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EL PRESENTE ABSOLUTO

Prólogo

En mi libro Pensamiento rápido, entregado a la editorial en setiembre del 2001, escribí una dedicatoria que decía: “A la República Argentina”. 

   Era una despedida. Había reunido textos que se referían en su gran mayoría a la actualidad nacional desde la presidencia de C.S.Menem a la de F. de la Rúa. Unos diez años. Sostenía la necesidad de pensar el presente, su carácter ineludible, la presión de las circunstancias, el desafío teórico que implica articular filosofía y coyuntura, la inutilidad de diferenciarse de la prosa periodística con jergas oscuras. 

   Este nuevo libro comienza en el momento en que culmina el anterior. Por lo tanto no hubo despedida. La realidad dispuso otra cosa. Los acontecimientos de diciembre del 2001, y lo que se desencadenó a partir de esa fecha, lograron que la idea de dedicar con exclusividad la energía intelectual a labores más distantes y morosas, fuera imposible. 

   Hay trabajos en este volumen que aún se inscriben en aquel gesto de adiós. No era una partida melancólica sino irritada. Es un modo bastante frecuente de irse, con un portazo y un suspiro de alivio. Son los mejores divorcios. 

   No sólo a los periodistas les harta la actualidad. Armar el mismo bochinche todos los días es abrumador. Un vaciadero de cabeza. Para quien lo hace ocasionalmente a pesar de seguir el presente cada día, también es agotador. La agitación y la repetición caracterizan nuestra realidad. No hay aburrimiento, siempre se llega al colmo de una gesta maníaco-depresiva. 

   La idea que aquí reune trabajos editados en medios gráficos y digitales entre el 2001 y el 2006, se inspira en una frase de Kant: la tarea de la filosofía es pensar lo impensable. El libro anterior comenzaba con una frase de Hegel, aquella del ave de Minerva que levantaba vuelo al atardecer. Decía en aquel prólogo que el pensamiento como la lechuza filosófica no tiene el tiempo ni las certezas para esperar que termine el día. Hoy ya es ayer. Y mañana es hoy. El tiempo se va. 

   Hegel podía pensar la historia en términos de “proceso”. Se esmeraba en componer lo lejano con lo cercano. Las puntas de la madeja coincidían y el ovillo recuperaba sus filamentos. Aún existen hegelianos y filósofos de la historia. Las anticipaciones de nuestros ensayistas sobre el suceder del mundo enriquece nuestra imaginación. Colorea el presente con tendencias y posibilidades. Desde la neurología, la ingeniería genética, a la geopolítica, podemos soñar un mundo con China y Japón en la cúspide, fármacos que amplian la memoria, chips subcutáneos para ubicar a los pedestres, cerebros conectados a nuevos googles, etc. Lo más probable es que nuestro artefacto futurista combine predicciones con anacronismos. Los marcianos de Julio Verne se vestían con jacquet y galera. 

   La frase de Kant ofrece una perspectiva distinta sobre lo mismo. El filósofo de Könisberg decía que lo que es imposible de conocer y plausible de pensar son las trascendencias Dios, Alma y Mundo. Por otro lado señalaba que la tarea de la filosofía era pensar la diferencia del hoy con el ayer, es decir la actualidad. Su respuesta fue que esa diferencia residía en que la humanidad había llegado a la madurez y que los hombres podían pensar sin tutelas. Libertad y razón. 

   Nuestro tiempo es el que conjuga a la vez mundo y actualidad. No poder pensar el mundo era para Kant una verdad derivada de nuestra situación de estar “en” él. Nadie lo sobrevuela para trasmitir una visión de conjunto. Nuestro pensar es inmanente a los procesos que transforman la realidad. Hay una trayectoria variable que nos incluye. No hace falta, como dicen los hegelianos, estar fuera de una totalidad, en las alturas o en un más allá, para sostener que existen límites al conocimiento. Tampoco es necesario para señalar la existencia de un muro, tener la noción de que hay algo detrás de él. Basta correr contra la pared. 

   Más complejo aún es que el círculo se haya fraccionado y disparado. Vivimos el presente y no sobre él. No lo montamos como los dioses hindúes a sus animales sagrados. 

   Es absoluto. El tiempo es el discurrir de los presentes absolutos. No por eso se levanta como un coloso gris y opaco. Se parece a una pantalla que recorremos por distintas franjas. Apenas nos damos vuelta para ver qué sucedió allá lejos y hace tiempo, alguien nos golpea en la espalda y nos obliga a mirar de frente. Lo vivido los últimos cinco años en nuestro país hace trizas la memoria. En una cultura política que invoca con insistencia la memoria, la realidad se fuga permanentemente bajo sus piés. 

   En la mecánica se llama “sinfín” al dispositivo en el que una misma superficie siempre vuelve. En el sinfín de la política argentina aquello que vuelve lo hace cambiado como una sustancia con nuevos ropajes. Los filósofos niezcheanos hablan del eterno retorno de la diferencia, el ciclo de una misma distancia respecto de sí, nosotros no necesitamos a Friedrich Nietzsche, alcanza con Hans Sontag Grosse Birne. 

   Más de una generación habrá nacido y muerto en nuestro país escuchando un mismo tema. Y no es un tango, es una marcha que oficia de contraseña. El politico que no la canta se va en helicóptero. Es un fenómeno que le agrega un condimento extraño a la maraña temporal. En estos cinco años han sucedido muchas cosas. Seis o siete presidentes. Cuando la vorágine se detiene y hay un momento de calma, no se sabe si ya pasó el temporal o si sencillamente estamos en el ojo del tornado, en su calmo centro huracanado, en la paz perpetua de vórtices centrífugos. 

   Tal es la agitación de nuestra realidad política que a la temporalidad inasible y fugaz se le opone para contrarrestarla, no un peso que la equilibre, sino otra temporalidad también inabordable: la eternidad. Pasamos de la ingobernabilidad al poder vitalicio. 

   Cuando la intemperie es cruel, mejor vivir en un cofre sellado. Ésa es la idea que tenemos de la estabilidad. A los cinco presidentes del 2001, ahora, entre el 2006 y el 2007, nos asomamos a un fenómeno de larga duración. Y escuchamos la denuncia de la tiranía que se instala. Caos o despotismo, el país alterna estos dilemas como un cubilete zarandeado que deja sus dados beodos. 

   Los trabajos de este libro muestran cómo un filósofo de vocación, profesión y afición, intenta comprender nuestra realidad como don Quijote los libros de caballería. En verdad, no es comprender. Hay poco tiempo para eso. Es intervenir. Hablar para dejar de oir. Pensar es un mecanismo de defensa y recurso indispensable del instinto de superviviencia. 

   Hay artículos, notas, pequeños ensayos, que se anticipan con bastante precisión a los hechos. Otros en donde prima una sensación de alarma. Un año antes de la caída predije que La Alianza se iba al tacho, por no decir al Bombo. Durante el año 2002, preví que el país iba a sufrir ciclos de violencia, desgobierno y deterioro. Pensaba desde el miedo. No tuve perspectiva patagónica. Hasta me reí de mi mismo en la nota “Yo me acuso”, que más allá de la sátira, muestra el recorrido de nuestras preferencias políticas que pueden ir desde el rechazo terminante al gesto resignado de aceptación. 

   Hay una materia de la ciencia política que es la más difícil de cursar, se llama Infinito Político, Se la cursa toda la vida. No tiene exámenes finales, sólo y para siempre parciales. Este libro que termina en el 2006 podría seguir con otros volúmenes hasta llenar una biblioteca borgeana. Pero no sigue, termina en la última página. 

   Podemos imaginar otro libro con nuevas páginas para un proyecto en el que el Presente Absoluto sea más relativo. Me refiero a la temporalidad política de los países centrales que no bajan el hocico para mirar el día a día, sino que levantan la vista para pensar sus estrategias al menos a mediano plazo. Quizás unos cien años. El 2100. La energía, el agua, la demografía, la lucha entre potencias por los recursos naturales, éstas y otras cuestiones tienen sus centros de “think tanks” y “ brain trusts” con importantes fondos financieros dedicados a la prospectiva. 

   La visión elaborada en el siglo XIX y materializada en la realidad política de una buena parte del XX, expresada en las doctrinas del sentido de la historia, del progreso, la revolución, la del hombre nuevo, el individuo libre y la de la raza pura, han dejado de ser visiones para ser cálculo. De la búsqueda de sentido a una gigantomaquia del poder. Los países centrales ya no se legitiman en filosofìas redentoras e invierten su caudal intelectual en diagramar posiciones de fuerza. Es lo único que interesa del futuro. 

   Se puede aseverar que esta idea de futuro no necesita la espiritualidad filosófica aunque acuda a ella para manipularla con gran creatividad. Así lo hacìan los primeros estados nacionales en el siglo XVII cuando se desangraban en nombre de los dogmas religiosos. Se necesita hacer creer para poder. Por eso los filósofos tienen su espacio y el esquema de la guerra entre civilizaciones sus nuevas versiones. Los decoradores teóricos y los vestuaristas politológicos también tienen su lugar. En el teatro del mundo no hay escenas desnudas ni la fuerza bruta es autoridad, ni hay libreto sin acción dramática, y épica fabulada.. 

   Leo Strauss inspiró al estabishment de Bush, pero la distancia que media entre su concepción de la historia de la filosofìa y la política Republicana en Medio Oriente, es la misma que separa a Kant de la Constitución de la Unión Europea, a Hegel del fin de la historia de Fukuyama y a un pensador como Sarmiento de los actuales gobernantes. La filosofía y la política son incomensurables, incluído el caballito de batalla protagonizado por el caso Heidegger. Sin embargo, los hombres de pensamiento deben ser invocados y secuestradas sus ideas, y los pequeños filósofos vivientes que seguimos habitando estas tierras, hacemos lo posible para que el rapto no se lleve a cabo en tranquilo silencio. 

   Pensar para adelante es una tarea casi imposible para los países periféricos. Viven una estado permanente de necesidad. El hambre, la miseria, la desocupación, la marginalidad, necesitan soluciones hoy. Quieren pan para hoy aún a costa de un probable hambre para mañana, y no hambre para hoy y pan para el año que viene. Lo vemos en los conflictos ambientales, pero también lo percibimos en la política del Vampiro. 

   Las políticas de nuestros países se benefician con la coyuntura y la aprovechan al máximo, aunque en diez años quede seco el pozo y la sociedad caiga por debajo del mínimo vital para reproducirse. Hay un fantasma que vuela sobre el mundo, que en 1848 se llamaba comunismo, y que hoy llaman China, India, etc. Nuestro vagón ha sido enganchado al nuevo expreso extremo oriente. Chupamos la riqueza de nuestro suelo hasta la última gota, generamos excedentes, acumulamos poder, luego nos vamos gordos y dejamos el terreno descompensado y sin energía. 

   Pero en este libro no cabe esta hipótesis catastrófica y, esperemos, equivocada. Nuestro presente absoluto tiene que ver con las consecuencias de un desorden global con recorrido incierto. Una hipérbole de progresión veloz y contornos oscuros, sólo clara y distinta para la pornopolítica reinante. De este magma informe recortamos los últimos cinco años de nuestra historia argentina. 

   En su desarrollo hay un pliegue que quisiera señalar. Durante el año 2003 observé que un desconocido Kirchner creaba su propio espacio de poder y negociaba con valentía con los poderosos acreedores financieros internacionales. Había quienes defendían la gestión en nombre de la legitimidad del default y la ilegitimidad de la deuda. No era mi caso, el problema residía en saber adonde habían ido a parar los miles de millones de dólares-pesos que entraron al país, y que una vez bloqueados, se sustituían con miles de millones de patacones y bonos provinciales. Se habla de la plata que salió, y menos de la que entró. Aún así, habia motivos para defender la acción del gobierno una vez el default decretado. La nueva política disciplinaba a la sociedad encolerizada con una devaluación que no sólo licuaba ahorros sino salarios. Pero este hachazo a los ingresos y al ajuste brutal fue mitigado por el carácter impersonal y universal de la medida, por la declaración del cese de pago a los acreedores – interpretado como una acción patriótica – y por el impacto afortunado para nuestra balanza de pagos por el advenimiento de un orden internacional que por primera vez en medio siglo valoriza los productos primarios. 

   El acto de la ESMA del mes de marzo del 2004 es el que forma este pliegue. No lo considero ruptura porque insinúa un gesto total. Se trata de una línea de demarcación y de resistencia a la presión pública que festeja con algarabía y triunfalismo una singular versión de los derechos humanos y de nuestra historia. Para muchos fue bienvenido como un acto inaugural con razones a las que opongo otro modo de valorar lo ético-político. El tránsito de la parte llamada “Fantasmas y expectativas” a “ Piratería y derechos humanos”, lo ilustra. 

   Las fechas que están entre paréntesis de algunos artículos son necesarias para contextualizar la situación de su redacción. Lo mismo ciertas referencias a lugares. El orden de los escritos es cronológico en ocasiones y responde a la configuración temática en otras. El Apéndice “Mapa conceptual de la política argentina”, señala ideas que están en estado práctico en los trabajos publicados.

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