Blue Flower


 
 

 
 

    

    

   
      
Althusser?
 
 Deambulaba yo por París buscando a Sartre. En el Boulevard des Italiens, en el barrio de la Ópera, entré a una librería algo lujosa y me compré una reliquia, un libro de Sartre, no recuerdo el título, pero sí que  lo hojeaba adivinando su contenido francés.
 
  Maurice Duverger, el doctor Denis, profesores de mis cursos de ciencia política y economía marxista de aquel ciclo introductorio para turistas académicos jóvenes, me permitían adiestrar el  oído para mi nuevo idioma.
   
  Finalmente hice uso de un número telefónico que me había dado mi novia, la de un profesor de filosofía argentino renombrado por sus grupos de estudio en Buenos Aires: Saúl Karsz.
   
  Fui a verlo a su pequeñísimo recinto del Impasse Briare en el que vivía con su esposa Delia. Yo estaba por cumplir 20 años, el tenía casi 30. Me dió una calurosa bienvenida. Estaba escribiendo una tesis de doctorado bajo la dirección del profesor François Châtelet sobre Hegel. Me dijo Althusser, dijo la palabra Althusser, iluminó su departamento y toda la ciudad con la invocación de aquel apellido que estaba a la cabeza de la mayor revolución teórica de los tiempos modernos. Un marxista que había revolucionado la misma revolución de Carlos Marx. Tantas veces dijo la palabra “revolución” que quedé entregado, fascinado y dado vuelta.
   
  Mencioné que había comprado el último libro de Sartre – sabía que en Buenos Aires él era su lector y divulgador más conocido – ja ja me dijo, ja ja ja, “para eso volvé a Buenos Aires, si querés leer libros y novedades del viejo Jean Paul, pobre humanista en desuso, volvé de donde venís...”
   
  Más claro agua, mejor dicho verdaderamente agua bautismal porque en ese día de diciembre de 1966 cortaba la cinta de mi llegada a París, ingresaba al París de la filosofía, un guía me iba a conducir hasta la sofisticada cocina del pensamiento francés.
   
  Después aprendí que la distancia geográfica entre Argentina y Francia correspondía a un defasaje cultural que en la época se calculaba en unos siete años. Las modas se dormían en el océano y arribaban al puerto ya amortizadas en origen.  El profesor argentino radicado en París y al tanto de la nueva producción filosófica recibía a un joven que vivía en 1959, varios años tragado por el pasado, aún digiriendo las inquietudes de los años de la revista Contorno. Aquello que a comienzos de la década del sesenta ya era un intensa labor teórica de parte de lacanianos, discípulos de Lévi Strauss, linguistas formados con Jakobson y  epistemólogos bachelardianos, recién desembarcaba en tierras argentinas de la mano de Masotta y Eliseo Verón. Yo de eso no había recibido la menor señal.
   
  El libro Conciencia y estructura de Masotta da cuenta de las primera señales de lo que se denominó estructuralismo.
   
  Mientras hacía mi curso de cultura francesa y esperaba la visita de V... ( mi novia), Karsz me invitó a estudiar bajo su conducción, dos veces por semana en su casa, un texto de Hegel de acuerdo a la metodología de lectura del gran Althusser.
   
  Adentro me dije, que comience la zamba francesa que para eso vine. La verdad es que no sabía que la filosofía era eso, que las palabras tenían definición, que eran conceptos cuya función estaba dada por una problemática, y que el análisis del espacio teórico permitía la construcción de un objeto abstracto formal cuya función no era del conocimiento sino la del trazado de líneas de demarcación entre ciencia e ideología. La mierda me dije, esto es grosso, acá no se jode, no es conversa ni bla bla, esto es Teoría!
   
  Saúl que fumaba pipa, tenía barba y...sí ...tartamudeaba aunque menos que yo y de modo más suave... me sedujo con su ironía cortante y su seguridad a toda prueba. Me habló de otro argentino que me convenía conocer, un tipo que era profesor de sociología en la Sorbonne y novelista, que hacía muchos años que vivía en París, que había nacido en Hurlingham pero tenía familia francesa, Rafael Pividal.
   
  Lo fui a ver a su departamento desordenado y medio apolillado del barrio de L’Odéon. Saco Azul sucio, pantalones raídos y mal ajustados, grandote, pezuñas amarillas de animal tabacalero, un rostro aindiado y criollo de un descendiente de los Güiraldes, un tipo guapo, hablaba castellano con un ligero acento francés. Me dijo que París era una mierda, que la Sorbonne era una mierda, que la vida otra mierda, que su ex mujer Yolaine era una remierda y que su mejor amigo acababa de suicidarse porque la hija de Lacan lo abandonó por Jacques Alain Miller.
   
  Me encantó el chabón, se convirtió en una de las personas más importantes de mi vida, fue mi primer profesor de sociología, vivimos juntos en un campo de Normandía, compartí su alcoholismo y él mis drogas, se me murió hace un año, lo fui a despedir a París, lo abracé, después se fue al cielo, estaba muy enfermo.
   
  A pesar de todas las advertencias de Karsz y de mi obligada iniciación en la revolucionaria filosofía francesa, mi espíritu militante me permitió encontrarme con mi antiguo ídolo, el motivo de mi viaje: Sartre.
   
  Un encuentro solidario en apoyo del guerrillero campesino del Perú Hugo Blanco, me hizo conocer en medio de centenares de simpatizantes y militantes de “la gauche” a Sartre y Simone de Beauvoir de pié en un escenario, él de traje y ella de trajecito, él con una verba ajustada, grave, casi ronca, terminante, y ella adusta, austera, seria, con su pelo recogido y los ojos rasgados. Ahí estaban mis dos héroes de la adolescencia, mis maestros en medio de una juventud comprometida con las luchas del tercer mundo y los ideales de la revolución cubana, y a mi lado, dos cuerpos a mi derecha, un hombre muy alto con barba, campera y silencio frente al filósofo orador: Cortázar, el doble de Oliveira, el campeón de Rayuela.
 
Poco a poco me daba cuenta que no volvería a la Argentina de la dictadura militar que me daba tanto horror como el eventual retorno a la casa paterna. El miedo cambiaba de orientación, se situaba gradualmente en el pasado y nacía una ilusión dulce y matinal, fría y gris, como las prometedoras mañanas parisinas. 
 

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