la exterminación de una raza considerada inferior.

Recordemos que ya en los tiempos de la Inquisición y de las conversiones forzadas de los judíos, el judío converso o marrano, era una persona sospechosa. Las técnicas que los judíos usaban para preservar su identidad religiosa los forzaban – para decirlo de un modo inadecuado – a rezar para adentro. Llevaban a cabo la doble oración. Por un lado la explícita en la Iglesia y la otra mental con el contrapunto de la plegaria de la Torá.

El rezo judío lavaba el falso ofrecimiento cristiano. No es de extrañar, entonces, que en los tiempos del Renacimiento, los judíos confesos, tanto en Italia, como en Inglaterra, fueran utilizados para las misiones diplomáticas, o como agentes de espionaje, por esa imagen que se tenía de ellos de ser hábiles en la duplicidad.

Por el hecho de que los judíos fueran mercaderes,  se reforzaba esta idea de que el judío era un ser astuto, embaucador, o, para decirlo en una palabra que quedó en el vocabulario cotidiano: ladino.

Para terminar con este excursus, puede sorprender que estas características que se suponen raciales, llegan a conformar un todo orgánico, una fisionomía bien estructurada que completa la ideología antisemita. Por haber hecho de la necesidad una virtud, el enmascaramiento del judío – que tiempos después fue el rasgo del llamado judío “asimilado” – es lo que lo conformó como un ser ambiguo, prudente de acuerdo a sus puntos de vista relativistas, rápido en las argumentaciones opuestas y en los juegos de contradicciones, en síntesis, un personaje mutable, camaleónico, amoral.

Tampoco llama la atención que de estos atributos de lo que Hannah Arendt llamaba judeidad, surgiera, para que el retrato sea completo, el personaje del judío intelectual errante, nacido para las abstracciones, talento que le da tanto el mundo del dinero como esa capacidad de mutabilidad, y de falta de raíces.

 Por supuesto que no se trata de encontrar una causa que explique el genocidio. Mary Mc Carthy bien señalaba que el antisemita necesita de una pátina de espiritualidad para maquillar su odio y elevarse a las altas esferas de la cultura. Nuevamente, como dijo Imre Kertész: “donde empieza Auschwitz, se acaba la lógica”, poniendo en otras palabras la imagen de Primo Levi en su libro “Si esto es un hombre…” en la que un soldado de las SS le responde cuando  preguntaba por qué lo llevaban al Campo, le dijo: “ aquí no existen los porqués” - , sino de observar que la integración promulgada por el código napoleónico, no sólo eliminó un tipo de discriminación sino le dio un nuevo cauce esta vez casi terminal.

Eso es lo que los espíritus ilustrados y representantes de la cultura progresista discuten hoy en los países llamados de la democracia liberal avanzada, ante la presencia numerosa de los musulmanes cuya participación en la sociedad con los mismos derechos presenta dificultades. Son grupos humanos religiosos que tienen formas de vida que los occidentales no admiten, que no dejan de ser legales pero que van a contracorriente de la lucha y la prédica que sectores de la sociedad llevan hace años.

Es el caso de los problemas de género, del comportamiento a tener en las escuelas públicas, de la falta de conocimiento de la historia, del idioma, y de los valores de la sociedad que los recibe, del aumento demográfico de sus miembros frente al estancamiento poblacional europeo, de la instalación de mezquitas y otras instituciones religiosas en zonas de tradición laica, del rechazo que producen expresiones fanáticas o fundamentalistas en países que hace siglos han circunscripto la fe religiosa al ámbito privado.

Por tal motivo hay quienes desde el punto de vista de la pluralidad, de un deseo de crear espacios democráticos, se proponen investigar las causas por las que al planificar una integración forzosa, o una inmigración incondicional, no se genera una reacción contraria al propósito inicial , es decir, que puede crear climas de violencia en lugar de establecer lazos de amistad entre comunidades.

Vale entonces la pregunta si no asistimos a un nuevo pensamiento segregacionista esta vez en nombre de una supuesta mejor convivencia. Si a este fenómeno le agregamos un nuevo factor, el multiculturalismo, la idea de que cada comunidad tiene sus valores y que ninguna cultura o civilización puede arrogarse la pretensión de que sus valores son universales, y que tienen la legitimidad de imponerse cuando considera que son violados en cualquier parte del mundo, si tomamos en cuenta de que existe esta resistencia ante la arrogancia de una civilización occidental y blanca que se presenta a sí misma como la defensora de los derechos humanos y custodio de las libertades, entonces debemos reconocer que el camino de la diversidad no es liso sino estriado, por no decir arrugado.

En este tercer milenio hemos sido testigo de un retorno de Dios. Una resurrección de los cultos ortodoxos en los monoteísmos, y una retirada del laicismo y de los procesos de secularización a nivel no sólo estatal sino también social, familiar e individual.

Desde mi punto de vista, creo que hasta se ha puesto de moda cumplir con los ritos de la religión y que se convierta en una presentación en sociedad que facilite o refuerce posiciones socio-económicas a la vez que enriquece el espectro de relaciones convenientes para los negocios y para la política.

Una combinación entre rigorismo cultual y cumplimento estricto de los ceremoniales, puede programarse con éxito y ser totalmente compatible con el disfrute de la sociedad de consumo que ofrece aún para la ortodoxia un sinnúmero de entretenimientos si se dispone del capital para adquirirlo.

No se trata de una vuelta de la fe, sino de un nuevo acomodamiento ideológico en los tiempos en que los que el sistema de identidades heredadas del siglo XVIII y XIX, se ha debilitado o está en decadencia. Esto vale tanto para los nacionalismos, como para las utopías emancipatorias de los socialismos, como también para el liberalismo centrado en la idea de individuo blindado contra los poderes centrales.

Este retorno religioso es funcional a la era de la seguridad que irrumpe una vez que el mundo bipolar prometía o trataba de garantizar un equilibrio entre potencias.

La era de la seguridad corresponde a los tiempos en que la violencia tanto sobre las personas como sobre los pueblos, difícilmente es localizable. El poder de trasvestismo y de infiltración, por los poros de los sistemas de defensa, da muestras de éxito, y el llamado terrorismo, no es controlable a nivel planetario con los medios hasta hoy conocidos, y por lo general, las respuestas bélicas no hacen más que multiplicar el terror con bombardeos indiscriminados sobre las poblaciones civiles.

Esta era de la seguridad, produce entre otras consecuencias, cerrazones grupales, mecanismos de defensa de todo tipo, y la necesidad de ofrecer algún tipo de espiritualidad a esta nueva era del miedo.

La idea de que estamos en ciernes de un choque de civilizaciones, y que el mejor mundo posible es el que esté dividido en zonas de influencia que conviven entre sí pero no se mezclan, también corresponde a los fenómenos que se viven.

De ahí que la preocupación por la diversidad tiene un doble filo. No se trata de sólo de tolerancia y pluralismo sino de segregación. De la aceptación del sistema de seguridad que tiene una serie de dispositivos de implementación como el espionaje, la construcción de muros, la militarización de las poblaciones, y la necesidad de difundir mitos, creencias y valores de trascendencia, salvación e iluminación, propios de guerras santas, políticas de persecución, de marginación, y de racismo.

Pero si queremos pensar en vivir en un mundo de diversidades, no creo inconveniente, abundar en la dificultad que supone hacerlo. No somos una esponja. No absorvemos todo lo que se nos presenta a la vista o en la vida. Aceptamos y rechazamos. Quiero decir que no todo el problema se circunscribe a los conflictos entre religiones y razas. Nuestra intolerancia se manifiesta cuando nos ofuscamos ante una opinión que contradice a la nuestra. Podemos ser personas de mecha corta que no soporta todo lo que no los satisface. Tenemos reacciones violentas, a veces brutales, ante lo que calificamos de idiotez, ingenuidad, cortedad de miras, u obsesiones, siempre de los otros.

Trazamos un signo de exclusión a personas que son ignorantes en lo que no deben serlo según  nuestras pautas culturales, por su modo de vestirse, el modo en que pronuncian ciertas palabras, por la riqueza que ostentan u ocultan,  por sus maneras de comer en la triple frontera de la vulgaridad, del snobismo o del obsceno refinamiento.

Vemos lo diverso como contrario. Todo esto resulta por no ejercer una capacidad que enriquece la existencia: el sentido de humor, y su mejor ejercicio, que es el de reirse de sí mismo y del mundo ante un amigo que hace lo mismo.

Aceptar lo diverso es aceptar que el mundo es discontinuo. Que hay vacíos, singularidades, diferencias, incompletudes, azares. Por eso los grupos conformados por ideologías totalitarias no soportan que haya un hueco, es decir, una individualidad. El único “separado” es el Jefe, el Líder, y todo el resto debe conformar un ente bien compacto, sin fisuras, con la sola posibilidad de otro separado que consolide la fusión: el chivo expiatorio. 

Respecto de las minorías que tienen que ver con el género, con el color de la piel, o con los cambios de sexo, nada irreparable ocurrirá, todos los sexos podrán tener su lugar en el mundo, ya que la fuerza de la costumbre en las sociedades de la destrucción creadora y de la revolución tecnológica, hará su labor a cuenta gotas pero persistente, para que nos aceptemos con los cuerpos que hemos heredado o elegido.

 

(Terminada la disertación, el público conformado por RRHH de varias corporaciones no hizo ninguna pregunta ni comentario alguno y se dispuso a degustar lo que se ofrecía durante el break.

 

 

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