Blue Flower


 
 
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París era

 
París era gris porque sus paredes estaban llenas de hollín. Llegué a fines de octubre de 1966 con aftas en la boca a un hotel del barrio IX, Métro Cadet, una zona de clase media a unas veinte cuadras de las Galerías Lafayette. El hotel sin ser una pocilga era deprimente. Un cuartito con baño en el pasillo y el típico olor combinado de naftalina y sopa de pensiones e internados. La habitación recién acomodada había despedido un cadáver el día anterior. No sé por qué recuerdo una colcha gruesa de un rojo desteñido o sucio. Ese muerto que me dejaba la cama no me perturbó porque lo que sucedía era de una densidad tal que ni se me ocurría cambiar de lugar ni tampoco alterar nada sino vivir con el miedo, el bajo miedo, el silencioso miedo del silencio, el sordo rumor de no conocer a nadie, de extrañar a mi amor, a mi novia, a mi alma gemela, de no tener con quien hablar, de no saber adonde ir.
 
Viajé con un solo libro, llegaba con mis letras de Buenos Aires, con la atmósfera intelectual y política de mi partida, como un militante fuera de lugar del MLN: el libro era El largo viaje de Jorge Semprún, de una editorial española.
 
Tenía en París una tía casada con tres hijos y una tía abuela paterna que administraba una pensión para estudiantes marroquíes judíos en Barbès Rochechuart, el distrito XI, al lado de Pigalle, el barrio de las putas. Muy buena gente, mi familia francesa, así que tan solo no estaba.
 
Decidí varias cosas. Una, darme cuenta que efectivamente sí estaba solo, es decir que por primera vez no vivía en casa de mis padres. Me llevó un tiempo, unos meses, hacer uso y abuso de tal privilegio. Después decidí inscribirme en los cursos sobre Civilización francesa para extranjeros en la Sorbonne, lo cual me decidió conocer el otro París, el subterráneo, tan importante como el de la superficie.
 
Y decidí no comer, comencé a enflaquecer. Mis dos aficiones culinarias no existían en la zona, ni el flan ni los sandwiches de miga. A mí el camembert o el vino tinto me eran tan familiares como el museo Cluny que ni sabía que existía.
Una lata de sardinas y un pote de mermelada comidos alternativamente eran parte de mi nuevo martirio gastronómico. Voilà.
 
En la calle había que preguntar algo, cualquier cosa, no sabía para donde quedaba ni mi propia nariz, y los franceses tenían una hospitalidad de doberman. A veces ni se detenían, seguían de largo cuando quería preguntar algo, más aún porque lo hacía en inglés.
 
Mi curso acelerado de francés audiovisual en la Alianza Francesa de Buenos Aires me permitía encontrarme con el señor Dupont y con madame Durand y comentarles : quel sale temps! ( qué tiempo de mierda!), pero esas frases estereotipadas de instituto no eran fáciles de implementar. El tiempo claro que era de mierda, es decir nublado, oscuro, pero por lo general hasta para hablar del tiempo hay que manejar el código del lugar. Un idioma vale por sus sobreentendidos ( creo que es una de las frases que me gustan de César Aira).
 
Compañero mío en la Alliance era el director de teatro Augusto Fernández, no lo vi más.
 
Fui al barrio latino. Allí estaban los libros, es decir la razón de mi vida, y de mi viaje. Para mi Paris eran las memorias de Simone de Beauvoir. Hay gente que aún dice “imaginario”, bueno, yo tenía una imaginario sartreano, que, valga la casualidad, escribió – el señor Sartre -  un excelente ensayo de fenomenología con ese nombre. L’ imaginaire.
 
 En la rue de Seine había una librería española a la que si no iba todos los días lo hacía día por medio. La verdad que era bello, París de Saint Germain era bella, sus feriantes y sus librerías, y sus bares con mozos de mierda, era bello, ni qué fiesta, no era una fiesta, era un consultorio, yo estaba enfermo de melancolía y miraba con la nariz pegada a la vida de los otros.
 
Qué rara que es la vida, un libro como El largo viaje en mi largo viaje, esas homonimias inconscientes que nos depara Freud, esas cosas incomprensibles que los tontos explican, porque aleccionan que es el año de la rata y el ascendiente en Piscis, o porque Semprún es un significante definitivo de un hasta semprún con el que se despedía el cadáver del cuarto del hotel que daba a la placita Montholon, en suma, cuando se llega a ciertas intensidades todo adquiere sentido, y si adquiere muchísimo sentido, demasiado para un cerebro normal, ojo, guarda, attenti: el delirio interpretativo está “a la mano” como diría Heidegger.
 
Les voy a contar algo que no me van a creer. A la vuelta del hotel había un pequeño café en donde además del café servían esas masitas de panadería, una “patissérie”. La moza que atendía era tan hermosa, tan bella, tan imponente y delicada, que para mi ya había salido el sol en París. Por supuesto que yo de varón argentino no tengo nada, con sólo mirar media hora y soñar la eternidad justificaba mi mañana. Ustedes no me van a creer quién era esa moza que luego se hizo famosa, les doy tres opciones:
 
Tita Merello
Violeta Rivas
Jacqueline Bisset.
 
    Seguimos pronto. 

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