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Las ilustraciónes corresponden a Obras de Pilar Salas


 

 
 


  

  
 

Rorty 39

Aquella pesadilla francesa

El filósofo francés Jacques Bouveresse también es parte de este listado de comentaristas y de contradictores de la obra de Rorty y de su pensamiento en el libro organizado por Robert Brandom. Bouveresse interviene de un modo ya habitual cuando se trata de contextos históricos que se refieren al auge de la filosofía francesa de la década del setenta. Ya en los famosos “sixties” el entonces joven filósofo estaba excluído de la avanzada principal de la filosofía francesa que tenía a sus jefes de fila y emblemas de vanguardia en Althusser, Foucault, Derrida, Deleuze, más lo lacanianos y levistraussianos. Lo que se llamó “estructuralismo y postestructuralismo”.

Bouveresse a contracorriente de esta tendencia elaboraba casi en soledad sus primeros textos sobre la filosofía del lenguaje de Wittgenstein y profundizaba sus conocimientos de la filosofía anglosajona.

Este aislamiento sólo fue quebrado años después, una vez que aquella presencia se había debilitado y la filosofía analítica pasó de la isla al continente para ocupar lugares de prestigio a través de los estudios de la ética comunicacional, la lógica del lenguaje ordinario y la pragmática.

En varios de sus libros Bouveresse vuelve a aquellos años con rencor y da una imagen vengativa del ambiente de la época. ¿Justa? ¿Injusta?

Habiendo participado como estudiante del escenario del que habla, la idea que sostengo que es fui testigo de una fase particularmente brillante de la producción filosófica más allá de los tejes y manejes institucionales del que era ajeno por ser un consumidor nato en plena formación filosófica.

Es cierto que existía un dogmatismo en ciertos grupos como el que rodeaba a Louis Althusser y Jacques Lacan que duró pocos años ya que la revuelta estudiantil del 68 los dividió y alteró los centros de interés filosófico dominantes hasta aquel momento.

Para quien quiera saborear algo de aquel clima de exclusión, rigor conceptual y rigidez argumentativa, lo puede hacer no sólo en textos como los de Alain Badiou sino en discípulos aún sobrevivientes de la nombrada gesta teórica.

Pero también es cierto que la obra de Foucault, Deleuze y hasta del mismo Derrida, abrieron el abanico de temas y puntos de vista que relacionaban a la filosofía con otras esferas de la cultura como pocos lo habían hecho. Con una libertad, un uso de la imaginación teórica y una dinámica temática irrefrenables. Tanto lo era que los amigos de la filosofía analítica de Bouveresse aún hoy tildan a este modo de hacer filosofía con todos los motes degradantes que van de la acusación de delirio a la charlatanería literaria, práctica filosófica de la que tanto habla Rorty y que tanto lo ha atraído.

Por eso Bouveresse se encuentra en una situación en la que debe hablar de alguien que ha hecho el camino inverso al suyo, ya que lo que a él lo ha escandalizado y asqueado es lo que al otro lo atrae y libera, y Rorty ha encontrado en el infierno del primero el agua refrescante que el desierto analítico le negaba.

Bouveresse dice que los pensadores preferidos por Rorty debido a sus cualidades sincréticas, estilo irónico, distancia nominalista e instrumentalismo pragmático, no eran más que dictadores intelectuales. Lo cita a Musil que así consideraba a Freud y Heidegger.

No está de acuerdo con Rorty en que ciencia y literatura no se distinguen. Tampoco se interesa por la insistencia rortyana en descalificar el supuesto esquema representativo del conocimiento definido como un reflejo de la realidad y no como una actividad pensante parte de la práctica social. Considera que esta crítica no tiene más valor que voltear muñecos. Es una victoria, dice, demasiado fácil. Afirma que el realismo es un mito inherente al proyecto científico. Una alusión tácita de que algo hay allá afuera sin el cual la actividad de conocimiento no sale de la caverna humana y pierde las esperanzas de ver el sol de la verdad.

La define como una actitud ontológica natural. Podemos también llamarla sentido común. Rorty no estaría del todo en desacuerdo con esta idea intuitiva de un contacto con algo más que los circuitos de nuestra sinapsis neuronal. No le daría un valor cognitivo sino simplemente vital, darwiniano como le gusta decir, un elemento más de nuestro instrumental de supervivencia y un espejismo cuasiorgánico que nos ayuda a sortear las dificultades de la vida.

Son variados los ejemplos que nos dan los filósofos cuando sienten que no se los entiende y qué mejor que hallar un buen caso para ser taxativos. Dar un ejemplo es algo así como el eslabón que se pretende decisivo cuando una argumentación necesita reforzarse o cuando se encuentra un juguete rabioso adecuado para despertar sonámbulos. Es el fenómeno del que habla el falsacionismo popperiano, el imprevisto que permite el cambio de  paradigmas y da cuenta del carácter conjetural de la producción científica.

Por ejemplo el dinosaurio. Rorty dice que no dice que no había dinosaurios antes que la palabra dinosaurio ingresara el vocabulario corriente o científico. Pero afirma que apenas nos ponemos a hablar aunque sea un poco de los dinosaurios se pierde la referencialidad. La realidad no está dividida de acuerdo a los nombres de nuestro léxico ni tiene la discrecionalidad de nuestra sintaxis.

 

Rorty 40

Terrorismo académico

Bouveresse dice que no es difícil comprender que alguien necesite escapar del tipo de escritura analítica de la que se sentía preso Rorty. Pero recuerda que en su caso personal, frente al “terrorismo filosófico intolerable” de los años sesenta, la filosofía analítica era un ejemplo de comunidad democrática civilizada y tolerante.

Ese clima de persecución se construía gracias a un marxismo teoricista que dividía la producción intelectual en ciencia e ideología como de un lacanismo que reenviaba a los espejismos de lo imaginario todo lo que no era atesorable por los recursos del formalismo de Lacan. Pero fue justamente gracias a Foucault y Deleuze, al orden del discurso y a la lógica del sentido - que no sólo fueron títulos de sendos libros - que todos aquellos que no querían renunciar a la filosofía sin pagar el costo de la petrificación staliniana o maoísta pasada por el tamiz ventricular del discurso del Amo, pudieron darle forma a una inquietud intelectual sin censura.

Bouveresse dice haber vivido la experiencia de ver trasmutar a la retórica y el poder de la palabra en un culto de la personalidad, y presenciar su triunfo sobre la lógica, la razón y las reglas de la argumentación. ¿Culto a la personalidad? ¿Será por la escena montada por el lacanismo y el encuadre de los seminarios oraculares? Demasiado folklore aquel, pero también demasiado folklore en el que se detiene el filósofo francés que reduce una producción teórica de gran valor con la puesta en escena que tanto lo desagrada.

Pero el mundo necesita de héroes, dirá Rorty, y en ese panteón de los elegidos está el admirado Wittgenstein, efigie filosófica mayor para Bouveresse, cuya vida y temperamento en no poco han contribuído a la leyenda de un filósofo excepcional tanto por su desvarío como por su lógica.

Para reforzar su encono, agrega entre los malditos jeques de la época a Gilles Deleuze, quien, dice, y es cierto, rehuye las disputas, las discusiones, los debates y las polémicas, ya que las considera inútiles. Inudablemente, es de poco espíritu democratico no permitirse el intercambio de opiniones en un ambiente necesariamente deliberativo  como lo debe ser una agrupación unida por una concepción de la racionalidad abierta y distributiva.

Pero hay veces que la literalidad mata al espíritu. El antiedipo no sólo fue un texto polémico sino una bomba de tiempo que estalló en el aula magna en la que se eununciaba el discurso universitario del psicoanálisis y el marxismo. Por otro parte, el profesor Deleuze estaba bastante lejos de ser un mandarín que no permite el debate. Por el contrario, su condescendencia hasta parecía cómica. No le importaba que los estudiantes se durmieran, le importaba mucho más las razones por las que llegaban a despertarse. Lo que dice Deleuze es que para él la captura o el intercambio del pensamiento del otro van por senderos que no necesariamente deben transitar por la lucha por imponer un punto de vista. Claro que se puede decir que en gente de mente abierta y sana disposición, es posible reconocer virtudes ajenas y someterse a la sapiencia del colega. Pero ni en la Atenas socrática pasaba eso. Rorty puede aleccionar en este tema él también a Bouveresse porque sabe bien que el espíritu de capilla no deja de prevalecer en quienes pretenden sólo guiarse por la luz de la razón.

Deleuze le da valor a los silencios, las elipsis, los atajos, lo hace de modo especial cuando habla de una de las formas en que mejor se da el intercambio entre hombres, me refiero a la amistad. Que mejor que compartir una nada con amigos. Pero es bueno decir en voz bien alta y sin remilgos lo que uno piensa, pero se sabe que se está en combate, y no todos combaten de modo frontal.

Los mismos textos de Bouveresse y de los filósofos de los que se hace eco, tienen su propia estrategia de combate argumental, se basa en la maratón. Su logro es ganar por cansancio. Por eso Rorty dice que él no dice que la piedra no existe y que la palabra piedra es lo único que importa, sino que toda esa discusión y toda esa disquisición es inútil, anacrónica y hartante. Que toda la epistemología así concebida es un fardo de paja rancia que sólo da de comer a quien ya no tiene pastura ninguna. Y como su valle aún lo ve verde, no ve razón ninguna para continuar con semejante rumiar.

Rorty le dice a Bouveresse que se da cuenta que ambos dos conocen historias de terror sobre lo que los profesores de filosofía llevan a cabo en sus respectivos países. Está de acuerdo con Bouveresse en que el modelo científico pudo haber hecho más tolerantes a los filósofos anglosajones. El drama, dice, es que los filósofos analíticos sólo leen filosofía analítica. Por otra parte, no tiene valor alguno confrontar poesía con ciencia, ni abanderarse con las ideas de verdad y objetividad como enseña moral del conocimiento. Para él no somos más que animales inteligentes, por eso está de acuerdo con Darwin y con Nietzsche.

No tiene sentido confrontar a filósofos poéticos con filósofos científicos, agrega, como tampoco lo tiene contraponer a obreros de la construcción con bailarines de ballet, o a contadores con comediantes.

Pide dejar la escuela del resentimiento y apela a una comprensión mutua antes que a una victoria dialéctica.

Rorty 41

El gato está sobre el felpudo

Iremos ajustando gradualmente las tuercas de este mecano rortyano en su lucha por despegarse de sus colegas en la lengua y en el pensamiento. Salir del palacio en el que fue criado le ha sido una tarea muy ardua. Se parece a Edipo que huye de Corinto para salvarse de matar a sus padres y va derecho a la trampa urdida por el destino. Cada vez que Rorty o Dick se despide para siempre de sus amigos se los vuelve a encontrar a la vuelta de la esquina. Es lo que pasa cuando nos queremos despedir de la casita de los viejos dando vueltas a la manzana.

No ceja en dar respuestas a las interminables inquisiciones y en volver hasta el último día de su vida a explicarles a los filosófos analíticos, a los semantólogos y epistemólogos que él no dice que las montañas sólo aparecen en el universo cuando alguien las nombra, que un nominalista no es un demiurgo ni un mago oriental, y menos un posmoderno que rocía con éxtasis los pupitres del cuerpo docente.  Eso sí, afirma que el lenguaje medido por su correspondencia con la realidad es un problema ya teológico. Está en manos de Dios y como Dios ya no existe como fuente de sabiduría ya no hay manos que se hagan cargo de semejante cosa. Que a nadie le importa el tema, que mejor seguir adelante porque ningún congreso sobre realismo o sobre la calidad objetiva del mundo, o sobre la pregnancia ontológica del trabajo científico sobre el orden de las cosas cambiará nada.

Dice hasta cansarse que hay que cambiar de tema, de problema, que los problemas llamados del conocimiento en general se agotan en sí mismos, que gnoseología uno, dos, tres y cuatro, ya no es una materia como no lo es la transutanciación y sus efectos sobre el hermafroditismo, y que esta preocupación ha sido saturada entre Aristóteles, Kant y Searle. Ya no puede, pobre, abocarse a llenar más crucigramas con el asunto y seguir los pliegues de las posiciones de Davidson y Brandom que una vez que rechazan toda referencialidad externa al lenguaje meten una frase de contramano y hacen caer la baraja recién armadita en un pilón para volver a armar el castillito.

Volver y volver, el eterno yoyó, la casuística infinita, esa habilidad escolástica para agitarse como un trompo sin salir de la baldosa. Pobre Dick, debe estudiar  alemán y francés para respirar un aire que no sea la atmósfera inodora del campus habitado por fantasmas con gafas y zapatillas.

En el libro Truth and progress ( Philosophical papers 3), Rorty hace este esfuerzo para que no lo pesquen con falta de argumentos por cada una de las amonestaciones de sus contrincantes. En el capítulo John Searle on realism and relativism le contesta al eminente filósofo que sostiene que una visión de la objetividad y de la verdad como la de Rorty pone en peligro el prestigio y el futuro de la universidad norteamericana. Nuestro filósofo no quiere que le pase lo que le sucedió a Jacques Derrida que al ser galardonado con una distinción por la universidad de Cambridge, debió sufrir el embate de diecinueve profesores que pedían mediante una solicitada no darle semejante mención honorífica a un charlatán irredento.

Rorty plantea las cosas desde otro lugar. Afirma que las justificaciones de lo que se hace en filosofía, la pretensión de fundamentar la práctica de la filosofía con justificaciones teóricas es ridículo, que no se enuncian más que ornamentaciones retóricas que en nada modificarán ni el mundo ni la política académica.

Si uno dice “the cat is on the mat”  para repetir este famoso ejemplo de la filosofía del lenguaje, el gato está sobre el felpudo, que a nadie se le ocurra decir que esta frase no responde a ninguna realidad porque la teoría de la correspondencia falla por definición, porque si hay alguien que se atreve a hacerlo le haremos oler el felpudo o se lo pasaremos por debajo de los brazos y veremos si hay o no hay roncha.

¿Dónde está Lewis Caroll, profesor de Oxford, lógico y matemático, que pudo sobrellevar una vida detrás del espejo? ¿Dónde el profesor Dodgson con su aparato fotográfico detrás de las pequeñas Alice Liddell y Alexandra Kitchin mientras garabateaba sus fantasías lógicas que subvertían los puntos cardinales y las dimensiones del mundo real? ¿Real? Fue nuevamente la perspicacia de Gilles Deleuze que en su Lógica del sentido hizo de Caroll un protagonista de una lógica de la superficie resquebrajada por una física de las profundidades elaborada por Antonin Artaud, quien  ha ido más allá del cat y del mat sin por eso disolver las aristas de lo real en una crema de tocador.

Searle dice que no autorizar el ingreso de doctrinas extravagantes como ese nominalismo idealista de Rorty, permitirá que la academia cumpla con su deber de honestidad, dedicación y transparencia.

El gato honesto podrá domir así sobre el felpudo mientras la gata ramplona maulla sobre el tejado de zinc caliente. Subamos.

 

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