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TOMÁS ABRAHAM

Historia de una Biblioteca. De Platón a Nietzsche.

Buenos Aires, Sudamericana, 2010.

por Gustavo A. Romero

   Quiero expresar, en primer lugar, mi agradecimiento al autor por su generosa invitación.

   En segundo lugar, agradezco al público su presencia en esta cálida librería.

   Y en tercer lugar (pero antes que nada) deseo confesar mi profunda admiración hacia el autor, y mi plena alegría por la aparición de este libro. Vale la pena celebrar este acontecimiento.

 

1. El libro dentro de las producciones del autor.  

   En estas últimas semanas, algunas reseñas sobre el libro declararon que, con su publicación, Tomas Abraham había regresado al ámbito de la filosofía.  Si pensamos que los últimos libros de Tomás fueron sobre economía, política y literatura, entonces podría decirse que sí, que el filósofo regresa a su ámbito o sitio territorial del saber. Pero en otro sentido, es una obligación decir que ésto no es así, que no se trata de un regreso como si antes hubiera tenido lugar un exilio o, para decirlo con otros términos de menor carga política y con menos implicaciones dolorosas, un viaje o paseo por los reinos de otras disciplinas sin contacto con el suelo filosófico. La empresa de vivir (2000), Pensamiento rápido (2001), Fricciones (2004) y El presente absoluto (2007), por citar algunos de los libros que Tomás publicó en los últimos diez años, no son textos alejados de la filosofía, Son libros de un filósofo que pone en contacto el pensamiento filosófico con su afuera, con lo otro de sí. Se trata de un ejercicio del pensar que fricciona disciplinas, desordena, altera, vuelve confusos ciertos límites que los geógrafos del poder/saber se desesperan por determinar con claridad. Es un ejercicio del pensar que habita, transita y estimula la potencia de las fricciones. ¡Qué otra cosa es la existencia sino una constante fricción!

   Podríamos decir, entonces, que Historia de una biblioteca no es un “regreso absoluto”, sino la lúcida expresión existencial de una nueva forma de ser del filósofo en relación con su hogar, la filosofía. Si en sus libros anteriores, las fricciones eran explicitas batallas contra poderes y enemigos varios, Historia de una biblioteca se propone “conversar” con la historia de la filosofía y sus protagonistas, los filósofos. La conversación tiene diferentes tonos, por supuesto, no deja de tener sus polémicas y sus grados de virulencia. Pero implica, principalmente, otros modos de ser, otras actitudes y disposiciones por parte de nuestro autor. A lo largo de esta presentación detallaré algunas de las expresiones de esta nueva manera de ser del filósofo (Tomás) con la historia de la filosofía.

   T. Abraham se propone conversar con la historia de la filosofía, es decir, con los filósofos, y fiel a la honestidad que lo acompañó siempre en todas sus obras, no nos engaña. Retomando ideas de un libro de José Emilio Burucúa, titulado Corderos y elefantes (La sacralidad y la risa en la modernidad), nos dice Tomás: “Cordero es una persona simple. Elefante es el erudito. Esta historia de la filosofía que escribimos aquí tiene alma de cordero y piel de elefante” (p. 267). Simpleza y erudición componen Historia de una biblioteca. Erudición sin alardes de soberbia para humillar al lector por su presunta ignorancia; simpleza conceptual sin recurrir a un vocabulario oscuro y confuso, críptico, para sentirse un “iluminado” poseedor de significados que sólo él pudiera comprender ante los subordinados lectores.

 

2. El proceso de composición de este libro.

   El libro es virtuoso teniendo en cuenta dos sentidos diferentes. Por un lado, el libro es virtuoso en sí mismo, no necesita recurrir a criterios externos (como apelar al currículum del autor) para sostenerse por sí mismo. La consistencia teórica, la solvencia conceptual y el poder de su palabra refuerzan la solidez del texto, en tanto resultado de un proyecto, de un trabajo de estudio y de investigación. El otro sentido de la virtud de este libro reside en su proceso de composición.

   Cuando se trata de pensar, uno nunca sabe dónde derivará el pensamiento y, con él, uno mismo. En una entrevista que le hicieron a Foucault en el año 1982, el francés afirmaba: “En la vida y en el trabajo lo más interesante es convertirse en algo que no se era al principio. Si se supiera al empezar un libro lo que se iba a decir al final, ¿cree usted que se tendría el valor para escribirlo? (…) El juego merece la pena en la medida en que no se sabe cómo va a terminar”.

    Este libro de Tomás es grandioso, y hace patente un proceso de composición innovador.

    A partir del trabajo que el “Seminario de los Jueves” emprendió sobre la obra de Gilles Deleuze (en los años 2003 y 2004, cuyo resultado del trabajo es el libro La máquina Deleuze, publicado en 2006) y sobre los siglos XVII, XVIII y XIX (2005, 2006 y 2007, respectivamente), Tomás inició esta “nueva forma” de relacionarse con la historia de la filosofía, que al comienzo de esta presentación habíamos pensado en términos de una “conversación”. Spinoza, Rousseau, Kant, Kierkegaard, fueron algunos de los filósofos a los que Tomás recurrió para (re) leerlos  (y conversar).

    Simultáneamente, se sumó el hecho de que Tomás comenzó a publicar diariamente en un blog denominado “La lectora provisoria” (espacio virtual fundado junto a Flavia de la Fuente y Quintín)Escribió aproximadamente doscientas notas en un año. No conozco exactamente qué tema en particular lo tenía preocupado (posiblemente el nacimiento de la filosofía), en esos días en que había iniciado este tipo especial de contacto con los lectores que es el blog, pero el hecho es que Tomás consultó en su biblioteca el libro de Heidegger llamado Schelling y la libertad humana. El modo en que el alemán elabora una idea del diagrama del recorrido filosófico occidental que le permite orientarse y ordenar la dispersión que comprende centenares de nombres y miles de obras, la manera en que Heidegger traza una línea conceptual para pensar los puntos salientes de la historia de la filosofía, a partir del concepto de “sistema” y sus diferentes configuraciones, provoca en Tomás admiración y se convierte en un estímulo de trabajo, es decir, una vitamina para pensar. Un encuentro maravilloso que aumentó la potencia de obrar de Tomás y la alegría que la acompaña.

   Nos dice Tomás en su libro: “Me propongo comenzar, luego de este encuentro con el autor de Ser y tiempo, una serie de recuerdos de mis lecturas filosóficas. Es una historia por supuesto incompleta. Habrá algunos nombres, serán aquellos que han resultado importantes en mi `vida filosófica´ depositada en los estantes de mi biblioteca” (p. 19).

    De este modo, Tomás comenzó a publicar episodios de lo que inicialmente dio en llamar “Breve historia de la filosofía”, primero en el blog “La lectora provisoria” e inmediatamente después en su propio blog llamado “Pan rayado”, Alrededor de 250 episodios o entregas de esta historia fueron publicadas en su blog. Cada entrega se presentaba como una carta (4500 caracteres, aproximadamente); un formato epistolar estimulaba al autor para seguir provocando nuevos encuentros con sus lectores.

   Fueron varios años de mucho trabajo para Tomás. Es difícil hablar aquí de disciplina cuando se hace lo que se ama, pero tiene que quedar claro que Tomás transpiró, y mucho, la camiseta. Trabajo y organización, coordenadas claves para llevar adelante la realización de un proyecto. Un estricto cronograma establecía el tiempo que debía ser dedicado a los autores y a los textos estudiados. Nos dice el autor: “Hace más de un mes que me acompañan los hombres del Renacimiento, y el reloj de la mente y el paso irrefrenable de los días tienen fecha de vencimiento: el 30 de mayo de 2008 d. c., en ese momento deberé dejar ese puerto. La historia de una biblioteca debe proseguir de acuerdo con la presentación de sus estantes” (p. 246).

   La “Breve historia de la filosofía” se hizo cada vez más grande. Los años de trabajo intenso y sus resultados le abrieron al autor la posibilidad de publicar en formato libro la historia de la filosofía que estaba componiendo digitalmente. Ésto implicaba pensar la transición del género epistolar, que permitía el blog, hacia la conformación de un libro, sin que se perdiera la frescura originaria.

   Esta Historia de una biblioteca es, entonces, una compilación corregida, aumentada y enriquecida de textos, cuya primera versión fue saliendo por entregas en su blog.

   T. Abraham cita a Martinez Estrada, quien supone que uno de los antecedentes del ensayo es el género epistolar (p. 277). Quizás no todos los ensayos tengan esta procedencia, pero en el caso de Historia de una biblioteca nos remitimos inicialmente a un trabajo de escritura realizada en un blog, en un género que se asemeja al epistolar, y sobre la base de este trabajo Tomás emprendió una compilación, aumentada y enriquecida de los textos, que conserva la frescura del género epistolar que le dio origen, pero que al mismo tiempo sugiere la posibilidad de considerar al libro como un ensayo filosófico.

   Por eso Historia de una biblioteca es un ensayo filosófico de raíces epistolares. Dice Tomás: “El ensayista es un rapsoda que compone con retazos de diversos orígenes- las citas y las notas de lectura- un texto que muestra a un pensamiento trabajando. El ensayo es un taller de escritura en obra. El pensamiento se elabora en su misma expresión. No presenta un resultado sino un proceso de composición” (p. 295). El ensayo es, para nuestro autor, el género que define a la filosofía que puede escribirse después de Nietzsche, “un tipo de escritura que no se modela por las ambiciones del conocimiento, sino por una rara combinación entre conocimiento, interpelación, docta ignorancia y curiosidad ilimitada, además de libertad de estilo, elección indefinida de temas y nomadismo identitario” (pp. 288-289).

 

3. El libro en sí mismo.

   Este ensayo tiene la valentía y el poder de conversar con la historia de la filosofía. Es un ensayo filosófico sobre filósofos, sobre producciones de filósofos (creadores de conceptos y compositores de sistemas de pensamientos) que han marcado la historia personal de nuestro autor, desde sus quince años.

   Dicho de manera groseramente empírica, Historia de una biblioteca es un ensayo sobre la historia de la filosofía de acuerdo con los libros de filosofía que se agrupan en la biblioteca de Tomás. Pero además de esta definición limitada, el concepto de biblioteca remite a una experiencia vital entrañable de nuestro autor: comprende experiencias de lecturas, que remiten a los libros más subrayados (como símbolo empírico del trabajo de un estudioso), a textos cuya lectura ha sido recuperada y compensada- filósofos leídos a los quince años y releídos para el trabajo de este libro, recuerdos de situaciones de lectura, maestros guías, la formación universitaria francesa a fines de los 60, los años de intenso estudio como autodidacta al regresar de su formación profesional europea, encuentros con personas a propósito de algunos libros, cambios de perspectivas con respecto a textos y autores (se modifica positivamente y, en gran medida, la visión del autor sobre la figura de Kant y sus textos críticos), sorpresas, confirmaciones, decepciones después de largas esperas (cierto “aburrimiento decepcionante” que suscitan los Ensayos de Montaigne en nuestro autor), ansiedades, obstáculos, etc. La biblioteca remite conceptualmente, entonces, a un mundo, el del autor en este caso, y constituye su cuerpo, su alma y su alimento (“sin ella el filósofo se muere de hambre”, nos dice Tomás). Al mismo tiempo es un puente hacia otros mundos. Es aquello que le permite al autor salir y friccionarse con lo otro de sí.

   Historia de una biblioteca es una historia de la filosofía, ciertamente. Todo lector que desee iniciarse en la extraña propuesta aventurera de la filosofía, encontrará en este libro de Tomás una compañía amena, generosa y profundamente hospitalaria. Encontrará, desde luego, los principales nombres y obras que sobresalen en la historia de la filosofía, los principales conceptos y temas que preocuparon a los filósofos desde Platón a Nietzsche, por ejemplo: la figura de Sócrates, la sofística y la dialéctica, la teoría del alma platónica, el estoicismo, el amor en San Agustín, las dos demostraciones de la existencia de Dios elaboradas por Anselmo, la Suma contra los gentiles de Santo Tomás, la figura del Doctor Sutil (Duns Scoto), el Renacimiento, el complejo Maquiavelo, la melancolía de Montaigne, el enorme proyecto cartesiano, la sustancia única e infinita de Spinoza, los pensamientos de Pascal, la metafísica loca de Leibniz; el poder, la felicidad y la teoría del Estado según Hobbes, el liberalismo de Locke, Hume y el nacimiento de las ficciones filosóficas, simpatía e imaginación en Adam Smith, El contrato social y la figura del caminante en Rousseau, el genio de Kant y sus tres Críticas, los sueños de la razón kantianas, el idealismo alemán, la misión hegeliana y la dialéctica del amo y del esclavo, la voluntad en Schopenhauer, la antropología filosófica de Feuerbach, los conceptos de práctica e ideología marxianos y la crítica a la idea de Estado en Hegel por parte de Marx, el Dios ha muerto de Nietzsche, etc.  

   Asimismo, como señaló J. E. Burucúa en la presentación del texto en la Feria del libro, Tomás nos sorprende con descubrimientos y significaciones nuevas, tales como: el modo en que Deleuze lee el simulacro reivindicado por los estoicos como un arma de batalla conceptual contra el dualismo platónico, la parrhesía o el hablar sin dobleces de los cínicos ante los poderosos (siguiendo senderos foucaultianos en el análisis), el papel de los esenios en el mundo antiguo; el amor, el sexo y la confesión desde los primeros cristianos hasta el siglo XI, la defensa de Descartes y su proyecto filosófico ante los embistes de las cátedras de “filosofía y sodomía nacional”, el campo vincular que establece el concepto de ficción entre pensadores de tradiciones aparentemente distintas como Hume, Kant y Nietzsche; la fusión necesaria de la Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith con su Riqueza de las naciones; las clases de Althusser y sus perspectivas sobre Hobbes y Marx, etc.

   Al mismo tiempo, sin embargo, Historia de una biblioteca no es una historia de la filosofía. La diferencia con una historia de la filosofía en el sentido tradicional (lo que usualmente llamamos “manual”) es que Tomás no estructura los ejes temáticos de su libro en función de escuelas o corrientes que engloben varios autores en una denominación general ni en función de “ramas”- según lo hacen las concepciones arbóreas de la filosofía-, ni habla desde una supuesta neutralidad teórica o finalidad objetiva en la transmisión del saber de la tradición. Su voz no pretende maquillarse con la “inocencia” de todo manual.

   Así, Historia de una biblioteca es una nueva forma de ser que el filósofo configuró para seguir con-viviendo con la filosofía, por eso es un ensayo y no una novela en sentido estricto ni un simple manual de introducción a la filosofía.

   Tomás estructura el libro en función de lo que cada filósofo “le da” a pensar. Si las ideas de los filósofos siguen siendo objeto de nuestro pensar siglos después de haber sido creadas, es porque interpelan nuestro presente. Y en toda interpelación hay lucidez, emotividad, entusiasmo y también, desde luego, algún que otro desencanto.

4. Conversar con la historia de la filosofía. Los Virgilios y las ficciones.

   Así como Heidegger en su Schelling emplea el concepto de “sistema” para recorrer la historia de la filosofía a partir de los diferentes modos en que fue concebido, Tomás también hace uso de ciertos hilos conductores. Además de conceptos “guías” u ordenadores de la multiplicidad de nombres y obras, Tomás emprende el viaje para recorrer la historia de la filosofía acompañado de maestros que quiere y admira profundamente. Dice Tomás: “Antes de desembarcar en Atenas deseo agradecer y expresar mi admiración por los grandes (…) Quisiera presentar a mis maestros, los guías que alumbran este recorrido sobre la Antigüedad filosófica y la filosofía en general: Giorgio Colli para el estudio de la sabiduría griega, Paul Veyne para interiorizarnos sobre el universo Romano, Peter Brown para el surgimiento del cristianismo monacal, a Jean Paul Sartre porque fue el protagonista de mi sueño filosófico, a Gilles Deleuze porque cambió mi imagen del pensamiento filosófico, y a Michel Foucault que me acompaña todo este trayecto” (pp. 21-23).

   Tomás recorre la historia de la filosofía desde una voluntad de conversación, que no excluye pequeñas batallas, sino que las integra en el marco de una profunda admiración y respeto hacia los filósofos estudiados. Tomás integra sus propias perspectivas, sorpresas, entusiasmos y desencantos en el marco de un acuerdo amoroso con los otros (filósofos) que potencian su pensar. Los considera creadores de sistemas de pensamientos, compositores. En ellos convive una rara y seductora combinación entre rigor conceptual y belleza compositiva.

   Hay varios conceptos que atraviesan las diferentes partes del libro. Quisiera detenerme, en esta oportunidad, en una sola línea de fuerza, que es la que, interpreto, le permite al autor situarse en su presente y desde allí iniciar el viaje. Es una de las grandes tesis del libro.

   Se trata de la ficción como figura conceptual que patentiza una fisura en la historia de la filosofía. Es un concepto bisagra. No quiero ser exagerado, pero bien podríamos decir que es la auténtica revolución copernicana en filosofía. Tomás ubica su procedencia dentro del esquema argumentativo del pensamiento de David Hume; sitúa su precisión y determinación en la “Dialéctica trascendental” kantiana, y su desarrollo y empleo definitivo en la filosofía de Nietzsche. Ficción no remite a uno de los polos de los clásicos dualismos del pensamiento Occidental. Ficción filosófica no es lo contrario de “Verdad”. Ficción no es una apariencia que remite a una esencia cognoscible y verdadera por detrás. Ficción no es un simple elemento retórico creado por aquellos que se han resignado a la pérdida de la voluntad de sistema, como algunos quieren hacernos pensar. No se trata de una resignación propia de un escepticismo incrédulo. Por el contrario, de lo que se trata es de creer. Creer es crearficciones.

   Hume nos habla de las creencias como aquellas representaciones sin las cuales no podríamos vivir. No se trata de meras ideas, sino de ideas acompañadas por potentes sentimientos, un modo particular de concebir ideas que son necesarias para la vida. No podemos conocer al yo ni al alma ni a las relaciones causales entre los fenómenos empíricos, pero necesitamos creer que existe un yo o alma (es decir, una ficción de la propia identidad) y que los fenómenos se encuentran enlazados causalmente, y que la naturaleza conlleva en sí un principio de uniformidad que nos hace esperar (creer) en el futuro la regularidad que hemos observado en el pasado. Sin creencias de este tipo, de las cuales no tenemos “conocimiento”, no podríamos establecer convivencia alguna ni prácticas sociales de ningún tipo.

   Kant es quien lleva la fisura entre conocer y pensar- “creer” en el caso de Hume- hacia su máxima expresión. En el parágrafo 22 de la Crítica de la razón pura, Kant distingue el conocimiento del pensamiento. Se pueden conocer los fenómenos, la experiencia del conocimiento comprende operaciones sintéticas que enlazan el aporte de la sensibilidad y el aporte del entendimiento para la constitución de los objetos de conocimiento. Pero hay preguntas e insistencias surgidas de la propia naturaleza de la razón que no pueden ser respondidas satisfactoriamente, es decir conocidas, sino solamente pensadas. Alma (totalidad de los fenómenos internos), mundo (totalidad de los fenómenos externos) y Dios (totalidad de todo lo que es), no pueden conocerse, sólo pensarse.

   Para conocer, necesitamos el aporte del material sensible sobre el cual las categorías del entendimiento se aplican. Pero no tenemos sensaciones (intuiciones) de Dios, ni del alma ni del mundo (como totalidades). Ahora bien, que no podamos conocerlos, no quiere decir que sean inútiles; al contrario, la razón necesita postularlos como ficciones útiles para ordenar el conocimiento del entendimiento.

   El conocimiento, es decir, la experiencia del mundo objetivo (fenoménico), es siempre condicionado. Los fenómenos se encuentran enlazados causalmente. Toda causa es causada (todo fenómeno es condición y condicionado). Para que la “Analítica trascendental” tenga sentido, es necesario postular ficciones útiles de carácter incondicionado, sueños segregados por la razón para ordenar la multiplicidad del conocimiento del entendimiento (conocimiento condicionado). Para ordenar lo condicionado se necesitan incondicionados, nos reclama Kant. Cada una de las tres ideas trascendentales (incondicionadas) es un focus imaginarius, dice kant (“Apéndice a la Dialéctica trascendental”). Las ideas son faros hacia los cuales tienden los conocimientos condicionados, faros que nunca se alcanzan, son guías, ordenadores de lo condicionado, dadores de sentidos, principios de economía del pensamiento. El pensamiento abre una línea de fuga en el sistema kantiano, allí donde parecía tan asfixiante y cerrado en el ámbito de conocimiento. Sólo una ficción nos hace creer que se puede dar una totalidad o que algo “cierre”, cuando sabemos que “nada cierra”.

   Nietzsche profundiza esta fisura kantiana. La convierte en su bandera. Rompe con todo tipo de dualismos, los disuelve, los evapora. Ya no hay apariencias que remitan a esencias.  “La realidad es un sistema de capas que se puede desfoliar infinitamente”, nos dice T. Abraham. No hay origen ni teleología. No hay Verdad ni sentido último. Dios ha muerto. Pero el nihilismo pasivo (¡nada tiene sentido y no sirve de nada crear sentidos!) es el peor huésped. Por eso hay que transitar el desierto, el sin sentido, tratando de que la propia vida no se transforme también en un desierto. Es necesario crear ficciones provisorias, útiles para la vida. Es necesario creer sabiendo que a cada creencia la podemos abandonar por otra cuando pierda su eficacia gnoseo-práctica.

   Es necesario soñar sabiendo que soñamos.

 

5. El anhelo nietzscheano.

   Para finalizar, citaré un nombre, que aparece en el subtítulo del libro como uno de los límites de esta historia. Se trata de Nietzsche. Tomás no lo menciona como “maestro guía”, quizás porque lo ubica dentro de la historia misma. Pero es innegable la presencia nietzscheana en todo el libro. Cuando hablo de presencia nietzscheana, no me refiero a meras citas encubiertas del filósofo alemán presentes en el libro. No me refiero a un contenido puntual, que los hay, por otra parte. Me refiero a un anhelo nietzscheano. Anhelo que encontramos en los maestros de Tomás, como Foucault y Deleuze, que no consiste en decir lo que tan bien ya ha dicho Nietzsche (porque, por otra parte, eso es imposible: las ideas de Nietzsche son inseparables del modo en que las dijo).

   Este anhelo consiste en una manera de interpelar a los otros, en una actitud filosófico-existencial que se expone en cuerpo y alma, con honestidad, y se enfrenta a los pastores de ideas, a aquellos que seducen con las armas que Nietzsche menciona en su Genealogía de la Moral- tratado segundo: con la mala conciencia, El anhelo nietzscheano se enfrenta a los idólatras del resentimiento y las pasiones tristes, fomentadores de la melancolía recubierta con prestigio cultural, modo de ser de la tristeza que nunca se hace trágica porque siempre triunfa; el anhelo nietzscheano se enfrenta a las ideas políticamente correctas amparadas en conceptos universales y en corporaciones del pensar que, precisamente, lo que menos hacen es pensar, y se refugian en cómodas posiciones para mantener lugares respetables en el mundo de la cultura.

   El anhelo nietzscheano se enfrenta a aquellos que piensan la historia de la filosofía desde una perspectiva policial y demarcan territorios entre filósofos a los que juzgan como ideólogos del poder y responsables de las mayores desgracias de la historia de la humanidad, y filósofos santos a los que rinden homenaje porque siempre leen en ellos lo que les gusta “escuchar”.

   Precisamente, el anhelo nietzscheano que, según entiendo, guía a este libro, se desprende de tales posiciones melancólicas, policíacas y sodomistas, y se propone establecer un diálogo amoroso (que, comprende, desde luego, sus pequeñas batallas también) con los nombres del pasado que alimentan nuestro pensar en el presente. Un diálogo sobre los problemas más importantes y complejos de la historia de la filosofía, y también sobre aquellas particularidades de carácter ordinario, cotidiano, de la vida de un filósofo, que un manual tradicional pasa por alto sin darse cuenta de la importancia que presentan. Tomás se propone un diálogo con la historia de la filosofía, un diálogo humano, demasiado humano.

 Muchas gracias, Tomás, por haber escrito este libro maravilloso. Ya comenzó a formar parte, entrañablemente, de la historia de mi biblioteca.



 

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