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Notas Póliticas de octubre/noviembre de 2007

El bombón asesino

  Nuestras mujeres políticas

  Es el reino de las mujeres en la política. Poder ovárico que sustituye a la genitalidad masculina del varón argentino cuyo coraje siempre se situó en las bolas. Nuevo sendero que dividirá a nuestra idiosincrasia que aún rinde culto a la religión del culo del pastor Tinelli y a la feligresía que es devota de las publicaciones que hacen eco con sus fotos a la generosidad carnal de la hembras argentinas.

  Hoy la mujer habla por la boca, y se propone mandar y organizar la vida de todos los hombres del mundo que quieran pisar o ya pisen suelo argentino. ¿A qué mujer votar? A quién sugiere la señora Michetti que participa desde la oposición en nombrar nuevos ministros de cultura para renovar las artes porteñas. ¿Un poquito de Opus Dei, otro de tango, algo de turismo, y un par de vernissages?
 

  No digamos nada de la señora del Botox porque se enoja rápido, más que Menem que nos hacía reír con sus peluqueros, De la Rúa con su dormidera en campera de gamuza, mejor cuidarse porque nos suelta un nestorazo y nos amasa por cuatro años. Hay tantas señoras en este mundo cambiante, como la coqueta Estenssoro, que a pesar de un aire a Frida Khalo, lejos está del trotskismo mexicano y bastante más cerca de lo que ella llama “los pobres”, lo dice de un modo único. Redondea los labios hacia adelante como si estuviera por enchufarlos en un sorbete –prueben hacerlo– y digan “pobres”. ¿Qué sale? Un bombón, un bomboncito.

  Hablando de golosinas. En cualquier momento la agarran a Lilita y la ponen en una vidriera de Lion d’Or, la casa que ofrece caramelos y menudencias dulces envueltos en los más sofisticados empaques. Se parece a un bomboncito Ferrero Rocher, dorada por fuera y marroncita por dentro, para disfrutarla, con todo respeto y permiso del señor Kovadloff, el chocolatinero vip.

  No hay como la conciencia cívica. Quintín y Flavia no votan porque se quedan a comer panchos en Viena. El señor Chacón ha resuelto poner una feta de salame en el sobre electoral como un gesto pop de resistencia. Por mi parte, no me rindo, votaré por un Bombontage, para que haya una segunda degustación, aunque el lujurioso manjar no contenga un néctar primoroso y al meterle lengua me encuentre con el zumo de mi maestro Sócrates.

 


Agitación electoral

  Misiones y Mendoza

  Una periodista del diario Primera Edición de Posadas me dice que en toda la provincia hay 16 000 candidatos para los puestos que se someten a escrutinio en estas elecciones. Dicho así parece que asistiéramos a un remate. Para la intendencia de Posadas hay 194 postulantes. El régimen electoral es el de lemas, que a su vez se han dividido en sublemas y subsublemas y así al infinito. Hablo con mis anfitriones de la Universidad de Misiones y se preguntan ellos también si esto que ocurre es bueno o malo, si es un signo de participación popular u otra cosa de un carácter difícil de analizar.

  La televisión local muestra un simulacro electoral organizado por autoridades oficiales en un cuarto oscuro preparado para la ocasión, en el que se ve una gran mesa rebalsando de boletas. Concluyen que una mesa no alcanza pero dos no entran en el recinto. Se pretende calcular el tiempo que puede llevarle a un elector potencial encontrar la lista de su candidato, si es que está decidido antes de sufragar, y cuánto tiempo le tomaría en caso de tener que decidir en el momento. No llegaron a un resultado convincente. Es posible que los fiscales de mesa tengan que ir a ayudarlos a terminar la operación.

  Se nos ocurre que el sistema tiene el diseño de un derrame. Los candidatos de alto rango no tienen prestigio suficiente para que con su solo apellido convoquen a la ciudadanía. Buscan referentes en un escalón más abajo. Se presenta gente con cierta influencia en un sector, por ejemplo un comerciante, un ex comisario, un abogado, un empresario, un gremialista. El delegado recibe un suma de dinero que refuerza a su vez para sostener el sublema que le ha sido adjudicado que destina a afiches con su foto y la de su mentor, contrata camioncitos con megáfonos, organiza cenas gratis, pone un puesto en la plaza central, la 9 de Julio, y finalmente, con una parte de ese dinero, busca un comitente responsable de una nueva ramificación ajustada a un puesto menor en el sinfín de posibilidades legislativas que se ofrecen.

  Participación popular o una nueva versión del clásico punterismo, el hecho es que la agitación electoral se ve intensa y las fotos de los postulantes visten la ciudad. Se destacan entre la miríada de oferentes cuatro cabezas: la de Puerta, los del partido renovador que defienden la gestión del saliente Rovira, los ex Rovira que ahora lo odian, y el candidato que apoya el ex obispo Piña, que ha dado libertad a sus electores para que elijan entre Cristina y Lilita.

  Llama la atención algún cartelito de PRO, pero se entiende ya que Macri es amigo de Puerta y ha visitado el lugar. Mientras tanto la plaza central frente a la Casa de Gobierno, está ocupada hace tres meses por tareferos y sus familias que reclaman un subsidio de trescientos pesos por mes, el tiempo en que no hay zafra de yerba mate. Chicos descalzos corren entre las carpas rotas o cruzan las calles para pedir limosna, y de tanto en tanto, algún médico acude al lugar para auscultar a los que se enferman por las inclemencias del tiempo y la falta de alimentos. Todavía no han sido recibidos por las autoridades. Ladeando esta toldería abandonada, están los puestos de los candidatos en los que bedeles encargados se disponen a distribuir volantes, juntar firmas y promocionar a sus jefes.

  Por su lado Mendoza, ciudad electoralmente tranquila, casi dormida respecto de Misiones, presenta a los candidatos de Cobos, a los radicales de Iglesias, y a los justicialistas. Son los que pueden ganar. La gente del juez Leiva y Gustavo Gutiérrez del ARI parece no tener chances de una buena figuración. Llama la atención que para los mendocinos los radicales K sean radicales. A nadie, aparentemente, se le ocurre discutir que Cobos sea tan radical como Iglesias.

  Mis colegas mendocinos de la rama filosófica no estaban ni informados ni interesados en estas elecciones. Se manifestaban con simpatía hacia Cobos pero sin detalles y con muy pocas palabras. Divulgadores de lo que denominan filosofía latinoamericana, estaban imbuidos en el estudio de la influencia de Krause en el pensamiento político del primer radicalismo, y en los escritos de Alberdi, Martí y Miranda en las lides del crucial y definitivo siglo XIX.

  En ambas provincias, se ha notado una mejora en la actividad económica en estos años. El turismo beneficiado por el cambio se hace presente con los chilenos en Mendoza y con paraguayos y brasileños en Misiones. No dejó de sorprenderme que mis colegas de Posadas discutieran acerca de los candidatos de las próximas elecciones del Paraguay, lo que ampliaba su horizonte político y su abanico de adhesiones y rechazos.

Diálogo entre dos politólogos

  Abbot: Querido Costello, ya apagadas las llamas electorales, ¿qué te parece si analizamos el sentido que habría que darle a la expresión política del pueblo argentino?

  Costello: No es mala idea Abbot, a pesar de que las urnas están calientes y por lo visto aún no han sido guardadas, no veo mayor inconveniente en asumir los riesgos que presenta la actualidad y someternos a la dialéctica reparadora que ofrece la buena doxa.
 

  Abbot: Comenzaré entonces, y te daré del modo más preciso y breve posible mi parecer.

  Costello: Recuerda que no estamos en esta grata confitería del Pórtico de La Divina Lectora para hacer gala de una interminable lid de vana elocuencia. Sé conciso que sabré responderte.

  Abbot: Descuida, yo también detesto la incontinencia discursiva. Te resumo mi parecer. El Frente para la Victoria triunfó en las zonas en las que la población no cubre sus necesidades mínimas. Como es habitual en la historia argentina, es el Gran Buenos Aires del Sur, en las zonas pobladas por las villas miseria, en donde el peronismo oficial consigue las grandes diferencias a su favor. Es el territorio dominado por el narcotráfico, las mafias zonales, el negocio ilegal, y los punteros del viejo circuito de intendentes duhaldistas.

  Costello: Parte de lo que dices es cierto pero es una opinión de poca monta y excesiva parcialidad. El candidato Scioli también es grato para las capas medias y ha tenido sus dividendos entre profesionales y comerciantes. Tampoco puedes ignorar que en nuestro vasto territorio hay pequeñas ciudades y pueblos beneficiados por el auge del cereal que se han sumado al gobierno.

  Abbot: Es cierto lo que respondes, pero no ha sido decisivo en la contienda nacional. Profundicemos un poco, no mucho, como dice que hará Cristina respecto de Néstor. No tiene sentido sólo remitirse a un recuento descriptivo de la geografía política si no nos abocamos a pensar en sus consecuencias filosóficas. Dime tu parecer acerca del triunfo de la Coalición Cívica en los grandes centros urbanos, del fracaso del gobierno en Córdoba, Rosario, Capital Federal, la zona norte del Gran Buenos Aires, su ajustado triunfo en Santa Fe, en realidad restringido y discutible si se suman los votos de Carrió y Lavagna, y de una Mendoza que votó contra Cobos, el símbolo mayor del kirchnerismo local.

  
Costello:
 Grandes centros urbanos, dices, ¿en dónde viven los esclavos de la televisión, la carne molida de los noticiosos, de los fanáticos de los secuestros con notero mediante, los indignados de vocación, las doñas rosas y don peleles del gorilismo mezquino? ¿A eso llamas “grandes centros urbanos”? ¿A los paseadores de shopping y a los patrones de los paseadores de perros?

  Abbot: Tu sarcasmo puede parecerte efectivo. No hablo de cosmetología ni de consumismo desenfrenado, sino de educación, palabra que podrá resultarte necia, pero que si lo piensas un poco remite a una cruda realidad. Es la verdad de la propiedad, no me refiero a la del auto y de la casa, sino a un quehacer reconocido socialmente, un conocimiento útil que nos abrigue de la dádiva y la servidumbre. Me refiero a la independencia que ofrece una habilidad, la que depara sustento propio, y si esto te parece material y discriminatorio, agrego que gracias a estas posesiones y facultades, te conviertes en un ciudadano, un hombre que puede seleccionar información, variar la comunicación, criticar versiones, sopesar las autenticidades de lo que se le ofrece y elegir. La verdad de la propiedad y la del usufructo del conocimiento es también la verdad de la libertad.

  Costello: Estimado Abbot, quisiera comprender tu inquietud que seguramente no se reduce a retrotraer la historia a los tiempos aciagos de la oligarquía, la timocracia y la república del fraude, debe haber un sustento democrático a tu preocupación que no termina en una evocación del voto calificado. Pero créeme, la estupidez es el recurso que más democráticamente ha sido distribuido, el ministerio de la estupidez humana es el único que ha entendido el significado de la palabra “equidad”.

  Abbot: Querido Costello, te ríes del saber porque lo tienes. Haces populismo con galera y bastón, piensas como un patroncito. Te gusta, como buen estanciero cultural, compartir la mesa con tus peoncitos. El día que en nuestro país la educación no dependa de un ministerio y de un gremio, en que el saber sea difundido para que la fuerza de trabajo tenga valor agregado en una sociedad en expansión, el uso del sufragio te deparará sorpresas.

  Costello: Me has dado una excelente noticia, mi estimado Abbot, puedes retirarte a tus aposentos y descansar un par de siglos, hasta que asome la aurora del mundo que preanuncias. En ese momento iré a buscarte y te despertaré, mientras tanto me quedo aquí: con los hombres vivos.

  Abbot: Dalo como hecho. Antes de despedirnos, quería preguntarte: dime, ¿a ti también te ha dado pena López Murphy?

  Costello: Es increíble, sí, mucha, a mí también me ha llegado esa extraña y difusa turbación. De ser el Gorila bajasueldos educativos, el mayordomo corporativo de los monopolios, el mejor pagador de la deuda infinita y el creador del Off Shore, ahora se muestra como un pobre hombre abandonado por sus pares, incomprendido por todos, y compadecido hasta por sus enemigos. No se lo merecía.

Gorilismo

  Sobre un concepto perimido

  Interpretar la realidad política argentina, además de la elección reciente, en términos de peronismo-antiperonismo es instalar una opción que no tiene vigencia desde hace cuarenta años. El doble del tiempo que se tomaron los radicales para dirimir su personalismo o antipersonalismo después de Yrigoyen. El dilema postperonista termina con el Cordobazo y la renuncia del General Onganía que prepara el retorno de Perón. A partir de ahí, 1969, nace la guerra civil peronista ampliada –hasta ese momento había sido una guerra sindical– por la que el movimiento es objeto de la lucha entre facciones castristas, neotacuaristas, falangistas, nacionalistas, etc. Durante el Proceso es Massera quien trata de apropiárselo mediante la alianza con grupos del lorenzismo y de los montoneros. En veintitrés años de democracia el peronismo fue menemismo luego de haber intentando un cambio renovador con el manzanismo y el grossismo. Durante Menem, el peronismo se hace neoliberal y trata de iniciar lo que Jorge Castro llamó una “revolución conservadora”, moderna en la economía y tradicional en lo cultural: es decir nacionalista y macartista. Fue más bien farandulera.

  El carapintadismo y el seineldinismo se hacen peronistas, Rico es peronista, Macri fue simpatizante peronista gracias a Menem, lo mismo Daniel Scioli y su imprevisto hermano José, Patti, Reuteman, Palito, el mismo Narváez que cantaba la marchita por los pueblos de la provincia, por supuesto Lavagna, Mendiguren, Alberto Fernández y Cavallo, Cavalieri, Quindimil, Solanas, Valeria Mazza, de Vido, Sofovich, todos los caudillos del NOA. Por lo tanto no puede haber antiperonismo ni gorilismo porque hace rato que no existe el peronismo. Lo que sí existe es la simbología peronista que permite que sectores dominantes se legitimen en una historia de hace sesenta años de la que han hecho leyenda protectora para sus intereses. Y funciona, no por definición de movimiento, que por su voracidad digestiva todo lo traga y acomoda, sino por ser albergue permanente de todo tipo de saqueadores, unidad básica de oportunistas y trepadores mediáticos, coleccionistas de almanaques antiguos, doctores en Realpolitik, tangueros de la lealtad, frepasistas sushi, rentistas temerosos, hechiceros y megalómanos, además de los antiimperialistas de tablón. En síntesis y para citar a David Viñas: el peronismo es el sentido común de los argentinos.

  Aquello que provoca en nuestros días la reacción negativa en quienes son tildados de gorilas, es lo que llaman “montonerismo”, del que acusan al gobierno. Pero no lo hacen sólo los gorilas sino los peronistas, nuevamente, desde Rodríguez Saá a Romero y Duhalde. No se han dado cuenta de que los montoneros tienen panza, departamentos en Puerto Madero, campos de soja, palos de golf, clubes de fútbol y casas en Pilar. Lo que menos quieren son riesgos que pongan en peligro el capital (nacional-personal y de amigos, claro).

  El problema no es el peronismo sino la política. No importa tanto lo que digan Carrió o Macri, es perder el tiempo discutir quién de ellos lidera la oposición. Es vano contar 45 contra 55 o contra 23, ni enumerar centros urbanos y zonas de la periferia para distribuir diagnósticos. Las elecciones tienen por lo general una alta cuota no sólo de esperanza sino de malentendidos rápidamente disipados en meses. Tampoco dividen aguas los que se asustan con el demonio montonero ni los que usufructúan contablemente el angelismo juvenil de los setenta.

  Tenemos una matizada historia de adhesiones ejercida con buena o mala fe. Las tradiciones que se invocan son variadas. Sus reliquias pueden estar en la vitrina o en el alma. De Evita a Irigoyen y Juan B. Justo, de San Martín al Che, de Sarmiento a Walsh. Pelearse por monumentos es paleontología cívica. Se trata de pensar el país, una nueva política, gente honesta en el personal gubernamental, una política social y popular con transparencia presupuestaria, control de fondos públicos, auténtico ejercicio de los derechos humanos y eficientes investigaciones judiciales. Un cambio cultural en el Estado.

  Este horizonte deja de ser utópico y romántico desde el momento en que hay políticos que luchan por estas ideas y las aplican en el poder. Para una meta de este tipo no sirven los arcaísmos reaccionarios, la voluntad de demolición justiciera, la corrupción generalizada, ni tampoco las divisiones perimidas.

 Felicidades
Tres datos para pensar

  Quisiera reflexionar sobre tres datos. Uno de ellos es el que proporciona la consultora Poliarquía publicado en el diario Clarín de hoy, según el cual el 70% de los argentinos dice no tener interés alguno en la política ni tampoco en las contiendas electorales.
 

  El segundo dato escuchado esta mañana en la radio, dice que el 9% de los alumnos secundarios de la Pcia. de Buenos Aires repiten el año escolar, y que 16% desertan. El último se refiere a las villas miseria o los llamados asentamientos de emergencia. En un artículo aparecido en el diario La Nación de julio del 2006, escrito por Jesús A. Cornejo, recoge un estudio de Info-Habitat, el equipo de investigadores geográficos de la Universidad Nacional de General Sarmiento en el que se lee un cuadro comparativo de la situación habitacional bonaerense. Hace cinco años había 385 asentamientos en el Gran Buenos Aires registrados por el censo del 2001. En el momento de la nota se contabilizan 1000 villas. De 658.657 personas que vivían en las mismas se ha pasado a 1.144.500. En el conurbano se concentra el 85% de los asentamientos de toda la provincia.

  En la provincia de Buenos Aires, el gobernador Felipe Solá y el presidente Néstor Kirchner –agrega el articulista– habían anunciado el megaplan habitacional para construir en dos años 43.000 viviendas. Hasta julio del 2006 hay construidas 214 entre 19.231 proyectadas. Para completar el cuadro de situación se informa que, entre 1994 y el año 2004, se construyeron sólo 6000 viviendas en la provincia.

  En la Capital, las llamadas villas de emergencia superan los 100.000 habitantes distribuidos en más de 15 barrios.

  Algunas reflexiones. Los medios de comunicación cada día, cada noche de todo el año, presentan crímenes, secuestros, violaciones, robos cruentos, violencia desalmada, en los sectores pobres del conurbano. En localidades como Moreno, José C. Paz, o Florencio Varela, partidos de más de trescientos mil a medio millón de habitantes, vemos a vecinos pidiendo justicia, reclamándole a los poderes provinciales y nacionales acción reparadora, protestando ante la desidia y el abandono de las autoridades.

  Desde el sistema cloacal, los hospitales en ruina, al paco y los crímenes, los habitantes que viven en esas condiciones de salubridad y amedrentamiento han votado en su mayoría por la continuidad. ¿Por qué? ¿Por qué no?

  Ni Lavagna, ni Carrió, ni Pitrola, tienen la menor llegada hacia esos lugares. Son turistas escandinavos, una especie desconocida.

  Una visita de Narváez a una ciudad del Gran Buenos Aires, a Berazategui, por ejemplo, es filmada por un noticiero como si llegara Mister Marshall a la Luna, sí, porque no hay nadie, pero montan un escenario tupido. El delegado del candidato, un escribano para el caso, usa el teléfono, los mails, sus conexiones familiares y comerciales, y junta doscientas personas en un salón de fiestas. La cámara enfoca, cantan la marcha, abrazos, felicitaciones, un besito a doña Rosa, y no se enteró absolutamente nadie de la llegada de este rubicundo y adinerado señor al paisaje del lugar. Entre la producción televisiva y la realidad local dos abismos.

  Visitemos una localidad cualquiera en vísperas de nuevas elecciones. El intendente no quiere irse. Se presenta nuevamente. Sus punteros le dicen a los vecinos que si en la escuelita de la esquina no llenan las urnas a su favor, habrá más paco, menos reparaciones de la calle, iluminación nocturna cero, y la comisaría Dios me guarde. Que de ellos depende. Lo reeligen.

  El Señor del municipio sabe lo que tiene que hacer, y si por la ley de la democracia, es uno nuevo el que llega, ya sabrá lo que tiene que hacer, como lo que no tiene que hacer si quiere seguir parado sobre sus dos piernas para salir los domingos con su familia feliz. El más de un millón de habitantes en los asentamientos que rodean Buenos Aires, la capital cultural de América, más los cien mil en su corazón urbano, habitado por familias de trabajadores y trabajadoras, madres y chicos en la escuela, convive con el submundo del delito que lucra en la Babilonia cosmopolita. Autoridades policiales y políticas se asocian a esta red desde hace un par de décadas. Por eso, quizás entre otros, el señor Sabatella es un héroe. Tomémoslo como símbolo.

  Respecto del segundo dato, el tema de la adolescencia de los sectores desclasados y su situación marginalizada en la sociedad, nos permite apreciar otro hecho para medir los últimos triunfos de Filmus en la tarea educativa.

  ¿A quién se vota? Si en el 2001 el hijo de una familia empobrecida, salió a cartonear y hoy ha dejado de hacerlo y vuelve a la escuela, si la señora que hace servicio doméstico tiene trabajo, si el marido consiguió empleo en negro en un taller textil y trae un sueldo a casa, se vota para no perder eso que tiene que ver con la vida en su estrecha separación con la enfermedad, el abandono y la muerte. No se vota por amor, convicción moral, ideología política o simbología peronista. Se vota con la carne, ese estuche perecedero que portamos todos mientras vivimos, y se lo hace rápido para volver a casa.

  La miseria es fea decía un director de cine italiano denunciando la complacencia romántica ante la picaresca lumpen. Más fea es cierta riqueza. Y no tan buena es la actitud de quienes se persignan por un resultado electoral ante un supuesto escándalo moral. Hay quienes desagotan un clamor ofuscado por una Buenos Aires que vota por Macri y se pudre en su santuario, o una Argentina que al votar por Cristina Kirchner se condena cuatro años. No sólo por la visita de Coppola hay quienes viven en el apocalipsis now de nuestra sitiada
ciudad.

  Mundo triste, para unos, un frente para la victoria en otros. Nuestra idea de una felicidad atacada por la televisión y los políticos durante nuestras cenas, esa indignación que sentimos ante un mundo que no se ajusta a nuestro ideal de paz y administración, desconoce otras felicidades. No las podemos aceptar, de hacerlo, viviríamos peor. La felicidad segregada por nuestra alma bella convive con el panteón de nuestras desdichas ocasionadas por la vida de los otros. Nos despoja de nuestra culpa de peluche que nos autoriza a ser ciudadanos de verdad.

  Existen las clases sociales, y los pobres no sólo son portadores de nuestro pecado, tienen su felicidad, no es la nuestra, la de los blogistas en permanente asedio por las sombras del mal o por la euforia de una rabia victoriosa, ni es la felicidad de Cristina, Lilita, o Pino.


 
Sur, derecha y después

  Un coloquio en Neuquén

  Fui invitado por el diario Río Negro a un coloquio en la ciudad de Neuquén. En este diario escribe un gran periodista: el escocés James Neilson, un intelectual discreto e interesante. El periódico tiene prestigio en la zona. Por esas dos razones acepté. Mis colegas fueron el ingeniero Manuel Solanet, de FIEL, asesor de inversiones, compañero de ruta de López Murphy. Eduardo Conesa, doctor en economía de Pennsylvania, abogado, contador público, profesor en la UBA. Vicente Massot, director ejecutivo del diario Nueva Provincia, profesor en la UCA, en el CEMA.

  Fue esto último lo que llamó mi atención, ya que el diario de Bahía Blanca es reputado por un reaccionarismo extremo, proclive a sostener las causas más nefastas, y que no asociaba con la trayectoria del diario de la familia Rajneri, radicales respetuosos de los derechos humanos. Le pregunté a Marcelo Larraquy y al historiador Marcos Novaro, gracias a contactos casuales, qué sabían del doctor Massot y los dos me dijeron lo mismo. Que era de derecha, que era procesista, que tenía una de las formaciones más sólidas de su grupo de pertenencia, que Grondona era algo así como un adláter de menor categoría, etc.

  Aún insatisfecho, antes de viajar, le pedí a la editorial Sudamericana, uno de sus libros: Las ideas de esos hombres, del que leí una buena parte. Un texto equilibrado, bien escrito, informado, en el que pasa revista a los grandes protagonistas de la escena nacional, desde Moreno a Perón. Todos aparecen con virtudes, y en todos se mencionan defectos. Un plutarquismo amable.

  Nos conocimos en el aeroparque y mi asiento estaba al lado del de Solanet, un hombre afable, que me trasmitió sus deseos de quitar todos los subsidios, liberar precios, bajar el gasto fiscal. No le gusta este gobierno, no pondera sus logros, dice que la situación internacional favorable está siendo desperdiciada, y que graves problemas energéticos se avecinan.

  Es más o menos lo que desarrolló en el coloquio aquella tarde. Agregó que Cristina parte de una situación mucho más complicada que su marido en el 2003, que , en los últimos meses, el dinero que se destina a subsidios para el transporte, el gas, la electricidad y los alimentos ya supera la masa de salarios devengados por el Estado. El número de empleados públicos se ha incrementado sin justificación alguna en un 7% anual. Sostuvo que el nuevo gobierno tendrá serios problemas con los gremios ya que los salarios públicos y las jubilaciones aún siguen atrasados respecto del costo de la vida. Según su parecer la inflación que no puede ocultarse se debe a la emisión de bonos que pretenden sostener un peso barato que protege una industria ineficiente y un consumo artificial, con el riesgo de crear, además, un importante déficit cuasifiscal.

  Respecto de algunos datos de la energía, informó que el gas se paga en nuestro país a razón de 40cts el BTU y que la misma medida se la compramos a Bolivia a 6 dólares. Respecto de la inversión, es escéptico respecto de la calidad de la misma, que se destina fundamentalmente a la construcción de residencias de alto poder adquisitivo y a accesorios y miniproductos digitales y comunicacionales como los celulares, y poco para la industria. Recordó que los mercados de crédito están cerrados y que nuestro país aún está en default por el hecho de que un 25% de los acreedores están fuera del arreglo convenido.

  Le tiene suma desconfianza al mentado pacto estilo Moncloa, ya fue establecido entre partidos mientras el nuestro si se hace, será corporativo. Finalmente advirtió que el superávit con este nivel de gastos se está acabando y que de no mediar una reforma administrativa y un profundo giro doctrinario, se vienen tiempos aciagos.

  Conesa habló del petróleo, después de acusar a este gobierno de montonerismo y estar de acuerdo con no sé cuál posición del doctor Massot, dijo que el precio del crudo es especulativo y está determinado por un monopolio entre Arabia Saudita y grupos texanos cercanos a Bush. Que su costo de extracción es de menos de 30 dólares y que su precio orilla los 100. Si en nuestro país se liberaran esos precios las naftas estarían a 6 pesos el litro. Está a favor de que el petróleo sea propiedad del Estado, quien debe administrar su uso y venta. Denuncia a este gobierno de un negociado con el petróleo en connivencia con grupos nacionales que lo comprarán a un precio casi vil a Repsol, tomando en cuenta su precio de venta en el país, y luego lo revenderán de acuerdo a un valor calculado de acuerdo al precio internacional. Esta sideral diferencia ocurrirá desde el momento en que debamos importar nuevamente petróleo a precios que triplican los que hoy se pagan, hecho casi ineludible ya que nada se explora desde hace años.

  Habló de un proyecto de ley para reformar el Estado, instalar una meritocracia y una cultura del esfuerzo.

  Massot y yo pertenecíamos a la parte cultural, adosada a la económica. Massot comenzó hablando de la identidad, de la gran Argentina que supimos perder, hasta que alguien del público se paró y lo denunció de cómplice de la dictadura militar, de haber silenciado el hecho de que dos periodistas de su diario habían sido secuestrados y desaparecidos, luego este señor se retiró de la sala. El coordinador de la mesa recordó que estábamos en un ámbito de debates de ideas.

  El doctor Massot es un buen conocedor de historia argentina, pero sus ideas son de un calibre tal que, efectivamente, uno se pregunta qué hace departiendo amigablemente con un señor que cree que las torturas, las matanzas de gente sin juicio previo, los desaparecidos y los hechos aberrantes calificados por los tribunales internacionales como crímenes contra la humanidad, son hechos destacables de fuerzas militares que entendieron que la única manera de quebrar las organizaciones llamadas subversivas exigía una guerra sucia y clandestina, de conducción descentralizada, que, como toda guerra de este tipo, tiene sus excesos. Por lo que se lamenta que la victoria militar, tan elogiable desde su punto de vista, se haya convertido en derrota política (Matar y morir- La violencia política en la Argentina (1806-1980), Págs. 238-9).

  Cuando me tocó a mí, dije que en la Argentina hay pobres, que la miseria en la que viven millones de personas es otro dato de la realidad, que si se llegan a quitar los subsidios la gente reventará, que para imponer una liberación de precios y un ajuste letal en los salarios hay que imaginar la imposición de una fuerza política que a Dios gracias no existe, que no creía que en un ambiente así viniera inversor alguno, que nuestras instituciones no funcionan porque las dos con raigambre hace años han sido el ejército y los sindicatos, de los cuales nuevamente a Dios gracias sólo está vigente el segundo, que no estaba de acuerdo en que la situación de hoy es seria y que en el 2003 era promisoria ya que no había gobierno y el ejecutivo un asiento vacío con millones de desocupados, subocupados, violencia y muertos en la calle, que no se trata de políticas de Estado sino de nueva gente en el Estado, honesta, eficiente, inquieta y valiente, que esos nuevos políticos existen por lo que se ve en Morón, Quilmes, Tierra del Fuego, Rosario y Santa Fe, y que necesitan nuestra colaboración para poder imaginar un futuro mejor.

Gorilismo

  Sobre un concepto perimido

  Interpretar la realidad política argentina, además de la elección reciente, en términos de peronismo-antiperonismo es instalar una opción que no tiene vigencia desde hace cuarenta años. El doble del tiempo que se tomaron los radicales para dirimir su personalismo o antipersonalismo después de Yrigoyen. El dilema postperonista termina con el Cordobazo y la renuncia del General Onganía que prepara el retorno de Perón. A partir de ahí, 1969, nace la guerra civil peronista ampliada –hasta ese momento había sido una guerra sindical– por la que el movimiento es objeto de la lucha entre facciones castristas, neotacuaristas, falangistas, nacionalistas, etc. Durante el Proceso es Massera quien trata de apropiárselo mediante la alianza con grupos del lorenzismo y de los montoneros. En veintitrés años de democracia el peronismo fue menemismo luego de haber intentando un cambio renovador con el manzanismo y el grossismo. Durante Menem, el peronismo se hace neoliberal y trata de iniciar lo que Jorge Castro llamó una “revolución conservadora”, moderna en la economía y tradicional en lo cultural: es decir nacionalista y macartista. Fue más bien farandulera.

  El carapintadismo y el seineldinismo se hacen peronistas, Rico es peronista, Macri fue simpatizante peronista gracias a Menem, lo mismo Daniel Scioli y su imprevisto hermano José, Patti, Reuteman, Palito, el mismo Narváez que cantaba la marchita por los pueblos de la provincia, por supuesto Lavagna, Mendiguren, Alberto Fernández y Cavallo, Cavalieri, Quindimil, Solanas, Valeria Mazza, de Vido, Sofovich, todos los caudillos del NOA. Por lo tanto no puede haber antiperonismo ni gorilismo porque hace rato que no existe el peronismo. Lo que sí existe es la simbología peronista que permite que sectores dominantes se legitimen en una historia de hace sesenta años de la que han hecho leyenda protectora para sus intereses. Y funciona, no por definición de movimiento, que por su voracidad digestiva todo lo traga y acomoda, sino por ser albergue permanente de todo tipo de saqueadores, unidad básica de oportunistas y trepadores mediáticos, coleccionistas de almanaques antiguos, doctores en Realpolitik, tangueros de la lealtad, frepasistas sushi, rentistas temerosos, hechiceros y megalómanos, además de los antiimperialistas de tablón. En síntesis y para citar a David Viñas: el peronismo es el sentido común de los argentinos.

  Aquello que provoca en nuestros días la reacción negativa en quienes son tildados de gorilas, es lo que llaman “montonerismo”, del que acusan al gobierno. Pero no lo hacen sólo los gorilas sino los peronistas, nuevamente, desde Rodríguez Saá a Romero y Duhalde. No se han dado cuenta de que los montoneros tienen panza, departamentos en Puerto Madero, campos de soja, palos de golf, clubes de fútbol y casas en Pilar. Lo que menos quieren son riesgos que pongan en peligro el capital (nacional-personal y de amigos, claro).

  El problema no es el peronismo sino la política. No importa tanto lo que digan Carrió o Macri, es perder el tiempo discutir quién de ellos lidera la oposición. Es vano contar 45 contra 55 o contra 23, ni enumerar centros urbanos y zonas de la periferia para distribuir diagnósticos. Las elecciones tienen por lo general una alta cuota no sólo de esperanza sino de malentendidos rápidamente disipados en meses. Tampoco dividen aguas los que se asustan con el demonio montonero ni los que usufructúan contablemente el angelismo juvenil de los setenta.

  Tenemos una matizada historia de adhesiones ejercida con buena o mala fe. Las tradiciones que se invocan son variadas. Sus reliquias pueden estar en la vitrina o en el alma. De Evita a Irigoyen y Juan B. Justo, de San Martín al Che, de Sarmiento a Walsh. Pelearse por monumentos es paleontología cívica. Se trata de pensar el país, una nueva política, gente honesta en el personal gubernamental, una política social y popular con transparencia presupuestaria, control de fondos públicos, auténtico ejercicio de los derechos humanos y eficientes investigaciones judiciales. Un cambio cultural en el Estado.

  Este horizonte deja de ser utópico y romántico desde el momento en que hay políticos que luchan por estas ideas y las aplican en el poder. Para una meta de este tipo no sirven los arcaísmos reaccionarios, la voluntad de demolición justiciera, la corrupción generalizada, ni tampoco las divisiones perimidas.

El mate, enemigo del pensamiento

  Filosofía latinoamericana en Mendoza

  Un grupo de investigadores y profesores de filosofía me invitó a dar una disertación con motivo de mi visita para la Feria del Libro en Mendoza, por iniciativa de la secretaría de Cultura. Creo que debieron oblar una parte de la alícuota de mi sustento: una de las noches del Hotel más un almuerzo.

  Habíamos quedado en que haríamos para la ocasión vespertina una conversación informal. La bella profesora que me esperó en el aeropuerto amablemente me deslizó que poco y nada conocía de mi labor, que había visitado la noche anterior mi página digital, pero que la supervisora en ejercicio que dirigía el departamento subsidiario del Conicet sí sabía de mí.

  No pregunté más. Es frecuente que me tomen por otra persona que, a pesar de no dejar de ser yo mismo, no es realmente mi yo el apuntado. Escribo mucho, de temas variados, en años sobre un mismo ítem puedo llegar a expresar posiciones disímiles, y es posible que inviten al articulista que firma con mi nombre, o al entrevistado televisivo que tiene mi cara, y que cuando lo tengan en vivo y en directo, sufran un fuerte impacto al escuchar opiniones aparentemente contrarias a las esperadas.

  Por eso no pregunto por qué me invitan, me considero agasajado aunque sé que no habrá una segunda invitación. Hasta ahora esta regla se ha cumplido casi siempre. No hay retorno, y sí malentendidos.

  Les cuesta entender el funcionamiento de un pensamiento estratégico, para decirlo con cierta pedantería.

  A veces el equívoco funciona bien. Hace unos años, la juventud socialista que realizaba un congreso nacional en San Luis me invitó a dar una charla. Jamás había visto en mi vida a un joven socialista, creía que se comenzaba a ser socialista democrático después de los cuarenta. Ellos sí me adelantaron que habían leído un artículo periodístico en el que había sostenido la gratuidad de la enseñanza y el ingreso irrestricto a la universidad. Confieso que fui deshonesto, no les dije nada de otras notas en que les mandaba a pagar una cuota a los estudiantes y proponía cupos.

  Al llegar me presentaron a dirigentes del socialismo, entre ellos Hermes Binner. Tuvimos un almuerzo, en el que un grupo destacado de jóvenes líderes pidieron parrilladas completas mientras nosotros, Binner, yo, algún otro veterano, merluza a la plancha con ensalada verde. Una vergüenza, recuerdo que me reía de nuestros platos.

  Sé que durante la comida manifesté algo de mi escepticismo respecto del democratismo y de las críticas al gobierno que escuchaba en la mesa. Pero por algún motivo, Hermes dijo que quería escuchar mi disertación de la noche. Se hacía en un campamento alejado de la ciudad, en el que los muchachos socialistas pasaban un fin de semana con sus fogones, guitarreadas, y talleres de derechos humanos.

  Eran unos cientos que se agolparon bajo un techo para escucharme. Y, a capella, durante dos horas y media, les mandé una filípica sobre los deberes del joven militante, de todo lo que tenían que estudiar, de la complejidad del mundo, de la vacuidad de hablar todo el tiempo de derechos como si ellos no tuvieran nada que poner, del lujo hipócrita que implica tener una universidad gratuita con profesores ad honorem, de los deberes del buen profesional, en suma, un fiasco juvenil, que agradó a Hermes e inició nuestra amistad.

  Esta vez, en Mendoza, fue distinto. Fuimos a almorzar, nuevamente un par de bellas y jóvenes profesoras –lo subrayo ya que en el gremio no es lo más habitual–, un simpático profesor y la directora. Todo amable, dicharachero, con buen vino mendocino pero medido para evitar siestas prolongadas, y quedamos en que me pasaban a buscar a la tarde para llevarme al matadero.

  Es una broma, era un confortable recinto en donde no había casi nadie, con una larga mesa que poco a poco y a duras penas se fue llenando mientras traían el mate. A mí el mate me mata, me deprime, es la bebida menos filosófica que existe, llenarse la panza con agua caliente, sí ya sé, he dado clases en el Uruguay, todo el mundo chupando, con ruidos a sorbos corales, dan ganas de meterles cicuta en la yerba para que sepan lo que es el pensamiento socrático.

  En fin, no me preguntaban nada, comencé solo, sin conversación. Yo siempre arranco en cuarta, es el pánico contraefectuado –al decir del maestro Deleuze– cuando comienzan a bombillear yo ya di tres vueltas al circuito. Hablé de la combinación de estudios filosóficos, observación de costumbres, análisis político, de qué es interpelar el presente, de la antropología de la vida cotidiana, del género del ensayo y de los efectos de la escritura de Kierkegaard y Nietzsche para la filosofía contemporánea.

  Nadie dijo nada, me miraban y mateaban, creo que había bizcochos, otro veneno farináceo. Finalmente, luego de un buen rato, la supervisora me preguntó qué opinaba de la filosofía latinoamericana que ellos desarrollaban según las enseñanzas de su mentor el doctor Arturo Roig, le contesté que no podía opinar sobre algo que no existía. Insistieron recalcando la importancia de Alberdi, Martí, del filósofo Krausse en el pensamiento del continente, les dije que ellos no podían salir del siglo XIX y que a mí me gustaba el XXI.

  Se detuvo el mundo hasta que alguien quiso contemporizar y me preguntó mi opinión sobre la filosofía para niños, otra especialidad del grupo de investigadores, respondí que era una perversión, que los griegos con sus travesuras pedófilas me parecían más honestos.

  En síntesis, ahí en el campus distante de cualquier vecindario tuve alguna dificultad en ser llevado al hotel, cené solo, en un tenedor libre repleto de la calle San Martín, se llama Tío Pepe, en el que matrimonios aburridos, chicos correteando entre las mesas, Campanellis panzones y, aunque usted no lo crea, un admirable cantor de boleros circulando entre las mesas, asistido por comensales felices con su karaoke, amenizaron mi botella de tinto.

  Posdata: al día siguiente, luego de mi charla en la Feria del Libro, dos muchachos que se habían infiltrado en el encuentro filosófico de la jornada anterior, un estudiante de secundaria de 18 y otro estudiante de enología de 19 años, pasaron por el hotel para invitarme a cenar y a tomar una copas.

Solanas y la ideología argentina

  Anatomía de una falacia

  La película de Pino Solanas La Argentina latente pretende mostrar una epopeya patriótica que grupos cipayos han traicionado frustrando una voluntad emancipadora. Y es cierto lo que muestra. La identificación que hace entre la idea de nación y la de Estado no sólo nos da un Estado nacional sino la misma idea de patria forjada por los pioneros de nuestra historia.
 

  La película presenta la gesta de los obreros y gerentes del astillero Río Santiago, que resistieron con uñas y dientes el proceso de privatización, y mediante una red solidaria pudieron protegerla de intereses espurios hasta hacerla funcionar con éxito. Su personal recuerda a sus víctimas en los años del terrorismo de estado.

  También recorre la historia del Centro Nacional de Energía Atómica, de su desmantelamiento –sin decir que su auge estuvo enmarcado por iniciativa de la dictadura militar y que su paralización se inició con Alfonsín y terminó con Menem–, muestra los centros científicos de Bariloche, el instituto Balseiro, en donde los investigadores narran la gesta heroica que debieron llevar para seguir adelante con su obra pese a un Estado ausente.

  A pesar de todo lo ocurrido, el testimonio de sus protagonistas nos infunde legítimas esperanzas Hay un “aún se puede” gracias a la calidad de la gente que tiene el país, y a las riquezas naturales inexploradas agregadas a las entregadas a los intereses de las corporaciones internacionales.

  Se rememora a Savio, Mosconi, Perón, a todos los que crearon las megaempresas de la infraestructura argentina, a los inventos nacionales en materia automotriz, en la aviación, todos proyectos parados y sus fábricas vaciadas por una actitud filistea e indiferente a nuestros intereses como nación.

  Todo eso es cierto, y falso. Michel Foucault en su curso sobre biopolítica, dice que es un malentendido creer que durante el Tercer Reich, Alemania construye un Estado Gigante que aplasta a la sociedad. Por el contrario, sostiene que con Hitler se destruye el Estado bismarckiano que durante cincuenta años pivoteó la unidad alemana y sentó las bases de un Estado Benefactor con la promulgación de las leyes laborales y sociales. Lo destruye sometiendo sus engranajes institucionales al Partido Nazi. Es la nueva realidad del Partido Único en una sociedad capitalista la que provoca el derrumbe de un Estado que disimula su futuro desmoronamiento con el despropósito de su injerencia en la vida civil y la exhibición de su poder militar.

  Cuando un Estado es inundado por un partido o movimiento político pierde su capacidad de gestión, sus exigencias internas, su fuerza política, su autonomía relativa, y se convierte en satélite de los vaivenes coyunturales a la vez que propiedad corporativa del personal gubernamental de turno.

  Tiene razón Solanas al recordar el espíritu suicidario y la corrupción de quienes entregaron las llaves de proyectos buenos para el país, pero el hecho no se debió a la traición de mentes desalmadas ni a los artilugios de gringos codiciosos que se quedaron con todo.

  La historia económica de la humanidad, y no sólo del capitalismo, nos muestra la lucha no sólo de clases sino de unidades étnicas, dinásticas y nacionales por la apropiación de riquezas y de la plusvalía. No es una historia de buenos y malos, sino de conflictos con suerte variada. No siempre los que están se quedan, ni los débiles hoy dejan de fortalecerse mañana. Esta lucha es tensa y no fatal. No toda apertura de las fronteras a inversiones extranjeras corrompe a la clase dirigente ni la protección de lo nuestro deja de favorecer el latrocinio local.

  Peronismo, radicalismo y Fuerzas Armadas usaron el Estado como botín político. Lo destruyeron. Lo hicieron galpón nepotista, caja privada, hasta organización criminal. Tulio Halperín Donghi habla de la eficiencia temible de la política fiscal del Estado hasta finales de los años treinta. Fiscalización que nosotros desconocemos, de la que ni tenemos memoria. Es parte de nuestro paisaje familiar la falta de control en la gestión no sólo respecto de las corporaciones empresarias, sino de los gremios y del propio aparato de Estado. Hoy en día hemos presenciado el encubrimiento caricatural del dispositivo estatal con la mujer de De Vido en los controles, o el inesperado anuncio de la nueva función del hermano de Scioli en una secretaría considerada vital en la Provincia de Buenos Aires. Estas son muestras del modo en que se rige y controla el dinero público en la Argentina.

  Es cierto que sectores clave del país pueden estar en manos del Estado como aquellos que se consideran estratégicamente importantes. También pueden estar en manos privadas, o en concesiones de entidades mixtas, siempre que funcionen las instituciones republicanas y los organismos del Estado.

  La separación de funciones, la descentralización, y el mutuo control entre los poderes del Estado, impiden que grupos y alianzas compactas sean más fuertes en un país cada vez más débil y pasivo. Salvo que se llegue al postulado de que las instituciones republicanas no sirven para países con economía dependiente y ubicación periférica. Puede ser que sea así, digámoslo entonces, y como en la época en que se declaraba nuestra Independencia en Tucumán, emulemos a los que buscaban a un Monarca que nos gobierne, un Papá con ubres de las que chuparemos todos, que se parecerá, lo más probable, a un monigote engreído semejante al Rey Ubú.

  Luego está el melodrama de Solanas, su falso romanticismo, que es el de creer que el sentido de la vida depende de si trabajamos para una empresa pública que él define como una propiedad en manos del pueblo, y el sinsentido mercantilizado de la existencia que atribuye al hecho de trabajar para una empresa privada.

  El fenómeno del despotismo burocrático de los países totalitarios es uno de los más importantes del siglo XX. Medio planeta con su fuerza de trabajo sometida a un sistema político en manos del partido del proletariado y un dispositivo educativo que infunde una cultura de la igualdad y la justicia, han mostrado su otra cara.

  El ideal político dominante de esos gobiernos populares pregonaba que todo el mundo será considerado igual, menos los jerarcas del Partido o del Movimiento, una cofradía universal que deberá tener la boca bien cerrada y espíritu sedentario ya que por disposición y represión estatal jamás saldrá de su territorio. Un pueblo unido en la censura a la vez que decorado por una cultura sonriente de escritores, científicos, artistas, cineastas, privilegiados y homenajeados, la coral lírica del sistema, que silencia a los otros, a los disidentes, fusilados o encarcelados.

  La gesta de las fábricas recuperadas mostradas por Solanas es un signo de lucha y de no resignación ante el abandono del Estado y el despojo de fuerzas poderosas. Pero usar este fenómeno para hacerlo modelo de sociedad es tan falso como el que predican los ingentes folletines corporativos que nos muestran a los empleados de megaempresas disfrutando de sus bonus a la excelencia en playas del Caribe.

  La sociedad es más vasta que el Estado, está compuesta por empresarios y emprendedores, cuentapropistas y empleados, profesionales y amas de casa. Un pueblo no es igual a Estado ni igual a Nación, sino a una sociedad civil heterogénea que no es una hermandad por obra y voluntad de un decreto moral establecido por algún puritano desocupado. No hay gran diferencia entre la prédica del contrato moral de Elisa Carrió y el pueblo misionero adoctrinado por el Estado del que habla Solanas.

  Estado sí, con responsabilidades indelegables, eficaz y confiable, para que no dominen los dos recursos del poder contra los que se inventó la democracia: las armas y el dinero.

El rey está desnudo

  Puede llegar a sorprender esta numeración. La última vez que leí los diarios para La Lectora fue el 22 de mayo de este año y llevaba el número 5. Volví a leerlos este domingo, y percibo que el mundo cambió poco. Kirchner es nuevamente presidente, Argentina le ganó otra vez a Bolivia, Lombardi ministro de Turismo, nuevamente cantaron Les Luthiers, y nuestro Rey se enojó con los nativos.
 

  Leo El País de España, hay una nota de Mario Vargas Llosa, escritor que no me interesa especialmente desde La ciudad y los perros, pero que sigo con interés a través de sus notas políticas. No sé si hace falta aclarar que esto no significa que me paga como lector cipayo la Fundación del Inca Adenauer o el Pene Club International, ni que sea un idiota latinoamericano como alguien de su familia, sino que me interesan sus argumentos aunque no esté de acuerdo con lo que dice. Estar de acuerdo es un sentimiento triste según Baruch Spinoza.

  La nota no es mesurada, no es elegante, mantiene la prosa cuidada como buen limeño, pero el caballero está desorbitado. Dice que le da vergüenza ser latinoamericano y que por suerte no es venezolano, porque no sabría dónde meterse, si en su departamento de Madrid, o el de París, o el de Barranco, o yo qué sé, no sigo sus inversiones inmobiliarias.

  Vulgar, gesticulador cuartelero, grosero, todo eso es Chávez, es cierto que no le dice Mico, seductor de una América inculta y bárbara, miembro del cuarteto bochinchero con Evo, Fidel y ahora Daniel, mancha de la otra América, la honrada, decente, culta y democrática, a la vez que cobarde porque se deja ningunear y asustar por matones y extremistas criollos. Sugiere que España dé la espalda a estas hienas y manifiesta beneplácito porque en las calles de Caracas cantan un pasodoble con la letra de “¿Por qué no te callas?”.

  No quisiera discutir el tema de la barbarie y la civilización, o sí, quiero discutirlo. Primero, el congreso iberoamericano es una fantochada porque Iberoamérica no existe. Existe Latinoamérica. Luego porque el Rey tampoco existe, existe para España para honrar a Franco y separar gobierno de Estado con un fin de unidad que no evita bombazos y autonomías rabiosas. Una reunión de jefes de Estado para discutir cuestiones políticas no invita ni Reyes ni cantantes ni tragadores de sable ni siquiera virreyes, por eso no estaba Carlos Bianchi. ¿Qué tiene que ver el Rey con la política de su gobierno? ¿Asiste a las reuniones de gabinete? ¿Habla en nombre de los españoles en las Naciones Unidas?

  ¿Imaginan a la Reina Isabel de Inglaterra junto a Gordon en la Unión Europea discutiendo las tarifas aduaneras?

  El Rey Juan Carlos de Borbón y Borbón es simpático, bon vivant, bebedor, navegante mediterráneo, imagino que mujeriego, palmeador de espaldas plebeyas, en lo personal, nada que objetar, pero ¿no está un poco desubicado?, digo, ¿desubicado unos ciento ochenta años?

  Inversiones españolas en América Latina casi 50.000 millones de dólares, 30% menos que hace diez años. En la década del noventa el total de las inversiones en el continente representaban la mitad del total de las inversiones directas en el mundo, hoy menos de 20%. Pero la utilidades de BBVA dependen en su 55% de la renta americana, 45% las de Repsol, 37% en el caso de Santander, 33% Telefónica, 30% en Endesa. Dice en su artículo Miguel Ángel Noceda en el diario español: “esto significa que lo que pase en la Bolsa y la economía españolas está bastante a merced de lo que pase allí (Latinoamérica).

  Chávez pudo o no haber hecho un papelón, es posible que Ortega haya mostrado genuflexión ante el nuevo proveedor de dinero, pero desde mi humilde punto de vista, el escándalo mayor es el mismo cuerpo investido del Monarca en cuestiones de gobierno y de jefes de gobierno. La descortesía de Ortega cuando dijo ignorar si el Rey tenía intereses en la compañía de electricidad de su país que determinó su ida de la sala, no deja de señalar la extrañeza que produjo su noble presencia.

El porvenir de la cultura

  El semanario Perfil trajo este domingo dos novedades relacionadas entre sí. Una es el extenso reportaje de Fontevecchia a Lombardi, el nuevo ministro de Turismo, Cultura y que yo sepa de nada más, y la otra es la habitual nota de Quintín en la contratapa del Suplemento de Cultura acerca de la conducta de representantes del área respecto del nuevo ministerio en la ciudad.
 

  Un reportaje agradable el de Fontevecchia, no por las preguntas sino por la afabilidad del personaje. Bonachón, mundano, emprendedor, que sugiere no haber votado por Macri en la primera vuelta y sí, claro, en la segunda. Admira a Bergoglio aunque no va a misa, respeta a De la Rúa a quien defendió hasta la subida al helicóptero, denuncia a Moreau por el golpe popular y policial (Ruckauf) del 2001, bien, me cae bien, comprometido. De todos modos creo que de cultura, lo que se dice cultura en la Buenos Aires de hoy, me refiero a instalaciones, cortometrajes, concursos de poesía, ballet contemporáneo, mimos en las plazas, teatro abierto, cantatas de obelisco, murgas barriales, cable de la ciudad, lo que se llama cultura, sabe poco y no le interesa tanto. Conoce el comercio del tango, la importancia de la conservación del patrimonio, las curiosidades turísticas, las maravillas de La Boca y Caminito, la organización de arias vocingleras en el Polo Club, quizás entonadas por Andrea Bocelli, de la crème brulée servida en la confitería del Malba, de las delicias de Gayland en la calle Alsina, de cosas que le gustan a Macri y a todos los que quieren una cultura de jerarquía en la capital cultural de Latinoamérica, pero aun así, con estas peculiaridades, no lo veo con prejuicios, y es mejor que su patrón.

  La nota de Quintín se refiere a la campaña progresista que jura no colaborar con el enemigo para así trazar de antemano un cerco ideológico de resistencia a la avanzada contra la cultura, a la vez que condena a todo aquel que trabaje bajo esta nueva administración. Considera que hay una caza de brujas en la era K.

  La razón aducida en esta nueva batalla es que el macrismo es la derecha, la derecha es el mal, el mal es malo.

  Creo que las cosas pueden darse de otro modo. Pero además no me inspira el tema de la caza de brujas en nuestra sociedad actual. El hecho de ser rechazado por profesionales de la cultura, subsecretarios y ministros, comunicadores e intelectuales, puede ser algo normal, ya que es mutuo. Una cosa es el aislamiento y otra la soledad. Hay una cuota de soledad buscada y estimulante. Respecto del aislamiento claro que duele, pero refuerza el coraje.

  Aquel que tenga algo que decir y necesite hacerlo con sed y hambre verdaderas, lo hará: servilleta y lápiz, si no hay nada más. Botella al mar que le dicen. Pero no lleguemos a grados extremos.

  Ser un hechicero no está mal, es parte de la labor del intelectual en una sociedad que debe conformarse a las reglas de la cocina oficial. Denunciar a quienes practican la intolerancia, es legítimo. Sólo que pedir tolerancia es poco pedir. La cultura es un sitio de batallas ideológicas y es necesario saber que ciertos asuntos no caen bien y por eso uno los dice, porque sabe que no caen bien a capillas, sectas, cofradías, e impostores.

  No hay que quejarse, no somos víctimas de nada los intelectuales de la era K. Hacemos lo que queremos. Tenemos un blog. Dos manos, una cabeza y lo que mal o bien está adentro. No importa lo que digan los que persiguen a futuros colaboracionistas. La autenticidad del gesto y la fuerza de nuestro pensamiento depende de nosotros. Sí, esta actitud se llama voluntarismo, el maravilloso vitalismo para quienes no tienen amigos de vernissage.

  Si me llamara Macri, bueno no él en persona, supongamos que lo hace su ministro de educación, si me solicitara por no sé qué motivo, quizás para dar clases prácticas sobre educación sexual, iría, gente de confianza me dice que es un tipo interesante y más aún si el ciclo lo hago acompañado por la licenciada Carla Conte. Si me llamara Lombardi, por ejemplo, para hacer el Seminario filosófico de los Jueves en el Luna Park, aceptaría, buen tipo Lombardi, mejor que Carlos Heller.

  Lombardi dice que si Macri anunció en la campaña electoral cerrar el Cable de la Ciudad, debe hacerlo. Le gusta ser un hombre serio, dice su palabra, se rompe y no se dobla. Yo no, no lo cerraría, el canal tiene buenos reportajes, el otro día uno de María Moreno a una abogada, otro por un muchacho demasiado proteico a los dueños y empleados del restaurant “La esquina de las flores”, un centro de rehabilitación gastronómica. Se puede mejorar la programación, evitar colocar a Horacio González al lado de un helecho, lo digo por el helecho, preparar entrevistadores algo más calificados para mostrar la actividad y los personajes de la ciudad, y ubicar la señal al lado de Encuentro, con las mismas condiciones que consiguió Filmus y Kirchner con Clarín en nombre del Ministerio de Educación, pero esta vez para Macri. Haría bien en mantener este espacio el ingeniero Lombardi, así todos con el canal abierto, desde León Gieco en adelante, colaborarían con Macri y su proyecto.

  Un empresario importante del turismo en el Ministerio de Turismo, y culturita, da para pensar… en negocios, pero, bueno, es la concepción del mundo de Socma. Se comprende la inquietud de Peña, que dirige el Bafici, no es otra que la de los señores que dirigen el Centro Recoleta, la subsecretaría de la Juventud del Ministerio de Derechos Humanos y su labor con los talleres culturales de zonas marginadas, del mismo Teatro Colón, de tanta gente que no puede proyectar futuras labores hasta que no se nombren nuevos funcionarios y se expliciten las política que vienen. No es el problema de una única institución ni de un solo funcionario.

  Pero no quisiera adelantarme a los hechos. El nuevo ministro tiene sus virtudes, es ingeniero, igual que Macri, y es bienvenida la era de los ingenieros. Una amiga me contaba que hubo una interna entre los que querían elevar la Secretaría de Cultura de la Nación al rango de Ministerio y los que favorecían tal distinción para Ciencia y Tecnología, dependencia que finalmente ganó la pulseada para bien de la patria. Convengamos que hay tanta cultura que apenas cabe en la ciudad, y ciencia nada, apenas un poco de Paenza.

  Favorecerá al desarrollo de las fuerzas productivas el hecho de que comiencen a apreciarse un poco más los ingenieros y un poco menos los artistas. Que los jóvenes compren Mecánica Popular y en lugar de hacer ruido con tamboriles en las plazas jueguen con el Mecano y construyan puentecitos en los areneros. Finalmente es más silencioso y constructivo.

  Yo creo que están dadas las condiciones políticas y hasta religiosas para que haya concordia entre Scioli y Macri, Rabolini y Michetti, Lombardi y Kovadloff, Larreta y Estenssoro, en fin, entre la K(ristina), la L(ilita) y el M(acri), así se disiparán los temores de hoy y habrá lugar para todos menos para algunos. Finalmente KLM, no es una mala marca de turismo cultural.

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