Blue Flower


 
 

 


  Las ilustraciónes corresponden a obras de pintores famosos 
(Rostros de Mujer)

 


 

 
 

  
  


 

 

 

Rorty 22

La semántica

 

La falta de empatía respecto de las fórmulas y de las ecuaciones, puede ser justificada con argumentos. Witold Gombrowicz decía que no le gustaba la poesía por la misma razón que no le gusta comer azúcar pura sino mezclada con harinas, frutas o cremas. Así se puede aducir que la lógica es prosa sin carne ni grasa, y que querer cocinar una comida sólo con cartílagos y hueso da para una sopa pero nada más.

La belleza y la verdad vienen mezcladas con otros ingredientes y quien quiera toparse con ellas frente a frente sin intermediarios le pasará lo que al filósofo de Platón fuera de su caverna que por querer verlo todo queda ciego.

La defensa no es del todo seductora ni convincente, lo mejor sería apropiarse de todos los lenguajes, y hacer como Barenboim que dirige la Filarmónica de Berlín y hace duo con Mederos, o como Sartre, para acercar un ejemplo que nos concierne, que escribe El ser y la nada y Las palabras. Pero no sigamos afinando tanto, hasta en estos casos la pericia del involucrado no se muestra con todos sus talentos en cada una de sus aplicaciones.

Pero lo sublevante comienza cuando una vez reconocida la dificultad en transitar por los lenguajes formales nos encontramos con un texto que usa las palabras de alfabeto y las despliega de acuerdo a las reglas de la sintaxis corriente sin que consigamos entender nada.

Es un desafío que no se puede eludir. Por supuesto que hay textos difíciles en el vasto mundo de la teoría. Lacan puede llegar ser inescrutable, si lo es por sus coqueterías con la topología seguimos de largo, pero si se vuelve misterioso por frases oscuras el lector de teorias que por lo general ya viene equipado con genes obsesivos arremete con prisa y sin pausa y queda exangue con el tiempo porque lo más probable es que lo que no entendió la primera vez no lo entienda nunca más. No hay progreso en todo, hay materias en las que no se avanza.

Deleuze que era un profesor amable y distribuía placebos entre sus alumnos, decía que cuando no entendemos un texto no nos esforcemos en vano, que no nos detengamos en una palabra o en un concepto, que sigamos la lectura, que tratemos de escuchar el ritmo, que lo hagamos música, que nos dejemos llevar.

Es una receta maravillosa pero para dejar de leer. La filosofía no es música, a pesar de que los filósofos también sean escritores y se destaquen por su estilo, no puede separarse la textura de la materia prima ni la forma del contenido.

Davidson, Davidson, este señor es miembro de la secta de los semánticos y la semántica es una disciplina que no es formal pero juega a serlo. Ésta es la dificultad, una cosa es un formuleo que deja afuera al lego que sigue de largo porque sabe que no descifrará jamás el enigma, del mismo modo en que un ser amusical se sienta delante de una partitura sabe que sus manos sobre el teclado del piano no harán más que ruido, y otra cosa es que se escriba con la prosa corriente y se mime a la ciencia de la lógica o al rigor demostrativo matemático para explicar la función de las comillas o los efectos significativos del d...e...l...e...t...r...e...o...

En la primera página del libro de Davidson hay un listado del vocabulario utilizado, nombraré tan solo unas pocas palabras en castellano:

lenguaje de encuadre - teoría del bloque constructivo – malapropismo - teoría mínima -  ostensión - gramática de estructura de frase - teoría citativa - teoría del deletreo - irritaciones de superficie - preguntas wh.

 ¿Cuál es el momento en que hay que dejar un autor? No es una pregunta fácil de contestar. El que se dedica a la filosofía sabe que hay frutos de excelencia que necesitan tiempo para paladearse y llenarse la boca con todos sus sabores. Pero los espejismos también existen. Hegel dijo que era mucho más difícil escribir de un modo directo, frontal y lumínico que con una lengua trabada, alusiva y a media sombra. Y no sólo por la censura.

La filosofía del lenguaje o semántica no es una ciencia, es una metaciencia, según Rorty es prima hermana de la epistemología, pero en este último rubro hay joyas que se llaman Canguilhem, Bachelard, Koyré, y otros historiadores de la ciencia.

Dice Davidson en su trabajo “ El método de la verdad en metafísica”: El lenguaje es un instrumento de comunicación debido a su dimensión semántica, a la potencialidad para la  verdad o la falsedad de sus oraciones o, mejor, de sus emisiones e inscripciones. El estudio de cuáles oraciones son verdaderas es en general tarea de las diversas ciencias; pero el estudio de las condiciones de verdad es el dominio de la semántica”.

 

Rorty 23

Los metadiscursos

 

La semántica es una disciplina que tiene las pretensiones heredadas de la filosofía cuando ésta aún era considerada madre de las ciencias. Es parte de una serie de saberes metadiscursivos desprendidos de la metafísica y adaptados a su nueva función epistemológica. En este sentido derivan de las ambiciones kantianas de la crítica a la metafísica al servicio de la elaboración de nuevos fundamentos de los procesos de conocimiento.

En la historia de la producción teórica y de los sistemas de pensamiento, aparecen este tipo de saberes paternalistas o matriarcales que se hacen cargo del campo cognitivo. A veces son apariciones originales que adoptan nuevas nomenclaturas, y otras son disciplinas ya constituídas que atraviesan una fase de inflación.

Pongamos por caso a la arquitectura y a la economía. La arquitectura es para algunos hermeneutas un campo fundacional del conocimiento que no sólo se refiere a los espacios y sus configuraciones relacionadas con el habitat, sino un suelo originario como la misma etimilogía de raíces griegas lo estipula. “Arché” es origen. La arquitectura se presenta para algunos de sus cultores como un saber que reune a las ciencias y artes y configura una taxonomía armónica en la que todos los conocimientos tienen su lugar en una nueva enciclopedia erudita. Para que esta pretensión se haga realidad, es necesaria la construcción de un lenguaje universal que traduzca las nomenclaturas parciales de los saberes convocados.

La semiología, la semántica, y algunas filosofías, ofrecen el cimiento conceptual para que esta idea clásica – propia de los filósofos de los sistemas del siglo XVII como Hobbes y Leibniz – diagrame la urdimbre que sostenga en una misma red los trabajos particulares.

El economista Ludwig von Mises realizó el mismo intento a partir de la economía política a la que intentó convertir en la nueva ciencia de la acción humana.

El giro linguístico interviene con la misma ambición. Construye gracias a las infinitas variaciones debidas a sus portadores un sínnúmero de conceptos, vocabularios y figuras de aspecto científico que deberían servir para todo y que con frecuencia no sirven para nada.

Pueden llegar a calmar la natural voracidad de la vida mental, pero no hace más que cansarla y agitarla en vano. En lugar de un cógito satisfecho y bien dispuesto para otros emprendimientos, se llega a un co-agitatio extenuado e inapto para futuras labores.

Decir como Davidson que la semántica estudia las condiciones de la verdad de las “oraciones” enunciadas por la ciencia, es pretender a la totalidad del saber en sus basamentos y hacerse dueño del más allá del conocimiento. Sin embargo, no por esta razón este procedimiento trascendental busca sus fundamentos en el cielo de Platón. La filosofía moderna quiere ser antiplatónica. No más cielo sino tierra, no más ojos sino boca, no más oído sino mano. Con la tierra, la boca y la mano, se espera llegar a una mayor animalidad epistémica que se dispone hablar desde lo “ordinario” y de la comunidad pedestre de hablantes.

Pero es un espejismo. La lectura de estos filósofos ordinarios nos sepultan en los meandros de una nueva escolastica que recorta cada hilo discursivo en numerosos filamentos y producen la apariencia de un saber consistente.

Descartes proponía la creación de una mathesis universalis con las reglas de un método claro y distinto, simple y económico, inspirado en la navaja de Ockam, que nos permitiera una lectura de las diferencias entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande plausible de ser retenido. No quería que se llegue al final de una taxonomía olvidando el principio. Lo mejor era una composición sucesiva con tal velocidad de lectura y de relaciones entre sus elementos que diera la ilusión de la simultaneidad.

Los semánticos y afines no tiene inconveniente en el alargue y la municia para producir este simulacro paracientífico.

Las condiciones de la verdad de la teoría semántica de Davidson, nos recuerda otro tipo de epsitemología como la de Georges Canguihem que describía en sus estudios de historia del conocimiento científico el desplazamiento de los conceptos entre disciplinas. Sostenía que previa a la división entre error y verdad en los enunciados científicos, se debía construir un terreno común para efectuar la partición taxativa. A este suelo común lo llamaba estar “en la verdad”. Desde ahí se bifurcaban los caminos de autoridad y verdad del conocimiento. Lo que no está “en la verdad” no es falso sino absurdo e insensato. Así lo analizó Michel Foucault con los ejemplos del descubrimiento de las leyes de la herencia de Gregor Mendel y de la higiene de manos por Ignaz Semmelweiss en el Orden del discurso. Los trabajos de los dos pioneros por no haber estado “en la verdad” de la época ni siquiera fueron considerados fallidos sino delirantes, fuera del orden del discurso.    

 

Rorty 24

Alicia Páez

 

Filósofa argentina que nunca quiso ser filósofa ya que le parecía no sólo una identidad pedante sino un anacronismo. Por lo tanto se limitó a ser profesora de filosofía y en los últimos años de su vida se dedicó a la enseñanza como adjunta de la materia Filosofía del Lenguaje en la UBA.

Sin embargo era filósofa, tenía un pensamiento propio. Un pensamiento propio no es necesariamente un sistema de conceptos original ni el resultado de teorías de autor. Es un “ethos”, una actitud respecto de la disciplina, un modo particular de trasmitir las ideas de otros, una forma de confrontar posiciones y de ejercer la libertad de pensar.

Alicia Páez era intransigente, honesta, dura como el granito y bastante desconfiada del brillo en la mayoría de sus manifestaciones. De acuerdo al platonismo vulgar se podía decir de ella lo mismo que se dice del creador de la filosofía: desconfiaba de las apariencias.

A finales de los años ochenta leyó la obra de Richard Rorty y escribió breves ensayos sobre el filósofo norteamericano. Lo hizo a su manera, de acuerdo a su proceder habitual, acotando el trabajo a una descripción lo más fiel posible del pensamiento de autor, y a lo sumo, con algunas observaciones discretas que no llegaban a ser irónicas sobre su rigurosidad.

Ella sabía que su desapego no excluía ni la curiosidad ni el interés por la obra de Rorty, pero por características que le eran inherentes, no era una presa fácil de las habilidades retóricas de los filósofos y jamás bajaba la guardia por más piruetas ni morisquetas seductoras que le hicieran.

Desafiaba la autoridad de cualquier texto, y más aún de los que parecían de inusual calidad. Rorty le parecía original a la vez que algo banal. Un filósofo que se denomina a sí mismo un liberal burgués posmoderno, complacido por la cultura que heredó y defensor del etnocentrismo, puede ser considerado atractivo por una supuesta audacia o peligroso por su liviandad.

Quizás una de las debilidades de Alicia Paéz era ese prurito característico del medio ambiente en el que se desenvolvía de creer en la peligrosidad de los discursos originales. Actuaba con los recaudos que tienen los miembros de las sectas religiosas frente a los nuevos milagreros que pretenden estar a la altura de los santos inmortales y hablar en nombre de las verdades reveladas.

Rorty es demasiado seductor. Critica al “establishment” académico y embiste contra la filosofía profesional a la que Paéz pertenecía. Como ella no era menos crítica respecto de sus colegas, menos quizás que lo que era de sí misma, tomó el anzuelo de este personaje que anunció su retiro del giro linguístico a la vez que le dijo adiós a los protagonistas de la filosofía del lenguaje y puso su lupa de investigadora en las huellas del sospechoso Rorty.

¿Qué decir de este filósofo que descree de la seriedad filosófica y hace un llamado a la cultura “genteel” de la que hace gala el intelectual “highbrow”? ¿Están capacitados los filósofos rortyanos de sostener esta postura de marices respingadas que les hace decir que están a favor de los poetas hacedores de nuevos vocabularios contra los académicos empresariales?

El aislamiento profesional puede ser un refugio para algunos, un reaseguro de seriedad científica para muchos, o un agujero sofocante para otros sólo atravesado por las mismas voces que rebotan contra las eternas paredes.

Paéz discurre por las ideas de rortyanas de su universo posfilosófico y presenta con poder de síntesis las líneas de fuerza del conductismo epistemológico que encuentra que los argumentos se justifican por las prácticas sociales y que el mejor paradigma de su comprensión son los métodos empíricos hermenéuticos de la antropología cultural y de la historia intelectual.

Dice que Rorty adscribe a la idea de Oakeshott de conversación en lugar de razón como eje de la práctica filosófica que permite una pluralidad de voces que nos dispone como también nos habilita a familiarizarnos con extraños o iniciar un diálogo con desconocidos.

Se detiene en la posición ética de Rorty para quien – siguiendo a Judith Shklar – liberal es la gente que cree que la crueldad es la peor cosa que hacemos.

Enunciadas algunos ejes del pensamiento de Rorty, Alicia Páez no deja de preguntarse si en nombre de esta universalidad conversacional no estamos frente a un nuevo provincialismo supuestamemente creativo de las ricas democracias del Atlantico Norte.

La temprana desaparición de la filósofa nos dejó sin la continuidad y sin las respuestas que prometía su investigación.

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