Blue Flower


 
 
Caricatura de Fellini 
Autor: CaricatureZone


 
 


   


  
 

  
 

FELLINI y las mujeres
(edición simultánea con La lectora provisoria)

 
Les comentaré el libro Les cuento de mi. Conversaciones con Gustavo Constantini, de Federico Fellini. 

  La historia de esta lectura comienza en diciembre del 2006 el día en que un amigo me regala para mi cumpleaños diez películas de Fellini en formato DVD. Más con curiosidad que con entusiasmo un día me dispuse a romper el maldito celofán de la primera. Ya las había visto todas, y algunas más de una vez. Fellini siempre me había parecido extraordinario, pero lejano, de otra época, al margen de mis pasiones más recientes y siempre renovadas por Francis Ford Coppola y Woody Allen, este último algo gris e insípido últimamente. 

  Creo que el primer regalo que abrí y vi fue Amarcord, y me encantó, luego Entrevista, y la misma emoción. Luego, una ,que en otra oportunidad no me había parecido gran cosa, Y la nave va, me subyugó, no la había paladeado con todos sus sabores. Me entusiasmé. Seguí con Roma, y un trozo de Giulietta...., y me dediqué a otras cosas, interrumpí el festival. 

  Un día fui a una librería a buscar un libro para regalar, y cuando estoy por pagar, alguien deposita sobre la mesa el que estoy por comentar. Lo miro al cliente y a la vendedora y les digo que lo quiero yo también. 

  Era lo que buscaba, un libro de Fellini. Había leído sus cartas con Georges Simenon que tienen pensamientos para no perder. Simenon es como su hermano mayor. Dice haber fornicado con diez mil mujeres. Felllini dice que hay que creerle. El 97% fueron pagas. Además, como es sabido, escribió seiscientas novelas. Hagan el cálculo, se la metió a diecisiete mujeres por novela. Perdonen la vulgaridad, lo hago por Federico que dice que la vulgaridad es una liberación, una victoria sobre el miedo al mal gusto. Sigo con Simenon. Desplieguen su doble labor unos cincuenta años, calculen nuevamente. Fue presidente del jurado de Cannes cuando se premió La Dolce Vita. Junto a Henry Miller, otro miembro de la junta de calificación y de la Guinnes lúbrica, hicieron fuerza para que ganara Federico. 

  Los españoles doblan las películas, las editan de tal modo que Brad Pitt habla como Antonio Banderas, Nicole Kidman como Sarita Montiel y Charlton Heston como Pedro López Lagar. Pero esta vez redoblaron la apuesta. Los títulos de las películas han sido traducidos. Así leemos lo sucedido durante la filmación de La dulce vida, La calle, Los vagos, El jeque blanco, Luces de Variedad, por suerte 8 ½ no la pudieron destrozar ni Ginger y Fred tampoco del todo. 

  No hay nostalgia en Fellini, hay rechazo. Lo dice y lo repite. No saquen los violines que sobra lo meloso. Es ácido como Swift, circense como Brueghel, es un Wagner metido en una calabaza con tuco y un Sigfrido interpretado por Alberto Sordi. Dice que lo mejor son las esquinas de Roma. Por ahí pasa la vida y el cine. Me adhiero a su pasión por la contemplación del material urbano. Su ciudad es Roma, la nuestra es Buenos Aires. 

  Cuando vivía en Barrio Norte, iba por las tardes a la confitería pizzería San Martín de Salguero y Santa Fe, con las mejores vitrinas de la ciudad. Por la inmensa pantalla de vidrio pasaba todo el trajín porteño. Personajes disímiles no previsibles. Todo lo contrario de mi nuevo barrio, el llamado Palermo Soho, lleno de candidatos a productoras de televisión, maniquiés con celular, portadores de créme brulée y notebooks. El mundo cambia. Pero en lugar de renegar, Federico los mete a todos en Cinecitá, y los hace navegar por el paquebote gigante de la primera guerra, o a correr por las playas un tarde de lluvia o les ordena pasearse un domingo a la noche por la pequeña Rimini. Es una interminable danza musicalizada por Nino Rota. 

  Son los lugares comunes del mundo “felliniano”. Es belleza pura. Libre como el viento. Una fiesta con sus recuerdos de infancia para mostrar el simpático fascismo tano. El fascismo infantil, ingenuo, ridículo, grotesco, de sus recuerdos de guerra. Para mostrar a los cuervos del Vaticano y sus graznidos con sordina mientras se lavan en seco sus cremosas manos. Las tetas que directamente apuntan a la descontrolada pija adolescente que salta mientras se masturba. Toda una platea de pibes sacudiéndose por una teta de celuloide. Sandra Milo, dios, el culo de la Milo, su corset forrado de razo rojo. No hablemos de Anita, sí hablemos de Anita, la leona de los Fiordos, el símbolo naïf de la Walkiria. Nada de sofisticación, vuelta y vuelta, como un churrasco, alimento natural, sin cosmética. 

  Qué decir del varón lánguido, de su tristeza siempre poscoital, de su cansancio de vivir, también tan en bruto, evidente, obvio, siempre igual. Esa voz en re menor, la del periodista que custodia a la Diva, del marido escéptico de.....sí, de ella, de la esposa, de la diosa de las esposas, de la esposa cósmica, de Anouk, su pelo corto, su antifaz de carey de batichica existencialista, su cigarrillo mordido, su mirada de mujer sola, siempre sola. 

  Marchelo entre Anita y Anouk, no hay un sueño más latino, más boludo, más psicoanalizado por dos pesos que el deseo de un varón con un dúo así. El inconciente de Federico es de guardería, como debe serlo, de preescolar, nada de metafísica, nada de su amigo Bergman ni de rudeza a lo Rosellini, o de los corceles de Kurosawsa, su otro amigo, es pendejada de estrellas. 

  Magia de circo, simple, grandioso como grande es el mundo de los chicos. 

  Cuando Anouk se pone los anteojos, cuando se los saca, muerde la patilla y mira como amazona miope, cuando Anita lanza para adelante su escote y echa su cabellera para atrás, yo me digo, este hombre, Fellini, llevó a las nubes lo que los dos Howard jamás habrían soñado realizar. Howard Hughes con su Fuera de la ley y el “clivaje”, la entreteta de Jane Russell, y Howard Hawks en Los caballeros las prefieron rubias en donde junta a la yegua morocha con la muñeca rubia de Marilyn, ellos fueron apenas dos diseñadores bastante vulgares, en suma, de lo que Federico logró gracias al Dante. Sólo un hijo de Dante, Boccacio y Petrarca podía encender la líbido y darle la forma de un inconciente tan global como el habitado por Anita y Anouk, en presencia de un Marchelo en re menor. 

  Falta hablar de Giulietta, pero antes quisiera hacer una observación. He leído algunas reflexiones de lectores de La lectora provisoria sobre Mijail Bajtin y la lectura dialógica. La verdad es que se me hace más fresca la memoria sobre la novela polifónica o la risa carnavalógica que de la lectura dialógica. Pero me parece que la palabra “diálogo” es compleja. No se trata de hablar y callar para escuchar, de prestar atención al otro y tratar a un texto como un hermano menor. Pobre texto, jamás puede odiar al gran hermano, no tiene con qué. Platón llamaba diálogo a su soliloquio, y Hegel dialéctica a la astucia de la razón, la comehombres de la historia. No sigo con la hermenéutica por Flavia. Por eso creo que una lectura no debe ser dialógica sino una experiencia solitaria en la que nos convertimos, los lectores, en actores. 

  Al comentar un libro interpretamos varios personajes. El texto se convierte en algo vivo si sacamos de él voces que interpelamos, que nos sirven de trampolín para engendrar nuestros propios ángeles gráficos, si discutimos con él, lo citamos y lo eslabonamos con nuestros pensamientos y sueños. Así la lectura se convierte en una experiencia, un camino enrevesado de la conciencia y su objeto textual, en el que se pierden identidades y se alternan los roles. Declamamos, juzgamos, absolvemos, inventamos, nos arrepentimos, tarde. 

  Volvamos a Giulietta. Un payaso triste, la mujer real de Federico, que a lo largo del libro se hace el marido fiel, atento y admirador irrestricto de su arte. Giulietta de los espíritus, tengo recuerdos vagos de la película, los personajes de la noche fashion romana están a la pesca de gurúes, hermafroditas hediondos con vocecita de lechuza, y para compensar, o mejor dicho, completar la escena, una mujer desprejuiciada que propone su strip tease. Mientras tanto, en la elegante residencia, Giulietta espera a su marido, un mentiroso profesional. Un ejemplar romano de lo que Fellini llama el hombre de las dos familias, la legítima y la otra, tan tradicional de una época como los fetuccini. 

  La autoridad de Giulietta está en su mirada. No es la de Anouk, es una mirada triste, de ser abandonado, pero al mismo tiempo, severa, ella sabe, ¿ qué?, supongamos: que Federico muere sin ella. Que vive, adora e inmortaliza a Anita y Anouk, pero bebe de Giulietta el néctar del dormir. Hombre que no sueña, se esteriliza, hombre que no duerme, enloquece. 

  Sabemos que Giuletta hacía la huerta. Federico le alaba los tomates, los ajíes, las mermeladas. Al recordar en una entrevista en su casa el modo en que Rosellini abandonó sin aviso a su mujer, Ana Magnani, para correr a los brazos de Ingrid Bergmann, Federico narra la situación en la que el inventor del neorrealismo le dijo que salía del hotel a pasear a los perros, se los dejó al conserje y fue al aeropuerto para irse por nunca jamás, suceso que provocó un destrozo generalizado de la habitación por el acceso de rabia descontrolado de la temperamental actriz. Federico cuenta esto de buen humor hasta que Giulietta le dice que no ve nada gracioso en un tramposo cobarde como Roberto. 

  Cuando cumple setenta años su amigo Gustavo Constantini le pregunta si le ha llegado “ la paz de los sentidos”. Federico le propone evocar la cara del Gordo Hardy que ante los desastres del Flaco Laurel, buscaba el objetivo de la cámara con mirada lenta y tranquila, tratando de comunicarse con el espectador, invitándolo a estar con él como testigo de tanta calamidad. “ Bueno, dice Fellini, pues a esta pregunta respondo precisamente con esa cara”. 

   

 

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