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Las disputas teológicas

   Las relaciones entre el saber y el poder son necesarias e intrincadas. Cada palabra, interpretación, nueva versión, no se desliza de la boca o de la pluma de su emisor como por un tobogán a los oídos y ojos de sus semejantes. El mundo del saber tiene barreras dogmáticas y canónicas bien custodiadas por expertos guardianes de la verdad. Es lo que Foucault llama orden del discurso.

   Cada tesis que se enuncia debe saltar una primera valla para emerger. No hay interpretaciones que no se manifiesten en situaciones de conflicto. La Ley desnuda no existe, ni el texto sacro es inmaculado. En realidad, su letra implica una lectura, y la mera producción de su enunciado ya supone una versión. No existe el sentido original.

   Kafka escribió que no existe la ley sino las interpretaciones. El hombre que quiere tener acceso directo a la misma, siempre se encuentra con un custodio, un bedel, una secretaria, un auxiliar. Por eso la disputa no tiene un inicio fundante sino que la situación de litigio en lo que respecta a los saberes se desprende de su misma configuración.

   El cristianismo es una fragua hirviente de disputas teológicas. No se distingue de otras religiones en lo que concierne a las luchas por los sitiales de la autoridad.

   En el siglo II d. C., durante los emperadores Antoninos, los epígonos del primer cristianismo quieren disipar algunos prejuicios y se muestran continuadores del helenismo. Hablan griego. Para Justino, la doctrina cristiana continúa la enseñanza de Heráclito, Sócrates y Platón. Tatiano, discípulo de Justino, presenta a los cristianos como los verdaderos herederos de la civilización greco-romana. Hay una alianza entre el cristianismo y la filosofía. Nace un helenismo cristiano bajo el imperio de Hadriano y Marco Aurelio.

   El llamado platonismo medio es una combinación de filosofía platónica, elementos de la filosofía estoica y la de Aristóteles. El ideal del sabio griego basado en la apatía y la parrhesía son conocidos y valorados por Clemente de Alejandría.

   Alejandría es un centro helenístico que se desarrolla gracias a su industria del papiro y a su famosa biblioteca. Este centro de cultura cristiana compite con Roma que es a su vez un centro doctrinario. La helenización es paralela al desarrollo de innumerables escuelas teológicas provenientes de distintas tradiciones. La disputa acerca de la sustancia divina, de su calidad ontológica, acerca de si Jesucristo es Hijo o Manifestación, Hombre o Hipostasía, los argumentos esgrimidos en base a las fuentes judías, herméticas o gnósticas, ponen en colisión a marcionitas, valentinianos, carpocratianos, basilidianos, naasenianos, montanistas, monarquianistas. La mayoría de los litigantes provienen de Siria, Egipto y la Mesopotamia, todos en una Roma convertida en una feria religiosa multicultural que recibe esta profusión al tiempo que ve adorar en sus templos modelados con estilo oriental a los fieles del dios persa Mitra.

   Está de moda la espiritualidad. Pero más allá de ciertas connotaciones frívolas que pueden surgir de la curiosidad de un patriciado decadente ya olvidado de su antigua condición de notables, la religiosidad no tenía el atributo secundario que tiene en la actualidad. Cubría toda una forma de vida y a través de la diatriba lo que estaba en juego implicaba una apuesta extrema.

   La lucha institucional e ideológica entre los jefes de sectas y los obispos, se entrelazaba con la discusión sobre la interpretación de la divinidad en términos de unidad o dualidad. La tensión entre un modelo sexual de abstención y otro de virginidad expresaba la conducta a seguir respecto de la sociedad civil bajo el imperio.

   El nacimiento de una religión, de modo análogo al nacimiento histórico de la filosofía, es algo mucho más increíble que la caída de un primer filósofo en un pozo o el anuncio de una estrella a tres magos en camello. Es un proceso disperso y colectivo de fuerzas en pugna que diseñan un mundo que los mismos protagonistas no pueden prever.

   Los Padres del desierto


   Mientras en la gran urbe romana los cristianos se acomodaban gradualmente a la herencia pagana, y los romanos se familiarizaban con esta nueva secta que seducía a sus mujeres y algunos hombres notables, en otra lejana región, más árida y agreste, el mensaje del Evangelio se leía de otro modo.

   La palabra de Jesús nació en una tierra de casas secas de gente pobre. Antioquía, Siria, Palestina albergarán a santos de una estirpe diferente, con un mensaje de una alta intensidad profética. Pero es en Egipto donde nace una forma de cristianismo que perdurará en el tiempo: el monaquismo.

   A fines del siglo III, aparecen en el paisaje religioso los anacoretas, los solitarios del desierto. La ida al desierto no nos es totalmente desconocida por ser herederos de los fugitivos de la Pampa. Los perseguidos por el fisco, los criminales, bandidos y deudores, los rebeldes al poder, iban al desierto para salvar el pellejo. Es ahí adonde van estos eremitas para salvar su fe.

   No es el mismo cristianismo el de una dama romana que el de un campesino copto. La pobreza o la indigencia, la simpleza, la rudeza, de este último, parecen curtirlo mejor para una fe de guerrero, de un luchador forjado para el interminable combate invisible. Los nuevos monjes iban al desierto. Primero se aposentaban en un fortín abandonado por los romanos. La anachôresis –la vida del solitario– no se aprende solo. Se necesita un Maestro, el Anciano, que ha aprendido a luchar contra los dos flagelos que atacan a la fe del espíritu: los vicios y los demonios.

   La vida entre murallas dura unos veinte años, después de los cuales el anacoreta se interna en el desierto sin límites.

   La vida monacal tuvo diferentes diagramas. El cenobitismo es un modo de organización en el que los anacoretas viven juntos de acuerdo a reglas comunes dentro de un recinto cercado. La disposición espacial cambia con los “lauras” que son cabañas individuales separadas e independientes para cada uno de los hombres. Los momentos de reunión o comunión se hacían en un espacio común de acuerdo a los tiempos ordenados por la liturgia. En aquellos orígenes del monaquismo, por los años 350, se habían instituido 194 reglas de obediencia para la vida ascética. No hay que pensar que la fe cristiana derivaba de una entrega espontánea y pura. Su convalidación estaba sometida a una estricta y continua disciplina de renuncia a la propia voluntad para depositarla en manos de un superior.

   Así como la virtud fundante en el mundo griego, aquella en la que se sostenían todas las otras y que al mismo tiempo las resumía, era la prudencia, en el cristianismo es la obediencia.

   Sin ella no es posible luchar contra los ocho vicios: la glotonería (gastrimarquía), la fornicación (porneia), la avaricia, la tristeza, la cólera, la acedia, la vanagloria, y el orgullo.

   Los tres primeros vicios pertenecen al apetito concupiscible, los cinco últimos al apetito irascible.

   En cuanto a los demonios, estos se dividían en tentaciones y obsesiones. Las armas de combate contra los mismos eran la oración, el trabajo y el ayuno. Los cantos de los salmos, y la labor de fabricación de canastos, cuerdas y esteras.

   El fruto de la victoria es el dominio de sí (apatheia) y la paz espiritual.

   Los apotegmas



   La historia de los padres del desierto fue recopilada en los siglos IV y V en una serie de anécdotas conocidas como apotegmas. Es una “declaración” –si se sigue su significado etimológico– que hace el Anciano a su discípulo. Una palabra carismática, es decir, ofrecida mediante la gracia de su proceder.
Son un conjunto de anécdotas aleccionadoras en las que se manifiesta la fuerza de la fe y la intransigencia de los “abbas”, los padres, por mantenerse puros.

   Comencemos con el abba Abraham, quien escuchaba decir a un anciano que pasó cincuenta años sin comer pan ni beber vino “activamente” (esta última palabra es la transcripción textual de los Apotegmas de los Padres del Desierto, editados por la editorial Lumen): “destruí en mí mismo la fornicación, la avaricia y la vanagloria”.

   Abraham cerca de allí se le dirigió preguntándole si era efectivamente él quien había pronunciado esas palabras. Al responderle que sí, le dijo: “Suponte que al entrar en tu celda, encuentras una mujer sobre tu cama, ¿puedes pensar que no es una mujer?”.

   “No –respondió él–, pero lucharé contra mi pensamiento para no tocarla”.
Entonces abba Abraham le dijo. “¿Ves?, tú no destruiste tu pasión, sino que ella vive en ti, aunque encadenada.”

   Recuerdo por alguna lectura de la que no ubico la referencia, pero creo que provenía de la literatura budista, que uno de los ejercicios mentales de los monjes al ver a una mujer era llegar a verla en su interior, refiriéndose no a sus caros sentimientos sino a sus vísceras. Si se era puro de espíritu, ver pasar a una dama equivalía a presenciar el paso de una larga trenza de chinchulines, entre el rojinegro de los riñones y el blancuzco estómago, envueltos en una tela rosada. Para un uruguayo sería ver a una doncella como una pamplona

   Sólo el hombre de imaginación vasta como la de un matarife podía llegar a afirmar una ausencia de deseo. No es lo que se cuenta del principal de los anacoretas, me refiero a San Antonio, conocido por la biografía escrita por San Anastasio. Luego de veinticinco años de soledad y reclusión, creyó poder dominar sus deseos, salvo el que aparecía en los sueños. No conseguía controlar las imágenes tentadoras que surgían mientras dormía con pudibundez.

   Dice San Antonio: “Aquel que mora en el desierto y vive allí en el recogimiento está liberándose de tres combates: del oído, de la habladuría y de la vista. El único combate que le queda es el de la fornicación”.

   Es conocido el relato de las tentaciones de San Antonio, que entre otros comentarios merecieron un texto de Gustave Flaubert. Las apariciones de San Antonio, para Flaubert, fueron tan profusas y eruditas, que Michel Foucault le dedicó un pequeño ensayo, La biblioteca fantástica, un escrito de aroma borgiano donde dice que los sueños del Padre se deducen directamente del libro que lo acompañaba, nada menos que de su Biblia. El inconsciente de San Antonio estaba escrito con todas las historias bíblicas, y la sobreabundancia de las apariciones sólo reflejaban la infinitud de la literatura y el murmullo incansable del lenguaje.

   Eran tiempos en los que todo era literatura, y el pensamiento sobre la misma se inspiraba en Maurice Blanchot. Sin embargo, en un texto anterior que introducía el relato de Flaubert, Paul Valéry decía que lo que a Flaubert lo inquietaba era entender la esencia de la tentación, elaborar una fisiología de la tentación. Sostiene el poeta que vivir es carecer de algo, y que en esta falla, en la incompletud de cada instante, se cuela por el intersticio de la grieta deseante… supongo que no puede ser nadie más que… ella, la Diabla.
 

   Hacia la filosofía



   En la antigüedad la filosofía no era una materia de estudio si al mismo tiempo no proponía una forma de vida. No existía la diferencia entre conocimiento y modos de comportamiento. La filosofía se enseñaba en recintos académicos dirigidos por un maestro y, muchas veces, exigía tiempo completo, internación incluida. Se trataba de aprender a llevar una vida filosófica. Este aprendizaje no difería del aprender a morir, consigna ineludible desde la palabra socrática.

   Se trataba, entonces, de la existencia de sectas filosóficas que tenían la misma cohesión grupal y un compromiso de cada miembro equivalente al de las sectas religiosas.

    Los estoicos practicaban el examen de conciencia. La vida cotidiana del discípulo pasaba por un filtro minucioso que sopesaba si había sabido discriminar bien cada vez que se le presentaban opciones y dilemas sobre los que debía ejercer la virtud de la prudencia. Este interés por la vida en relación al saber fue paralelo a la atención que la nueva fe cristiana dispuso sobre la conducta de sus fieles. El funcionamiento de una gran ciudad comprometía los principios de los cristianos ya que para ser ciudadanos romanos debían cumplir tareas a veces reñidas con sus creencias.

   Clemente de Alejandría, como antes también Tertuliano, debió bajar de las grandes discusiones teológicas a la minucia cotidiana que le planteaba al cristiano situaciones de difícil resolución.

   No se debía llevar anillos en el dedo del medio sino en el meñique, de lo contrario se corría el riesgo de afeminamiento. Una costumbre que se ha alterado, por lo visto, en nuestros tiempos. Había que desconfiar de lo que se llama “el arte demoníaco de los cocineros”, no necesariamente por lo que en el Medioevo era considerado como próximo a los hechizos de las pócimas de las brujas, sino por el riesgo de dejarse encantar por uno de los placeres más peligrosos para el libre de pecado.

   Clemente advertía sobre el innecesario dispendio que hacían algunos cuando ofrecían una comida –especialmente preocupado por el fulgor de las copas doradas– y tendían una mesa con vajilla demasiado lujosa.

   Para ser más taxativo aún, ordenaba lisa y llanamente que la legendaria reunión conocida como banquete o simposio –que además ya había degenerado en un convite en que el arte de la palabra estaba prácticamente ausente– fuera suprimido. No más fiestas con bebidas acompañadas por la música de las arpas, de las flautas y de las ruidosas castañuelas egipcias. Por supuesto que nada de cantatas corales ni bailes.

   Muy mal visto era silbar o chasquear los dedos porque era rebajarse a la condición de sirvientes cuando llamaban a los animales. Las flores tenían un permiso limitado. El perfume de las mismas agradaba a los sentidos de un modo tenue, ahora bien, el ponerse coronitas de pétalos multicolores sobre la cabeza estaba estrictamente prohibido.

   Hay que tomar en cuenta que cada una de las prohibiciones causaba un daño al comercio de la ciudad y se corría el riesgo de que los romanos vieran en los cristianos a enemigos del consumo y por consiguiente de su supervivencia. Por eso a veces había que negociar los tabúes para no provocar la ira, en este caso de los floristas, que seguirían vendiendo flores para el olfato pero no para la vista.

   No era fácil en una sociedad cuyo ocio preferido eran los baños termales, los espectáculos y los deportes, llevar y proponer una vida totalmente ascética. Por eso no se llamaba a la deserción de las termas sino a no emborracharse en los bares de las mismas para no terminar en lamentable estado al borde de las piscinas.

   No era un tema menor la educación de los jóvenes creyentes en manos de los “gramáticos”, así denominaban a los maestros, ya que la enseñanza partía de los estudios griegos basados en el relato de mitos y la genealogía de los dioses. Ni tampoco era sencilla la administración existencial de toda la vida profesional en la que cada gremio estaba bajo la invocación de un dios pagano, para no hablar del primordial y extendido oficio de la fabricación de estatuillas e ídolos del panteón romano, del que dependía la vida de tanta gente, entre ellos los cristianos.
 

   El amor 1



   No es fácil construir una religión. El credo pasa por varias manos, en realidad, nunca deja de pasar de unas a otras en su necesidad de amoldarse a los tiempos históricos, responder a las herejías, encauzar los argumentos hacia un canon, cuidar a la autoridad, reforzar la legitimidad, reunir en conciliábulos a los custodios del verbo.

    Para que un fiel se arrodille y rece con fervor hay mucho suelo que labrar. No se trata de morder el polvo y pedir atención, cualquier idólatra lo hace, no hay cautivo o esclavo que no lo haya hecho ni monarca que no se viera así adorado. Para “creer” es necesario que todo un dispositivo teológico-político se ponga en marcha. Hobbes, Spinoza y Nietzsche, entre otros, se ocuparon de este problema.

   No hay dios cristiano sin amor, es decir sin Platón. Este filósofo reinterpretó los mitos griegos y compuso El banquete y el Fedro, dos diálogos que cimentaron el eje del Bien para uso y abuso de las teologías y las literaturas desde Bagdad hasta la Provenza.

   Aphrodita es el nombre de la diosa que nace de la mutilación de Ouranós –el Cielo– por su hijo Kronos, vengador de su madre, que revolea los testículos de su padre y los arroja al mar. La espuma que se forma por su caída se dice “aphrós”, palabra que también vale para esperma.

   Son extraños los mitos, aquella vocación poética inmemorial. Es un modo de ordenar el mundo, y al mismo tiempo de crearlo. Aphrodita luego es llevada a la costa en la que la reciben Las Horas, y allí en tierra de Chipre, a su alrededor, nacen las praderas y las estaciones.

   La diosa evoca el soplo de la creación, la fertilidad, la fecundidad y la fuerza que brota y se expande. Es la primera versión de la “physis”, la naturaleza, como aquello que nace, los elementos que surgen, la fuente de la vida. Por otro lado Aphrodita es la ornamentación, el exceso y lo superfluo que adorna y seduce, el mundo de las formas que define a la belleza, lo que resplandece.

   Aphrodita es, además –la polisemia es inevitable–, la sonrisa, más la burla y la astucia. Con la multiplicidad y la proliferación de las formas, la diosa de la gracia es bella y persuade.

   A partir del mito de Aphrodita, el Amor es una divinidad. La otra versión hace del amor, Eros, un demonio. El “daimón” griego es un ser intermediario. El cosmos está habitado por dioses y hombres, y en medio de esta escala abundan los seres híbridos. El demonio es un puente que enlaza a los dos mundos. Los une y religa. El amor es intermediario por ser hijo de Porós y Penia. El primero se traduce por riqueza y el segundo por pobreza. Pero riqueza en tanto recurso, habilidad para conseguir lo que se ansía, artilugios que se inventan para conseguir un objetivo. Es el aparato seductor del amor, su poder encantador.

   Por otro lado deriva de Penia, indigencia, su aspecto mendicante, la falta. Si el amor tiene un poder encantador, también es un vacío que busca su pleno. Buscamos el amor, el amor es búsqueda, la belleza nos atrae porque su “estar ahí” nos llama. Si no fuera una falta, no nos cautivaría, no estaríamos poseídos por su poder. Platón habla de “manía”, la fuerza que nos arrebata nuestra autonomía y puede llevarnos a la locura. Eros puede volvernos maníacos, arrebatados por el “pathos”.

   Philia es amor, lo son Eros y Aphrodita, el platonismo introducirá este germen durante siglos que oficiará de energía de la devoción y llave maestra para entender el misterio de la creación. Finalmente, Dios, si no fuera por Amor, bien hubiera podido seguir solo.
 

   El amor 2



   Plutarco es una enciclopedia ineludible para quien quiera consultar literatura sobre lo acontecido y concebido en la Antigüedad, desde la biografía de los grandes hombres a las artes del buen comer. Escribió entre tantas obras un Tratado sobre el amor Erotikós, en los umbrales de la primera centuria de nuestra era.

   El pensamiento griego sobre el amor es un consultorio sentimental. La preceptiva sobre lo que se recomienda hacer o las advertencias sobre los riesgos de ciertas conductas, las sugerencias sobre el mejor modo de practicarlo, las diatribas sobre el amor que nos beneficia y el que nos pierde, aquel que corresponde a la vida del hombre sabio y cuál al del necio, es uno de los nudos polémicos más habituales.

   Tenemos que tomar en cuenta que a los griegos les encantaban las competencias argumentativas. Jugaban a encontrarle una solución lógica a proposiciones abstrusas, o a demostrar la viabilidad dialéctica de situaciones inventadas desprendidas de la mitología. Reunían en una sola habilidad el arte del payador y el del adivinador de enigmas. Improvisaban teorías y se engalanaban con malabarismos sofísticos. Conformaron una verdadera civilización de la palabra.

    Por eso hablar del amor era un divertimento que los hombres duchos en las letras emprendían para mostrar ellos también sus talentos. Las alternativas y las escenas posibles eran unas pocas. En lo que al amor concierne, este puede ser puro, mixto o corrupto. Sobre el amor puro no había gran discusión. Platón era la fuente indiscutible. El amor puro es el que contempla las Ideas. Una especie de amor místico que nos deja sin palabras y casi ciegos. Es el del hombre que sale de la caverna en la legendaria alegoría.

   Mudos y ciegos nos salvamos, el problema es tener buena vista, palabras lisonjeras y manos libres. El amor mixto no está mal. Nos referimos al conyugal. Le conviene a la sociedad para no morir de vejez, y no hace más que traer a la tierra algo que ya está en el cielo. Allá arriba la eternidad, aquí abajo la fecundidad. No son lo mismo pero en algo se parecen: en la continuidad y la repetición. El problema es que en uno se transpira y jadea y en el otro se flota. Pero Plutarco no tiene problemas mientras la mujer no se enamore. Leyeron bien, que no haya enamoramiento. Una mujer enamorada es una mujer quejosa, pesada, exigente. No por eso la conyugalidad debe administrarse como una reunión de consorcio. Es muy lindo que entre marido y mujer con el tiempo se teja una amistad, excelsa virtud romana, muy apreciada por patricios y notables, y hasta se puede llegar a una “fusión de corazones”.

   Ni hace falta mencionar lo que Plutarco llama las Furias, es decir, las mujeres mandonas –es necesario desplazar la “n” de Madonna–, que las había, las severas y agrias que tiran con sus denuestos toda una felicidad por la borda.

   Tampoco resulta nada valioso un hombre pollerudo, persiguiendo a una mujer, apasionado como perro faldero. Es un afeminado como un esclavo amanerado y blandito. Nada afeminado, por el contrario, es el amor que nosotros hemos bautizado con el biologismo homosexual, que para ellos era una afición cultural de raíz mítica con valoración invertida. Cuánto más guerrero es un pueblo, más intimidades disfrutan sus soldados. Nadie apuesta su vida con mayor riesgo que un amante. Así que amor entre machos es de machos.
El amor corrupto es un amor falso y perverso. Por ejemplo, un viejo verde que va al gimnasio en donde practican ejercicios los chicos y se presenta a uno de ellos como filósofo, hombre de saber que aduce conocer al mismísimo Sócrates en casa de Agathón, y que se ufana de ser un maestro de la dialéctica y de ver Ideas sin lentes, y si este señor sabio lustrándose las chapas y dándose aires invita al muchachito a caminar por los matorrales para contemplar juntos las almas mientras enarbolan las togas, ese señor no hace felices a los niños, es un corruptor de menores.

   Para algunos que cita Plutarco, tampoco es amor el heterosexual, porque –ejemplo brillante– no existe amor entre la mosca y la leche como tampoco entre la abeja y la flor. No hay una pizca de amor cuando nuestro cuerpo se expresa por los que los antiguos definieron como “movimientos involuntarios” impulsados por las argucias de la physis. Ya lo explicaremos en San Agustín.

   Tampoco es puro ni mixto el amor forzado, es decir el que resulta de una violación o, como dice el filósofo, el que se obtiene sin complacencia. Es corrupto, del mismo modo en que lo es el que se practica en cuatro patas. Dejémoslo ahí.


   El amor 3



   A fines del siglo III d. C. muere el maestro Plotino de una angina maligna que terminó ulcerando toda su piel. Es el pensador de la denominada escuela neoplatónica. En su tratado 50, El Amor, elabora su metafísica del amor. Va más allá que Platón, verdaderamente al más allá. El filósofo de Platón sale de la Caverna y al ver la Luz nada ve al quedar enceguecido. El Bien no es acreedor de una visión directa. Es a través de su refracción que el hombre sabio puede comprender la configuración del cosmos. Ha tenido acceso a la arquitectura laberíntica del Ser que, entre originales, copias y simulacros, confunde a quien sustituye al modelo por su sombra.

    Plotino, que tiene primera fila en la platea cósmica, nos habla del juego de la luz. La contemplación de las formas puras ya no es una intuición inefable sino una serie de desdoblamientos que pueden ser explicitados. Cuando se habla de su visión filosófica se la sintetiza con el nombre de “emanación”. La luz del Bien es una fuente de aguas expansivas. Irradiaciones de volutas luminosas.

   Porós indica el movimiento centrífugo por el cual las formas del Espíritu devienen en el alma “logoi”, es decir razones y fuerzas. Penia representa el alma del mundo que es un receptáculo de los logoi. El Bien es concebido como el despliegue de una Energeia, una onda que emana de su centro vivo y que por un pliegue retorna para dirigir su mirada amorosa.

   Estamos en presencia de un mundo circular dinámico. De donde venimos es a donde volvemos. Nuestra vida terrestre está determinada por el juego de las esencias. El alma desea el Bien, porque está llamada a reunirse con el principio de todas las cosas.

   Por eso amamos. Dice la aporía del alma: no me buscarías si no me hubieses encontrado. Ver es recordar. Enamorarse es extrañar. Quien puede darse cuenta de esta verdad, ama de verdad con la verdad. Sabe que no es la persona la que nos encanta sino lo que encierra su estuche. Los seres humanos son estuches. La belleza es el brillo que desprenden los cuerpos depositarios de la Luz de las formas puras. Aquello que pasa en este mundo participa del otro. Lo imita, puede hacerlo bien o mal. Si lo hace bien es un mal menor, si lo hace mal se corrompe por ignorancia. No se ha dado cuenta de la procedencia del ser. Un amor desviado es el resultado de un pensamiento falso. Ha perdido autonomía, busca afuera lo que oculta en sí, ansía lo que ya tiene y resulta afligida y afectada.

   Los afectos son las modificaciones del alma por la acción de los sucesos exteriores que no han sido impermeabilizados por el conocimiento, la episteme. Así como la divinidad no es responsable del mal, el amor es sólo pernicioso por nuestra culpa.

   El Mundo es Uno, las diferencias son distancias medidas según nos alejemos del centro. La sustancia divina se hipostasía, se divide sin dejar de ser sustancial, como se puede leer en la figura (cf. Janfiloso, 2007 d. C.) de las tres llamas que unidas forman una sola y que separadas no dejan de ser una.

   Una de las características de la escuela de Plotino era que podían ingresar mujeres. Tenían la facultad de reflejar ellas también lo inteligible en su estuche sin asas, sin manija ni saliencias visibles, imagen de incompletud que nos permite una vez despedidos del paganismo volver a la nueva fe y a su preocupación por la carne.
 

   Orígenes y la virginidad



   La castración de Orígenes es toda una definición. Una automutilación que parece no haber sido tan disparatada para la época. Ir a un médico y castrarse era –según el historiador Peter Brown– una operación de rutina. La cirugía esterilizaba al hombre aunque no lo volvía casto cuando la intervención era postpubertaria. Su aspecto cambiaba. Ya no le crecían pelos en la cara, por lo que la imagen tradicional del filósofo que se tenía en la época, la de un hombre barbudo, en Orígenes variaba hasta darle una apariencia extraña. Su cara sonrosada, lampiña y suave, lo hacia aparecer un adolescente tardío fijado en un estado de inocencia.

   Se trataba de ilustrar con este acto corporal los alcances metafísicos y éticos de la virginidad. Grado extremo del abstencionismo, la prédica de los primeros cristianos cultos, como Clemente de Alejandría, que llamaban a la contención y aceptaban una conyugalidad regulada para no espantar a las familias, deriva en un llamado a la entrega total a Dios y a los hombres.

   Una vez separado de la sociedad de los casados, el hombre virgen estaba disponible para la humanidad toda. La virginidad adquiere la misma función que la que tenía el amor visto por los griegos. Se convierte en un puente entre el cielo y la tierra. Para tenderlo es necesario batallar contra ese cuerpo que nos sume en las tinieblas y nos convierte en seres inestables. Un cuerpo es un corpúsculo que tiene la evanescencia agitada del polvo danzante en un rayo de sol. La castración lo fija en su deber ascendente y da cuenta de la verdad de la sexualidad. La diferencia sexual es un estado transitorio, una simple faz pasajera y un auxiliar superable de la personalidad.

   Alrededor de los años 210 d. C. se desencadena una nueva persecución a los cristianos. En ese momento Orígenes nacido en Alejandría y predicador en Palestina, se convierte en un refugio no solo de cuerpos sino de almas. Su pensamiento refuerza el de su maestro Clemente, con la salvedad de que este último tiene por centro de referencia para la vida cristiana a la urbe, mientras el primero propone una vida desértica.

   Se dice que Orígenes y Plotino tuvieron a un mismo maestro, Ammonios Sakkas, y que pudieron cruzarse alguna vez. Se habla de platonismo salvaje, hermosa denominación para los usos y abusos de Platón, que recién comienzan en esa época. La dialéctica ascensional parece necesitarlo inexorablemente, y todo entusiasmo místico no deja de invocarlo.

   Orígenes nos ha hecho conocer al filósofo Celso de tanto refutarlo. La obra de este filósofo pagano consiste en un franco ataque contra el cristianismo mediante las armas del estoicismo. Nos hace comprender el contenido de la cosmovisión defendida por los representantes de la cultura griega y cuáles eran las aberraciones que observaban en la nueva fe.

   Dice que los cristianos se parecen a las ranas de los pantanos y a los gusanos reunidos en el barro, discutiendo acerca de quién de ellos es el mejor cazador y pescador, ellos, no más que carnadas de la verdad. Son batracios y larvas adorando por decreto a un dios que ha sido hecho para ellos, que les reveló la verdad y los ha ungido como seres superiores. Nada importa del mundo sino ellos, nada hay en la vasta tierra que se les compare, ni nada brilla tanto en el inmenso cielo como su luz cenagosa. Dicen que sólo existe el único Dios y luego siguen con su pretendida y ridícula semejanza.

   Celso critica el centrocristianismo, la ignorancia de la maravillosa obra a la que pertenecemos, y que no ha sido hecha para nosotros, ni para los animales, sino para el Bien de todo. Dice Celso: “el itinerario circular de los mortales es igual desde el principio hasta el fin, pero, de acuerdo a los ciclos ordenados, es necesario que sea lo mismo aquello que fue, que es y que será”.

   La providencia no es más que la naturaleza en marcha, y es absurdo creer que está a nuestro servicio, no lo están ni la tierra, ni el aire, ni las estrellas.

   Los cristianos huyen de la gente erudita porque saben que lo único sensato que dicen ya lo han dicho los griegos, sin la “rusticidad del estilo”. Sus leyendas para viejas como las de Eva y María, o sus cuentos infantiles como el del Arca de Noé, no tienen otra escucha que las de los necios, plebeyos, estúpidos, esclavos, mujerzuelas y chiquillos. Duras palabras reproducidas por Orígenes que lo obligan a responder con una nueva lectura del amor.


   El Cantar de los Cantares



   Orígenes es conocido por sus Homilías sobre el Cantar de los Cantares, escrito alrededor del 240 d. C. El Cantar es parte de la Biblia y se encuentra en el apartado de Poesía. Ha sido comentado e invocado repetidas veces. Se lo ha interpretado con exceso. No se lo quiso leer literalmente. Su sensualidad poca cabida tiene en los textos temperantes relacionados al Rey Sabio Salomón. Los exégetas resolvieron que cada palabra es un misterio, y que las frases bíblicas tienen un doble significado.

   Si no fuera así, dice Orígenes, la escritura bíblica sería pura charlatanería. El Cantar debe ser especialmente descifrado ya que se ha exacerbado en él lo sensible quedando velada su espiritualidad. Desde Rabbi Akibba hasta San Bernardo, los esponsales entre el rey y la reina simbolizan una variedad de modelos significativos.

    Los más habituales son los amores entre Jehová y su novia, el pueblo de Israel, y los de Cristo y la Iglesia, sin olvidar el del Verbo y el Alma, y María y Jesús. Los sentidos anagógicos o místicos responden a la doble escritura de los sentidos espirituales.

   Cada palabra remite a dos universos. El alma está cautiva por los perfumes del verbo. Los elementos significantes del Cantar pertenecen al mismo tiempo al universo corporal y al espiritual.

   Por eso dice Orígenes que la lectura del Cantar está reservada a gente mayor preparada para entender el amor espiritual. Así puede comprenderse que el texto de los Evangelios no son un conjunto de historias ni de relatos sino de misterios.

   El Cantar de los Cantares es un superlativo, igual al Santo de los Santos y el Sabbat de los Sabbat, de los que hablaba Moisés. Es un drama escénico y epitalámico, al modo de los cánticos nupciales que se cantaban en la puerta de la casa de los novios en la noche de bodas.

   Hay dos amores, el carnal está asociado a Eros, deseo de los cuerpos carnales, y el espiritual ágape, el deseo de las cosas celestes. Orígenes insistía en que el cielo y el mundo invisible está superpoblado de seres angelicales.

   El mundo que vimos en nuestra infancia corresponde a otros ángeles y refulgentes estrellas, gracias al moderno dios Celuloide y a un rey que no era Salomón sino King Vidor del Bosque Santo.

   Gina Lollobrigida y Yul Brynner en reemplazo del malogrado Tyrone Power, en la película de los amores del rey Salomón y la Reina de Saba. La actriz de Pan, Amor y Fantasía y Lástima que sea una canalla, no da en la tecla con la belleza de la reina de Saba, a veces llamada Sulamit y otras Makeda, algunas veces en Yemen y otras en Etiopía según la leyenda.

   Belleza negra que se viste de blanco, piel sensual y elástica, ojos azabache, músculos alargados, movimiento grácil y mirada tensa, para resumir: Penélope Cruz. Es por la mirada que Gina flaquea, no domina ni hiere. Respecto de Yul, su famosa pelada hace que una vez que aparece con el pelo y la barba de Salomón, los espectadores no puedan dejar de ver el pegamento, y el gran rey del Templo finalmente parece de utilería.

   No sé si están a la altura de las intensas palabras con las que comienza Sulamid el Cantar:

   “¡Que me bese con besos de su boca!
Son mejores que el vino tus amores,
es mejor el olor de tus perfumes.
Tu nombre es como un bálsamo fragante,
y de ti se enamoran las doncellas…”

   La palabra Homilía que precede al título del Cantar, es un sermón, conserva la sonoridad oral, el modo enfático y repetitivo de las frases. Erasmo en sus comentarios sobre las homilías de Orígenes señala que se basan en los sermones que no debían durar más de una hora para no aburrir a los laicos acostumbrados a los entretenimientos del teatro.

   La síncopa de Orígenes dice así:

   “Quien tiene ojos de paloma ve con justicia y tendrá misericordia. Quien ve con justicia, ¿no es sólo quien tiene mirada casta y ojos puros? Quien ve con justicia, revelará misericordia”.

   La memoria me lleva a las minas del rey Salomón, otra película de título engañoso, con Stewart Granger y Deborah Kerr, una búsqueda de diamantes en una cueva africana, un malentendido.
 

   El paradigma monástico



   La vida de los anacoretas sentó las bases del monaquismo oriental. Las reglas que se derivaron fueron ampliadas y detalladas por otros monjes que pretendieron llevarlo a Occidente. Uno de ellos es Juan Casiano quien escribió las Instituciones Cenobíticas, de cenobio, monasterio.

    Es un paradigma en tanto oficia de modelo futuro para la vida perfecta, la de la devoción cristiana. La palabra “instituciones” resalta la necesidad de enumerar las normas de la vida en común, y el sistema de autoridad que lo rige, como el de los castigos para los que lo transgreden.

   Nada accesorio hay en los detalles a tomar en cuenta. La vida devota es una ascesis, una disciplina en donde todas las piezas son solidarias y cuyo orden tiene una jerarquía que se sigue de modo gradual. Es una vida acechada por peligros visibles e invisibles que exigen una vigilancia continua. La derrota ante uno de ellos abre el paso para la invasión de todos los demonios y sus representantes.

   La vida del monasterio es una vida en común. En el siglo IV y V había monasterios que tenían cinco mil internos. Todos son soldados de Cristo, se trata de una batalla por la pureza. Para llegar a la esencia se comienza por el cuidado de las apariencias. La vestimenta de los monjes consta de una pequeña túnica sin mangas porque indica la renuncia a obrar en este mundo. La vida cristiana es un proceso continuo de mortificación, de darse muerte en la existencia terrestre. Bufandas de lino, piel de cabra para el frío, un báculo con el que se camina en medio de los aullidos de los perros del vicio, y sandalias. Cada accesorio en el vestir es significativo. No se trata de encomiar la desnudez. No es posible anular totalmente las necesidades del cuerpo, pero la preocupación por la maldita carne es permanente.

   El hombre debe recuperar el estado de obediencia que tuvo alguna vez en la infancia. Llegar a la humildad del corazón. Seguir el orden canónico de las prescripciones, y escuchar la palabra de los Ancianos.

   Durante las oraciones nada debe distraer la atención del fiel, no toser, menos bostezar, y no prolongar las frases en demasía para no juntar saliva o flema y carraspear la garganta. El cuidado de la fe abarca alma y cuerpo. Del comer y el dormir, este último es el más peligroso porque en el sueño aparecen los movimientos involuntarios, y puede pecarse de “inmundicia”. Unas láminas de plomo en las partes pudendas limitarán los desbordes musculares.

   De todos modos existe alguna responsabilidad en lo que se sueña y en lo que el sueño produce. Lo que se ha comido en la noche anterior, lo que se ha pensado antes de dormir, es parte de nuestra tarea de vigilancia.

   Nada debe ocultarse al Hombre Superior, es decir al Anciano, esconder nuestros pensamientos es alimentar al Diablo. El corte de mangas nos permite mostrar los brazos siempre dispuestos al trabajo. Quien no trabaja no come. Terminada la cena con la oración conjunta, los monjes van a sus celdas individuales o de a dos, y siguen rezando. Un breve reposo y al alba recomienza el ritual de adoración y labor. No es recomendable extenuar el cuerpo ya que perturba la fortaleza del espíritu.

   Los candidatos que aspiran a ingresar en el monasterio serán humillados y probada su resistencia. Vencer la voluntad propia es indispensable. Los atletas del espíritu deberán aprender a renunciar. Los novatos pernoctarán durante diez días en las puertas del monasterio. Tendrán que arrojarse a los pies de todos los fieles que pasan a su lado. Serán injuriados. Si quieren contribuir con dineros para la manutención del monasterio, se los rechazará para que no se ufanen por su gesto. La milicia de Cristo no debe tener fisuras. Por eso no se recomienda albergar en un mismo monasterio a padre e hijo, no es bueno ver caer lágrimas paternas ante el castigo infligido a su hijo. Hay que llevar un combate encarnizado ante los recuerdos de antiguos afectos. El Yo debe desprenderse de la coraza psíquica para que pueda estar disponible para el nuevo habitante celestial.

   Sin embargo, la permanente atención a la conciencia susceptible de tentaciones y de emboscadas imprevisibles construyen un enorme Yo disciplinario con los ojos bien abiertos.

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