LA CAJA DIGITAL
Nro. 8 - Año 5 - febrero de 2010
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      Las ilustraciónes corresponden al Sitio Oficial de Witold Gombrowicz


     

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    JUAN CARLOS GÓMEZ - GOMBROWICZIDAS

    WITOLD GOMBROWICZ Y LA COSTANERA DE BUENOS AIRES

    “Un salario de hambre, unos cien dólares al mes. Eminente antitalento en materia bancaria, no comprendía nada en absoluto de aquellos papeles, y las horas pasaban absurdas, exasperantes, estériles... Trataba de escribir el ‘Transatlántico’, y cuando entraba Juliusz Nowinski, el presidente del Banco Polaco a la oficina, escondía los papeles en un cajón, como hacen los colegiales cuando los sorprenden leyendo algo prohibido (...)” “Fue entonces cuando se inició mi colaboración en ‘Kultura’, la principal revista de la emigración polaca, editada en París. Paseando por la Costanera de Buenos Aires, una tarde en la que había terminado de leer el ‘Diario’ de Gide, se me ocurrió a mí también escribir un diario. Por primera vez, desde hacía quince años, me manifestaba públicamente en polaco. Desde entonces, y hasta el presente, escribo ese ‘Diario’ para ‘Kultura’ (...)”

    “Han resultado de ello tres volúmenes, un millar de páginas, y el cuarto está en camino. Casi no escribo artículos, ni ensayos, todo lo que tengo que decir, fuera del arte puro, lo meto en el ‘Diario’. La gente compra un diario cuando su autor es célebre, y yo escribía el mío para conseguir la celebridad. Además, yo..., con mi vida... Si se suprimiera del ‘Diario’ de Gide toda la parafernalia de nombres ilustres, imagino que perdería buena parte de sus clientes (...)” “Yo me veía en el café Rex con mi amigo Eisler, a quien conseguía sacar algunas monedas ganándole al ajedrez. Mi vida carece de brillo. Si mi diario no se hubiera ido haciendo solo, imperceptiblemente, un mes tras otro, nunca me hubiera sentido capaz de empezarlo. Mi vida secreta no poseía la fuerza ni el color que nutren las memorias de los vagabundos auténticos (...)”

    “Para el artista que ha llegado a adquirir una mano relativamente segura en un género determinado del arte resulta muy peligroso cambiar de rieles, pasar de un modo de expresión diferente. Y el paso del lenguaje del arte a la prosa corriente puede convertirse en una catástrofe; una maniobra semejante compromete la personalidad del escritor en su totalidad (...)” “Me respaldaban ya una docena de novelas cortas, dos obras de teatro, una novela. Y si bien al principio había albergado la esperanza de volverme cada vez más accesible, más inteligible, ahora era evidente que la gente seguía sin saber qué buscar en mí, ni cómo tomarme. Todo escritor acaba por descubrir que la crítica no sólo no puede serle útil, sino que constituye un obstáculo suplementario en el camino que conduce al lector (...) ”

    “Yo sabía que no lograría interesar a nadie en tanto no me saliera del recinto del arte, en tanto no me valiera de mi voz normal y no introdujera a la gente en mi vida cotidiana. Me pregunté si no sería oportuno redactar un prefacio. En lugar de esto escribí unas palabras a modo de advertencia: Lunes: yo; Martes: yo; Miércoles: yo; Jueves: yo. Y me encontré en agudo conflicto con todas las tendencias de posguerra (...)” “Ese yo fue excomulgado por la Iglesia como inmoral, por la ciencia como contradicción con el objetivismo, por el marxismo, por todas las corrientes de la época que exigían del hombre el desprecio de su yo egoísta”. El “Diario” es la obra más grande de Gombrowicz, este género resultó en sus manos una verdadera creación, en sus extremos asoman la nariz la grandeza y la falta de seriedad.

    En el medio se aprietan y se mezclan con situaciones de vida, fragmentos de carácter filosófico, polémicas, partes líricas, bromas grotescas y ficción literaria pura, con el contrapunto de los comentarios e interpretaciones que hace Gombrowicz sobre su propia obra. “El presente volumen contiene los textos de mi diario que se han venido publicando en “Kultura”, completados con fragmentos hasta ahora inéditos (...)” “Aún me queda algo en reserva, pero ese material –más íntimo– prefiero no incluirlo. No quisiera exponerme a tener problemas. Quizás algún día... Más adelante. Es una escritura bastante desordenada, hecha de un mes para otro; seguramente me repito o me contradigo más de una vez. ¿Qué hacer? ¿Ordenarlo? ¿Pulirlo? Prefiero que no quede demasiado relamido”

    Una obra tan variada en asuntos despierta la curiosidad por saber cómo empieza y cómo termina. Empieza y termina con asuntos referentes a Polonia, peripecias en su mayor parte escritas en la Argentina que concluyen en Francia. Inmediatamente después de los cuatro yo que mete al comienzo de esta obra nos cuenta la impresión que le produce la lectura de los periódicos de su país. Es como si le hablaran de unas aventuras que corriera alguien muy próximo a él en una tierra extraña. El alguien ya no es próximo pero le queda con la persona conocida una identidad diluida. La presencia del tiempo en las páginas de esos periódicos es tan fuerte que se le despierta el deseo de un contacto directo con ese alguien, aunque sea para vivir y relacionarse de una manera imperfecta.

    Después de dieciséis años de este comienzo tan fuera de foco se despide del “Diario” recordándole a los polacos su olvido de que Polonia era también un país ocupado, tan ocupado como lo estaba siendo Checoslovaquia después de la entrada del ejército soviético. En la prensa de la emigración habían aparecido protestas valientes que Gombrowicz comparte mereciéndole todo su respeto. “Pero hay un detalle que me da que pensar, un detalle casi freudiano: su indignación casi infantil parece olvidarse que Polonia ha sufrido de la misma violencia. Al fin y al cabo, Polonia es desde hace años un país ocupado, exactamente como lo es hoy Checoslovaquia. Si dijeran ‘Para mí la violencia es un acto cotidiano, sé lo que es, por eso condeno la invasión rusa’, todo estaría claro. Pero se les ha olvidado..., incluso a quienes viven en el extranjero. Consternados por Checoslovaquia han olvidado su propio destino”

    Estas son las últimas palabras que pone en ese magnífico “Diario”, una sinfonía perfecta de una de las voces más singulares y complejas del siglo XX. Gombrowicz sentía a Polonia como un mundo fuera de foco, y a él como un pasajero de un tren que la miraba desde lejos. La falta de foco de Polonia lo ponía frecuentemente a él mismo fuera de foco, especialmente en la cuestión del comunismo. “Si este diario que voy escribiendo desde hace ya algunos años no está a la altura –la mía, la de mi arte o la de mi época–, nadie debería reprochármelo, pues es un trabajo que me ha sido impuesto por las circunstancias de mi exilio y para el que posiblemente no sirva”. Uno de los propósitos que tenía Gombrowicz cuando escribía era alcanzar la grandeza, pero cuando empezó a hacer menciones a su gloria algo salió mal.

    El convencionalismo que le impide al autor este tipo de jactancias entró en funcionamiento, y los lectores dieron muestras de aburrimiento. Si no podía pasar por buena su propia grandeza, entonces se le destruía el sueño que había acariciado desde la juventud; un fracaso que Gombrowicz sentía dolorosamente. No era un problema intelectual sino de carácter religioso o amoroso. El convencionalismo resultó ser demasiado fuerte y la voluntad de dominio se le fue transmutando en broma, provocación y fanfarronería, y por esta puerta le fueron entrando poco a poco los medios de expresión habituales en la literatura. Las idas y vueltas de Gombrowicz para alcanzar la grandeza eran un obstáculo que le aparecía con frecuencia en su transición de la inferioridad a la superioridad.

    Los pasajes difíciles del Gombrowicz insignificante al Gombrowicz significante aparecen en algunos fragmentos dramáticos y en otros carentes de seriedad. Cuando todavía no había empezado a acariciar la gloria escribe en los diarios uno de los párrafos más amargos. “Me he sentado a escribir este diario, no quiero que la soledad vague en mí sin sentido, necesito gente, necesito lectores (...)” “No para comunicarme con ellos. Sencillamente para dar señales de vida. Hoy acepto ya todas las mentiras, convencionalismos y estilizaciones de mi diario con tal de poder pasar de contrabando, aunque sea un eco lejano, un pálido sabor de mi yo aprisionado”. Aunque algunos gombrowiczidas encuentran en este pasaje una muestra más de la soberbia de Gombrowicz, no por eso deja de ser pesimista.

    Sin embargo, hay que decirlo, Gombrowicz era más amigo de la falta de seriedad que del pesimismo. En 1967, recibe el Premio Internacional de Literatura, por el que se le había despertado un apetito feroz al enterarse, leyendo una nota de “Le Monde”, que el galardón había pasado de diez mil a veinte mil dólares. Lo primero que atinó a hacer cuando supo que lo había ganado fue preparar una lista de sus enemigos literarios, regocijándose de antemano con la amargura desesperante que les iba a despertar. Ya con el premio en la mano escribe el diario del hijo ilegítimo para mortificar a sus enemigos polacos de Londres. Los dólares y la gloria coronaron su sien de laureles, se tensa la cuerda y aparece entonces su espléndida falta de seriedad. “El crítico francés Michel Mohrt, al defender mi candidatura en su magnífica intervención en la sesión del jurado, dijo entre otras cosas:

    “(...) ‘En la creación de este escritor hay un secreto que yo quisiera conocer, no sé, tal vez es homosexual, tal vez impotente, tal vez onanista, en todo caso tiene algo de bastardo y no me extrañaría nada que se entregara a escondidas a orgías al estilo del rey Ubú’. Esta perspicaz interpretación de mis obras y de mi persona, de acuerdo con el mejor estilo francés, fue pregonada con bombos y platillos por la radio y la prensa internacionales (...)” “En consecuencia, los jóvenes que se reúnen en la plazoleta de Vence al verme pasar comentan por lo bajo: –Mirad, es ese viejo bastardo, impotente y homosexual que organiza orgías. Y puesto que la delegación sueca me apoyó en ese jurado por mi condición de escritor humanista, algunos informes de prensa llevaban un título rimado: ¿Humanista u onanista?”

    Dos de los reproches más frecuentes que suelen hacerle a Gombrowicz son los de su falta de sinceridad y su histrionismo, cargos que son más bien aplicables a sus diarios que a su obra artística. Hay que decir que los diarios de Gombrowicz tienen una génesis particular, en efecto, los empieza a escribir porque, según lo sentía él, su empleo de bancario le impedía emprender proyectos literarios de mayores alcances. Gombrowicz comienza a publicar sus diarios cuando todavía no había alcanzado la celebridad pero, lamentablemente para su suerte, la gente sólo compra diarios de escritores famosos. Uno de los propósitos que tenía Gombrowicz cuando escribía los diarios era introducir a los lectores por una puerta lateral en los bastidores de sus novelas y de sus piezas de teatro.

    Su época le estaba pidiendo a la palabra que fuera, además un recurso artístico, un instrumento del devenir del escritor en el mundo, algo íntimamente ligado a la vida y a la otra gente para definir y fijar su lugar en la sociedad. Gombrowicz le agradece a Dios por haberlo sacado de Polonia y lanzado al continente americano en medio de gente que le hablaba en una lengua extraña. La soledad y la frescura del anonimato, en un país más rico en vacas que en arte que, y el hielo de la indiferencia, le permitían conservar su orgullo. También le da las gracias a Dios por haberle permitido escribir el “Diario”. En los primeros tiempos, cuando empezó a abandonar el lenguaje grotesco de sus obras anteriores para escribir los diarios, sintió como si se le hubiese caído la armadura.

    Pero después, poco a poco, se fue dando cuenta que podía comentarse a sí mismo, entonces se convirtió en su propio juez y le quitó al cerebro de los críticos el poder de pronunciar veredictos. Con los diarios acompañó a su arte hasta el lugar donde penetraba otras existencias, una zona que a menudo le resultaba hostil. Por lo tanto, debiéramos decir que el quid de las obras de Gombrowicz, por lo menos en una gran parte, es también su propia vida. Pero, ¿es su vida o una puesta en escena de su drama personal lo que relata en sus diarios? Amordazado en Polonia, aislado del gran mundo por el exotismo de la legua polaca, acorralado en el ambiente cerrado y estrecho de le emigración, en esta bruma nacían sus obras difíciles, a tal punto difíciles que en el mismo corazón de París debieron luchar duramente para ser reconocidas.

    La superficialidad de las cabezas polacas con las que trataba en el emigración se podría medir por el hecho de que el mismo “Diario”, más fácil de comprender en apariencia que sus otras obras, no conseguía penetrar en sus cerebros. Lo tildaron de egotista, no se les ocurrió pensar que uno puede hablar de sí mismo sin que su yo sea por eso egotista y trivial, sino alguien consciente, con un egotismo metódico y disciplinado, y un objetivismo desarrollado y distante. Cuando estaba llegando a los cincuenta años empieza a escribir sus diarios y emprende un camino sin regreso hacia la madurez. Gombrowicz es creado por su obra pero ahora es ese Gombrowicz el que a por fin le dicta su ley al “Diario”, ahora es él el que escribe, el que crea su propia obra. Es un sentimiento nuevo que se le contrapone al sentimiento de que su obra se había escrito sola, por fuera de él.

    La tensión entre la grandeza y la falta de seriedad, un registro profundo que aparece en todo el “Diario” de Gombrowicz, le sigue los pasos en forma sigilosa a la representación de los sentimientos. Un sentimiento que se representa y un sentimiento que se vive son dos cosas casi indiscernibles: decidir que amo a mi madre quedándome junto a ella o representar una comedia que hará que permanezca con mi madre, es casi la misma cosa. Dicho de otro modo, el sentimiento se construye con actos que se realizan; no puedo pues consultarlo para guiarme por él. Lo cual quiere decir que no puedo ni buscar en mí el estado auténtico que me empujará a actuar, ni pedir a una moral los conceptos que me permitirían actuar. La idea de la representación de los sentimientos es el centro de gravedad alrededor del cual giran las ideas de Gombrowicz.

    También es el origen de su inseguridad, pues como no le aparece clara la diferencia que existe entre un sentimiento sentido y uno representado no está seguro de que pueda coger el toro por los cuernos. “Ya está listo para la impresión. Lo he revisado. He corregido algunas cosillas. Ya lo puedo enviar a Giedroyc para que aparezca el volumen de mi diario. Estoy lejos de sentirme satisfecho (...)” “Lo diré con sinceridad: uno de los objetivos más importantes que palpitaba en mí en esos años, cuando me ponía a trabajar en el diario, no ha sido cumplido. Ahora lo veo claramente... y me deprime... No he sabido expresar debidamente mi transición de la inferioridad a la superioridad, ese paso del Gombrowicz insignificante al Gombrowicz significante (...)”

    “Ni el sentido espiritual de esta cuestión, ni el sentido vergonzosamente íntimo, ni el sentido social (el cambio de mi situación entre los hombres) han sido debidamente tratados. Las conveniencias resultaron más fuertes. Cada vez que tocaba este tema, siempre se me desmenuzaba, se me volatilizaba, se me transmutaba en broma fácil, en polémica, en aparente fanfarronería, en provocación..., en simple crónica (...)” “Los medios de expresión trillados de la literatura han conseguido imponérseme. A los fragmentos de mi diario que tocan esta cuerda les falta energía, coraje, seriedad e ingenio. Es un fracaso personal –estilístico– considerable. Y dudo que en el futuro pueda coger ya a este toro por los cuernos. Es demasiado tarde”

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