LA CAJA DIGITAL
Nro.28 - Año 2 - diciembre de 2007
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    La muerte de Sócrates - Lámina Gidee

       

       

       
     
      Breve historia de la filosofía 61
      Cumbres borrascosas

      Es posible que para pensar el pensamiento de los filósofos del medioevo haya que saltar a más altura que lo habitual. Un aficionado a la filosofía, un amante de la disciplina, debe cambiarse el traje para incursionar en el paisaje no sólo lejano en el tiempo, en el espacio, sino en la mente.

      Las gracias que nos deparan los lectores de la filosofía puestos a comentaristas es que saben trazar un puente entre lo ya ido y prácticamente desaparecido y nuestra ruidosa actualidad. Es cierto que no tiene por qué ser ruidosa. Basta ver la atmósfera de esas catedrales góticas en las que estudian los afortunados de Oxford, o el rojo y blanco bostoniano de los pulidos edificios de los College, los cottages de los profesores, la tibieza de sus salas, sus oficinas personales con computadoras y libros a la espera de la consulta del día, la calidad de sus dedicaciones exclusivas, los jardines de un verde liso, las aulas con bancos bruñidos en espacios semivacíos con un profesor tutoriando una decena de alumnos… no, no me ha tocado este sueño, el mundo de un profesor de filosofía argentino que tiene la pretensión de recorrer la historia de su materia y, en este caso, de dirimir su voluntad con el Medioevo es disperso, más apto para un moscardón con sus volteretas en el aire y un zumbido continuo.

      El filósofo busca enigmas. En donde no hay misterio y dificultad la mente huye. La mente quiere tropiezos. Tienen razón los orientalistas cuando dicen que para meditar hay que parar la mente, vaciarla, abrirla a parajes lacustres, similares a los de aquel señor que se tocaba la frente abriéndose a su memoria en la que sobre una superficie de agua calma, pasaba algo así como un velero con lentitud… para el dolor de cabeza, Geniol.

      Aguas y cumbres borrascosas son las de la filosofía. El medioevo no es tranquilo, cientos de filósofos de nombres extrañísimos se suman a los famosos en diatribas interminables, pero sus guerras discursivas, sus profesiones de fe heridas o alteradas, las consecuencias políticas, existenciales y teológicas que deducen de un teorema apenas modificado, resultan nimias, fatigosas, perimidas y, claro, molestas.

      Salvo para un medievalista, o para un devoto de las gestas de la lógica… pero basta de quejas, intentemos un paso, y el lector sabrá, o no, disculpar la torpeza evidente de este viajero por tierras boscosas.

      Dicen los especialistas que el pensamiento medieval levanta vuelo con la lectura de los clásicos griegos, y que la misma recién llega a occidente hacia los años mil. Hasta ese momento son las ciudades como Bagdad y Damasco en donde este legado sigue vivo. Platón y Aristóteles adquieren un brío teológico a la vez que profano. Tanto en la poesía erótica como en las preocupaciones científicas, además de las elaboraciones religiosas, son los árabes los pioneros. Son ellos con las invasiones y su residencia de siete siglos, quienes despertarán a Europa de su sueño monástico e interrumpirán el silencio de sus frailes. Esto a pesar del renacimiento en tiempos de Carlomagno y de los oasis de ilustración latinista de la época.

      De Platón sacaron lo que pudieron, pero de Aristóteles sorbieron hasta lo que no tenía. Durante más de cinco siglos Aristóteles no sólo fue leído, comentado, memorizado, discutido, resguardado, fundamentado, sino beatificado y deificado.

      Este filósofo que en la vieja Grecia lanzó su mirada a la tierra, que propuso una mirada realista y un amor a las cosas de este mundo, que advirtió a los platónicos que si volaban perdían el equilibrio, fue convertido en el arquitecto del ascenso al cielo, el diagramador de la luz catedralicia y del entramado escolástico.

      Para comenzar nuestro trayecto seleccionamos dos temas inquietantes para la época: el alma y el mundo, ya que nos conducen a dos preocupaciones mayores: la creación y la inmortalidad.

      Breve historia de la filosofía 62
      El último día

      La muerte de Sócrates es relatada por Platón en su diálogo Fedón. Para quien aún no ha degustado el sabor de los escritos de Platón, no es mal comienzo el que ofrece este texto. Posee dramatismo dada la situación, y un esbozo del pensamiento del filósofo expuesto de modo claro y distinto.

      Escena: en la celda a la espera de la muerte por ingestión de cicuta. Personajes: discípulos y familia. Narra Fedón. Se dice que Platón estaba enfermo, por eso no acompañó a su maestro en los últimos momentos de su vida.

      Le quitan los grillos. Jantipa, su esposa, está con uno de sus hijos en brazos. Sócrates le pide a Critón que se lleve a Jantipa a casa harto de escucharla dando gritos y golpeándose el rostro. Cebes le pregunta por qué dedicó los últimos días a escribir versos. Responde que lo ayudan a depurar el sentido de ciertos sueños y aquietan su consciencia. De todos modos, la versificación de las fábulas de Esopo y de los Himnos a Apolo, no lo hacen poeta. Siempre vivió “entregado por entero a la filosofía”.

      Se trata de un suicidio inducido por sentencia del jurado. El filósofo dice que no hay que tener miedo de morir, por el contrario, no deja de ser una buena noticia. De todos modos no por eso aconseja el suicidio generalizado ni siquiera el programado por capricho individual. El llamado a dar fin a la propia vida debe recibir una orden formal de un dios, algo así como un mensaje en el que se dé por descontada una situación de necesidad.

      Los discípulos y amigos son presa de las más variadas emociones. De un modo análogo a los parientes y próximos de un paciente en estado crítico de un hospital, pasan en segundos de una desazón incontenible a la esperanza más infundada. Hay un mundo de señales que se apoderan de las mentes en carne viva que nos hacen reaccionar permanentemente, sin descanso. Nos convertimos en seres reactivos de tiempo completo.

      Así estaban los habitantes de esa celda. De repente se reían, y luego lloraban. El único, como siempre, que mantenía un temple continuo, de una amable serenidad, era el maestro Sócrates.

      El guardián le aconseja a Sócrates no hablar demasiado para no acalorarse, ya que retarda el efecto del veneno. Sin embargo el maestro en medio de sus discípulos quiere dar su última clase. Su tema nace de la misma situación que están todos ellos viviendo. ¿Por qué la muerte preocupa? No se trata del sufrimiento, de un padecer lento que hace tortuoso el tránsito hacia la nada del abismo. Por el contrario, es un dormirse a medida de un enfriamiento, rodeado por seres queridos, y con el auspicio de al fin recalar en el mejor de los mundos posibles. Si hay acuerdo respecto de esta verdad, Sócrates no entiende el alboroto emocional de sus amigos.

      Al notar este defasaje entre la realidad a la que se acerca y aquella que presencia, decide poner en funcionamiento la máquina dialéctica para mostrar la potencia del verbo en la separación de las tinieblas, la fortuna del ser humano que puede mediante el logos, el hilo discursivo, despejar la mente de los engaños del cuerpo y del velo de la ignorancia. Le queda poco tiempo. La caída del sol es el límite de su prédica. Además deberá lavarse antes de beber, quiere evitar al personal que limpia los cadáveres un trabajo que bien puede realizar por sí mismo. No quiere olvidar, además, antes de despedirse de este mundo, brindar por los dioses y hacer una ofrenda por una deuda que no dejará impaga.
     
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