Blue Flower


 
 
 


 


 

 

 

  
  

 
 
 
Bajo el volcán
 
Recuerdo la novela de Malcom Lowry. Un pueblo de Méjico, un escritor borracho, el mezcal, las alucinaciones. El escritor que escribe su novela en una cabaña de un lugar inhóspito de Canadá durante diez años y la pierde o la quema. Una leyenda de un hombre fuera del mundo, desterrado, sin patria, sin amigos, perdido en visiones no salvíficas, delirantes.
 
El volcán es un símbolo de la geodesia metafísica. Empédocles se arrojó en el cráter del volcán.
 
El misterioso filósofo a quien le adjudican un rol fundacional, un sabio al que se le obliga a mediar en los conflictos de su comunidad, fue predicador de  una visión del  cosmos en tensión permanente entre las fuerzas de la concordia y de la discordia.
 
Giorgio Colli, huelga decirlo, no se arrojó al Vesubio ni al Etna, ni es conocido por sus experiencias alucinatorias. Fue un profesor de pequeñas universidades italianas, con muy pocos alumnos, un hombre dedicado a estudiar a los griegos, un erudito filólogo, un lector devoto de la obra nietzscheana, y, sobre todo, un editor.
 
Murió a los sesenta y dos años, tenemos escasas imágenes de su persona, una foto en blanco y negro en la que se ve a un hombre menudo, pelo lacio abundante gris, con anteojos de gruesos lentes, algo desaliñado con su pull over de escote en V y una camisa blanca arrugada con botones abiertos y un cigarrillo en la mano.
 
Sabemos que con Mazzino Montinari editó la obra completa de Nietzsche, una edición considerada de gran valor, que ha sido la fuente bibliográfica para su traducción francesa al cuidado de Michel Foucault y Gilles Deleuze, y que permitió luego de décadas que la obra inédita de Nietzsche: `La voluntad de poder´, tuviera un nuevo ordenamiento después de la edición de los manuscritos apropiados por su hermana Elizabeth Forster Nietzsche.
 
Conocemos a Colli, además, por su libro `El nacimiento de la filosofía´, un pequeño libro de editorial Tusquets que me acompaña hace treinta años cada vez que hablo de por qué la filosofía es filosofía.
 
Colli nos llega a la lengua castellana gracias al ahinco, a la generosidad, y al cuidado de Miguel Morey, que ha traducido y traduce sus obras, las prologa, y coordina con el hijo del filósofo, Enrico Colli, la edición de sus escritos en castellano.
 
En este texto nos referiremos al libro `Filosofía de la expresión´, en la traducción de Morey publicada por editorial Siruela.
 
En su prólogo el filósofo español ya nos adverte sobre ciertas dificultades del texto, tanto por su problemática como por cierta inactualidad. Al mismo tiempo presenta el texto como el principal legado de Colli, y señala que podemos decir que es uno de los filósofos más importantes del siglo XX.
 
Este libro es una obra filosófica. Colli no sólo lee a los griegos y los interpreta, no sólo nos da su lectura de Nietzsche sino que elabora su versión de qué es la filosofía, cómo se origina, y en qué se ha convertido.
 
Su trayecto parte de la era de los sabios a los que se temía por poseer un saber terrible, y llega a nuestros días en que la palabra filósofo designa para la gente común, y no sólo para los legos, a un personaje que oscila entre un papanatas y un bufón. Son sus mismas palabras.
 
Sin duda, para quien se dedica a estos menesteres que se llaman tradicionalmente filosofía, la identidad de filósofo es problemática. Nadie, y en especial los filósofos, se sienten cómodos con esta designación. No remite a una profesión. Ser un profesor de filosofía es una actividad común como la de cualquier otra actividad docente. Ser un ensayista de filosofía coloca al escritor en un género abarcador sin límites precisos ya que lo ordena en el rubro infinito de la no ficción que cubre desde obras de divulgación de las disciplinas existentes a la crítica literaria y el debate político. 
 
Por lo que decir filósofo es una alternativa casi inevitable para quien pretende manifestar un lugar en la sociedad equivalente a los graduados en ciencias sociales que se autodenominan antropólogos o sociólogos, para no hablar de los profesionales de la ciencias físico matemáticas, de la vida, o de la tierra, cuya identidad es fácil de definir.
 
Sin embargo, presentarse como filósofo induce a pensar que una total falta de pudor permite a una persona poco ubicada en el mundo de la relaciones públicas sostener que se dedica a la sabiduría y que su labor genera pensamientos profundos acerca de aquello que nadie ve y él sí por mérito propio que es la de ser sabio.
 
Eso es lo que Giorgio Colli llama ser un bufón y un papanata. Su libro es la explicación del motivo por el cual la sociedad ha llegado a tener una opinión tan pobre de la labor filosófica y las razones de este escarnio.
 
La tarea no es sencilla. Ante todo por una razón lógica. Colli tampoco es un sabio, es un filósofo, por lo tanto un papanata. No sabemos si se presentaba a sí mismo como tal, o como profesor de filosofía, filólogo, editor, o lo que fuere, pero sus lectores lo consideramos como tal, no como papanata y sí como filósofo. Y así se da la cuestión de la identidad en nuestros tiempos. Son los lectores o los discípulos quienes atribuyen las identidades una vez que el consenso cultural que distribuía de una cierta manera los oficios terrestres ha desaparecido.
 
Ya no hay más retores y sofistas, por lo que tampoco debería haber filósofos en cuanto pertenecían a la época en que estos personajes eran reconocidos por su utilidad social, ya fuera con efectos perniciosos o saludables para la comunidad.
 
La clase de los filósofos prácticamente desapareció con el mundo antiguo, y una vez concluida la era de los teólogos, en la modernidad la figura del sabio natural u hombre de ciencias, sustituye al viejo personaje.
 
Durante el siglo XIX hay un renacimiento de la filosofía gracias al idealismo alemán, destinado en especial a su función profesoral, pieza relevante del engranaje burocrático  al servicio de la formación de los funcionarios de un gran Estado nacional. Hegel es el gran profesor que intenta recuperar algo del antiquísimo rol profético de los augures presocráticos con su anuncio del fin de la historia y de la realización del saber planetario.
 
Pero fueron nubes de humo. La filosofía rara vez pudo salir del recinto académico en el que se entregó a la labor de recorrer el curso de su historia y rememorar a sus epígonos y su leyenda.
 
La olvidada madre de las ciencias ofreció toda su energía a enseñar a leer el legado de su propio pasado y almacenar en la memoria de las nuevas generaciones las lecciones de una época muerta. Lengua muerta de documentos muertos.
 
Colli nos habla de la degeneración de la herencia griega y del balbuceo moderno que no puede más que tartamudear a los clásicos. En definitiva,  más allá de estas aseveraciones,  no podemos dejar de reconocer que la filosofía después de dedicarse a contemplar el mundo ha sido llamada a transformarlo de la mano de la ciencia y de la política, y con tal compañía merodea sin domicilio fijo.
 
¿Qué nos dice Colli? Mejor dicho: ¿qué no nos dice Colli, ya que en este libro lo dice todo? Y no sólo lo hace invocando una historia, su tono no es el de `El nacimiento de la filosofía´, no describe un recorrido con el fin de elaborar el diagnóstico de una decadencia, esta vez ataca, agrede, condena, crea discordia.
 
El libro se llama filosofía de la expresión. No está bien elegida la palabra. Es tan obvio el sentido ordinario de la palabra expresión que suponemos que algo se expresa y alguien lo hace. Y en este caso nada ni nadie se expresan.
 
Colli dice que `expresión´ es la palabra que designa una hipótesis, por lo que podemos inferir, sin hacer sutilezas en exceso, que se trata o de una posibilidad o de un punto de partida no demostrado ni verificado que empleamos porque nos sirve para nuestro propósito, nos abre puertas, tiene una finalidad cognitiva y es enriquecedor.
 
La expresión como concepto se diferencia de lo que llama `representación´. Colli habla de función representante que es la que conecta las secuencias significativas con las que los seres humanos configuran la actividad de pensamiento. No hay pensamiento sin representaciones. Esto es un dato. Lo recibimos como tal. No hay representación que no implique una relación, por lo que su función se define como nexo. La red representativa es autosustenable, configura lo que Gilles Deleuze definía como plano de inmanencia y Jacques Lacan orden simbólico. Nada hay fuera de ella. Pero para Colli, esta red funciona sobre la base de un olvido, de una negación, hasta de un rechazo y de un dolor.
 
Aquello que se niega es el fondo de la vida, lo que llama con distintos nombres: contacto, obstáculo, recuerdo primitivo, expresión primaria, inmediatez.
Colli dice que la expresión es una representación desvinculada de la perspectiva de un sujeto particular. Nuestra memoria no puede restituir aquel momento originario del que parte - la arché - pero no por eso aquel instante inaugural deja de actuar. Se conoce por sus efectos.
 
La red representativa carece de sustancia. Su dinamismo multiplicador no es otra cosa que el mundo de la apariencia que se presenta ante nuestros ojos. No podemos por medio de nuestra memoria o de nuestra voluntad cognitiva ir más allá de lo aparente. Funcionamos a pérdida sustancial en la medida en que nos beneficiamos con ganancias de apariencia.  
 
La red representativa se compone de series convergentes y divergentes que parten de nudos de significación todos generados por aquel cimbronazo mudo que los origina. Los nexos se detienen para concentrarse en identidades que llamamos objetos u organismos. Es la naturaleza de lo que Colli designa como principio individuationis que coagula el movimiento incesante de la red en solidificaciones de reconocimiento de identidades y de objetos integrados.
 
El movimiento de avance y extensión del mundo de las apariencias está determinado por otro dinamismo. Aquel contacto inicial, el instante del estupor, como dice Colli, impone que los nexos representativos estén sometidos a un reflujo, un retroceso, a una necesidad de recuperación no conciente. El recuerdo primitivo aunque silenciado e ignorado nos llama como canto de sirena.
Al no poder volver al origen, la red actúa por compensaciones que se despliegan en el orden de la discursividad que multiplica sus elementos y nexos. Esta es la función de los universales a los que se llega por sucesivas pérdidas de rasgos particulares hasta lo límites del ensanchamiento.
 
Se llega a no poder trasvasar este borde de lo plausible de englobar, por lo que requiere de un nuevo elemento compensatorio, la noción de totalidad, que integra en una sola unidad lo múltiple disperso o clasificado.
 
Los nexos representativos intentan así conservar algo de lo que antes era. Dice Colli que expresar es manifestar lo que era. Pero lo que era no se puede manifestar verbalmente. Sólo podemos intuir que en aquel momento fundacional hay una ambigüedad. En el instante en que nace aquello que es lo que es, el llamado asombro que lejos está de una curiosidad inocente, sino de un temblor ante algo incomprensible pero real, hay un elemento de juego y otro de violencia. Esta doble condición del existir como tal resulta intolerable. El pensamiento racional canalizará esta fisura dolorosamente abierta con una sutura categorial que la traducirá en términos de modalidad, es decir, en lo que está determinado de acuerdo a su condición de necesidad o contingencia.
 
O algo es necesario o es contingente. La estructura del pensamiento se desarrolla por alternativas, aut aut, o esto o lo otro, que remite a la estructura de la apariencia, en el que la diseminación es puntual y las conexiones se establecen entre lugares distantes entre sí. Si no fuera así, si el elemento excluyente no actuara con su colador y su filo separador, reinaría el caos, la confusión. 
 
El espejo es el símbolo que mediante la repetición de lo que es, separa y suelta la pieza de la bisagra que ajusta esta doble pieza existencial. Es el espejo del niño Diónisos que al mirarse en la superficie brillante y pulida, ve el mundo en toda su variedad, el niño que juega con dados, trombos, pelotas. Este niño con  su juego de reflejos separa el goce del dolor. Ya no están unidos como en aquel golpe inicial que se vive como un obstáculo, una dureza, el elemento sobrante no digerible.
 
Sólo en el arte el temblor de la vida, el estupor, la ambigüedad entre juego y violencia, se mantienen sin querer disiparlos en la discursividad racional. Pero hay un fulcro. Colli emplea esta palabra para señalar que los nexos representativos se apoyan en algo sustancial, por eso esta palabra tan poco conocida en el mundo de la especulación metafísica que pertenece a las metáforas metalúrgicas como punto de apoyo en el movimiento de una palanca, la usa para nombrar la base de una fuerza generadora de energía icónica.
No se puede volver a esa presencia inicial ni se puede huir de ella. Se está a medio camino. Avanzamos mirando hacia atrás. Nos acercamos cada vez más lejos.
 
El contacto no es el instante. No es la cantidad mínima. El instante es divisible al infinito y el contacto es un punto que en el momento en que se genera se pierde. Ni siquiera puede afirmarse que el contacto metafísico al que se refiere Colli sea un punto salvo que se lo considere como un corte en un segmento, una división. Por lo que el contacto o la inmediatez es tangencial, una conjunción, es el entre de la serie de elementos. Y como `entre´, es un vacío, una nada. Vivir es nada, dice Colli.
 
Heráclito el oscuro subraya el corte de lo real que en la medida en que se muestra también se oculta. La potencia oracular conserva la distancia que ningún conocimiento puede ni debe reducir. La filosofía de Parménides, dice Colli, afirma, por el contrario,  que el corte no es todo, se produce sobre algo, es una realidad dependiente. Para que haya corte debe haber un hilo, sin la continuidad de una cadena de eslabones que configuran el ser sin intersticios, ni siquiera se podría hablar. Se dice lo que es.  
 
Colli refiere una extraña cita de Parménides: “ …son meros nombres, todas las cosas que los mortales pusieron, convencidos de que no estaban ocultas: nacer y morir, ser y no ser, cambiar de lugar y mudar el resplandeciente olor ”.
 
Es posible que el lector se detenga ante la sorpresiva presencia del elemento olfativo. La generación, la muerte, el enigma de la existencia, el problema del movimiento, son, sin duda, cuestiones metafísicas, el olor lo es menos, que sea resplandeciente combina quizás por los azares de la tradición sentidos de distinta procedencia como la vista y el olfato. El tacto, mencionado por Colli cuando cita a Aristóteles al que califica de filósofo prosaico aunque bien orientado al buscar un punto generativo que sitúa en la sensación de la que no excluye al tacto aunque privilegia la vista, le permite a nuestro filósofo preguntarse y preguntarnos si en el tacto-contacto hay sujeto y objeto originario de la sensación, si la pava está caliente o si el calor surge de la sensación de quemazón de mi mano, o si, como sostiene Colli, la sensación no depende del objeto sentido ni de la sensación provocada, sino de una multiplicidad de sensaciones previas, olvidadas, que se actualizan en un instante.
Los estudiosos podrán, quizás, mejorar la lectura de las imágenes que nos ofrece Colli al compararlas con la monadología de Leibniz que parece también evocar la producción de sensaciones por el rumor o el agregado de percepciones infinitamente pequeñas. 
 
No todo lo que es se dice, y no todo lo que no es conciente deja de saberse. Dice Colli: “ Cuando un animal en plena carrera evita un árbol, rodeándolo, o bien huye ante otro animal o lo persigue, cuando un niño tiende oportunamente la mano para asir alguna cosa, en el conocimiento de estos individuos se manifiestan ya las representaciones, expresadas por la causalidad y la unidad, antes de que el lenguaje las constituya como categorías”.
Hay un momento prelinguístico que contiene representaciones antes de que se formulen verbalmente en categorías. La filosofía, agrega, no debe perder lo que denomina la fantasía prelinguística.
 
El hecho de que haya un fondo oculto de la vida que la razón errabunda extravía, no quiere decir que el mundo de la apariencia pueda ser descartado, que sea un sobrante embaucador, no se trata de budismo ni de una versión puritana de Schopenhauer. Al menos no debería serlo. La apariencia es un regalo, un exceso del ser, un brillo sin el cual se reduciría a un cascarón sin fruto. Pero la apariencia que se adorna con el elemento primitivo de lo lúdico – recordemos que sin juego, sin el imprevisto, el azar de los encuentros, no hay vida – es objeto de sustitutos que deforman lo aparente en una ilusión portadora de la voluntad de poder.
La razón es encumbrada y pretende modificar lo real para subsumirlo a la potencia categorial, y no sólo por la tendencia casi vocacional entre los griegos a la definición, sino para ordenar lo real de un modo astuto, ladino. Falsos juegos como la poesía, falsas necesidades como la retórica, son artificios derivados de la conversión de lo que en algún momento aún conservaba el antiguo misterio de un conocimiento temible, en manipulación de imágenes que del mito segregan su bilis literaria, y de las figuras una supuesta violencia de persuasión.
 
Colli precisa su visión de la decadencia de la filosofía y distribuye las responsabilidades. No es cuestión de que la deformación casi monstruosa de la filosofía sea un asunto de vital importancia para la especie humana, no se trata de la defensa de un género sagrado  de conocimiento ni de la letanía acerca de la muerte de una disciplina. Lo que verdaderamente le importa a Colli es que en Grecia nace un saber que inquiere sobre el misterio de la existencia, lo hace con una expresión acorde a lo que se enfrenta, esta disposición de los hombres más importantes de una cultura ante el hecho de ser de lo viviente, crea una humanidad en consonancia con el sonido intraducible del universo, y que por una desviación irresponsable ya que no sólo hay un desentendimiento del acto sino una especie de algarabía del hecho deformante, la humanidad ha creado los monstruos de la razón en nombre de un poder simiesco, bufonesco, ilimitado en su voluntad de demolición.
 
Este proceso destructivo para llegar a la vanagloria de la tecnociencia actual, no se inicia como es convencional marcarlo en la filosofía cartesiana que mide el conocimiento en relación a sus resultados, sino en Platón.
 
Las invectivas que le lanza Colli a Platón hacen del filósofo de Atenas a un hombre de una genialidad sino mayor, al menos más intrigante e interesante que las hasta ahora conocidas. Por supuesto que ésta no es la intención del filósofo italiano, sino una afirmación de quien aquí escribe y que coincide con Colli pero al revés.
 
Las acusaciones que le hace convierten a Platón en un bufón y un papanata para volver a utilizar los términos de Colli, en un alucinado vergonzante que en el diálogo Fedro nos cuenta el viaje de las carrozas de fuego hasta el dorso del mundo para contemplar lo que está más allá de la cúpula celeste, que lejos de mostrar las visiones de un hombre iniciado en los misterios de la antigua Grecia, le dan paño, de acuerdo a Colli, al hombre de la Academia,  para erigirse en un gran y fatuo escritor, un émulo de los artistas que él mismo desprecia. Platón inventó la escritura filosófica, es decir el artificio por el cual aquel saber temible se convierte en una comedia de argumentos, en una gran mentira.
 
Esta es la palabra que varias veces emplea Colli en los últimos capítulos del libro: mentira. Nos dice que la escritura es siniestra, perversa, degeneradora y desnaturalizadora, y que produce al lector. Este personaje que no es un alumno, no es un discípulo, ni un aprendiz, sino una especie de topo ciego que se acelera de página en página, que se come las letras, que quiere llegar al final para recomenzar hacia otro nuevo final, que cree en el apuro y combate contra el tiempo, es un ignorante que lee. Las lecciones de Heráclito que con sus relámpagos verbales superaba a los poetas e indicaba lo oculto sin mostrarlo, la sabiduría de Parménides en nombre de Aletheia que expone el ser en cuanto manifestación, el nihilismo de gran estilo de Zenón de Elea que como discípulo genial y  desobediente introduce el no ser en el ser y disuelve la multiplicidad comprobando por el absurdo la tesis del Ser-Uno de su maestro, estas lecciones de los grandes son capturadas por espíritus enfermos de la Atenas cosmopolita que las baten en un colador para extraer un engrudo llamado filosofía cuya nomenclatura se disputan Platón e Isócrates.
 
De este modo se coloca una venda en los ojos que ven, se ciega la mirada de los epoptés, aquellos que ven, quienes ya no verán nada. Gorgias extrema el poder del demonio literario con sus artificios que sepultan cualquier presupuesto metafísico. No fue suficiente logro la eliminación de Sócrates quien para Colli aún no había roto todos los puentes con la antigua sabiduría pero que ya desviaba el camino al pretender aplicar el saber augusto para que los hombres se condujeran con razonabilidad. Puso la piedra basal de la primera confusión al creer que el saber se debe a la acción. Pero volvamos a Platón, el comediante, aquel que no puede refrenar su gusto por la máscara y la mascarada, el `homo eroticus´, así lo identifica Colli en su diatriba contra Platón.
 
¿Pero por qué no pensar que la escritura y el espíritu comediante ante el hecho del conocimiento son grandes tradiciones de la filosofía, y su humilde pero valioso aporte al arcón de piezas culturales?
 
Me permito coincidir con Colli al revés. Desde mi punto de vista, Platón no es el pedagogo que nos instruye sobre la necesidad de saber, de conocer el Bien, de tener un ideal, de ponderar al hombre de conocimiento de acuerdo a la balanza de la justica, de considerar la moral como fuente de buen gobierno, el buen Platón liberal que  brega por la verdad. Ni es Platón el malo, culpable de comunismo, de aristocratismo, de totalitarismo, sino Platón el escritor de filosofía que crea al personaje Sócrates que nos ha enseñado el vigor del combate dialéctico y la imagen de un pensamiento indisociable de la disputa, aquel que explicitó las  relaciones entre la verdad y la autoridad, quien hizo de Sócrates un padre y un sátiro, Platón el dramaturgo frustrado, el primo dialéctico de Aristófanes, el alucinado del verbo.
 
La filosofía es escritura. Colli no lo niega, pero nombra a un culpable. Acusa a Platón de haber bastardeado el Ser parmenídeo y el Devenir heraclíteo con el pseudoconcepto de la Idea, forma bastarda para abuso de ciudadanos incultos. Fue quien aplanó el genial invento de Euclides que funda la geometría cuyo objeto es la extensión en un elemento no extenso como el punto. Comete el desquicio de elevar el significante `punto´ hasta convertirlo en una causa trascendente.
 
La culpabilidad se trasmite como un miasma a Aristóteles que a pesar de intuiciones también geniales hace de la silogística una pirotecnia barroca, y de la fisura entre contingencia y necesidad – formas modales de la insoportable ambigüedad entre juego y violencia – una teoría artificiosa en que la contingencia se vuelve necesidad por el trámite forzoso entre potencia y acto. 
 
La gran mentira, que para Colli ya se expresa en los `kuroi´, las estatuas de bellos jóvenes en cuya cara de mirada congelada se dibuja esa sonrisa que anuncia la comedia de la ironía. Colli increpa, acusa, sentencia.
 
¿Pero qué hay detrás de todo esto? ¿De qué nos hemos olvidado? ¿Cuál es el gesto de espanto curativo que soslayamos en nombre de la razón errabunda? ¿De qué habla Colli?
 
Será el : ¿Qué es esto?!!!! Exclamación, admiración, pregunta que no se dirige a nadie, develamiento, alfombra o tapiz existencial sobre el que se dibuja la flor de la apariencia o la flor mística. La irrupción del ser. El umbral de la physis, el momento del brote. Locura, manía.
Colli hace de la filosofía una incursión de la que sólo habla la teología: el misterio de la creación.
 
Pero no hay Dios. Ni la sosegada pregunta de por qué algo más bien que nada. Es el espectáculo de la creación pagana que emerge por el juego de fuerzas metanaturales y de la violencia que se le impone al hombre y que hace de su condición una insuficiencia, un poder deficitario, no sólo por la muerte, sino por su inevitable ignorancia. ¿Cómo imaginarla? ¿Es la explosión musicalizada de una megaproducción de Steven Spielberg? ¿Una nueva experiencia extática a la manera de Nietzsche poseído por la visión del eterno retorno? ¿Un descenso a las profundidades pero no a los infiernos de Orfeo sino a los de Antonin Artaud que quiebran la superficie y dejan sin recursos a su teatro de la crueldad? ¿A cuál experiencia originaria nos envía, qué visión arquetípica es la que invoca Colli? ¿Será una pasión cristiana? ¿ La manifestación de lo sublime por la que la contemplación de la belleza nos inmoviliza ante una presencia aterradora? ¿El libro de Colli no es acaso la experiencia de un romántico perdido en el laberinto de Dédalo?
 
Lo ignoramos. El misterio de la creación y de la condición humana es actualizado por un filósofo moderno que invoca la palabra antigua. Es el pathos de los sabios, el juego de anillos trenzados, que hace del conocimiento un desafío, un peligro, una advertencia.
 
Colli sostiene que en Platón el miedo muta en arrogancia, en confianza en que algo llamado razón podrá mejorar la vida, hacerla más feliz, más segura de sí, más protegida, más sabia. Puede ser que tenga razón en su ataque a la moral del saber, pero ¿por qué atacar a la escritura? ¿En qué descalifica a la filosofía la condición literaria?
 
Podemos imaginar a falta de conceptos o definiciones que la literatura ya sea en forma de poesía o de relato de ficción, es una experiencia del lenguaje en el lenguaje, y que la filosofía es una experiencia del pensamiento en el pensamiento. Por eso no es ciencia, ni religión, ni poesía, ni literatura, porque la filosofía se define por una experiencia del pensamiento no determinado por su sola materialidad escritural. ¿Para qué hablar de escritura en general? Platón ha sido el creador de esta experiencia que sin escritura no podría ser trasmitida, y es difícil hablar de filosofía sin trasmisión. No es un soliloquio místico con las fuerzas de un más allá.
 
Colli agrega algo más que nos retrotrae a tiempos más recientes. Platón el comediante, el irónico, quien juega con los disfraces, fue convertido, señala con sarcasmo, por la historia de la filosofia, en un tabernáculo custodiado por sacerdotes versados. Han sido, para Colli, los profesores alemanes que han hecho de la pugna dialéctica un desfile de maniquíes y han convertido a las ideas en mariposas.
 
Y, para terminar este texto, un apunte personal. En mi primera clase de filosofía en la Universidad de Buenos Aires el 24 de abril de 1984 a las 19hs, inicié el curso con una pregunta y una afirmación: la pregunta era ¿qué es la filosofía?, en ese momento la síncopa de la frase recayó en el singular y femenino `la´, hoy acentuaría el `qué `; y la afirmación que lancé a los alumnos fue: las ideas no son `mariposas´.
 
Desconocía en aquella circunstancia la frase de Colli, la referencia a esas mismas mariposas que revolotean alrededor nuestro hasta que como obedientes discípulos del escritor ruso buscador de lolitas y lepidópteros atrapamos para fijarlas in vitro. ¿Será por malicia? ¿Por la crueldad de la que habla el maestro Colli cuando se refiere a Apolo? ¿Por un deseo de perdurar? ¿Warum?

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