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La familia Rozitchner

    
   En la nota de Horacio Verbitsky en el diario Página 12 del último domingo, habla del futuro de Jorge Telerman y le recomienda no quedarse encerrado en la coalición cívica “libertadora”, al lado del “insomne” Sebreli y de la desgracia de la familia Rozitchner.

   Conozco a esta “desgracia” hace veinte años. Lo vi trabajar y enseñar en nuestro común trabajo académico universitario y en el Colegio Argentino de Filosofía. Por aquella época, a mediados de la década del ochenta, en una de esas jornadas que se me ocurría armar, como esa de “ Por qué no soy....”, en las que Alejandro Rússovich debía responder al ¿Por qué no soy Witoldo Gombrowicz?, él, su amigo intelectual más cercano durante la estadía del polaco en la Argentina, a Alejandro Rozitchner le tocó el ¿Por qué no soy León Rozitchner?

   Sólo recuerdo el comienzo de su respuesta, que fue, como las otras, de una hora de conferencia: “porque escribo mejor que él”.

   Mi relación con Alejandro siempre fue tensa y afectuosa. No hace mucho tiempo tuvimos un altercado. Se disgustó conmigo porque me burlaba de los grandes empresarios y sus utopías de bienestar compartido. Me increpó diciéndome que reir era fácil. Le respondí que tampoco era difícil ser un dominicano inquisidor. En fin, no fue agradable.

   Con León, la historia es más larga y mucho más esporádica. Comenzó en mi adolescencia cuando buscaba un profesor de filosofía sartreano, y recalé en uno de sus grupos, en el que estuve una sola clase. No me disgustaba, pero me fui del país.

   Más tarde también tuvimos altercados. Recuerdo en una mesa redonda en donde me atacó diciéndole a la gente “ que no sabía cuál había sido mi actividad” en los años del Proceso.

   No le contesté, sólo critiqué con vehemencia a los responsables ideológicos del delirio guerrillero, de su obstinación y falta de autocrítica. Pero no pudimos dejar de darnos la mano bien fuerte al final.

   Hemos compartido algún buen encuentro últimamente, en una cena en Rosario, hemos perdido un amigo en común, así van las cosas.

   No tengo idea de la relación que tienen entre sí los dos. Debe ser de una especial intensidad. Han vivido juntos experiencias que no se borran. Alejandro estuvo con su padre durante el exilio en Venezuela. De eso no sé nada más.

   No creo que León sea una desgracia para Alejandro y viceversa. Los veo parecidos en algunas cosas. Los dos son guerreros. Extreman sus posiciones. Les cuesta matizar. Los dos son intelectuales que hacen de sus ideas un instrumento crítico, a pesar de que la palabra crítica no le guste a Alejandro.

   Este parecido lo tienen en dirección contraria. León denuncia a la derecha, y Alejandro a la izquierda. Y no se juntan en el medio, por supuesto, no hay término medio para un dispositivo así, más bien hay choques.

   Muchos odian a Alejandro. Hay quienes lo acusan de traición, no le perdonan llevar el apellido de un filósofo argentino muy estimado por la izquierda intelectual, les encantaría que se callara la boca y le pidiera humildemente perdón a su padre. Las palabras de Verbitsky resumen este odio generacional.

   Estar al lado de Grondona no es una buena presentación cultural para nadie. Él lo hace igual, no tiene reparos mientras lo dejen decir lo que piensa. Lo he visto en el programa en una actitud más bien de silencio, haciendo comentarios algo banales y poco comprometidos, y otras en que, a pesar de Grondona, atacaba a personajes nefastos de la derecha. Jamás lo vi transigir con las excusas dadas de su accionar por procesistas, patistas o justificadores de la tortura.

   Pensé en la satisfacción que debía tener Grondona en ver a un hijo de un padre subversivo enderezado y recuperado por las buenas costumbres. En las últimas elecciones porteñas hizo pública su elección. No sólo no le asusta Macri sino que lo apoya y colabora con él.

   Como lo hace con sectores empresarios, y lo hace con jóvenes estudiantes con ganas de leer a Nietzsche, su filósofo preferido.

   Inaceptable mezcolanza para la gente que discrimina lo serio de lo nefasto y que le resulta no sólo exótico sino oportunista y escandalosa esta combinación.

   Una vez presenté una novela de Alejandro que tenía que ver con la marihuana. Hablé yo y la modelo Dolores Barreiro. Tocó con su grupo Juan Acosta, creo que Alejandro acompañaba con el bajo.  Admirador de Spinetta, casi fanático, hace una campaña ideativa por el pensamiento positivo y la puesta en tela de juicio de los valores de la juventud maravillosa. A veces coincidimos, otras nos distanciamos. Pero nos abrazamos cuando nos vemos.

   En mi opinión el espíritu afirmativo de Alejandro no tiene nada de new age, tampoco de nietzscheano, es la protesta encarnecida contra la generación de su padre. De una lucidez muchas veces implacable, así que no da para un psicoanálisis apurado.

   León siempre fue un león. Casi nunca coincidimos. Lo que dice es lo que dijo y aquello que dirá. He leído algunos de sus textos. Piensa por sí mismo. No busca grupos protectores ni mira a quien para ser aprobado antes de emitir su pensamiento. A veces va contra toda la izquierda, como durante la guerra de Malvinas. Hay libros que tengo a mano, que espero leer un día, como el de su visión del cristianismo. El modo en que combina Marx y Freud, me parece llevarlo a las cumbres de un cierto encierro conceptual, dogmatismo e interpretaciones dificiles de seguir. Es un neohegeliano a la manera del último Sartre. Pero esta nota no tiene por finalidad hacer diagnósticos filosóficos. Es un hombre franco y siempre dispuesto al debate.

   Me gustaría que cuando un periodista como el citado insulta a su hijo, usando  descaradamente su nombre,   salga a defenderlo públicamente.  

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