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Alfredo Sabat -La República

 

Ilustración: Caricaturas y esculturas de Alfredo Sabat

 

    

   

   
 

ELECCIONES 2007


  A un mes de las elecciones

  Dentro de un mes habrá elecciones. Hace mucho que no se recuerda tal desinterés por una votación presidencial. En la década del noventa, en especial durante el período entre 1991 y 1997, el estado anestesiado de la ciudadanía también era manifiesto. La elección del 96 fue más que tranquila, y el candidato Bordón anodino.

  En aquellos tiempos se venía de la hiperinflación del 89 y de la caída violenta del gobierno de Alfonsín. La suerte del ex mandatario radical terminó no sólo con las ilusiones de su partido, sino de mucha gente que acompañaba una mística post proceso por una nueva Argentina democrática al estilo de los países europeos.

  La historia no se repite, nada vuelve atrás. Creer que se puede retroceder es una vana ilusión. Se repiten los nombres, pero ya están gastados, se repiten los hombres, pero están más viejos, se rescatan consignas, aunque vacías.

  En la década pasada se sabía que había que inventar algo nuevo porque se habían probado con sus correspondientes fracasos y tragedias el montonerismo, la dictadura militar y la socialdemocracia en sólo quince años. Menem inventó el menemismo con un plan de Convertibilidad que amarró el país que estaba a la deriva, y lo cargó con algunas mercancías que se creía desaparecidas para siempre: moneda estable, créditos, teléfonos y plata dulce.

  La actividad política fue pobre. Los medios masivos de comunicación se llenaron con chistes sobre el staff gubernamental, a la vez que poco a poco, se dejaba traslucir el aspecto siniestro del poder en las amenazas, asesinatos y atentados. Pero la gente votaba igual por el poder. Miraba para atrás y había incendio, miraba su presente y ponderaba ganancias, si miraba para adelante, no se vislumbraba ninguna tierra prometida.

  Esto se desarrolló así hasta que se despertó la interna peronista, y la economía entró en un marasmo depresivo con una desocupación crónica.

  Nuestro atrás de hoy es la caída violenta de De la Rúa, el corralito, la devaluación, los cinco presidentes, y la gente en la calle buscando culpables para linchar. Seis años después, mira su presente y lo ve mejor. Mira para atrás y ve el último incendio, lo hace para adelante y tampoco hay tierra prometida.

  Los candidatos no le importan a nadie. Interesan más las elecciones provinciales, son más parejas, integran la historia y los enconos locales, y no ponen en juego cuestiones mayores. Pero a nivel nacional se trata de personajes que nadie escucha. No hay odio generalizado a Kirchner, a pesar de los pocos que lo declaman. No es el malo de nuestra reciente película. En realidad no hay quien crea en la política y menos en los políticos. Las elecciones avivan en las provincias algunos sentimientos, pero hace rato que la esperanza es un producto exótico. Algún odio personal hacia figuras de la política puede oficiar de pensamiento, pero no es tal, son exabruptos.

  No hay más partidos políticos, radicales, peronistas, desparecieron. Se pueden poner boinas blancas o cantar la marcha, pretenden ser tambores de guerra, letanías de cofradías desiertas, pero ya no son identidades. Sólo quedan los personajes. Unos dicen que el peligro es la inflación, otros denuncian la corrupción, o la concentración de poder. Importa poco, es mentira que el triunfo de Macri sea significativo o que lo sea el de Das Neves, nada de lo que acontece en la política importa.

  Respecto de Santa Fe, estimo que hay una situación distinta. Doy mi apoyo a Hermes Binner no porque crea que tiene las llaves del éxito. Las opciones en política no se originan en profecías sino en decisiones de pensamiento y de acción. Mi compromiso activo con su construcción política me hace esperar cosas mejores para el país.

  Se puede votar por un candidato porque nace de un entusiasmo por su propuesta y personalidad, o por rencor al que gobierna. A nivel nacional no se percibe entusiasmo por candidato alguno. Se elige por desidia o por espanto, pero no por adhesión positiva a un político.

  Este clima se refleja en los medios, en la radio, TV, en los diarios. A un mes de las elecciones, no se dice nada, nada hay que discutir, palabras vacías y retórica previsible. La palabra política no es parte de la realidad, sí lo son los crímenes, secuestros, el aumento de los precios, el narcotráfico, los chicos de la calle, la lucha salarial, la interna gremial, el tránsito salvaje, las condiciones de vida, pero se sabe que los políticos no cambiarán nada, que son actores de opereta con ambiciones personales o, con frecuencia, oradores desvariados.

  Los más informados saben que se requiere una fuerza política enorme para enfriar el mercado, desandar el camino de los subsidios y bajar los gastos del Estado. Ni hablar de liberar las exportaciones o pagar algunas deudas con acreedores molestos para permitir nuevas inversiones que hace tiempo no llegan. O para poder ingresar al mercado de capitales hoy cerrado. La oposición sabe que no tiene esa fuerza política y que su margen de maniobra es cero.

  Se escuchan predicciones nefastas que auguran un nuevo rodrigazo o la instalación de una dictadura matrimonial que recién comienza, pero es mayor el miedo a lo que fue que el temor a lo que puede llegar a ser.

  Ni el presidente ni su esposa son populares. No enamoraron a nadie. Cristina Fernández busca su personaje. Por ahora lo quiere distante, frío, supuestamente firme. El apoyo a los Kirchner es racional, calculado, basado en la memoria de los últimos seis años. Nada tiene de irracional, fruto de fuerzas oscuras o de la demagogia bárbara. La prédica oportunista de la juventud maravillosa no es significativa a nivel masivo a pesar de que sea redituable en personajes culturales. Lo que cuenta es la memoria, la real, no la manipulada.

  El país cada vez que sale a flote de su último naufragio, quiere un momento de descanso, no quiere olas, por eso reelige, así lo hizo en el 96, como parece repetirlo hoy.

   

  ¿Por qué viaja Cristina Kirchner?

  Pensar a nuestro país ha sido una permanente necesidad de varias generaciones. No todos los países tienen personal encargado de pensarlos en términos de identidad, vocación, proyectos, fundaciones u orígenes, a lo largo y ancho de su cronología. No es lo mismo pensar otra vez a la nación desde su cuna, preguntar por sus padres, buscar un espejo que devuelva un rostro santo, que discutir los problemas que tiene en su presente, analizar las dificultades de sus políticas, y participar en los debates públicos sobre las soluciones que se proponen.

  Los argentinos dedicamos mucha energía en inventar nuestro pasado. Creemos que nuestros padres fundadores eran argentinos, que lo eran Moreno y San Martín, cuando eran hijos de la colonia, con visiones de integración a un poder imperial, por lo general inglés, o con sueños de alguna reina Carlota, o con ideas de nuevas Bastillas inspiradas en Jean-Jacques Rousseau. Hemos argentinizado nuestros orígenes para lograr un imagen que satisfaga el re-sentimiento nacional.

  En la década infame la Argentina se constituye en un problema filosófico. Los nombres de Martínez Estrada y de Eduardo Mallea me vienen a la memoria entre tantos otros que no recuerdo. Me bastan ellos dos para mi propósito de esta nota. Sus libros hablan del ser nacional. Lo hacen otros que ahora agrego, Scalabrini, Liborio Justo –de quien el otro día vi sus fotografías y libros en la muestra de la Biblioteca Nacional– los hermanos Irazusta, y una vasta bibliografía sobre nuestro destino nacional.

  La pasión argentina, la patria vasalla, la cabeza de Goliat, títulos de una inquietud por una patria que estaba con riesgo de perderse, para unos, que nunca fue tal para otros, poblaban los tiempos en que el país se había dado vuelta hasta volverse irreconocible después de la llegada de millones de inmigrantes que mutaron costumbres e idioma.

  Se perdía una idea de patria, se quebraba una ilusión política –luego del golpe del 29–, se intentaba rescatar valores y castas, sin resultado. El patriciado oligárquico no tenía sueños de grandeza, el nacionalismo católico invocaba un orden cuya pureza siempre manchada lo hacía clamar venganza, los ciudadanos con sentimientos populares fracasaban en su lucha democrática o se resignaban a la proscripción y al fraude.

  Pensar la Argentina era pensar con melancolía o con ira, acusando, blasfemando, o suicidando-se.

  Pero la historia no se detuvo y la filosofía tampoco. Hoy hay nuevos vientos filosóficos que atraviesan nuestra atmósfera. Pensamos nuestra historia a partir de nuevos libros, nuevos autores, programas de televisión. El gen argentino entre otros. Ungimos héroes como el Che o Evita, evocamos a la juventud maravillosa, metemos ruido, gritamos, histeriqueamos, pero el murmullo del subsuelo se deja escuchar. Hay un Dostoievski allí abajo, elucubrando sus negros presagios.

  Esa voz nos dice : ¿este nuevo reino K no es pura espuma?, para remedar así el tono de Peter Sloterdijk, este filósofo del que leo su último mamotreto de 800 páginas, Esferas III – Espumas. Esa espuma que a los alemanes encanta porque se asfixian en su mundo hiperorganizado, previsible hasta en el centimetraje de cada salchicha, y que con la palabra espuma brindan con cava burbujeante en alguna fiesta inolvidable.

  Para nosotros la espuma no es solo agua y aire –como dice Borges en su famoso poema sobre la Fundación de Buenos Aires– es lo siniestro. ¡¡Es el blop!! del reventón de la bolita, o del bolazo, y luego del ruidito, un tsunami más y a remar el que pueda o el que tenga con qué. ¿Estaremos al borde de un nuevo precipicio? Respondamos de modo pedestre, poco filosófico por ahora: mientras haya superávit fiscal, parece que no, pero apenas las cuentas se carguen con gastos e ingresen menos divisas… ¿con qué dinero se pagará a los millones de argentinos que comen por ese excedente que una noche inesperada se declarará birlado? ¿Con qué dinero? Nadie le presta plata a la Argentina salvo Chávez, ningún bono argentino tiene comprador. Estar ausente del circuito financiero internacional es un riesgo de alto costo. Pagar tasas altas también, endeudarse sin límites ídem, pero no recibir nuevos créditos no salva a nadie y condena a muchos.

  Cuando algo así sucede no queda otra que la maquinita de fabricar billetes, es decir la hiper, porque apenas eso suceda, todo el mundo correrá a las ventanillas a buscar verdes.

  ¿Pero por qué tiene que ocurrir este desastre? ¿Acaso los commodities agropecuarios no están en permanente alza? Sí…, por ahora, hasta que se sature la burbuja cerealera, otra espumita milagrosa.

  La señora Cristina Fernández de Kirchner viaja mucho no porque nos abriremos al mundo, ni porque ella tenga más pasta de estadista que su esposo, sino porque NECESITARÁ PLATA, y nadie la presta por aquel asunto del default, que de acto patriótico vernáculo es reinterpretado en otros lares como estafa, y no sólo se toma en cuenta ese gesto planetario sino el hecho de que en nuestra economía las tarifas están congeladas, los precios controlados, los índices de inflación fraguados, en suma, tantas cosas que disgustan a los jerarcas del capitalismo salvaje que desgraciadamente son los que tienen el metálico que no quieren volcar aunque fuere un poquito en esta alcancía que se vuelve a abrir.

  Por eso se vienen tiempos filosóficos, asoman con el melodrama del desencanto, son momentos en que nos preguntamos por el ser argentino, por su gen, su pepita inmaculada, o por nuestra virginidad sádicamente violada.

  Sin embargo, no todo es rojo en el horizonte, hay una verdura (de verde) de la que hablaré en otro post que nos ofrece una brisa de frescura litoraleña, por eso, por ahora, la luz está amarilla.

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