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Euripides
La muerte de Séneca - DAVID, Jacques-Louis -1773
Platón - Rafael (1518)
 


    


   


   
 

Breve historia de la filosofía
[ Ver primera parte ]

Breve historia de la filosofía 11

   Surgió el obstáculo tan temido. Por un lado existía el deseo de trazar una historia continua de la filosofía, pero por el otro quería remitirme a la memoria de mis gustos y a las preferencias variadas y discontinuas de mi vida con la filosofía.

   Hay grandes huecos, enormes, en mi erudición filosófica. Los estudios universitarios tuvieron el marco del mayo francés, y una universidad que mudó su aparato didáctico del oropel cartesiano al asambleísmo maoísta y al trotskismo estudiantil. Gracias a lo cual se crearon facultades a las que ingresaron los más brillantes profesores hasta aquel momento marginados de la Sorbona. Pero por la lucha cultural e ideológica teñida de anarquismo pedagógico, la disciplina rompió en pedazos. Por eso debí estudiar solo y la autodisciplina se convirtió en una necesidad rigurosa. Hasta hoy.

   Mis profesores se convirtieron en guías de quienes sacaba lo que me podían dar en circunstancias de ultrapolítica, y los libros fueron mis verdaderos maestros.

   Comencé por el final. Aprendí filosofía con Althusser y con Foucault, y ninguno de los dos hablaba de Aristóteles. Jamás estudié filosofía clásica, ni historia de la filosofía en sus etapas diagramadas por orden de sucesión. No cursé antigua, medieval, moderna y contemporánea. Las ramas del árbol filosófico jamás entraron al aula, ni la gnoseología, ni la ética, la metafísica o la filosofía política.

   Escuchaba a Foucault dar clases sobre botánica del siglo XVII, luego sus cursos sobre penalidad y sexualidad, a Louis Althusser elaborar conceptos sobre las relaciones entre ciencia y filosofía, a sus discípulos Rancière y Badiou dar clases sobre teorías de las ideologías, a Balibar sobre materialismo dialéctico, y a François Châtelet sobre, el sí, un poco de Platón y Aristóteles.

   No aprendí contenidos de programas sino formas de pensar de mis profesores, y me dispuse a seguir su modo singular de incursionar en la filosofía. Con la salvedad, eso, sí, que ellos habían estudiado la ortodoxia filosófica con ejercicios de ascesis conventual.

   La combinación entre disciplina y libertad la conocí desde el comienzo de mis estudios y pudo llevarse a cabo por los acontecimientos de una universidad en crisis.

   La historia de la filosofía, sus grandes nombres, aparecerán desde entonces de acuerdo a mis necesidades bibliográficas impuestas por un curso que preparo o, lo más habitual, para destinarse a un ensayo que estoy escribiendo.

   Al comenzar esta breve historia de la filosofía, o esta historia autobiográfica de la filosofía, era probable que me encontrara con algunas dificultades. En realidad, me propuse escribirla con esas dificultades, que son las de la ignorancia y su extraña mezcla con un poco de saber. No es una presunción sino simple estado de la cuestión y un poco de sentido común. Además de ser una elección.

   Aquel que quiera especializarse en un problema o en un filósofo en particular, también corre sus riesgos. Debe ser un hombre especial para que en medio de una maraña de papers, tesis, y contribuciones amontonadas de parte de colegas de todos los tiempos, no olvide que se trata de pensar algo interesante, para uno, para empezar, y quizás para otros, si es posible no olvidar. La competencia académica exige de los participantes una exhaustividad libresca prácticamente inabarcable, y un carrera en busca del récord del tema aún no tratado o del documento no hallado, que siempre me pareció un pasaje al infierno.

   Pensar y decir no es fácil, tampoco es una tarea que requiera de un don. Es un arte con sus obligaciones, su compromiso, el apareamiento temporal que dicta que el tiempo es el juez del hacer. Limar la roca decía Van Gogh, con esta paciencia debe trabajar un artista.

   Sabía que luego de dar los primeros pasos de esta breve historia me confrontaría con un filósofo que no llego a leer, y que es uno de los fundamentales de la historia de la filosofía. Me refiero a Aristóteles. No llegar a leer no es no leer, sino no poder mantener la lectura. Lo he leído decenas de veces, tantas como abandonado su lectura. Al menos, si ya no puedo trasmitir con claridad la estructura de su pensamiento, intentaré aclararme a mí mismo, y comunicar este intento de reflexión de un estudio frustrado, a los lectores.

Breve historia de la filosofía 12

   El rechazo o el enamoramiento de un filósofo es un misterio. Digo filósofo y no texto, porque aquello que se lee lo imaginamos en un personaje histórico. Es muy difícil que lo escrito valga por sí mismo como si fuera un mapa diseñado por un cartógrafo anónimo. Pierde encanto. Nos interesan los nombres propios. Vaya uno a saber por qué, quizás por el romanticismo del siglo XIX, el mito del artista creador y personal se ha extendido a todo tipo de escritura. Quién piensa nos importa, y nos subyuga, tanto como lo que escribe. El inconsciente fabulario que nos hace soñar despiertos antes de dormir mientras nos cuentan un cuento, se mezcla con el trabajo de leer.

   Es eso justamente lo que nos impide Aristóteles. Resulta de una dureza extrema el pasaje de Platón a Aristóteles, es como el pasaje de la infancia resguardada al rigor de la vida adulta.

   Con los diálogos platónicos brilla la faz literaria de la filosofía. Hay personajes y escenas. No se ha perdido la voz, la phoné. Sócrates habla. El cambio de género, del diálogo socrático-platónico al tratado del maestro de Estagira, ya nos confronta con el escrito puro. Sin voz, sólo hay grafo.

   Rarezas entrega la historia, también en este caso. La palabra aristotélica proviene de las notas que diagramaba para sus cursos en el Liceo, y de las notas que apuntaban sus alumnos. Por lo tanto una palabra oral. Platón escribía sus monólogos que llamaba diálogo para un lector que convertía en interlocutor. Sin embargo es Platón quien emite la voz y Aristóteles quien se anula y enmudece ante la partitura de sus (que ya no son suyos) razonamientos.

   En el “tratado” la palabra vale por su función proposicional mientras en los diálogos se reproduce la tensión del combate dialéctico entre dos contendientes enfrentados cara a cara, palabra contra palabra. En el orden aristotélico ya no hay astucia ni sagacidad. Hay error, falacia, sofisma. Lo que interesa es la elucidación de las reglas proposicionales que permiten que un discurso se sostenga. La consistencia depende de la aplicación de reglas de rigor inflexible: la teoría del silogismo.

   Es un misterio difícil de develar el motivo que nos hace tan arduo e insatisfactorio leer a un filósofo, y de una cercanía tan apasionante otro. Debe ser así porque cambiamos de prejuicios, o porque la lectura tiene que ver con la vida, y los encantos se nos aparecen cuando el azar lo permite, y nuestra preparación los autoriza y aprovecha.

   Aquello que me distancia hasta hoy de la lectura continua y atenta de Aristóteles se resume en una palabra: la lógica. No me llevo bien con la lógica, de modo análogo al rechazo que manifestaba Gombrowicz por la poesía. El escritor polaco decía que lo dulce es sabroso cuando se mezcla con otros componentes, azúcar solo y puro empalaga y harta. Así le parecía la poesía, al menos la que se pretendía muy poética. La lógica me resulta algo similar, es hueso sin carne, no tiene grasa. El arte de la confrontación argumentativa, de la disputa y el combate de ideas, de la defensa de posiciones y la ofensiva para demoler imposiciones, se compone de accesorios a las reglas de la demostración silogística y la coherencia discursiva. No es que dé lo mismo qué y cómo se lo diga, pero la retórica acompaña a la lógica en el arte de la transmisión de pensamientos. Y cuando la retórica adelgaza, hasta hacerse velo transparente para llegar a la forma pura del orden deductivo, el grafo se hace cifra, y el verbo cálculo.

   Esta conversión requiere de otro tipo de vocación. El ajedrez no es lo mismo que el truco, la matemática tiene otro encanto que la epopeya, y la lógica no va por el mismo camino que la meditación filosófica.

Breve historia de la filosofía 13 
Hoy: Aristóteles y la felicidad

 

   Aristóteles es el nombre de una enciclopedia que abarca el saber de la antigüedad griega. Se ocupa de biología, política, ética, retórica, metafísica, física, tragedia, lógica. Ha escrito intrincados textos sobre el orden proposicional. Es un coloso de erudición. Fundó las bases de un modo de pensar que perduró dos mil años, del siglo IV a. C. hasta el XVI d. C. No tenemos medida para comprender los alcances de semejante influjo. Tan inmenso se presenta que es parte de nuestro sentido común histórico.

   Un prejuicio perezoso nos hace creer en el mito del progreso. Nos permite pensar que lo pasado ya no tiene valor, salvo para coleccionistas. Primero no es cierto que carezca de valor, basta reflexionar al menos sobre cuestiones metafísicas y éticas para darnos cuenta de que sus preguntas insisten por su pertinencia y potencia de interpelación, pero además, el estudio de la cultura no es una carrera para ver quién llega primero y más rápido, sino una de obstáculos en la que lo valioso es el modo en que cada uno en su tiempo imaginó el modo de sortearlos.

   Un avión no es una carreta con turbinas ni un pergamino un rollo sin teclado. No todo se compara en un mismo plano. Es lo que Thomas Kuhn –siguiendo a Alexandre Koyré– puso de moda con el nombre de “paradigma”.

   Hay en Aristóteles una necesidad de rigor que concierne al lenguaje y a los enunciados con pretensión de verdad. Por otra parte en las cuestiones concernientes a la ética, hay una preocupación por mantener el criterio de oportunidad, “kairós”. Extremo rigor por un lado, mucha cintura y flexibilidad por el otro.

   La medicina hipocrática sigue el mismo criterio. Un régimen de comidas no prescribe como hoy en día un recetario fijo para una persona abstracta en un ambiente ideado. Se toma en cuenta todo tipo de condiciones concretas que hacen variar los consejos y los medicamentos. Lo que es bueno en ciertas condiciones y para determinadas personas no lo es en otras.

   La sabiduría griega difiere de la judía, por ejemplo, de la misma época. No dicta leyes de conducta para disciplinar un pueblo elegido por un único Dios. Para empezar, con el espíritu griego, el Uno ha llegado a ser un entidad tan misteriosa como el “Motor Inmóvil”, y su imagen ha sido descarnada hasta tal punto que se ha ido convirtiendo en el no menos extraño y perdurable concepto de Sustancia. Y una sustancia no se presenta por medio de ángeles sino con “accidentes”. Se construye desde Aristóteles la gramática del pensamiento occidental: potencia y acto, causa eficiente o final, sujeto-predicado, aporía-demostración.

   Pensemos, para estimar los alcances del aporte helénico, que los historiadores de la ciencia y los epistemólogos, afirman que la medicina hipocrática tuvo vigencia hasta que Pasteur fundó la medicina científica moderna.
Los griegos no tienen fecha de vencimiento, tienen la misma vigencia y duración que el conocido yogurt con pepinos y cebollín que acompaña sus comidas.

   ¿Cómo llegar a tener una buena vida?, nos pregunta el maestro de Alejandro Magno. No se trata de portarse bien, de obedecer una autoridad, de expiar una culpa, sino de vivir bien. Hay una palabra, eudemonía, que se traduce por felicidad. Pero la felicidad no es un estado de placer duradero, no es una intensidad plena, sino el añadido incoloro de una conducta adecuada. Somos felices cuando actuamos bien, la felicidad no es un estado sino un modo de aplicación de un saber.

   Estar atentos a la oportunidad, decidir según las circunstancias, ponderar los acontecimientos sin arbitrariedad, no excederse, llevar a cabo nuestros actos con moderación, ser prudentes, nos hace “buenos”. No se es feliz si se es malo. Es cierto que Aristóteles habla de un estado de plenitud máxima que es la vida contemplativa, la vida superior. Pero esta no es la del monje asceta ni la del anacoreta en estado de privación. El griego es un hombre comunitario, su identidad está dada por su calidad ciudadana, su naturaleza es política, la mayor virtud individual se practica en situación de amistad.

   La contemplación de aquello que es en cuanto es, de la verdad en cuanto tal, no remite a una situación pasiva sino al modo en que nos relacionamos con nuestro cuerpo, con las cosas, y con nuestros semejantes: dietética, economía, erótica.

Breve historia de la filosofía 14 
Hoy: Aristóteles y la tragedia

 

   Es famosa la frase de Aristóteles en su Poética en la que afirma que en la tragedia hay una catarsis por la que se expurgan sentimientos de terror y de piedad. Se refiere a las representaciones trágicas, un género literario dramático cuya representación escénica era muy popular en Atenas.

   La convocatoria era masiva. Los hemiciclos que aún hoy pueden verse en Grecia, con sus escalinatas y peldaños en ascenso alrededor de un escenario circular, albergaban a miles de espectadores. Se organizaban competencias entre autores trágicos cuyas obras se representaban sucesivamente, y el laureado era vitoreado como un héroe olímpico por la multitud.

   La acústica era portentosa, cualquiera que chasquee los dedos en Epidauro tiene una idea de lo que podían llegar a sonar los timbales y el canto de los coros alrededor de la escena. Los actores, todos varones, entraban con zancos, sus caras se cubrían con máscaras, la altura más que humana y el poder sonoro trasmitía la fuerza caracterial de los personajes y la majestuosidad de héroes y dioses.

   Ser actor. Misterio inventado por la humanidad. Ficción compleja por la cual aquel que no es, es, y quien no siente, se dispone a sentir. El teatro, invento griego, resulta de una doble paradoja. Actor y espectador se reenvían mutuamente el espejo doble prolongado por un haz de reflejos, en una mutua hipnosis. Encantamiento, eco debilitado de las representaciones dionisíacas, del éxtasis místico de la danza de los chamanes en honor de dioses agrícolas, tesoros de fertilidad. La fascinación ahora es distante, medida, controlada, humana.

   “El hombre es la medida de todas las cosas”, decía el sofista Protágoras, referencia y mesura, límite y convención. La escena contiene el desenfreno y lo hace técnica. La locura carnavalesca que une en el cráter del volcán los elementos terrestres, se ve purgada por el saber y dividida su furia en elementos discretos. Un proscenio imaginario divide el mundo: actores separados de los espectadores, los dioses de los hombres.

   El mensaje trágico, el de Esquilo y Sófocles, alerta sobre la autocomplacencia ciudadana. El gobierno de los “demos”, la base popular de la nueva política ateniense, como el reciente antecedente de los “tyranós”, aquella versión arbitraria del legislador sabio, crean la falsa ilusión del poder por medio de la prepotencia de los gobernantes que actúan como dioses. Es la falta principal, la culpa desencadenante de desdichas: la hybris, la desmesura.

   Se relata y se pone en escena en la tragedia la desgracia y los cataclismos que soportan los pueblos por la arrogancia de sus gobernantes: Edipo, Creonte. Culpables del horror por no haber mantenido la distancia respecto del poder central, de creerse más de lo que son, y desconocer la fuerza del destino.

   Actor y espectador miman los sentimientos, la intensidad de los mismos deriva del talento actoral y de la sensibilidad y la conciencia testimonial. Ver y escuchar, salir de sí pero no tanto, volver a sí, pero no del mismo modo. La magia de la representación teatral.

   ¿Por qué el terror y la piedad? ¿Qué significado encierran para ser sentimientos dominantes y guías del proceso catártico? Miedo a los dioses, reconocimiento de que el hombre debe someterse a un poder que lo supera, retroceso ante su presencia. Piedad: contención de la fuerza, mesura del poder, conciencia de los límites.

Breve historia de la filosofía 15 
Hoy: maestros y profesores

 

   No es posible pensar la historia de la filosofía, ni a la misma filosofía, sin la presencia de un maestro. Desde sus mismos orígenes, Sócrates es el emblema de un guía para sus discípulos, para los jóvenes atenienses, un ejemplo de vida y de sabiduría.

   La figura del maestro de sabiduría es parte indisociable de toda tradición civilizatoria, ya sea occidental u oriental. En nuestros días algo de aquella vieja idea subyace en los gurúes, maestros de yoga, monjes zen, maestros chinos, al tiempo que se ha desdibujado en su antiguo representante filosófico tradicional.

   Desde el siglo XIX, con la constitución de las universidades nacionales, nació la figura del profesor de filosofía. Un profesor no es un maestro, no transmite un saber del que su vida es una expresión. No posee aquella integridad antigua. No se dirige “personalmente” a sus discípulos. Estos se han convertido en alumnos, y él, el maestro de sabiduría, ahora es un vehículo de un saber universal, cuyo alcance y ordenamiento está encargado de explicitar. Lo que importa es saber. La filosofía ha dejado de ser una disciplina practicada por una secta que tiene por objetivo la conversión personal. Desaparece de su ámbito la voluntad de transfiguración subjetiva. La exhaustividad erudita es necesaria para una disciplina que desde los tiempos de Descartes ha modificado su misión en el mundo. Se trata desde el siglo XVII de conocer el mundo para transformarlo en fuente de bienestar. Nada hay que contemplar, el estudio y las ciencias son una labor activa y necesaria de un universo cifrado en lengua matemática y plausible de modificar mediante el saber de la técnica.

   La subjetividad, el trabajo ético sobre sí mismo, deja de ser una preocupación filosófica. El filósofo tiene ya tarea suficiente con fundar las ciencias. La filosofía se separa de su portador y se instituye como madre de las ciencias. Recién unos años después del advenimiento de la crisis kantiana, en el siglo XIX, el mismo siglo que ve emerger la figura del “profesor”, también verá resurgir la antigua efigie del maestro, pero es un maestro tullido: Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, los filósofos de la meditación existencial, esta vez sin Dios, sin Bien, sin Uno.

   Una religión tuerta y un arte monstruoso, la fe sin Padre y un arte metamorfoseado en voluntad de poder, son el legado del retorno del maestro ya agotado.

   Hoy el maestro tiene la humildad del sin querer. No se consagra a sí mismo. No existe la figura del Sabio. Es imposible evitar la presencia profesoral. Pero hay profesores que son algo más que transmisores de información e inteligencia. No por eso nos trazan una conducta de vida. El discípulo ya no puede delegar en otro la penuria de su desorientación.

   Profesores que nos hablan entre líneas. Hombres de enorme erudición, formados en la academia, con todos los galardones consabidos de las instituciones educativas tradicionales, pero con una visión del mundo y de su propio quehacer, que a pesar de no ser dicha con altisonancia, una vez que se escucha, hay algo que se ilumina.

   Quisiera presentar a mis maestros, los guías que alumbran estas clases sobre la antigüedad filosófica: Giorgio Colli para el estudio de la sabiduría griega, Paul Veyne para interiorizarse sobre el universo Romano, Peter Brown para el surgimiento del cristianismo monacal, y Michel Foucault quien nos acompaña por todo el trayecto.

Breve historia de la filosofía 16 
Hoy: de la Polis al Imperio

 

   Después de Aristóteles la historia de la filosofía sufre un cambio. Esta mutación coincide con la caída de la Polis ateniense. En cien años, del 500 al 400 a. C., Atenas acunó un tesoro de sabiduría. De la filosofía a la geometría y la tragedia, de la invención de la política a la lógica y la retórica, la creatividad de aquel mundo es un bebedero inagotable de nuestra civilización.

   Volver una y otra vez a los griegos y nunca alcanzarlos es una constante de nuestra cultura. Caída la Polis, un nuevo espacio se abre. Se lo ha llamado helenismo. Por él la civilización griega se expande a todo oriente. Babilonia, India, Egipto. Alejandro Magno devuelve transformada la herencia que la misma Hélade había recibido siglos atrás.

   La filosofía desde sus orígenes estuvo asociada a una finalidad política. La preocupación por la gobernabilidad de la Polis, la búsqueda de un saber verdadero para dirigir los destinos de una República, la selección de los candidatos para presidirla, la construcción del lenguaje justificado para una ciudad justa, la elección del método de enseñanza cívica y teórica para la formación del ciudadano, todo esto era una sola y única preocupación.

   Caída la Polis, ya no hay ciudad que gobernar ni ciudadanos que formar. Se trata de un Imperio, y los imperios necesitan de un rey y una corte, no de una asamblea en la que prima la elocuencia.

   El horizonte griego ha dejado de ser municipal, es el mundo su perímetro. La filosofía despojada de sus preocupaciones políticas, conserva lo que le queda. Como en todo proceso decadente, a la caída de la luz, los objetos reflejan una última luminosidad y un fulgor encendido. Filosóficamente hablando, el pensamiento desde el siglo IV a. C. inicia un recorrido decadente de seis siglos. No está mal para una caída.

   Las escuelas filosóficas de este período se denominan estoicismo, epicureísmo, escepticismo y cinismo. La filosofía de Platón sigue un circuito paralelo y da lugar a visiones de otro tipo, teñidas de misticismo y entusiasmos mesiánicos.

   Las nombradas no, esas escuelas hablan de Dios como si fuera un mapa. Lo llaman destino, y no es otra cosa que un orden. Con todas sus diferencias –que han dado lugar a una bibliografía a cada minuto ampliada– esta filosofía coincide en algo: no hay nada, hay que hacer algo.

   La teoría platónica del almita que viaja de cuerpo en cuerpo, el filósofo aristotélico que contempla el mundo tal cual es y disfruta de su hacienda bien administrada, ya no existen. El mundo es otro. Ha perdido su centro. Al no haber un centro tampoco hay poder. La filosofía ya no prepara a un estadista, ni instruye a la colectividad para el arte de la perfección. No hay colectividad, a lo sumo, hay humanidad, que es lo mismo que decir hombre solo.

   El Destino ha perdido su maldad. En el mundo de la Grecia clásica la Moira, el destino, resultaba de una mezcla de barajas en manos de los dioses. Una vez bien amontonados los naipes, se distribuyen las cartas. A cada de uno de nosotros, humanos de esta tierra, le toca una carta. Es un “lote”. A cada uno de nosotros le ha sido otorgado un lote. Si por equis motivo, estamos insatisfechos con el que nos tocó, y ocupamos otro, uno que no nos corresponde, se arma la gorda, así de sencillo, “the time is out of joint”, se va todo al diablo.

   Así que mejor no hacerse el loco y bancarse la jugada. ¿Qué sucede cuando hay un flaco que se hace el vivo?

   (No sé qué me pasa hoy, debe ser el frío, o que ayer de noche estuve en una reunión con la Carrió, pero algo está pifiando, me debo haber contagiado algo, un virus delirante, una especie de Dolina se ha apoderado de mí y no me suelta.)

   Mejor seguimos mañana.

Breve historia de la filosofía 17 
Hoy: Etica y moral

La filosofía moral es la más comprensible de todas. Es la que más resiste el paso del tiempo. La comunicación y la inteligibilidad de sus preceptos no debería presentar mayores dificultades. Quizás esto se deba a que las civilizaciones que forjaron el quehacer de la humanidad han sido poco inventivas en cuestiones éticas.

En la medida en que incursionamos por culturas no tan difundidas, con raíces menos extendidas en el curso de la historia, más dificultades tenemos en comprender ciertas conductas o algunas reglas de convivencia social. Los filósofos contemporáneos, para citar un ejemplo, han elucubrado con cierta insistencia sobre el comportamiento de los esquimales que arrojan a los ancianos al agua. Tampoco resulta fácil encuadrar en diagramas morales los rituales sacrificiales de antiguas civilizaciones, ni ciertos tabúes que someten a las mujeres al arbitrio de los varones.

Pero por lo general, estos escollos pueden sortearse e integrarse en una visión más o menos integrada del mundo gracias a la antropología cultural y a la tolerancia cognitiva. De todos modos no inciden en nuestro horizonte temporal.

La ética tiene que ver con la libertad. Sin este atributo nada hay que decir en cuestiones morales. Ya en los antiguos hay una preocupación ética que tiene que ver con esta relación entre ética y libertad.

Se usa ética y moral para designar aspectos de la conducta humana que a veces se superponen o confunden. Muchos preguntan en qué se distinguen ética y moral. La diferencia radica en que un aspecto de nuestra conducta tiene que ver con el modo en que usamos nuestra libertad, y por otro lado nos interesa saber qué actitud debemos tener respecto de los conjuntos colectivos e instituciones en los que desarrollamos nuestras acciones.

Hay una perspectiva individual y otra normativa referidas a las actitudes que podemos tener respecto de nosotros mismos o en relación a los otros. A cualquiera de las dos se le ha asignado uno de los dos nombres aquí mencionados. De acuerdo a una tradición que nos remite al vocablo “ethos”, usaremos para lo que nos interesa, la palabra ética.

Decíamos que la ética tiene que ver con la libertad. No es posible evaluar una acción si no hay opciones para llevarla a cabo. Un perro no es libre, un loro tampoco, no lo es un esclavo, aunque en este último caso haya discusiones. Pero para un griego el esclavo no es libre aunque tenga conciencia de lo que hace, porque no hay conciencia libre en un ser esclavo. La conciencia de ser se integra en el ser del cosmos y, a la vez, en el ser social. No hay desdoblamiento ni fisura entre ser y conciencia como existe en la modernidad desde que Kant inició la serie de fisuras epistémicas y existenciales reforzadas por la teoría del inconsciente en Freud y la moral filosófica de Sartre.

Libre es el ciudadano libre, y no hay ética para esclavos. Un esclavo obedece, un ciudadano elige. ¿Qué es lo que elige? Justamente la libertad. ¿En qué consiste? En poder elegir. Parece un círculo, pero no lo es tanto, ya que falta una palabra que lo modifica y complica todo: Bien. Debe elegir bien porque puede hacerlo mal. El problema es que si elige, “tiene” que hacerlo bien. Elegimos de acuerdo a un saber, y la sabiduría libera. Elegir mal responde a no haber podido despojarnos de al menos una de las varias formas de esclavitud mental.

Es muy difícil para nosotros, hijos de las ciencias matemáticas, de la Ilustración cultural, y del pesimismo nihilista, aceptar que el conocimiento por sí mismo nos lleva al Bien. La crisis de la modernidad ha dejado el amargo legado del uso siniestro de los conocimientos. Sabemos que el poder de la ciencia es amoral. Esto es imposible de entender para un sabio clásico, porque quien accede al saber debe haberse iniciado en un proceso de conversión espiritual. No se puede estar sano y enfermo a la vez, ni ser sabio y actuar como un necio.

Elegir bien es elegir el Bien. La ética tiene por función elaborar la teoría y enumerar los preceptos que permitan a los hombres actuar de un modo adecuado y hacer un uso de la libertad fundamentado en la verdad.

Breve historia de la filosofía 18 
Hoy: los post-socráticos y la ética

 

   La filosofía estoica es post-socrática. Son tan importantes los post como los conocidos pre-socráticos. Sócrates es la línea de demarcación entre dos concepciones de la filosofía. Los post tienen algo de los pre, en el sentido de que se ocupan ellos también de la constitución del cosmos, por eso tienen una física. Elaboran teorías sobre los procedimientos proposicionales y las estructuras del lenguaje en relación con el ser, de ahí que han escrito sobre lógica. Pero su originalidad post-socrática está relacionada con sus reflexiones sobre la ética.

   Los estoicos más conocidos que se han interesado por los temas morales han sido los que vivieron en el imperio romano. Son tres, y todos ellos reflejan la nueva jerarquía establecida en aquel mundo antiguo. Epicteto era un griego liberto, un esclavo liberado, que, por su origen, no es lo mismo que un romano libre. Séneca es un hipermillonario nacido en Córdoba, España, secretario político de Nerón. Marco Aurelio fue emperador de Roma.

   Para los estoicos la moral se basa en nuestra actitud ante el dolor. Es por eso que los antiguos parecen tan modernos. Nosotros también giramos más alrededor del eje de la supuesta salud que llamamos felicidad, que en torno de la devoción y obediencia que le debemos a la Ley.

   Somos más hipocráticos que mosaicos, más hipocondríacos que pecadores. La liturgia acerca de la calidad de vida ha sustituido a los cultos sacramentales. Vivir más y morir mejor es un deseo casi completo, el después del trasmundo se lo dejamos a la buena Fortuna.

   Por supuesto que los puntillosos de la Nueva Era soltarán sus perfumes para recordarnos que es por la voz del gran allá que se orienta el buen acá. Sin embargo, la voz divina ha perdido un pajarito, y es Andy Warhol quien lo tiene. El Gran Allá y el Gran Khan han sido maquillados por la magia de su aerosol, hasta dios es pop.

   Dejemos por un momento a Andy y volvamos a Fiumicino, quiero decir, a Roma. Sorpresa y media, otra vez nos encontramos con el pop art. Pensemos en Calígula, en Nerón, en Heliogábalo, es decir en Peter O’Toole totalmente beodo, en Bergara Leuman en ropita interior, en Florencia de la V vicejefa de gobierno por el PRO.

   Pero no toda la cultura romana tuvo este aire festivo. Su austeridad fue temida. Sus filósofos morales pensaron en el dolor. ¿Por qué? Porque no queremos sufrir. La moralidad de nuestras acciones tiene que ver con el modo en que encaramos los desafíos de la vida: la enfermedad, la muerte, la pobreza, la soledad, el hastío.

   Recordemos que los estoicos son pragmáticos, no en el sentido moderno de management o gestión, sino en que el valor de la conducta reside no en la obediencia ni en el cumplimiento de una norma, sino en nuestras respuestas a las situaciones que se nos presentan y en el modo en que actuamos.

   Actuar bien o mal no depende de la aplicación de un código de faltas. Para hacerlo bien debemos tener un ojo clínico. Ser buenos observadores y estar atentos a la originalidad de cada situación. No hay dos iguales. La composición singular de los detalles es lo que define una escena.

   Es difícil saber qué es lo que guía nuestras acciones morales. Son morales porque exigen una decisión, y lo son porque está en juego nuestra libertad. Para no perder el horizonte ético debemos tener presente algo que es siempre lo mismo, lo resumiría así: no hay nada… no hay nada… no hay nada, recitado como un rosario o un mantra. Nothing is left… nothing is left… il n’ y a rien… ninch shamit (húngaro)… y así en griego, latín, alemán.

   Por el hecho de pertenecer al área cultural griega, los estoicos son apofánticos, maravillosa palabra que designa una lógica del lenguaje que clasifica a los pensamientos en verdaderos o falsos. Actuar mal es pensar mal, y pensar bien es escribir, leer y hablar bien. Asunto de gramática aplicada a la existencia. Una gramatología.

   Si fueran orientales, el “no hay nada” se trabajaría de acuerdo a las disciplinas orientales. Se viviría rapado en un convento, todas las auroras nevadas se fregarían los pisos con agua y jabón, se tomaría té con gusto a zen, es decir a nada, la comida no más suculenta que un bolsito de arroz duro sin sal, se pasaría sahumerio mientras los mantras son cantados en grupos humanos cubiertos de arpillera naranja. Se machacaría el yo hasta humillarlo sin piedad. Cada tanto, ser iría a visitar al gran maestro con cara de Henry Miller risueño para responder algún “koan” y recibir una patada en el estómago cuyo significado hay que descifrar un semestre, etc. Pero los estoicos tenían otra visión terapéutica, sostenida por recursos discursivos, los del manso logos apofántico.

Breve historia de la filosofía 19 
Hoy: Paul Veyne y los estoicos

 

Así como dijimos que Giorgio Colli era nuestro guía en el viaje por la filosofía griega, en el caso de la filosofía estoica romana, el maestro al que confiamos el recorrido es el historiador Paul Veyne. De su obra la que mejor describe este pensamiento es el maravilloso libro Séneca y el estoicismo, editado por el Fondo de Cultura Económica.

   Para quien desee, además, tener alguna idea de Veyne, les recomiendo el libro que edité con amigos del Seminario de los Jueves, El último Foucault, de editorial Sudamericana, en el que escribí el ensayo “El amigo de Foucault: Paul Veyne”.

   Tener un maestro que nos oriente en la lectura, que nos ofrezca con sus comentarios el panorama de un pensamiento antiguo, no sólo puede llegar a depararnos un intenso placer intelectual, sino a ayudarnos a sortear algunas dificultades.

   Del mismo modo que cualquier ser histórico viviente, nosotros, lectores, con todas nuestras diferencias, pertenecemos a un área cultural determinada con sus hábitos de lenguaje y sus modos específicos de lectura. Los antiguos romanos escribían en griego (Epicteto) o en latín (Séneca), y a pesar de la brevedad de sus sentencias, como en el primero, o con la claridad de su prosa, como en el segundo, el estilo de la transmisión filosófica puede ser para el aficionado –me refiero para el no especialista que no está dispuesto a sufrir demasiado tiempo ya que su tarea no se ve recompensada en este caso por lauros ajenos al lector medio– un poco tediosa. Por la repetición de lo mismo varias veces dicho, por la demora en ir al grano de la cuestión, por el hábito protocolar de las epístolas, los rodeos argumentativos, por la práctica meditativa y rumiante de los asertos, las elaboraciones algo prolongadas, lo que fuere.

   Un profesor virtuoso, un lector de excelencia, no sólo conoce los textos sino que los ha pensado en profundidad, y cuando da a la luz sus comentarios, si es un pensador como Veyne, nos permite acceder a un fondo erudito muy lejano entregándonos las preocupaciones estoicas vivas, calientes aún, directas.

   Hay especialistas que escriben para especialistas. Son parte de una red de académicos que intercambian hallazgos arduamente descubiertos luego de años de investigación. Hay expertos que alternan esta labor inevitable para el docto, con la entrega de su trabajo teórico al ágora, a la esfera pública, el mundo de la opinión. En este mundo ordinario el presente es lo que domina, así las inquietudes del día y la presión de la actualidad, pero junto a esta realidad cotidiana, también tienen vigencia el cúmulo de conocimientos contemporáneos de la disciplina en cuestión como de otras adyacentes o más distantes, que hacen al lector depositario de un mundo desconocido hace centurias.

   Nosotros somos hijos de Gutenberg y de Freud, de Pasteur y de Gates, así como de la novela del siglo XIX y del teatro y la música del XX, de la filosofía después de Marx y Nietzsche, unos más otros menos, de acuerdo al área en el que invertimos nuestros intereses, todos tenemos un inconsciente cultural al que se le agregan inventos recientes con sus respectivos efectos sensibles, emotivos y cognitivos, como el cine, la televisión, etc.

   Poder apreciar lo que dijeron en aquel mundo del circo romano, de las legiones aceradas asentadas en casi todo el orbe conocido, de aquellos ingenieros hidráulicos y civiles constructores de vías y acueductos, ese mundo en el que el Galileo emerge como una luz intermitente en medio de profetas enloquecidos y patricios comedores de uvas y deseosos de mancebos, que nos lleguen aquellas meditaciones con ímpetu moderno que despierten nuevas inquietudes en nosotros y aporten herramientas para la comprensión del nuestro, requiere el arte de un lector y un escritor especial.

   Un gran historiador es quien tiene el talento de mostrarnos la diferencia específica de una sociedad en “conversación” con la nuestra, es quien tiene el talento de la comparación entre valores culturales, el intuitivo que se permite salir de controles y censuras del rigor disciplinario, el observador de los detalles de su entorno, quien no defiende con la manipulación de datos un dogma o una ideología, es aquel que tiene la generosidad de declararse vencido con la información de un nuevo documento. Perder seguridad, sorprenderse, iniciar nuevos caminos, ayudar a que la curiosidad sobreviva al cansancio, enojarse con voces autorizadas y polemizar abiertamente con los prójimos pasados.

   Sólo así podemos llegar a comprender que un hombre como Paul Veyne, que dedicó toda su vida al estudio de Roma y a la filosofía estoica, máximo catedrático de Francia, especialista en el pensamiento antiguo, diga que los estoicos eran unos pedantes que con una supuesta superioridad intelectual no hacían más que segregar un sistema inmunológico que los asegurara de los accidentes de la vida.

Breve historia de la filosofía 20 
Hoy: el estoicismo

 

   El estoicismo, y por lo general las filosofías morales greco-romanas, suponen un Yo bien grande y fuerte. Sin Yo no hay libertad, ni discernimiento. Frente a él se yerguen dos fuerzas trascendentes fuera del control humano: la Fortuna y el Destino. Dice Séneca: hay destino, pero también hay azar, entonces, filosofemos.

   El destino anuncia un orden que determina el curso de las cosas y la existencia de los hombres. El azar supone la imprevisibilidad del acontecer. Combinemos ambas: lo que sucede, sucederá, pero no sabemos cómo ni cuándo.

   El hombre ante el destino levanta su yo y se dispone a torcerlo. Es lo que hizo Edipo, el héroe trágico. Sin embargo, su decisión libre y soberana no hizo más que tejer el entramado ya urdido por los dioses. El destino es hábil, su poder reside en la capacidad que tiene de presentarse disfrazado. Fue Freud el sabio quien develó el modo en que actúa a nuestro pesar y gracias a nuestra empecinada colaboración. Ayudamos al destino enfrentándolo.

   Pero los estoicos no hablan de deseo inconsciente, afirman que nada hay más fuerte que el logos del hombre. La disciplina filosófica es una ascesis, un ejercicio constante y metódico de vigorización del yo. Su fortaleza se obtiene mediante la práctica de una virtud que condensa todas las otras: la prudencia. Ser prudente no es ser precavido sino lúcido. La lucidez se basa en la capacidad de discernimiento. Poder discernir es saber separar la paja del trigo. Los antiguos preferían la metáfora de la evaluación de una moneda, aconsejaban adquirir la pericia de comprobar la autenticidad de la misma.

   Llamaban a Sócrates “basanós”, lo que se conoce como “piedra de toque”, contra su superficie se raspa el metal y se muestra la pureza de su sustancia. Los discípulos se raspaban contra el alma del maestro y se purificaban.

   Discernir nos permite discriminar entre verdad y falsedad. Actuar con “criterio” es necesario, criterio o crítica, palabras antiguas que remiten a un tamiz separador. Lo que queda es lo que vale, el resto es desperdicio. Nuestra mente es la que filtra, y el maestro de filosofía es quien nos enseña la disciplina del buen destilador.

   No tiene sentido acumular conocimientos si la vida que se lleva es la de un extraviado a merced de las ilusiones. Epicteto fue el maestro estoico que enseñaba el arte de ponderar las representaciones o “phantasmas”. Se trata de control mental, que es al mismo tiempo control moral.

   Nos convertimos así en una especie de perito mercantil conductista. Sopesamos en la balanza del saber moral la consistencia de nuestras elecciones. Hay asuntos que no valen la pena, no merecen esfuerzo ninguno, y menos preocupación. Lo que ha sucedido ya sucedió, y lo que puede advenir, no ocurrió. El pasado y el futuro son dos alucinaciones. La tristeza y el temor, como la nostalgia y la esperanza, nos enferman.

   Vivir el presente no es vaciar la memoria, imposibilidad existencial, sino graduarla de acuerdo a nuestra conveniencia. A nadie le conviene sufrir en vano.

   Aquello que no podemos modificar debemos abandonarlo. El dolor que sobreviene debemos callarlo. Somos cajas de resonancia de los sentidos, de inmediato convertimos a los datos sensoriales en figuras psíquicas. Tenemos que impedir que un escenógrafo sinuoso monte una escena de la que seremos títeres. Los romanos puritanos denunciaban el teatro. Perseguían a los actores. Preferían a los gladiadores, al menos en el circo no había sombras simiescas ni máscaras horribles.

   Una vez que nos apoderamos del timón mental, podemos navegar y atracar en diversos puertos. Ser estoico no quiere decir que todo nos da lo mismo. Sin embargo, no deja de ser cierto que las virtudes nacen de la apatía y de la ataraxia, formas derivadas de la indiferencia y de la anestesia personal. Pero no es la muerte en vida. Se debe ser buen ciudadano, buen padre, buen hijo, buen amo. Es preferible. Dice Paul Veyne que son ventajas, no bienes. Es “natural” que como representantes de la especie humana prefiramos no sufrir y que busquemos nuestro bienestar. Pero, en el fondo, estas ventajas son neutras.