LA CAJA DIGITAL
Nro. 1 - Año 8 - Enero de 2013
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    EL LOCO CHÁVEZ. (revista El Amante Cine 18/2/ 2003)

    Vivimos nuestra realidad de un modo intenso. Lo que sucede en nuestro país insume una gran parte de nuestra energía intelectual.

     He escrito tres veces nuestro. Es una redundancia semántica. De eso también quiero hablar. El posesivo plural ubica al mundo en un telón de fondo respecto de lo que se desarrolla en la escena nacional. Somos esclavos de lo local. 

     Comentar las noticias de los medios y de lo que nos sucede como comunidad se ha convertido en una necesidad fisiológica. Somos monotemáticos, pero al menos nos reconocemos especialistas en algo.

     Tenemos la autoridad del dueño de casa en lo concerniente al conocimiento de nuestra realidad nacional. Basta leer o escuchar los comentarios que hacen en otros países sobre lo que pasa en la Argentina para despertar nuestra indignación. Los comentaristas extraterritoriales no entienden nada. Más aún, confiesan no entender nada, pero su incomprensión abunda en prejuicios. ¿Cómo puede ser -nos preguntan- que un país que es un granero pleno, que fue uno de los más ricos, que tiene todo para ser próspero, haya llegado al estado en el que vive hoy?

     No es un pregunta ingenua. La respuesta se escucha en silencio, y, a veces, se la expresa en voz alta: corrupción, facilismo, falta de seriedad y megalomanía.  El sentido común es letal, es tan cierto lo que manifiesta que dan ganas de hacerlo callar. La realidad ni es ni puede ser tan simple. Las generalizaciones producen ignorancia y aparentan un saber.

     Con corrupción, megalomanía y facilismo, es posible viajar por amplias zonas del mundo que disfrutan de bienestar y, sin embargo, es cierto, todo lo que dicen de nosotros en el exterior es verdad. El fiscal tiene razón y el acusado -en este caso nosotros, los argentinos- se pierde en justificaciones para llegar finalmente a la misma certeza. El culpable en su lucha contra el sentido común sólo obtiene una victoria píririca al señalar la complejidad del problema y solicitar la inclusión de situaciones atenuantes. Pero los consuelos tienen vida breve y la M de maldito sigue en su espalda.

     Deseo insistir en que sólo se comprende lo local, del resto nos informamos. Pueden existir algunas intersecciones, pero la confluencia de problemas así como puede instruirnos por las semejanzas encontradas también produce malentendidos duraderos.

     Es un problema de lengua materna. Conocer un idioma no es necesariamente  entender aquello de lo que se habla. La lengua materna es la de los sobreentendidos. Con la Alianza Francesa, la Cultural Inglesa  o el cine norteamericano nos pueden responder a una pregunta en otra ciudad de otro país, pero seguimos siendo turistas, sólo vemos monumentos.

     Entendemos la construcción gramatical pero no su uso efectivo. Este asunto de la lengua materna es una sagaz observación de César Aira. Paul Veyne, el historiador francés, habla de la cotidianeidad, el gris de la vida diaria, el mundo ordinario que nos constituye como sujetos. Los wittgenstanianos se refieren a las formas de vida y los juegos de lenguaje.

     Esta reinvindicación de la importancia de lo pequeño y lo diario,  condensado en la noción de fuerza local, hace que el conocimiento de las culturas sea necesariamente relativo, pero no sólo el de las civilizaciones, sino el de los países, inclusive el de los países vecinos.

     La relatividad es ubicua. La gente del lugar tampoco entiende lo que le toca vivir, la desorientación también deambula de lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande,  pero las incomprensiones, las del local y las del visitante son inconmensurables.

    La desinformación sobre lo que viene sucediendo en Venezuela ya es sofocante. No tenemos la menor idea de lo que pasa ahí. Los medios de comunicación repiten los incidentes. Nadie nos ha informado de cuál es el botín que se pelea, y menos los antecedentes del problema.

     La historia es una disciplina ausente de los medios informativos. La actualidad no da tiempo para las explicaciones. Todas las sociedades parecen nacer de un repollo. Lo que importa es el ùltimo discurso o el número de muertos. Por supuesto que también valen las consignas abarcativas como populismo, militarismo, nacionalismo, imperialismo. Nos satisfacemos rápido. Luego hay que volver a nuestra aldea con García Belsunce, la candidatura de Chiche Duhalde, los goles de Cavenaghi, o el éxito de la obra Una Eva y Dos Salames en Villa Carlos Paz.

     El mero lector sabrá en un día lo que volverá a leer todos los días. Para profundizar el tema deberá convertirse en un documentalista o en un investigador. Quisiera trasmitir en esta nota el paso que he dado desde mi estado de insatisfecho lector por la falta de información de lo que sucede en Venezuela, a mi conversión en un limitado documentalista que al menos suma datos a su ignorancia.

     Ya en abril del 2002, me sorprendió el titular del diario de izquierda de Francia Libération que decía: Golpe de Estado democrático en Venezuela. Era una noción sorprendente en el vocabulario de las ciencias políticas. Pero es una cuestión de costumbre. A fuerza de escucharlo y de seguir su extensión hermenéutica nos enteramos de que no bastan las elecciones para fundar una democracia, ni el sistema de partidos, ni la libertad de asociación y de prensa, ni el respeto a los derechos humanos, que todo eso puede estar vigente y sin embargo la sociedad sufrir sojuzgada por una tiranía. Hitler y Somoza también ganaban elecciones.

     Por eso puede haber golpes de estado democráticos y democracias despóticas…y tantas subespecies  como se quiera.

     La impresión que me da la incursión en los diarios venezolanos, en los sitios de Internet -especialmente www.analítica.com-, recorriendo las opiniones y análisis de los periodistas, es que hay un sistema de odios junto a otro de incredulidades. Es como si todos se conocieran demasiado bien pero para el mal.

     Por otro lado, las posiciones más interesantes son aquellas de quienes no les creen a nadie, es decir aquellos que sin ser chavistas lo que rechazan con más encono es la llamada oposición. Es decir que Chávez es mejor que los que se le oponen. ¿Pero mejor para quién?

     Hay una clase media en Venezuela que tuvo una vida buena, y que hoy no la tiene muy buena, y que estima que puede volver a recuperar su anterior bienestar. Le  basta con un gobierno decente, moderno y democrático. Es un problema platónico. Así como hay amor platónico también existe el reino de las ideas en materia de política. Aunque esta entelequia tiene antecedentes. Se ve representada por la Venezuela de los años sesenta hasta finales de los setenta, la de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, los líderes de los dos partidos políticos que se distribuyeron el poder: Acción democrática y Copei, los social cristianos.

     Había corrupción, la renta petrolera llenaba el bolsillo de los ricos, pero chorreaba para abajo, no sólo para los sectores populares sino para la clase media. Profesores universitarios bien pagos, profesionales con automóvil y gasolina casi gratis, bienes de consumo importados de fácil acceso.

     Es cierto que sorprende cómo un país que tiene una deuda externa que es la envidia de todos los países latinoamericanos, un 20% de su PBI, un superávit comercial importante, una deuda interna que aún no lo inmoviliza, es decir que no tiene los problemas de Argentina ni Brasil, no pueda transitar por los caminos de la paz y la prosperidad. Es lo mismo que nos dicen de nosotros: que tenemos todo y nos falta casi todo.

     El problema es que -argumento repetido- Venezuela dilapidó treinta planes Marshall. En realidad parece una acusación de dispendio algo exagerada, pero evoca una verdad. Antes de seguir con lo que se avecina como una confusión entremezclada de datos aislados, quisiera trasmitir la impresión que me da la visita informativa a Venezuela respecto de sus problemas actuales: no tienen solución. Es un círculo vicioso. Por eso, entre otras razones, son nuestros hermanos a pesar de decir que la guagua braun hizo temblar el rufo, para significar que el 39 movió el techo.

     Cada cual con su lunfardo.

    No tiene solución ya desde hace tiempo porque cada vez que un político intentó aplicar una medida que limitara ciertas ventajas adquiridas, o algún provilegio, produjo una reacción tal que daba marcha atrás, aflojaba la soga, y seguían navegando. La renta extractiva aún daba frutos y, claro, luego la cuerda se rompió, ahora la nave va a la deriva.

     Otra observación rescatable de la visita informativa a Venezuela es lo que gira en torno al racismo. Me refiero al racismo de pueblos mestizos como lo son los latinoamericanos. El 25 de diciembre del 2002, otro diario francés, Le Monde, sorprende al mundo en su editorial del día. Dice que Chávez pretende hacer  una reforma agraria “interesante”, que aspira a reforzar el poder del Estado sobre los hidrocarburos, que otras medidas que quiere aplicar se ven comprometidas por su retórica incendiaria que permite la confluencia del odio de quienes no soportan que un pequeño oficial proveniente del pueblo mestizo perturbe a una clase dirigente con tradiciones oligárquicas que se apropió del Estado.

     Un lector venezolano, Carlos Oteyza, responde al diario, lo hace en francés desde el sitio Analítica, y después de un comienzo que dice Cher ami Le Monde, lo acusa de proferir afirmaciones o deshonestas o ignorantes. Dice que hay un modo europeo de sentarse sobre pseudoconocimientos de las culturas locales y arroparse con una especie de neorracismo que considera que la democracia sólo está destinada a países supuestamente civilizados.

     Pero este racismo no es sólo una cuestión denunciada por franceses. El venezolano Roberto Fernandez Montoya en su artículo La Inquisición Mediática dice que los progresos logrados por el gobierno de Chávez -como que por primera vez un millón de niños (otros dicen dos millones) en las escuelas tienen dos comidas diarias- ni siquiera son mencionados por la oposición democrática porque “es cosa sabida que los negros no son gente”.

     Es interesante respecto de esta cuestión el artículo del español Carlos Fernández Liria el 15 de Abril de 2002 que da cuenta de una nota del filósofo Gabriel Albiac que se refería a “la vuelta del chimpancé”. Este catedrático de la Universidad Complutense de Madrid que impartía un curso para doctorandos sobre el libro Imperio de Tony Negri, dice en su columna del diario El Mundo: “Chávez no salió de la nada. Todo se conjugó para dar a la luz ese estafermo. Para hacer que el chimpancé con uniforme soñara un rostro humano o más que humano. Para que un cacho de carne sudorosa y ruido de bolero se trocara en profeta de humildes (…) el simio de las maracas….homínido…”.

     Ante la reacción de los estudiantes de su propia facultad, Albiac explicó haber evocado una frase de André Malraux de un texto de 1951 en el que hablaba de la condición humana, de que todos los hombres somos bestias e ignorantes….y otros galicismos.

    Esto es lo que en nuestro país se llama gorilismo, pero no me refiero al uso restrictivo referido al peronismo, sino a su sentido amplio de pacatería racista de blancos con complejos de linaje.

     Quizás una de las voces más interesantes que se me ha dado leer es la del periodista y dramaturgo venezolano Ibsen Martinez que en la revista literaria Lateral de Barcelona, escribió un interesantísimo artículo titulado Miseria de las ONG.

     El periodista había trabajado como cronista de asuntos relativos al petróleo en barcos atuneros por las costas de Venezuela. Nos cuenta la historia de la ONG Bioma que tenía problemas financieros por no poder contribuir con eficiencia al fin de la matanza de delfines. Menguaron los fondos y subsidios a su presidente, el Prominente Defensor de la Biodiversidad. Para recuperar los favores de los donantes de los EE.UU tuvo una idea.   

      No bastaba con acusar la depredación que según él los barcos atuneros venezolanos infligían a los delfines, había que mostrarlo. Martinez nos da información acerca de los problemas que el atún venezolano, no tan rico, pero muy barato, produce en su competencia “gringa”. Ya hacía tiempo que los lobbistas norteamericanos intentaban sin éxito subir los aranceles de importación del atún venezolano. Dice Ibsen Martinez: “las agencias consultoras en comunicación corporativa dijeron que el problema de cómo alzar una barrera comercial parecía el caso para una ONG dispuesta a matar por encargo. Lo dijeron en broma, sólo para subrayar la dificultad del problema. Pero una vez formulada la solución, fue escuchada. Era apenas cuestión de tiempo que el mercado atunero gringo, puesto en plan proteccionista, descubriese a Bioma, la ONG con problemas contables”.

     El comisionado ecológico puso un aviso para conseguir delfines, le llegó una hembra con sus crías, contrató unas cámaras, unos modelos que oficiaron de biólogas y oceanógrafos, y organizó la  matanza durante un dia de filmación. “El video fue exhibido -cuenta Martinez- en primicia ante un auditorio de hombres de negocios, congresistas, activistas de protección ambiental y de los derechos animales, en Nueva York, Baltimore, Boston, Miami, San Diego y San Francisco. La imagen ofrecida era un delfín hembra y su cría agonizantes en un pozo de sangre, destrozados por la propela de un barco atunero, envueltos aún en una red de arrastre. Las imágenes movían no sólo a solicitar el levantamiento de barreras arancelarias sino también a exigir que la Tercera División de marines desembarcase en el Morro de Puerto Santo y pusiese fin a la ignominia”.

     El video fue incautado por una comisión del parlamento venezolano en la que se demostró el fraude. Ibsen Martinez concluye:” mirar aquella insanía sangrienta, recogida en cinta broadcast quality, fundó para siempre mi recelo ante la idea de que pueda hacerse el bien público con medios privados”.

     Esto nos lo cuenta Ibsen Martinez para explicar las muertes durante el fallido golpe de Estado contra Chávez en Abril del 2002. Se había denunciado a francotiradores chavistas del asesinato de civiles que marchaban contra el gobierno. Se descubrió luego la presencia de sospechosos agentes de servicios, personajes extraños que merodeaban los techos y apuntaban a la gente. Videos incautados permitieron examinar la escena y la denuncia de masacre fue dejada de lado. Martinez destaca la acción de la ONG “Queremos elegir” y “Red de veedores”, en la organización de las marchas y en el estímulo que daban para que hubiera choques peligrosos entre adversarios callejeros con las cámaras listas para difundirlas por los medios. Estos personeros nada querían saber de montar una estrategia para expulsar a Chávez por la vía constitucional, así nos lo repite Martinez: “eso es muy complicado bróder, y está muy lejos; hay que sacar al loco ahora mismo”.

     La relación entre las ONG y los militares derechistas se vieron confirmadas cuando en el gobierno de Pedro Carmona que duró veintiocho horas y se mataron a cincuenta chavistas, esas ONG ocuparon dos ministerios.

    Ibsen Martinez dice que el chavismo acusado de ser la última parada del populismo carismático con los peores atributos de arbitrariedad, autoritarismo, ineptitud, corrupción, militarismo, amenaza permanente a la libertad de expresión, todo esto envuelto en una pugnaz retórica maximalista, autocomplacencia y moralismo de izquierda, este cocktail lamentable de hecho fue preparado por el sistema clientelar del delirante Carlos Andrés Pérez a fines de los ochenta.

     Otra caracterísitica que Ibsen Martinez señala  es lo que llama  banalización de la crítica del Estado. Es la que lleva a cabo la corporación de empresas de medios de comunicación en sus ataques al populismo, al Estado benefactor, a la clase política, temas recurrentes del corpus neoliberal. Esta crítica banal corre pareja con la exaltación simplota y reduccionista de la supremacía moral de la llamada sociedad civil.

     Sobre este rol de los medios de comunicación en la crisis venezolana - los medios de comunicación en Venezuela son privados, salvo un canal estatal - Mariana Hernández afirma que es extraño que un gobierno tiránico y maldito no tenga presos, perseguidos o exiliados. Sostiene que el gobierno de Chávez se caracteriza por una benevolencia rayana en la blandenguería. Agrega que los medios de comunicación de Venezuela son los más idiotas del mundo, y que da la sensación de que a sus periodistas les pagan para ser brutos. No quiere olvidar que la clase media y la burguesía venezolanas están entre las más reaccionarias del mundo. Y a esto le suma lo que llama la inmadurez emocional de Chávez que enarbola efigies del Che, besa a Fidel, cita a Mao, pero con todo lo autoritario, mandón, mal hablado que es, no es criminal ni represivo.

    Mariana Hernández destaca la intromisión de España en los asuntos venezolanos, su participación activa en el golpe contra Chávez. Ya Carlos Fernández Liria en su trabajo Periodismo: vergüenza y crimen había acusado a los diarios El Mundo y El País de formar parte de la banda golpista. Afirma que la corporación PRISA, cuando de la crisis venezolana se trata, combina racismo e intereses en sus editoriales y en su diagramación de titulares. Cada vez que pueden muestran a Chávez como un líder populista bananero y demagogo. Cuando hay terribles inundaciones  en Venezuela con miles de víctimas y Chávez visita a los damnificados, los diarios señalados titulan: “con su habitual populismo Chávez se acerca…”.

    Jamás se les ocurriría titular: “con su habitual populismo la Reina Sofía visitó el hospital de…“ , o, “con su habitual populismo Aznar se acercó a saludar a los familiares de las víctimas del terrorismo vasco…”.

     Los intereses españoles están presentes en Venezuela por el poderoso Banco de Bilbao y Vizcaya, y lo que Mariana Hernández bautiza como organización bancaria confesional: el Opus Dei. Lo que se dice en Venezuela, y se da como hecho confirmado, es que la banda presidencial que lució Pedro Carmona en su efímero gobierno, había sido tejida en España semanas antes del golpe, esta historia fascinante del sastre español ya es materia de un culebrón.

     Fue esta vez gracias a la globalización, es decir CNN e Internet, que se rompió el cerco informático en manos de las corporaciones golpistas venezolanas.

    Pero antes de seguir, o casi de terminar, no quisiera dar la sensación de estar escribiendo una proclama chavista, y por eso deseo volver al principio de esta nota. Se trata de la inconmensurabilidad de las experiencias nacionales, y de la lejanía geográfica que es a la vez cultural. Por supuesto que hay semejanzas y situaciones equiparables, pero lo pequeño no sólo es hermoso como se decía antes, sino fatal, al menos fatal para la comprensión rápida. En casa todos nos conocemos, quiero decir que los nombres de Pérez Recao, Cisneros, Allan Brewer Carías, Cecilia Sosa, Teódulo López Meléndez, Asdrúbal Aguiar, y tantos otros, a nosotros los argentinos no nos dicen nada, pero allí resuenan fuerte. Desde afuera sólo vale el esfuerzo de no dejarse engañar por la desinformación sistémica de los medios masivos de comunicación y la manipulación de nuestra memoria.

     Ya lo dije en otro artículo de El Amante: los medios de comunicación son programadores de amnesia. El torrente de novedades está hecho para que olvidemos rápidamente lo que nos cuentan hoy y estemos frescos para la diaria y nueva venta de noticias de mañana hasta que se decida su fecha de vencimiento.

    Debemos comprender, además, a los intelectuales venezolanos que difunden manifiestos y declaraciones en pro de la democracia y contra Chávez. No es fácil soportar una retórica que llama Simoncito al plan de ayuda e información para futuras madres en la gestación y el parto. Lo que es exótico para el turista es por lo general insoportable para los de casa. El kitsch es divertido afuera.

     Pero lo que no debemos comprender con cierto esfuerzo es al fascismo ilustrado de un Abel Posse que difunde la red Nac & Pop de Rodriguez Sáa, que aprovecha la crisis venezolana para pulir su lenguaje mussoliniano contra el economicismo amoral, el neoimperialismo globalizante, el formalismo político importado, el socialismo fracasado, el mercantilismo depredador, terminal, amoral y nordista, todo esto en nombre de Perón, de Gaulle, Max Scheller, Spengler, y de una gran política fundacional que junto a otros símbolos de la aristocracia decadente del fascismo letrado abraza causas que llama populares.

     Tampoco es necesario comprender a unos señores refinados y pulidos en la democracia occidental como Álvaro Vargas Llosa, que antes del golpe de abril percibía en Pedro Carmona a un hombre de albiónicos modales que junto a líderes sindicales en una unión empresarios-trabajadores había de extender sobre la cabeza de los venezolanos su paragüas protector. Además, apellido mediante, su estilo nos depara esta oda a la cacerola: “la cacerola, metáfora de hambre y de la voz, regreso misterioso al tam tam humano de la horda, pero también civilizadísimo mecanismo de supervivencia de la ciudad asediada desde el poder por impulsos de tiranía (….) Cuántas definiciones de sociedad civil, esa criatura que desde Hegel todos tratamos de aprehender, encierra una cacerola…”.

     Quiero agradecer a Mihály Dés y Robert Juan Cantavella.. de la revista Lateral de Barcelona y a Sergio Chejfec, escritor argentino residente en Caracas, por las informaciones que me proporcionaron, y a Christian Ferrer por haberme sugerido el título de la nota.